¿A quién sirven los políticos? Una crítica radical al papel del Estado, por Fernando Manuel García Nieto

Screenshot 2025 08 18 19 03 01 536 com.google.android.googlequicksearchbox editCuando hablamos del Estado y de quienes lo gestionan, solemos imaginar un espacio neutral, donde los políticos trabajan por el bien común. Pero desde una perspectiva más crítica —y radical— esa imagen se tambalea. El Estado no es un árbitro imparcial, sino un terreno de disputa entre intereses sociales, y los políticos no siempre están del lado de la mayoría.


¿Instrumentos del capital?

En muchas ocasiones, los políticos parecen actuar como engranajes de un sistema que favorece a las élites económicas. Se encargan de financiar infraestructuras, servicios y subsidios con dinero público, mientras los beneficios acaban en manos privadas. Las campañas electorales, los lobbies y los grupos de presión aseguran que las decisiones se alineen con los intereses del capital, aunque se mantenga una apariencia democrática.


¿Gestores atrapados por el sistema?

Incluso sin una influencia directa, el propio funcionamiento del sistema económico empuja a los políticos a tomar decisiones que benefician al capital. La necesidad de atraer inversiones, evitar la fuga de empresas o mantener la “confianza de los mercados” hace que, muchas veces, se dejen de lado las demandas sociales. Aunque haya voluntad de cambio, el margen de maniobra es estrecho.


¿Actores en disputa?

Pero no todo está perdido. Desde la teoría de la lucha de clases, se plantea que los políticos pueden representar intereses distintos según la presión social. Si la ciudadanía se organiza y exige, pueden lograrse avances: reformas laborales, políticas redistributivas, mejoras sociales. Eso sí, muchas veces estas concesiones son tácticas para calmar las aguas y mantener el sistema funcionando.

Esta mirada crítica nos invita a cuestionar la idea de que la democracia liberal garantiza una representación justa. Los políticos operan en un entorno condicionado por el capital, y eso limita su capacidad de actuar por el bien común. Pensar en nuevas formas de participación, más allá de las instituciones tradicionales, puede ser clave para construir una política realmente al servicio de la gente.


Fernando Manuel García Nieto

Vicente Dalda: Carta abierta al Sr. Alcalde de Lucena, D. Aurelio Fernández García

Lucena, 18 de septiembre de 2025

Sr. Alcalde,

Me dirijo a usted, y a través suyo a toda la Corporación Municipal de Lucena, para poner el foco público sobre una cuestión de máxima relevancia: la conservación y gestión preventiva de nuestra sierra, recientemente adquirida por el Ayuntamiento.

Es innegable que esta adquisición representa un paso importante en la defensa del patrimonio natural de Lucena, pero con ella vienen también obligaciones legales y morales ineludibles. Como usted bien sabe, la Ley de Montes y la normativa autonómica andaluza establecen que las administraciones públicas propietarias de terrenos forestales deben garantizar su conservación, así como aplicar medidas eficaces de prevención de incendios forestales.

Este verano, aunque la sierra de Lucena ha tenido la fortuna de no verse afectada por incendios, otros muchos territorios en España no han corrido la misma suerte. En varias comunidades autónomas se han perdido miles de hectáreas, hábitats irrecuperables y bienes materiales, en muchos casos por falta de mantenimiento, acumulación de combustible vegetal, o carencias en los planes de vigilancia y respuesta rápida.

No podemos, por tanto, conformarnos con que “no haya pasado nada”. Debemos actuar antes de que pase. La prevención no se improvisa cuando el fuego aparece; se construye día a día, con limpieza, con vigilancia, con recursos y con planificación.

En ese sentido, solicito públicamente que el Ayuntamiento de Lucena:

Presente un plan claro, dotado presupuestariamente, para el mantenimiento forestal y la prevención de incendios en la sierra.

Ejecute tareas periódicas de desbroce, retirada de biomasa, mantenimiento de cortafuegos y caminos de acceso.

Refuerce la coordinación con la Junta de Andalucía, los bomberos, Protección Civil y asociaciones locales, para campañas de concienciación, voluntariado y vigilancia.

Informe de manera transparente a la ciudadanía sobre las actuaciones realizadas y los compromisos futuros.

Le recuerdo también que, de producirse un incendio evitable por omisión de estas acciones, la responsabilidad administrativa, política e incluso penal recaería sobre quienes tienen hoy la competencia y el deber de actuar.

La sierra no es solo un espacio natural: es un legado colectivo, un pulmón verde, una fuente de identidad y un deber de protección intergeneracional. Lucena ha dado un paso importante al adquirirla. Ahora le corresponde al Ayuntamiento demostrar que también está a la altura de cuidarla.

Con respeto institucional, pero también con la firmeza que exige la defensa del interés general, le pido que actúe.

Atentamente,
Vicente Dalda García-Taheño

¿Quién manda en el Ayuntamiento?, por Fernando Manuel García Nieto

tecnicos ayuntamientoEn los ayuntamientos, como en cualquier rincón del Estado, hay una pregunta que rara vez se formula en voz alta: ¿quién manda de verdad? ¿El alcalde? ¿Los concejales? ¿O los técnicos municipales? La respuesta, como casi todo en política, es: depende.


Los cargos electos llegan con ideas, programas y promesas. Pero pronto descubren que para llevarlas a cabo necesitan a la maquinaria administrativa. Y esa maquinaria tiene sus tiempos, sus normas… y su propio poder. No se trata de una conspiración, sino de una realidad estructural: la complejidad de los asuntos públicos obliga a delegar. Urbanismo, contratación, servicios sociales, seguridad, medio ambiente… todo requiere conocimientos técnicos que no siempre están al alcance de los políticos.


Aquí entra en juego la burocracia. Y con ella, una tensión constante: si delegas demasiado, pierdes el control, si no delegas nada, desperdicias el potencial de los especialistas. Por eso, los ayuntamientos funcionan como un delicado equilibrio entre política y técnica.


Los políticos pueden intentar controlar a los técnicos de dos formas: antes de que actúen (por ejemplo, redactando reglamentos o pliegos muy detallados) o después (fiscalizando, revisando, pidiendo informes). En teoría, si tienes buenos mecanismos de control a posteriori, puedes permitir más libertad a los técnicos. Pero si no te fías, lo atas todo desde el principio.


Y aquí aparece otro factor clave: la confianza. Si el técnico comparte tu visión política, le das más margen. Si no, lo vigilas. Esto se ve mucho en los pueblos pequeños, donde las relaciones personales pesan más que los organigramas. Pero también en ciudades más grandes, donde la profesionalización no siempre garantiza la neutralidad.


Además, está la incertidumbre. Cuando un gobierno local teme perder las elecciones, suele dejarlo todo atado: contratos largos, convenios blindados, decisiones difíciles de revertir. Es una forma de seguir mandando… incluso desde la oposición.


Por otro lado, no todos los ayuntamientos tienen la misma capacidad técnica. Hay municipios donde faltan arquitectos, juristas o trabajadores sociales. En esos casos, los políticos se ven obligados a asumir tareas que no les corresponden o a externalizar servicios. Y eso puede tener consecuencias nefastas.


En resumen: la burocracia no es un obstáculo, sino una pieza clave del gobierno local. Pero necesita reglas claras, controles eficaces y, sobre todo, políticos que no renuncien a su papel de marcar el rumbo. Porque si los políticos no mandan, alguien lo hará. Y ese “alguien” no rinde cuentas ante la ciudadanía.

Fernando Manuel García Nieto

Espejos, por Pepe Morales

Circula por las calles una multitud de personas presas de la tiranía de la moda y carentes de criterio propio que invitan a preguntar: ¿no tienen espejo en casa?, ¿a nadie con criterio y sinceridad en su entorno? En el cuento “Blancanieves” de los Grimm, la madrastra exige al espejo mágico una respuesta concreta y, en “El traje nuevo del emperador” de Andersen, es un niño quien señala públicamente la evidencia de la desnudez del monarca. Los cuentos populares son una manera de transmitir y perpetuar valores y de conformar el pensamiento.


La TV y las redes sociales exhiben personajes estrambóticos tipo Vaquerizo o Carmen de Mairena como antaño hacían los circos con la Mujer Barbuda o el Hombre Elefante. Hoy, las extravagancias con botox, silicona, tintes y demás se exhiben con normalidad en calles y plazas, y los espejos mágicos vendidos por Amazon sacian la vanidad de quienes en ellos se miran sin obligación de responder. El esperpento tuvo su origen en los espejos deformantes del Callejón del Gato, donde Valle–Inclán y Max Estrella advirtieron sobre la realidad española.


El político español (cargos, militantes y simpatizantes de partidos, tertulianos, periodistas, opinadores, cuñados, jueces y policías patrióticos, obispos y otras especies) no utiliza los espejos, ¡maldita la falta que le hace! La afirmación es extensiva a los pueblos de la Europa mediterránea donde, como recoge el refranero, “A nadie le huelen sus ‘peos’, ni sus hijos le parecen feos”. Pero no es la única ni la mayor deformidad que ostentan incluso con orgullo. La falta de criterio y el desprecio por la verdad vienen a completar su lamentable estampa.


El político de derechas y sus votantes comparten aberraciones como sustrato ideológico a la hora de expresarse, relacionarse y exhibirse en público. PP y Vox, dos caras de la misma moneda, no usan espejos ni tienen criterio propio: se limitan a sembrar odios (a mujeres, a homosexuales, a extranjeros, a musulmanes, a rojos… y a todo lo que consideran contrario a su angostura ideológica) repitiendo soflamas y bulos al servicio del neoliberalismo. Los simpatizantes y militantes repiten lo mismo sin atreverse a señalar tan inhumana desnudez.


El secretario general Tellado adopta el lenguaje de los generales Queipo, Millán–Astray y Mola para cavar una fosa común para la Democracia, Feijóo imita la dialéctica de puños y pistolas de Abascal y Almeida, con la kipá por montera, afirma que el genocidio gazatí no es un genocidio. Son ejemplos de gente que no se mira en el espejo y desprecia a quienes les advierten de su desnuda crueldad. Los espejos deformantes de los discursos del odio, la mentira aberrante y la burda manipulación devuelven una tosigosa imagen de la derecha.


Ven lo que quieren ver y no lo que reflejan los espejos. Escuchan lo que quieren oír y no lo que transmite el viento. Callan ante las injusticias y berrean indignados contra las causas justas. Habitan un planeta virtual vendido como panacea a un público sordo, ciego y mudo, deformado por los espejos de las redes sociales y los canales de la mensajería instantánea que les responden a todas horas que son los más guapos, las más listas, los que tienen razón, las que saben más que nadie. Presas fáciles, carne de cañón, votos irresponsables y suicidas.


Lo peor de la gente deformada sin criterio son los espejos donde se miran. Les encandila un jefe de estado genocida. Les seduce el valedor del genocidio, un pésimo empresario, golpista, golfo, putero, pederasta, mentiroso, matón y ladrón del bienestar para vender sus armas, armas para que los pobres se maten entre sí mientras los ricos quedan lejos de las trincheras, a salvo. Un mundo sin criterio es capaz de creerse los atentados amañados por la extrema derecha yanqui para desatar cacerías ideológicas y cerrar ojos ante el exterminio genocida del pueblo palestino.


Pepe Morales

Fachas y patriotas, por Pepe Morales

Los patriotas de la España que trabaja –los hay a mogollón– acuden cada día a su puesto de trabajo. Con jornadas de 10 y más horas, con sueldos y condiciones laborales indignas de seres humanos, soportan la violencia estructural sobre ellos y sus familias por parte del racismo facha. El patriota que trabaja abre todos los días la frutería, la barbería, el bazar de barrio… acude a tajos que los españoles de bien rechazan, cuida a las personas mayores a cambio de unas pocas lentejas… y, ¡oh prodigio!, ahorra dinero para enviar a sus familiares.


Nada que ver con los fachas de misa dominical y pulserita rojigualda que montan partidos financiados por el terrorismo islamista o gobiernos extranjeros para su lucro personal, o con los que disfrutan el dinero con el que cryptoestafadores compran su actividad política, o con los que centran su actividad institucional en demoler el estado del bienestar. Nada que ver con el facha que contrata en negro mano de obra negra, musulmana y sin derechos. Nada que ver con el facha cotizante a la Seguridad Social en exclusiva por sus paguitas políticas.


Los patriotas que trabajan son perseguidos, acosados, hostigados y agredidos por fachas de banderita que no creen en la Constitución, cuyo artículo 14 es la antítesis de su ideología radical, próxima al fascismo y contraria a la Democracia. No sólo declaran enemigos de su estrecha y excluyente patria a quienes nacen en otro país o tienen distinto color de piel y diferente religión, también a las mujeres, a quienes participan de la diversidad afectiva y a quienes opinan desde la pluralidad de pensamiento. La pulserita rojigualda es Marca Facha.


Los fachas de banderita rojigualda piden la remigración para los extranjeros, sin renunciar a la vía de la violencia, como llevan intentando desde los tiempos de los Reyes Católicos y la Inquisición. Se trata de una medida nazi que no se merece ni la escoria como Ortega Smith, Bertrand Ndongo, Hermann Tertsch o Ignacio Garriga. Ponen como excusa para deportar a 8.000.000 de personas la no adaptación a la cultura y las tradiciones españolas y el peligro que suponen para la convivencia. Para peligro inminente, el del facha patriota de hojalata.


La España que trabaja soporta los bulos y la desinformación con que las redes sociales y los medios de derechas dibujan dianas para que descerebradas hordas de cabezas rapadas obedezcan el mandato de sicarios de la extrema derecha para violar en manada, quemar viviendas o cazar personas en un Torre Pacheco cualquiera. Estos medios, estos sicarios y estas patrullas son el peligro facha que amenaza a la sociedad, a la Humanidad, como una reedición de lo sufrido en Europa con Hitler, Mussolini y Franco. La amenaza no es foránea.


Los patriotas explotados por los fachas de pulserita rojigualda lo hacen en condiciones muy precarias, a menudo en un régimen esclavista que los abandona malheridos en la puerta de un centro de salud o los entierra en la finca donde trabajaban. Las patriotas explotadas por los fachas de pulserita rojigualda lo hacen en condiciones muy precarias, a menudo en régimen de esclavismo feudal, con derecho de pernada del patrón en invernaderos o casas donde malviven su vida en clausura mal pagada bajo el eufemismo de “interna doméstica”.


Los patriotas que trabajan agradecen a sus dioses haber sobrevivido a hambrunas, guerras y arriesgadas travesías de cementerios marinos. El facha de pulserita rojigualda agradece a su dios la pertenencia a la raza blanca y paga a la iglesia, en negro, el posicionamiento, una vez más, de la Conferencia Episcopal con los valores de la extrema derecha. Las pulseritas rojigualdas son parte de la parafernalia ideológica de los fachas que empuñan cadenas, bates de béisbol, puños americanos, machetes y botellas incendiarias para imponer su ley.

Pepe Morales

El político como empresario: una crítica liberal clásica al poder estatal, por Fernando Manuel García Nieto

critica liberalEn la visión liberal clásica, el Estado no es un ente neutral ni benevolente. Es, más bien, una maquinaria que, lejos de proteger los derechos individuales, se convierte en instrumento de opresión y privilegio. En este marco de ideas, los políticos no son servidores públicos guiados por el interés general, sino "empresarios políticos" que operan en el mercado del poder con la misma lógica de maximización de beneficios que rige en el mercado económico.


El político, según esta perspectiva, no piensa en el largo plazo. Su horizonte es la próxima elección. Por ello, se dedica a distribuir beneficios inmediatos —subsidios, programas sociales, obras públicas— sin considerar las consecuencias fiscales o económicas futuras. Esta miopía racional genera déficits presupuestarios crónicos, deuda pública creciente y una peligrosa dependencia del Estado por parte de la ciudadanía.


Los liberales clásicos denuncian que los políticos utilizan el Estado como un botín que se reparte entre grupos de interés organizados. A través del “logrolling” —el intercambio de favores legislativos— se aprueban leyes que benefician a minorías organizadas a costa de una mayoría desinformada y apática. El resultado es una expansión constante del aparato estatal, que se aleja cada vez más de sus funciones esenciales: proteger derechos, garantizar bienes públicos mínimos y respetar los límites constitucionales.


La democracia como amenaza:


Paradójicamente, aunque defienden la democracia como principio, los liberales clásicos la consideran una amenaza si no está estrictamente limitada por una Constitución. Temen que los votantes, movidos por promesas de beneficios, presionen para ampliar el poder del Estado. Sin frenos constitucionales, la democracia puede degenerar en una tiranía de la mayoría, donde los derechos de propiedad y la libertad individual quedan subordinados al interés colectivo mal entendido.


La solución liberal clásica pasa por restringir el alcance del aparato del Estado. Proponen impuestos bajos, gasto público mínimo, desregulación y privatización. Pero sobre todo, insisten en la necesidad de una Constitución que limite el poder político y proteja al individuo de la voracidad estatal.

Fernando Manuel García Nieto

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