Saga Bond: Pierce Brosnan (y IV), por Julián Valle Rivas

muere otro dia james bond 007

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El 2 de diciembre de 1999, en la rueda de prensa de Hong Kong a propósito de «El mundo nunca es suficiente», Pierce Brosnan se había postulado para una cuarta entrega, si procedía, siempre que los productores le concedieran un intervalo de tres años, al objeto de descansar del personaje y atender algún proyecto personal (a la postre, tal vez fuera únicamente la irlandesa «Evelyn», de Bruce Beresford)… Frente a los deseos del actor había de prevalecer un acontecimiento ineludible: el cuadragésimo aniversario de la saga coincidente con la vigésima película. 


    El mundo ha cambiado en tu ausencia, viene a reprocharle, más o menos, M a 007, en una de las escenas iniciales del largometraje. Y tanto. En mitad del rodaje tuvieron lugar los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, que, en cierto modo, acarrearon sus consecuencias en todos los ámbitos, incluido el cinematográfico (ahí quedó la escena eliminada de «Spider-Man» —Sam Raimi, 2002— o la suspensión del estreno de «Daño colateral», de Arnold Schwarzenegger —Andrew Davis, 2002—). Ello, sin contar los problemas internos de la producción, los de casa, entre los cuales, el fallecimiento de la Reina madre, en marzo de 2002, trabó los permisos para la secuencia del aterrizaje en paracaídas de Gustav Graves.


    Ya avisé (y el que avisa no es traidor) que no se podía dejar solos a los guionistas Neal Purvis y Robert Wade, quienes, prácticamente, daban sus primeros pasos profesionales en la saga. El guión presentado a Barbara Broccoli y Michael G. Wilson fue sometido a un reiterado proceso de reescrituras con las cuatro manos de los productores, proceso que se intensificó cuando se contrató al director de la entrega. Se reescribió y reescribió al extremo de que, a cinco días del comienzo del rodaje, se anunció la incorporación al elenco de Rosamund Pike, como Miranda Frost (personaje que en la versión original del guión iba a ser Galatea Brand, en homenaje al de la novela «Moonraker» —1955—), el vestuario no estaba listo y la rueda de prensa de presentación del equipo artístico se programó sin título para el largometraje. De inspiración fueron los dispositivos miméticos que se estaban adaptando para camuflar tanques, el Proyecto Edén de Cornualles, como mayor núcleo botánico, y el Icehotel, en el sector sueco de Laponia (que ya son ganas de dormir con el culo congelado).


    El neozelandés Lee Tamahori fue escogido, o así lo admitieron los productores, por su cariz independiente, que implosionó con virtuosismo deslumbrante en su ópera prima «Guerreros de antaño» (1994), obra medio indie medio de autor, protagonizada por el mítico Temuera Morrison. Pero uno no implosiona con virtuosismo deslumbrante en una ópera prima a los cuarenta y cuatro años. Lo cierto es que Tamahori se había profesionalizado como ayudante de sonido y asistente de dirección, y tuvo un acierto en la lotería que le concedió el salto al cine estadounidense con títulos como «La brigada del sombrero» (1996), «El desafío» (1997) y «La hora de la araña» (2001), acolchados con estrellitas de la época, sin terminar de brillar en la noche despejada hollywoodense. Sí se le otorgó el reconocimiento de dirigir sendos episodios de mero lustre en las series «Los Soprano» (1999-2007) y «Billions» (2016-2023). La suerte fue que los productores lo rodearon con el equipo técnico franquiciado, encabezado por Vic Armstrong, en la dirección de la segunda unidad; Chris Corbould, como supervisor de efectos especiales; John Richardson, como supervisor de maquetistas; y Peter Lamont, como diseñador de producción. Un equipo consolidado y eficaz que supo conservar el nivel máximo de verismo, habitual en la saga, empañado, por desgracia, con un empecinado algoritmo de efecto digital, excesivo de solemnidad y nocivo de malignidad estomacal, que trunca el montaje final y afea el resultado. Desacertada decisión en la que no es posible eludir la responsabilidad de los hermanastros productores, cuyo único empeño y dedicación era el encargo de los largometrajes de la saga Bond, con el eterno consejo del padre Albert R. Broccoli enmarcado en la pared: «No la fastidiéis. Todos intentarán echarlo a perder y fastidiarlo, y vuestro trabajo es vigilarlo todo».


    La búsqueda de escenarios fue un vibrante paseo por el mundo durante el que Tamahori, con la parada en Islandia, se le ocurrió la talentosa idea de la persecución de coches sobre la superficie helada, lo que obligó a potenciar el ingenio del departamento mecánico para readaptar o reacondicionar (desde la tracción a las cuatro ruedas hasta el rediseño de la maquinaria) tanto el Jaguar XKR como el Aston Martin V12 Vanquish, marca recuperada para el aniversario. El impedimento fue que llegaba el día de rodaje e Islandia no se congelaba lo suficiente. De los sesenta centímetros de grosor, sólo se medían veinte o veintidós. La producción, sin saber a dónde enviar al cuerpo técnico y el voluminoso equipamiento, se dejó las pestañas y el ritmo cardíaco localizando nuevos emplazamientos, insatisfactorios por unos u otros motivos. Fue gracias a la experiencia de los asistentes islandeses, quienes construyeron un murete que impidió que la marea alta descongelase el suelo, que se salvó el enclave. Una vez allí, en prioridad se convirtió la seguridad de los trabajadores, entre glaciales y lagunas congeladas, y calentar los vehículos, que serían conducidos por los especialistas Ray De-Haan y George Cottle. Por descontado, el tramo de explosiones, no era cuestión de atomizar un paisaje natural, se rodó en un escenario construido al efecto en un aeródromo británico. Fue ese realismo que marca la saga lo que llevó a reunir (y vestir) a cuatrocientos figurantes para la fiesta en el palacio de hielo, a erigir unos treinta metros de su fachada (el resto se completó con maquetas y efectos visuales) y montar uno de los magníficos e insuperables escenarios catedralicios de Lamont para el interior, donde se grabó la persecución de coches, milimétricamente planificada.


    Lo primero que se rodó, sin embargo, fue, en la Navidad de 2001, la secuencia surfista liderada por el profesional estadounidense Laird Hamilton, en Pe’ahi, Maui; y la última, la de esgrima coreografiada por el maestro Bob Anderson y representada casi en su integridad por los actores principales. Cinco semanas después del comienzo, Pierce Brosnan se lesionó una rodilla durante la secuencia introductoria en la base militar norcoreana, por la que hubo de ser operado en California, paralizando la producción. Milagroso fue el periplo por Cádiz (imitación de La Habana), donde, a mediados de abril, tras cinco días doblegados por unas pésimas condiciones meteorológicas, se suspendió el rodaje, para amanecer el sexto día soleado y en calma, reanudándose la programación. A un mes de la fecha final, la agenda iba tan apuradísima que se formaron hasta siete unidades grabando al mismo tiempo diversas escenas. No todo fueron percances, claro, Halle Berry y Chris Munro se tomaron un paréntesis para recibir sus correspondientes premios Óscar, a mejor actriz, por «Monster’s Ball» (Marc Forster —futuro director de la saga—, 2001), y a mejor sonido, por «Black Hawk derribado» (Ridley Scott, 2001), respectivamente.


    El apartado artístico congregó a los consabidos Judi Dench, John Cleese y Samantha Bond. Halle Berry era la actriz del momento, con su aparición en «X-Men» (Bryan Singer, 2000), más lucida en «Operación Swordfish» (Dominic Sena, 2001) y más metódica en la citada «Monster’s Ball». Rosamund Pike, por el contrario, con apenas veintitrés años, se había educado en la televisión británica, adentrándose en la gran pantalla con este título. Toby Stephens, hijo de los actores Maggie Smith y Robert Stephens, alternaba secundarios en cine y televisión sin definirse o descollarse. Rick Yune, estadounidense nacido en Washington DC, picaba como modelo y había puesto la patita sobre los largometrajes en el dramón romántico «Mientras nieva sobre los cedros» (Scott Hicks, 1999) y el arranque de acción «A todo gas» (Rob Cohen, 2001). Las localizaciones en España significaron nombres como Simón Andreu y Manolo Caro. Curiosidad, el pequeño papel, anecdótico, para Deborah Moore, hija de Roger Moore, la azafata de vuelo que le sirve el Martini con vodka a 007; y, respecto de Madonna, prefiero no malgastar teclas.


    El personal técnico se remata con la gestión de la unidad de producción en España de Salvador Yagüe. El director de fotografía David Tattersall, fichado por la productora de George Lucas para la trilogía de precuelas de «Star Wars» y la adaptación televisiva dedicada a un joven Indiana Jones, también había realizado un gran trabajo en «La milla verde» (Frank Darabont, 1999). La edición fue un esfuerzo complementario entre un consolidado en el negocio del género de acción como Christian Wagner (¡ojo, lista!: «Amor a quemarropa» —Tony Scott, 1993—, «Dos policías rebeldes» —Michael Bay, 1995—, «Cara a cara» —John Woo, 1997—, «Negociador» —F. Gary Gray, 1998—, «Misión imposible 2» —John Woo, 2000— o «Juego de espías» —Tony Scott, 2001—) y un asistente recién ascendido a la división de oro como Andrew MacRitchie. La música permanece en el patrimonio de David Arnold, con una aportación más electrónica o electrizante, y una canción en la voz de, sí, Madonna.


    En lo frenético de la producción, un Lee Tamahori pizca animado, pizca entusiasmado, pizca tenso, pizca preocupado comentó que no sabía cómo iba a hacer una película pequeña después, «pero de algún modo debo hacerlo y volver a la realidad». La auténtica realidad fue el estreno de «Muere otro día» en 2002.


    En los cenicientos preludios del día, hacia una playa norcoreana alicatada de erizos checos, tres surfistas molonísimos, embutidos en uniformes de camuflaje, se deslizan con impecable estilo californiano sobre las olas del mar asiático. El triunvirato integrado por James Bond, 007, y dos colegas surcoreanos intercepta a Van Bierk (Mark Dymond), un traficante de diamantes de sangre, cuando se dirigía a reunirse con el coronel Tan-Sun Moon (Will Yun Lee) en su base emplazada en la zona desmilitarizada. Rebelde de muy malas pulgas que entrena con sacos de boxeo rellenos de humanos, Moon se dispone a cerrar un negocio de venta de armas cobrado con los diamantes conflictivos. Usurpa Bond la identidad del traficante y oculta una bomba en el maletín de los diamantes. Necrosada por la ortodoxia de la saga, la identidad simulada de 007 vale lo justo para que el lugarteniente de Moon, Zao (Rick Yune), capte su imagen con un aparatejo de reconocimiento facial. Así que el coronel norcoreano liquida a los agentes del sur y detiene a Bond, quien, acorralado, hace explosionar la bomba, esparciendo diamantes por doquier, algunos de los cuales se incrustan en el inmaculado rostro de Zao. En vano, Bond trata de huir en un aerodeslizador y, tras deshacerse de Moon, que se precipita por una cascada, es capturado por el padre del coronel, el general Moon (Kenneth Tsang). Torturado durante catorce meses (adversidad que se resume en la secuencia de créditos), demacrado y lesionado, aunque incorrupto en su gallardía, es liberado en un intercambio por Zao (se ha decidido por preservar sus brillantes adornos cutáneos), con mediación de la Agencia de Seguridad Nacional, al mando de Damian Falco (Michael Madsen), no sin antes advertirle el general Moon sobre la probable existencia de un traidor en las filas británicas. El reencuentro con el MI6 no será, sin embargo, amigable. M (Judi Dench) no confía en que la voluntad de Bond no se haya visto doblegada durante su cautiverio norcoreano, por lo que rescinde su estatus de doble cero. Herido en su orgullo y dolido por la desconfianza, 007, diestro en las más rocambolescas proezas, detiene (ojo a la empresa) los latidos de su corazón, montando un caos en el barco médico donde está confinado y escapando a nado hasta la mismísima puerta del Club Náutico de Hong Kong, por el cual se pasea chulesco hasta que el gerente Chang (Ho Yi), espía chino cuya tapadera Bond no ignora, lo aloja en la suite. Allí, el Agente británico recupera su guapetona e irresistible apariencia física y consigue que Chang le ayude acerca del paradero de Zao. La pista conduce a Cuba, donde Raúl (Emilio Echevarría), dueño de una fábrica de habanos y contacto del MI6, le informa que Zao se halla en el islote Los Órganos, en la Clínica del doctor Álvarez (Simón Andreu), especializada en terapia génica, esto es, en terapia (se reitera lo acentuado del detalle) de sustitución del ADN, que obra el milagro de transformar en pleno el cuerpo del sujeto, manteniendo su personalidad, recuerdos y cualidades intelectuales. Entretanto Bond barrunta cómo plantarse en la clínica, conoce a Giacinta Johnson, Jinx (Halle Berry), con quien se pondrá al día en asuntos amatorios. Resulta que Jinx, miembro de la Agencia de Seguridad Nacional, también alberga intereses en la clínica genética, de modo que asesina al doctor Álvarez, mientras Bond, pese a interrumpir a Zao en mitad de su tratamiento, es incapaz de contener su reacción y su abandono de la isla, si bien le arrebata durante la refriega una bala cuyo interior oculta unos diamantes de sangre en los que aparece gravado el logotipo de la empresa de Gustav Graves (Toby Stephens). En Reino Unido, 007 se aproxima a Graves retándolo en su club de esgrima, excusa que pergeña la presentación de su asistente Miranda Frost (Rosamund Pike) y la incrustación, con la lenta e ineluctable dosificación de un cuchillo ardiente, de la instructora Verity (Madonna). Sea como sea, Graves invita a Bond a la presentación de su proyecto Ícaro en Islandia, aval suficiente para que M le restituya el doble cero y Q (John Cleese) lo avitualle con un anillo de ondas sónicas, un nuevo reloj Omega (el vigésimo, apostilla Q, como guiñito) y un Aston Martin V12 Vanquish, equipado con las oportunas adaptaciones y la innovación de un sistema de camuflaje que reflecta el entorno. En este punto de la trama, además, se revela que Miranda Frost es una agente del MI6 infiltrada en la corporación Graves. El acto islandés se antoja un entremés de supina complejidad sumaria. A la escena retorna Jinx, en tensión constante con Frost por la atención de 007, atención que, sí o sí, acabará siendo sicalíptica y delatadora de la traidora condición de la Agente británica, al tiempo que se desenmascara (permítaseme la alegoría) que Graves no es otro que el coronel Moon (¡no falleció!) genéticamente alterado, a cuyo flanco se persona Zao, con su careto de metamorfosis reprimida o suspendida. El proyecto Ícaro permite llevar la luz solar a cualquier parte del planeta, en cualquier momento del día, dotado, como se comprobará metraje adelante, de facultades de láser energético, con el cual los villanos buscarán tostar a Bond en un correveidile que evita improvisando un parapente con los aires surfistas del liminar, y le concede montarse en su coche para liberar a Jinx de la cárcel de hielo en proceso de derretimiento donde ha sido atrapada y finiquitar a Zao hundiéndolo en las aguas heladas y aplastándolo con una suerte de gigantesca lámpara de diamantes. Todavía la fuerza conjunta de la Agencia de Seguridad Nacional y el MI6 procuran abortar el plan maligno de Graves, consistente en servirse de su rayo solar para destruir la zona desmilitarizada, infectada de minas, e invadir Corea del Sur, a fin de unificar la península. Pero serán Bond y Jinx quienes se embarquen en el avión del malvado, donde ha montado a su padre el general, que, una vez superada la primera impresión por ese aspecto tan británico de su hijo, se enfrenta a él ante su locura bélica, para perecer en acción parricida. Y, en el interior de un avión que se va descuajaringando, al haberse cruzado con el rayo de Ícaro, emparejados por sexos, los personajes luchan, concluyendo, no podía ser de otra forma, con la victoria del bien sobre el mal. Los agentes dejan la nave al borde de su desintegración a bordo de un helicóptero casualmente fletado (depósito de los diamantes conflictivos), que 007 controla bordeando la ruina de los protagonistas. La historia se salda con una risueña escena en la cual Moneypenny (Samantha Bond) prueba las gafas de realidad virtual de Q idealizando un encuentro picante con Bond, cuando éste, en la realidad verdadera, pasa la pícara velada con Jinx (y los diamantes).


    Añorado remedo de su debut, en esta etapa Brosnan, fue para quien suscribe el estreno de «Muere otro día». Si, para el de «GoldenEye», asistí al legendario cine local Palacio Erisana acompañado de un buen, y resignado y compresivo, amigo; para la despedida del actor, gravitando alrededor de mi periodo universitario, con residencia temporal u ocasional o pasajera en la capital de provincia, fue en una de las salas del centro comercial próximo a la facultad donde senté a algún que otro amigo, de nuevo oprimido por mi fanático entusiasmo, para salir todos un tanto decepcionados (particular mirar de soslayo el que me dedicaban mis amigos), porque James Bond había abrazado cotas de un paroxismo cruel e irritante, mejunje desbordante y descacharrante, no sólo por haberse precipitado a un río bravo de excentricidad ditirámbica, sino por haber traicionado unos principios viscerales consuetudinarios o haber caído en las funestas garras de la seducción del novísimo estilo de acción cinematográfica, barroquizante de hilaridad digital y rococó de ralentí. La historia deriva, carente de un timón firme; la participación de Madonna se encajona como el coche en el aparcamiento al bordillo de la acera: empujando al de delante y al de detrás; transcurridos más de veinte años continúa la incógnita de ese Zao que conserva los diamantes incrustados en su rostro; el concepto de alteración genética que transforma el cuerpo preservando la mente, amén de inverosímil hasta para los estándares de la suspensión de la incredulidad, arría la bandera de la realidad científica enarbolada por Albert R. Broccoli; el diseño del rayo solar, de diámetro dolménico, que arrasa con lo que se topa sin atravesar el suelo planetario, sea terroso o glacial, se merece una segunda pensada; el poder de la parada y reactivación cardíaca se antoja digno de un cómic sobre metahumanos; el abuso de la pantalla azul y el efecto digital abofetea al espectador, y en ambas mejillas del admirador, demasiado palmarios para los actuales; la absurda y exasperante tendencia a lentificar los fotogramas emponzoña las secuencias; y las interpretaciones del elenco, en fin, simplemente cumplen (quizá algo histriónica la de Toby Stephens).


    El trámite del coincidente cuarenta aniversario y vigésima película de la saga, en definitiva, había de cubrirse, como apostillaba decenas de renglones arriba. No obstante, las necesidades de entretenimiento, aventura, misión extrema, paisajes idílicos y romance a granel quedan satisfechas. Las dos horas de metraje se saldan sin agotamiento ni desesperación, y batió su récord de recaudación hasta la fecha. Pienso que los pormenores duelen más al adepto que al ordinario, por ello, sólo volví a verla cuando la alquilé en el videoclub y, por tercera vez, para escribir esta suerte (o desgracia) de fascículo. Barrunto que no resurgirá una ansiedad cercana, catalizadora de un cuarto visionado, aunque no dejaré de aplaudir con fervor la representación de Pierce Brosnan del mítico personaje, aun cuando el actor no se considere lo bastante bueno en su papel, aun al coste de bonificar a «Muere otro día».


Julian Valle Rivas

La trampa del desencanto: cómo la globalización alimenta los extremos políticos, por Fernando Manuel García Nieto

En las últimas décadas, la globalización ha sido presentada como una promesa de progreso y prosperidad. Sin embargo, para millones de trabajadores poco cualificados de las democracias industriales avanzadas occidentales, esa promesa se ha traducido en precariedad, desarraigo y una creciente sensación de abandono. Este caldo de cultivo ha sido fértil para el auge de los extremismos políticos, especialmente en sectores sociales que se sienten excluidos del relato triunfalista del libre mercado.


El caso de Francia es paradigmático. En las elecciones europeas de 2024, el Reagrupamiento Nacional (RN) de Marine Le Pen obtuvo más del 31% de los votos, duplicando a su competidor más cercano. Este resultado no es un accidente, sino el reflejo de una transformación profunda: el RN ha dejado de ser un partido marginal para convertirse en la voz de una parte significativa de la clase trabajadora, especialmente en regiones desindustrializadas y rurales.


La percepción de que los migrantes compiten por empleos y servicios públicos, sumada a la desconfianza hacia las élites políticas tradicionales, ha empujado a muchos votantes hacia opciones que prometen protección, identidad y orden. No se trata solo de Francia. En Alemania, España, Italia o los Países Bajos, partidos de corte nacionalista y populista han capitalizado el malestar de quienes sienten que la globalización les ha dejado atrás. También ocurrió en Estados Unidos en las últimas presidenciales.


Pero ¿cómo revertir esta tendencia sin caer en la criminalización del descontento?
La respuesta no está en silenciar a los votantes radicalizados, sino en escuchar sus demandas legítimas y ofrecer alternativas creíbles. Algunas propuestas ya están en marcha:
- Invertir en formación y empleo de calidad, especialmente en sectores emergentes como la economía verde o digital.
- Reforzar la cohesión social, garantizando el acceso equitativo a servicios públicos y vivienda.
- Combatir la desinformación y el discurso de odio, promoviendo la alfabetización mediática y el pensamiento crítico desde la escuela.
- Regular el contenido extremista en redes sociales, sin vulnerar la libertad de expresión.
- Fomentar la participación cívica y comunitaria, para que los ciudadanos vuelvan a sentirse parte activa del proyecto democrático.


La radicalización no nace del fanatismo, sino del vacío. Allí donde el Estado se retira, donde la política se vuelve tecnocrática y distante, florecen los discursos que prometen soluciones simples a problemas complejos. Frenar esta deriva no es solo una cuestión de seguridad o estabilidad institucional: es una cuestión de dignidad democrática.


Nota legal
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El Triángulo Siniestro en el Gobierno Local: Cuando Mediocridad, Corrupción y Nepotismo Estrangulan a Nuestros Ayuntamientos, por Fernando M. García Nieto

ayuntamienmtos entes localesEn el corazón de nuestras comunidades, la administración local es el motor más cercano a los ciudadanos. Sin embargo, este motor puede gripar cuando se ve afectado por un peligroso triángulo: la mediocridad, la corrupción y el nepotismo. Lejos de ser problemas abstractos, estas prácticas tienen un impacto directo y palpable en la vida diaria de nuestros vecinos, desde el estado de nuestras calles hasta la eficiencia de los servicios públicos.
A menudo, los ayuntamientos y las instituciones municipales son las primeras líneas de contacto con el gobierno, y su buen funcionamiento es crucial para la confianza ciudadana y el desarrollo local. Pero cuando la excelencia es desplazada por el "cumplir sin molestar", la transparencia por el oscurantismo y el mérito por el amiguismo, las consecuencias son devastadoras.


La Mediocridad en el Ámbito Municipal: El Costo del "Vale Todo"

Cuando la mediocridad se asienta en la administración local, se manifiesta de diversas formas. La falta de visión en la planificación urbana, la lentitud en la resolución de trámites, la baja calidad en la prestación de servicios (recogida de basuras, mantenimiento de parques, etc.) o la ausencia de ideas innovadoras para el desarrollo del municipio son claros indicadores.


El personal que carece de un compromiso con la mejora continua o con la responsabilidad cívica puede ceder más fácilmente a la presión de los intereses particulares, desviándose de sus funciones para buscar beneficios personales. Los líderes mediocres, a su vez, tienden a resistirse al cambio y a rodearse de equipos que no cuestionen su autoridad, prefiriendo la comodidad del status quo a la exigencia de la excelencia. Esto genera un ambiente donde la crítica constructiva es desalentada y la autocomplacencia se normaliza.


El Nepotismo Local: El Atajo Injusto

El nepotismo es una lacra especialmente visible en el ámbito local, donde las redes de parentesco y amistad son más estrechas. La contratación de familiares o amigos sin la debida cualificación para puestos en el ayuntamiento, empresas municipales o servicios públicos es una práctica que erosiona directamente la meritocracia.
Esto no solo significa que personas inadecuadas ocupan roles clave –lo que impacta directamente en la calidad de los servicios–, sino que también genera una profunda sensación de injusticia entre los ciudadanos. Se cierra la puerta a profesionales más capacitados y se fomenta la percepción de que el éxito depende de las "conexiones" y no del esfuerzo o la capacidad. Además, los cargos obtenidos por nepotismo suelen generar lealtades hacia la persona que los nombró, y no hacia la institución o el servicio a la comunidad.


La Corrupción Municipal: Cuando el Poder Local se Vuelve Negocio

Finalmente, la corrupción actúa como el pegamento que une la mediocridad y el nepotismo. En la administración local, esto puede manifestarse en contratos públicos amañados, recalificaciones de terrenos irregulares, favores urbanísticos a cambio de sobornos, o desvío de fondos destinados a proyectos comunitarios.
Los fondos obtenidos ilícitamente pueden ser utilizados para financiar campañas políticas, mantener redes de influencia o incluso "comprar" el silencio de quienes podrían denunciar irregularidades. La falta de controles internos rigurosos, a menudo producto de la mediocridad en la gestión, crea el escenario perfecto para que la corrupción prospere.


Un Futuro Hipotecado

La combinación de estos tres elementos condena a nuestros municipios al estancamiento. La ineficiencia se consolida, los proyectos importantes se paralizan o se encarecen, y los servicios básicos se deterioran. La desilusión ciudadana crece, llevando a la apatía y a una menor participación en los asuntos públicos.
Para revertir esta tendencia en nuestros ayuntamientos, es imperativo:
●    Reforzar la meritocracia: Asegurar que los puestos se ocupen por los más capaces, a través de procesos de selección transparentes y rigurosos.
●    Impulsar la transparencia: Abrir las cuentas, los procesos de contratación y las decisiones a la supervisión pública.
●    Fomentar la participación ciudadana: Involucrar a los vecinos en la toma de decisiones y en la supervisión de la gestión municipal.
●    Promover una cultura de integridad: Educar y exigir altos estándares éticos a todos los niveles de la administración.
Solo rompiendo este triángulo vicioso podremos garantizar que nuestros ayuntamientos sean verdaderos motores de progreso, al servicio de todos los ciudadanos.

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Nota Legal y de Producción:
Este artículo es un análisis de opinión basado en conceptos generales sobre la administración pública y no imputa acciones ilegales o faltas éticas a ninguna persona, partido político o institución específica.
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Saga Bond: Pierce Brosnan (III), por Julián Valle Rivas

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Se culminaba el milenio y también el contrato con Pierce Brosnan. Sus dos entregas habían funcionado más que aceptablemente entre la crítica (la primera, sobre todo) y el público, y el margen bianual era un principio impositivo para la productora. En 1999, al igual que dos años antes, Brosnan estrenaba por triplicado (aunque en la versión de «El secreto de Thomas Crown» de John McTiernan recordemos mejor a una espectacular René Russo), sin embargo, la exigencia física de la saga y el escaso paréntesis entre rodajes pasaría factura al actor. En primavera, «Star Wars. Episodio I: La amenaza fantasma» (George Lucas) y, en verano, «Matrix» (Andy y Larry Wachowski; Lilly y Lana, ulteriormente, insisto) habían revolucionado el género de acción; así que todavía transcurrieron los meses con la confianza tensa en un estilo tradicional, en una forma de hacer cine que se aferraba a una naturaleza analógica en un mundo que se columbraba netamente digital.


    La decimonovena entrega de la saga proyectaría una historia del tándem Neal Purvis y Robert Wade, pareja entonces bisoña, que tomó como título la divisa de la familia Bond (remítase a «007 al servicio secreto de su Majestad», 1969) y escribió el guión; pareja que se perpetuaría, a emulación de Richard Maibaum y Michael G. Wilson; y pareja de luces y sombras, en función del tercero contratado para rematar la faena (llegarán Paul Haggis y John Logan) y su entusiasmo (del tercero): Bruce Feirstein participó de nuevo en el guión. En las décadas anteriores, con sistemas de rodaje ortodoxos, sin demasiadas trabas en postproducción, y compromisos heredados de la antigua industria, conservar a un director se asemejaba a una cuestión de honra. Michael Apted era un veterano profesional británico, cuyo bagaje en la acción era, no obstante, parvo, lo que fue motivo de confesada preocupación. Formado en la televisión de los sesenta, no había dejado de trabajar, al saltar a la gran pantalla, y nunca se desligó de sus orígenes, apostando, con enorme éxito, por el documental. Títulos como «Gorky Park» (1983), «Gorilas en la niebla» (1988), «Acción judicial» (1991) o «Nell» (1994) habían acreditado su valía para los gerifaltes del otro lado del charco, por lo que bastó con adherirle una sólida segunda unidad, en la que repetiría Vic Armstrong, de la mano del coordinador de especialistas Simon Crane, y a Adrian Biddle, un director de fotografía muy solvente, responsable de largometrajes como «Aliens: El regreso» (James Cameron, 1986), «La princesa prometida» (Rob Reiner, 1987), «Willow» (Ron Howard, 1988) o «Thelma & Louise» (Ridley Scott, 1991); quien supo captar a la perfección los escenarios catedralicios recuperados con el retorno de Peter Lamont, o sus espacios más opresivos, en el interior del oleoducto o el submarino. Había colaborado Apted con otro decano como Jim Clark, que asumiría la edición de un largometraje para el cual una sola de sus secuencias, la persecución de lanchas en el Támesis, requirió siete semanas de rodaje. El río mantenía en la ciudad su condición industrial y comercial, siendo un suplicio de papeleos y permisos. Su caudal hacía delicada una escena de persecución, con mareas que podía descontrolar la acción. Esa pasión por lo artesanal, esa máxima de que las cosas sólo parecen reales cuando se hacen de verdad, ese más y mejor, trajo la adaptación de una lancha de competición de trescientos caballos y ocho cilindros en v, con una doble propulsión inversa que superaba las cuatro mil revoluciones para una vuelta aérea (el tonel) de trescientos sesenta grados, varios modelos de rampas para los saltos de las embarcaciones, velocidades de más de cien kilómetros por hora, cámaras con estabilizadores eléctricos y rodaje simultáneo de grupos de seis para asegurar la toma, especialistas avezados tanto para trompos fluviales como para arrasar atracaderos, dos agentes reales colocando cepos que quedaron empapados hasta el punto de no poder reproducir sus frases y un actor de la talla de Brosnan, dispuesto a manejar las lanchas en agua y tierra, para esos impagables planos de verismo. Luego estaban la frecuencia de explosiones y la practicidad prototípica de los artilugios, con el supervisor de efectos especiales Chris Corbould, y las siempre funcionales miniaturas de John Richardson. La Cúpula del Milenio no había terminado de erigirse, por lo que debieron concertarse con el equipo de operarios durante los seis días que precisaron para completar la escena. A pesar de todo, es posible que ninguno de estos pormenores se comparase con el agobiante rodaje en Bilbao, donde la multitud apenas podía ser contenida y menos acallada. Nada que ver con el tranquilo paisaje rocoso de Cuenca, que fingió el religioso espacio opositor de Azerbaiyán. Sigue correcta la labor musical de David Arnold, quien compuso, de consuno con Don Black, la canción interpretada por la banda Garbage, con su vocalista Shirley Manson.


    Los papeles de M y Moneypenny no se despegaron de Judi Dench y Samantha Bond, respectivamente. Sophie Marceau era una estrella del cine francés, que ganó reconocimiento internacional con la producción estadounidense «Braveheart» (Mel Gibson, 1995), de ideal imagen para el candoroso personaje de Elektra King. Por el contrario, Denise Richards, de belleza y físico incontrovertidos, no había descollado en el área fílmica hasta «Starship Troopers» (Paul Verhoeven, 1997), para desencajar mandíbulas con «Juegos salvajes» (John McNaughton, 1998); recayó sobre ella la enorme dificultad de otorgar credibilidad al personaje de una doctora en física nuclear: Christmas Jones. Mucho más alejada de su prototipo la italiana María Grazia Cucinotta, en ese singular papel de auxiliar del banquero, acreditada como «la chica del cigarro». Robert Carlyle era el actor de moda, tras el estreno de Full Monty (Peter Cattaneo, 1997), sobradamente cualificado para encarnar al villano Renard. Repitió Robbie Coltrane como Valentin Zukovsky y se postuló a John Cleese, aprendiz de Q. Porque, después de diecisiete entregas, Desmond Llewelyn se despidió de la saga, triste y fulminantemente; lo que se escenificó en la ficción bajo notas jocosas o burlescas, se metamorfoseó en tragedia. Falleció en accidente de tráfico en diciembre de 1999, mes siguiente al estreno de «El mundo nunca es suficiente».


    Durante un extenso preliminar, se tropieza el espectador con el agente James Bond, 007, por las calles de Bilbao, acudiendo a la sede del Banco Suizo de Industria, donde recupera el dinero de Sir Robert King, magnate petrolero y amigo de M, aunque no se dará por satisfecho con tan simple transacción: el informe que King compró con el dinero había sido robado a un agente del MI6 después de matarlo, y quiere un nombre. Las evasivas del banquero Lachaise (Patrick Malahide) hacen que 007 recurra a un sistema más contundente. Lachaise es apuñalado en la refriega por una joven auxiliar que aguardaba en la sala (Maria Grazia Cucinotta) y Bond, ante el inminente asalto de la Ertzaintza, escapa con el dinero saltando por un balcón del edificio y reteniendo la caída con la cuerda de una cortina atada a un secuaz. Arribado en el MI6, es felicitado por King y M (David Calder y Judi Dench), quienes le explican que se trataría de un informe del departamento ruso de Energía. Al parecer hicieron creer a King que era un documento secreto en el que se identificaba a los terroristas que atacaron el oleoducto que está construyendo en el entorno del Mar Caspio. Retirado King para recoger su dinero, 007 se da cuenta de que está recubierto con un explosivo plástico, que el propio King activa al aproximarse mediante un microchip oculto en su alfiler de solapa, muriendo al instante. A través del boquete que la explosión ha causado en el edificio, Bond ve a la auxiliar del Banco Suizo en una lancha en pleno Támesis, asegurándose de la fructificación del atentado. Así que se apodera de un prototipo de lancha de la Sección Q y comienza una persecución fluvial que culmina con el suicidio de la auxiliar, opción que prefiere ante la previsible reacción abominable de su jefe a una detención, y la lesión de Bond en un hombro. El entierro de King, sólo útil para presentar a su hija Elektra (Sophie Marceau), da paso a la dirección del MI6, constituida en Escocia, que excluye de la misión a 007, debido a su lesión, por lo que procede convencer a la doctora Molly Warmflash (Serena Scott Thomas), bajo método sicalíptico, de su óptima condición para el servicio activo, esfuerzo advertido socarronamente por Moneypenny (Samantha Bond). Una visita más pausada al departamento de Q (Desmond Llewelyn) visualiza la incorporación de su discípulo, chistosamente denominado R (John Cleese), describe el nuevo BMW Z8 a disposición del Agente británico, demuestra la función conversora en bola protectora autoinflable del abrigo polar, expone unas llamativas gafas de cristales azulados (metraje adelante se particularizará su uso de rayos X subyugados por la censura, al no poder atravesar la ropa interior) y escenifica la posteriormente apesadumbrada despedida del viejo Q de la saga: «No estarás pensando en jubilarte pronto… ¿verdad?», le pregunta Bond, con sincera cohibición. «Presta atención, 007 —le responde Q, presto—. Siempre he intentado enseñarte dos cosas. Primera, jamás permitas que te vean sangrar». «¿Y la segunda?», se interesa Bond. «Ten siempre un plan de fuga», sentencia Q mientras desaparece de plano, descendiendo en una plataforma. La investigación de Bond revela que Elektra fue secuestrada tiempo atrás por el terrorista Victor Sokas, Renard (Robert Carlyle), cuyo rescate el padre, asesorado por M, se negó a pagar, si bien Elektra consiguió huir. Le extraña aquí a 007 que la cantidad recuperada en Bilbao coincida con la cuantía fijada para el rescate. En cualquier caso, la historia continuó con el encargo a 009 de la misión de acabar con Renard, en la cual, pese a dispararle en la cabeza, la bala no lo mató de inmediato, sino que, alojada en su cerebro, le está provocando una paulatina pérdida de sentidos y facultades, hasta su íntegro final. La misión de proteger a Elektra traslada a Bond a Azerbaiyán, donde la pareja es atacada por un comando de villanos en parapente, al cual 007 derrota con su muy habitual derroche de destreza esquiadora y un poco de auxilio de su abrigo polar reconvertible; y la necesidad de obtener respuestas, al casino en Bakú regentado por Valentin Zukovsky (Robbie Coltrane), quien le confiesa, tras mostrarle una bandera de la Unidad Antiterrorista de Energía Atómica, extraída del lugar del ataque parapentista, que Renard pertenecía a la Unidad y en la actualidad podría trabajar como mercenario de las industrias petroleras competidoras de King, que también construyen sus oleoductos para suministrar a Occidente. Inesperadamente, aparece Elektra, dispuesta a perder un millón sin despeinarse; indiferente desprendimiento que escama al Agente. En paralelo, la trama delata al Jefe de Seguridad de Elektra, Sasha Davidov (Ulrich Thomsen), como agente a sueldo de Renard, de manera que, reunidos con el científico del Departamento Ruso de Energía Atómica Mikail Arkov (Jeff Nuttall), éste es ejecutado y Davidov habrá de asumir su identidad. Y se alarga la noche, porque ya tardaba 007 en disfrutar de un intervalo de amor con Elektra (pero la tardanza se ha debido a la expresa orden de M, que la estima como a una ahijada, cumplida hasta donde se ha podido: Bond no es de piedra y las insinuaciones de la mujer se tornan irresistibles), que aprovecha la trama para que ella relate cómo se fugó de sus captores, para después adentrarse el Agente en el entramado empresarial King, cazando a Davidov en aleve actuación (cadáver de Arkov en el maletero, incluido) y asesinándolo. Suplanta al suplantador, pues, y es subido a un avión en cuyo aseo se valdrá de su habilidad en pretecnología para sustituir con su foto la de Davidov en la tarjeta de seguridad de Arkov, todo muy acreditativo de los falaces relevos (por no dejar al lector con la intriga, apostillo que la foto la recorta de su tarjeta como comercial de Universal Exports; el detalle del pegamento o la plastificación o desplastificación se reserva a la imaginación del espectador). Aterriza en medio del desierto de Kazajistán, donde se ha desplegado un equipo del Organismo Internacional de Energía Atómica que manipula a placer bombas atómicas de la extinta Unión Soviética. Destaca la doctora Christmas Jones (Denise Richards), quien no tardará en averiguar la impostura pergeñada por el Agente (pero el veterano de la saga sabe que las imposturas de Bond aguantan unos segundos de metraje). Surge Renard por el lugar, en el ínterin, con el ánimo emprendedor a punto de agenciar una bomba, y claro, se forma una reyerta a base de tiros y explosiones (el complejo subterráneo va a reventar sí o sí, otro dato consabido por el espectador veterano), durante la cual una frase de Renard permite a Bond comprender que, en realidad, la malvada del episodio es Elektra. Salvan la vida 007 y la doctora, sin poder impedir que roben la bomba, a la que le han retirado el localizador, y en la residencia de Elektra en Bakú, con M que ha acudido presurosa a la llamada de socorro de la joven, todavía excusa Bond el comportamiento de la hija de King supeditado por el Síndrome de Estocolmo. La narrativa retoma el estado de la bomba atómica robada, la cual circula a gran velocidad a lo largo del oleoducto King, por lo que serán Bond y la doctora Jones quienes asuman el compromiso de impedir su explosión, recorriendo el interior de las gigantescas tuberías petrolíferas con un deslizador hasta toparse con la bomba, de la que la doctora desmonta el medio núcleo de plutonio con el que está cargada, y lo hace sin desactivarla, por indicación expresa de 007; de modo que, al explotar, todos creen que la pareja a muerto, acontecimiento estremecedor que envalentona a Elektra, desenmascarándose ante la perpleja mirada de M y haciéndola su prisionera. Elektra King reivindica el imperio económico que pertenecía a su madre y que su padre gestionó libremente como si fuera propio; de ahí su odio, su venganza y su mefistofélico proyecto. Ha llegado la hora de restituir el nombre de su madre a la primera línea. Mientras, Bond se entera del giro de Elektra y de la detención de M, y elucubra acerca del paradero de la otra mitad del núcleo de plutonio. En Valentin Zukovsky y aquel millón que Elektra le entregó en el simulacro de juego de cartas está, sin duda, la clave. Personados Bond y la doctora en la fábrica de beluga de Zukovsky, la voluntad encaminada a retorcerlo hasta hacerlo confesar, el helicóptero aserradero de Elektra (el guión se fijó en él muchos minutos antes), afanado en eliminar cualquier huella de su fechoría, repasa la fábrica a placer con la intención de lonchear el culazo de Zukovsky. A cambio de destruir el BMW, el trío se libra del ataque; pese a, el ruso cae a un estanque de beluga, revés del que se beneficia 007 para interrogarlo. Es el proveedor de Elektra y el pago del casino le facilitaba un submarino nuclear capitaneado por su sobrino, que se encuentra atracado en la sede del Servicio Federal de Seguridad ruso en Estambul. La situación de la bomba, del submarino y de M queda determinada cuando ésta se vale de la pila de un reloj de mesa para activar el localizador desinstalado por Renard. El malicioso plan de la abyecta pareja implica un petardazo nuclear en el Bósforo, de suerte (para la pareja; de mala suerte, para el resto) que se arruinen los oleoductos competidores, concentrando King el monopolio. Ahora la trama se acerca a su cénit y se suceden los eventos vertiginosamente. Renard y sus esbirros asesinan al sobrino de Zukovsky y su tripulación y atrapan a 007 y la doctora, que son separados: Renard embarca a la doctora en el submarino y Elektra dará rienda suelta a su depravación sentando a Bond en un garrote vil (no sin antes embutir el lema familiar). La providencial (y oportuna) intervención de Zukovsky y sus paniaguados liberta al Agente, a costa de la vida del ruso. Elektra, acorralada por Bond, presume, engreída, que 007 será incapaz de asesinarla. La percepción de su error será su último pensamiento. Con rapidez, Bond aborda al submarino, deshaciéndose de cualquiera que se le pone por delante. Rescata a la doctora Jones y, durante la escaramuza, asaetea a balazos los mandos del submarino, que, descontrolado, se dirige a la profundidad abisal. Aún Renard se empecina en armar la carga nuclear. La gresca, en la que el villano cuenta con la ventaja de no sentir el dolor, se resuelve incrustando Bond el cilindro de plutonio en el pecho de Renard. El Agente y la doctora abandonan el submarino a través de una cámara de misiles, justo para evitar el estallido de la nave. El clásico cierre del grupo de la agencia estatal hallando a Bond de celebración (ribetes navideños para esta entrega) con la doctora Jones ennegrece la pantalla prometiendo el retorno del personaje.


    Adolece «El mundo nunca es suficiente» de un guión, quizá, no tanto mejor armado como mejor narrado, porque, a veces, tropieza y, a veces, directamente, se hunde (se antoja fallo severo que Bond emplee, ante el cuerpo inerte de Elektra, idéntico gesto que con Paris). Carece de la constante tensión en la trama y la acertada fuerza en la acción de las dos entregas anteriores. El problema estriba, además, en la floja (o pésima) interpretación de sus dos actrices protagonistas, más patente en Denise Richards, lo que se achacaría, por benevolencia, a su inexperiencia. O, por ser ecuánime, no resultan interpretaciones flojas, pues la de Robert Carlyle, si acaso, roza lo apto para el trámite; sino que las de los tres actores distan de la lógica mimetización de Brosnan… Pero alivio la tecla de quisquillosidad. Declaró el protagonista, en la rueda de prensa hongkonesa, celebrada el 2 de diciembre de 1999, que es la esencia de Bond la crueldad, el vodka Martini, el sexo, su arma —«su trabajo es matar, tiene licencia»—, su lado oscuro, el ingenio, el encanto y las frases graciosas. Y el largometraje la ofrece (la esencia). Y ofrece paisajes maravillosos, escenarios megalíticos, acción que aspira a la superación y al modo tradicional, una historia original, villanos malísimos delirantes de grandeza, aventura, fantasía, entretenimiento. Y, por supuesto, fracasa al confrontarse con las dos anteriores; sin embargo, tal hecho no motiva su minusvaloración.


Julián Valle Rivas

Adicción al “clic”, por Pepe Morales

Cada día es más complicado distinguir la realidad de la ficción. La llegada de los primeros televisores a los hogares fue una revolución, semejante a las acaecidas tras la invención de la imprenta, la máquina de vapor o la radio, al convertirse en la ventana por la que la gente se asomaba al mundo y por la que los mundos entraban en sus vidas. A no pocas personas les cogió en una edad avanzada y fueron numerosas las que saludaban y despedían a los presentadores como anfitriones que atendían a la visita con la debida cortesía y urbanidad.


La revolución digital ha puesto patas arriba el mundo complicando aún más la confusión entre realidad y ficción con el advenimiento de la “realidad virtual”, la “realidad aumentada" y el “metaverso” (combinación de las primeras). Quienes no pertenecemos a las generaciones nativas digitales a duras penas nos manejamos en un mundo más nuevo que la América de Colón y quienes sí pertenecen a ellas a duras penas son capaces de entender y controlar la realidad que les rodea. Es la tormenta perfecta para cambiarlo todo sin que nada cambie.


Los mercados, siempre ellos pero no en solitario, se han ocupado y preocupado de que el desarrollo de las nuevas tecnologías atienda a satisfacer sus necesidades reales, tangibles y materiales, que para eso ponen la pasta y mandan. Coinciden tales necesidades, siglos después, con las de quienes pilotaron el desarrollo de la imprenta, la radio y la televisión. Convertir las herramientas que han transformado la realidad a todo lo largo de la historia de la Humanidad en eficientes instrumentos de doctrina y control es la especialidad de la casa.


La informática contribuye al progreso de la civilización en todos los ámbitos de la vida de una forma inconcebible hace veinte o treinta años. Esa misma informática está modificando los usos y costumbres sociales, en numerosos aspectos de una manera regresiva para el individuo y la colectividad. La imprenta, la radio y la televisión, que acercaron la cultura, la información y la formación a la población, fueron utilizadas en distintos momentos por los poderes públicos y privados para ejercer la manipulación y la tiranía sobre la ciudadanía.


La información es poder y la conectividad a internet demuestra una capacidad para influir en las personas como nunca antes se había visto. George Orwell auguró en su novela “1984” (publicada en 1949 e inspirada en “Nosotros”, de Yevgueni Zamiatin, escrita en 1920) lo que está sucediendo hoy. Nadie hizo caso, a excepción de los poderes que calcan hoy lo que Orwell atribuyó al Gran Hermano, incluyendo las Policías del Pensamiento y la Neolengua. La Inteligencia Artificial acabará arrastrando a la sociedad a la realidad virtual de Matrix.


El actual deterioro del pensamiento crítico tiene mucho que ver con el empeño del poder por desmantelar la Educación Pública y sustituir las humanidades por contenidos relacionados con los mercados, la especulación y el consumismo. El bien común ha perecido en una sociedad donde odio y violencia abren la puerta al “malismo” de siempre, a la misoginia, a la homofobia, al racismo y a otras formas más graves de desentenderse del prójimo, como las guerras y los genocidios participados por un capitalismo neofascista que amenaza la paz.


Que en la época de la Inteligencia Artificial, el turismo espacial, la cirugía robótica, Alexa y Siri, el control domótico desde el móvil y los vehículos sin conductor, el nivel intelectual en el primer mundo sea similar al de épocas de analfabetismo y al de países subdesarrollados, es mala señal, muy mala. Que el dinero necesario para el bienestar social, para la sanidad, la vivienda y la educación, se invierta en armas que sólo sirven para destruir y matar es una pésima noticia, la peor posible. Sin pensamiento crítico y armados, el desastre está servido.

Pepe Morales

Saga Bond: Pierce Brosnan (II), por Julián Valle Rivas

el mañana nunca muerte james bondEse punto y seguido para la humanidad que fue Internet orillaba la cotidianeidad social, humedeciendo los albores de un nuevo periodo histórico. Los satélites dominaban la circunnavegación espacial y la era de la información había revolucionado las transmisiones. Los medios de comunicación, como cuarto poder, se muscularon inflamando sus venas con una miríada de datos que transitaban entre paralelos y meridianos en milésimas de segundos. La mitad de los años noventa era para ellos el preludio de una fagocitación inminente de los tres poderes estatales… Qué lejos estaban de prever que aquella arma internáutica se convertiría, a la postre, en su perdición. Que cualquier mindundi de tres al cuarto podría emitir la información en tiempo real, sirviéndose de un mero aparatito telefónico. Que cualquier cantamañanas con un ordenador a su disposición podría crean su propia página de contenidos, incluidos los informativos. Que los ciudadanos podrían continuar sosteniendo su nivel de borreguismo sin necesidad de pagar por ello.


    También el cine debía hacerse eco de tan intrigante y apasionante paisaje, y evolucionar y revolucionar como lo hacían los medios de comunicación; no en vano, «Matrix» (Andy y Larry Wachowski, 1999; Lilly y Lana, después) estaba al caer. La saga Bond, sello de actualización a la realidad de su época, cual cronista de inspiración idólatra, no iba a dejar pasar la oportunidad de ambientar su nueva entrega en aquella marabunta de las transmisiones informativas… Y Pierce Brosnan, desde luego, protagonizaría la historia.


    Se mantuvo la confianza en Bruce Feirstein, para que, en solitario, desarrollara un nuevo guión original a partir de tales premisas. Pese a su éxito anterior, la decimoctava entrega sería dirigida por el canadiense Roger Spottiswoode, un veterano profesional que se había curtido en el oficio durante los años setenta como editor (aprendiéndolo como asistente de edición en los sesenta) de títulos tales como «Perros de paja» (Sam Peckinpah, 1971), «La huida» (Sam Peckinpah, 1972, como consultor), «El jugador» (Karel Reisz, 1974) o «El luchador» (Walter Hill, 1975); que participó en el novedoso guión de «Límite: 48 horas» (Walter Hill, 1982); y que se ganó el respeto como director en filmes como «Bajo el fuego» (1983), «El último hombre inocente» (1987, para televisión) o «En el filo de la duda» (1993). Pocas producciones modernas o contemporáneas (o ninguna) han sabido reconocer el mérito de la segunda unidad. Nunca se ha expuesto el menosprecio en la saga Bond, que no se ha olvidado de sobreimpresionar los nombres de sus directores en los créditos iniciales o de apertura. La encomiable labor de Vic Armstrong en el largometraje se refleja soberanamente en las variadas escenas de acción que, en solitario o en comandita con Spottiswoode, crea y dirige. Con Peter Lamont embarcado (y discúlpeseme el simplón juego de palabras) en esa mastodóntica empresa que fue «Titanic» (James Cameron, 1997), se contrató al experimentado decano Allan Cameron para el diseño de producción. Un maestro como Robert Elswit (recomiendo un vistazo a su filmografía y encarecidamente su último trabajo en la espléndida miniserie «Ripley» —Steven Zaillian, 2024—), regaló al espectador planos sublimes, como director de fotografía. Igual de plausible, la edición del dueto Michel Arcand y Dominique Fortin. Las miniaturas eran patrimonio de John Richardson, quien no decepcionó con los barcos y la nave antirradar a escala 1:8, fabricados para la película, cuyas secuencias fueron rodadas en el estanque de la bahía de Rosarito (México), el más grande del mundo, construido, claro, para «Titanic». BJ Worth, como de costumbre, se ocupó del estupendo salto en caída libre de cuatro kilómetros, para el cual no podría desplegar el paracaídas hasta que no restaran sesenta metros. El especialista francés Jean-Pierre Goy fue el encargado de conducir la moto para la secuencia de acción en la ciudad asiática, la cual incluyó un salto entre edificios sobre un helicóptero en vuelo. Se levantó una rampa de treinta metros, debiendo alcanzar el piloto una velocidad de ochenta kilómetros por hora para el salto y aterrizar en una montaña de tres pisos de cajas de cartón, montadas tras la fachada del edificio, que amortiguaron el literal aterrizaje. El espíritu de la saga venera el trabajo manual o artesanal frente al digital, lo que supuso que esto último apenas se limitara a las hélices del helicóptero, para las escenas de riesgo, a la ampliación de fondos en la desescalada con el cartel del rascacielos o a la composición de la secuencia submarina; pues, por ejemplo, para la persecución en el garaje, dispusieron de hasta diecisiete vehículos. En el apartado musical, un cuasi bisoño David Arnold, que ya se había responsabilizado de obras como las de Roland Emmerich, «Stargate» (1994) e «Independence Day» (1996), ejecutó una banda sonora notable, que conjugó a la perfección la naturaleza de cada secuencia; y Sheryl Crow deleitó con una más que interesante canción principal.


    El elenco, en su núcleo de secundarios, invariable, con Judi Dench, Samantha Bond, Desmond Llewelyn y Joe Don Baker. Teri Hatcher, debutante en la gran pantalla con ese brutal entretenimiento que es «Tango y Cash» (Andrei Konchalovsky, 1989), había participado en algunos largometrajes menores, pero, en verdad, era famosa por su protagonismo en la serie de televisión «Lois & Clark» (1993-1997). Michelle Yeoh, estrella del cine asiático, con más de diez años en la profesión, especializada en películas de acción, aprovechó, sin duda, la oportunidad que se le brindó. Jonathan Pryce, incuestionable secundario del cine, brillante y profesional, se declaró encantando por interpretar a un villano del carácter de Elliot Carver, tan distanciado de los ordinarios de las películas de acción de los noventa, a los que no podría haberse ajustado. El imponente físico del alemán Götz Otto encajaba a la perfección con el típico secuaz de campo de la saga. Ricky Jay era un popular mago que aparecía con frecuencia en las películas de David Mamet; por hacer la gracia, se rodó una escena que incorporaba un truco de magia con cartas, la cual hubo de excluirse del montaje final. Apunte curioso, la aparición como Ministro de Defensa del guionista, noble y demás Julian Fellowes, a cuya biografía me remito.


    Y, con el homenaje al inolvidable Albert R. Broccoli, eterno propietario de Eon Productions, se estrenó, en 1997, «El mañana nunca muere».


    En la frontera rusa prolifera el menudeo ilegal de armas. Durante una operación conjunta del MI6 y la Marina Real Británica, con la colaboración del ejército ruso y retransmisión en directo, sobre un mercado negro, el terrorista Henry Gupta (Ricky Jay) se delata. Acaba de adquirir un decodificador satelital estadounidense robado, haciendo procedente la inmediata destrucción del bazar criminal por vía sumarísima, por lo que el almirante Roebuck (Geoffrey Palmer) ordena a la fragata HMS Chester el lanzamiento de un misil, pese a las protestas de M (Judi Dench) acerca de la presencia en el lugar de su agente espía, que, no siendo competencia de la Marina, puede ir apañándoselas buenamente. Entre dimes y diretes, misil lanzado y cuenta atrás para impacto, el agente en cuestión enfoca un avión a reacción con armamento atómico. Las consecuencias, ahora (esa explosión del material atómico), excederían de lo previsto. Con el misil fuera del alcance de la señal de autodestrucción emitida por la fragata, no queda sino procurar retirar el elemento nuclear de la ecuación. Allá que va, entonces, el agente espía, que no es otro que James Bond, 007, abriéndose paso, a base de hostiar y ametrallar a los malos, hasta el avión; deja inconsciente al copiloto y despega justo en el instante en el que el misil impacta en el objetivo, hasta el punto de que mana de la cortina de fuego arrasador generada, cual ave fénix regenerada, para desahogo de la sala de control británica. Ah, Bond todavía no está a salvo. Un avión gemelo ha conseguido despegar tras él y el copiloto ha despertado y trata de ahorcarlo con un cable. Pilotando con las rodillas, 007 esquiva y contiene los ataques enemigos, se coloca bajo el avión contrario y eyecta al copiloto que lo atraviesa, matando dos pajarracos de un tiro, nunca mejor dicho, o tecleado. Rebasada la fase liminar, la fragata británica HMS Devonshire navega por las aguas del mar de la China Meridional cuando es hostigada por unos cazas chinos que le acusan de invadir sus aguas nacionales. La tripulación de la fragata comprueba que permanece en ruta internacional. La diferencia de referencias geográficas se ha de culpar a Gupta, que está usando el decodificador para provocar el conflicto. Mientras el incidente se sucede, un barco antirradar perfora con un proyectil la fragata y desintegra un caza de un misilazo; operación que es inspeccionada por Elliot Carver (Jonathan Pryce), magnate de las telecomunicaciones, desde la sede de su grupo de comunicación (CMGN) en Hamburgo. Su objetivo es crear noticias por medio de sucesos desestabilizadores que le permitan ampliar su emporio: «No hay mejor noticia que una mala noticia». El MI6, receloso de los detalles de la exclusiva publicada en el periódico Tomorrow, propiedad del Grupo Carver, obtiene un margen de 48 horas para investigar, antes de que el Ministerio inicie un ataque contra China; además, algún satélite del Grupo parece también implicado. James Bond, interrumpido en mitad de una clase recordatoria de danés, o con la profesora de danés, en Oxford, es convocado para la misión. Su antigua relación con Paris (Teri Hatcher), la esposa de Carver (chivada por Moneypenny —Samantha Bond—), puede serle de provecho, y la ceremonia que Carver ha organizado en Hamburgo para celebrar el lanzamiento de una cadena de noticias, el momento oportuno. Aterriza, pues, 007 en la ciudad alemana, donde Q (Desmond Llewelyn) le surte del nuevo BMW 750iL, customizado como Dios o la Reina manda y dotado de un teléfono de control, adicionado con un reproductor de huellas digitales, un descargador eléctrico y una llave universal. En la fiesta, la tapadera como banquero le durará el habitual par de segundos, aunque suficiente para que la trama lo presente ante Carver, lo acerque a Paris e introduzca a una bella y enigmática mujer china, quien resultará ser la agente Wai Lin (Michelle Yeoh). Los secuaces de Carver, con Stamper (Götz Otto) a la cabeza, intentan, sin éxito, acabar con el agente británico, tentativa de homicidio de la que 007 se venga fastidiándole la fiesta al magnate. Al menos, tras una noche rememorativa de afectos pasados, Paris desvela a Bond la entrada de un sótano secreto, lo que terminará pagando con su vida. Antes, 007 accede con facilidad a la guarida y recupera el decodificador. La salida ya no será tan asequible: una rondadora Wai Lin hace saltar las alarmas. Evolucionada la sección de tiroteo y evasión, de regreso a su habitación de hotel, Bond encuentra el cadáver de Paris. Carver ha contratado los servicios del sicario Dr. Kaufman (Vincent Schiavelli) para asesinar a la pareja y montar un escenario que responsabilice al Agente. El plan se le vuelve a torcer y Bond se libra de la trampa, ejecutando sin piedad a Kaufman. Para deshacerse del equipo de esbirros, empecinado en su coche a fin de recobrar el decodificador, Bond deberá recurrir a sus artilugios y destrozar el BMW, en una impresionante escena de persecución en el interior de un garaje. Apurado por el tiempo, Bond se reúne con el agente de la CIA Jack Wade (Joe Don Baker), quien recibe el decodificador y lo ayuda a adentrarse en las profundidades marinas donde se halla hundido el Devonshire, topándose, a lo largo de la incursión submarina, con la agente Wai Lin y descubriendo que han sustraído un misil nuclear. Al emerger, la pareja es apresada por Stamper, que los conduce hacia la presencia de Carver en las oficinas del Grupo en Saigón (Ho Chi Minh), donde, por supuesto, el villano describe su malévolo plan, que ha contado con la inestimable cooperación del general chino Chang (Philip Kwok). La sin par destreza de los agentes concede a la narración una espectacular secuencia de huida y persecución en moto (BMW 1170 cc, oh casualidad) por las calles saigonenses. Aliados contra Carver y sus infames paniaguados, e informando a sus respectivos gobiernos, rastrean la posible ubicación del barco antirradar, el cual asaltan y plagan de bombas. Wai Lin es capturada y Carver le revela su propósito de disparar el misil nuclear británico contra Pekín, desencadenando una guerra mundial, que permitirá a Chang intermediar en la paz, despejando su camino al poder, y otorgar a Carver los derechos de transmisión en China, como contraprestación. Bond irrumpe en embestida, los agentes revientan la nave, con auxilio externo, y se da muerte a Stamper y Carver muy salvaje y sangrientamente, como corresponde en estas lides. El cierre de la entrega no innova, ataja o bifurca, así que la pareja de agentes disfruta de su ratito romántico, al despiste de los ojos amigos que los buscan.


    Siempre culmino el visionado de «El mañana nunca muere» con el dulzor de la satisfacción acariciando los recovecos de mi paladar y sublimando, de pura comprensión del espacio, por entre las comisuras de mis labios. En práctica equiparación con «GoldenEye» (1995), me ofrece todo lo que necesito que me ofrezca. Un Brosnan prodigioso en su papel de 007: la indolencia, el desafecto, la inteligencia, la belleza, la seducción, la persuasión, la pericia, el talento, la resiliencia…; un genial villano histriónico o comedido, según se requiera; y unas mujeres, personajes e interpretaciones, magníficas, a años luz de las mostradas en las décadas anteriores, si bien, guardando esa perenne belleza. Me deleita cada segundo de metraje entre Bond y Paris, ese reencuentro sensacional, esa frialdad con la que 007 ejecuta a Kaufman, esa despedida del cuerpo inerte de la mujer, cariñosa, aunque ausente de lágrimas. El director de fotografía compone un plano sobresaliente, admirable, con Bond y Paris de pie, cara a cara, cuerpos en contacto, en la habitación del hotel, él acaba de deslizar suavemente su vestido, ella de espaldas, ambos escorados a la derecha de la imagen, envueltos por una luz cálida y tenue. Las escenas de acción con el coche y la moto se englobarían entre las mejorcitas de la saga y, en general, la narrativa se desarrolla con fluidez y solvencia, para una historia de las míticas. Una complaciente aventura de 007, en definitiva… Qué más se puede pedir.


Julián Valle Rivas

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