La cultura del esfuerzo, por Pepe Morales

Si usted no es millonario/a, no le dé más vueltas: usted no se ha esforzado; o, dicho de otra manera, ha elegido la holgazanería como modo de vida, así que no se queje y agradezca a cualquier millonario su esfuerzo para mantener a tantos millones de maulas que no merecen el traje que los cubre y la mansión que habitan, el pan que los alimenta y el lecho en donde yacen. Si su frente es una catarata de sudor y, a pesar de ello, no llega a fin de mes, sepa que es por su culpa, por su culpa, por su gran culpa, y ruegue a vírgenes, ángeles y santos.

Usted sabe que todo esfuerzo tiene su recompensa, pero tal vez ignora la sufrida tenacidad del millonario, no del desahogado o del rico, que esas dos categorías están al alcance de cualquier mindundi con un poco de vista y suerte, no: del mi–llo–na–rio. El millonario es persona de esfuerzo comedido, se podría decir que trabaja en un horizonte de mínimos si se compara con el multimillonario, categoría máxima que escapa a la capacidad cognitiva del resto de los mortales. Se podría inferir que el multimillonario es un millonario inasequible al desaliento.

Quien no es millonario no se puede hacer una idea de las kilocalorías que consume un cuerpo durante el proceso de despido de 3 ó 4.000 personas para que las cuentas luzcan beneficios espectaculares, ni podrá imaginar el insoportable dolor articular inferido por el desalojo de cientos de familias para dedicar sus viviendas a alojamientos de temporada, ni conocerá nunca los vértigos sufridos por quienes multiplican por 700 en el lineal del súper el precio pagado por la cosecha al agricultor, ni sufrirá por cargar los beneficios caídos del cielo sobre sus espaldas.

Quien es de origen plebeyo seguramente no comprenda que la riqueza, como la nobleza, también puede ser hereditaria. Existen millonarios de cuna, estirpes cuyas fortunas hunden sus raíces en actividades llevadas a cabo a lo largo de generaciones con variedad de esfuerzos no siempre legales que el paso del tiempo acaba legitimando. Hubo tiempos en que el mundo abundaba en hijosdalgos (nobleza no titulada) e indianos (emigrados a América para buscar fortuna que allá se hicieron ricos). Suelen ser haciendas libres de impuestos, ética y esfuerzo.

Quien no es millonario no comprenderá que las necesidades humanas son oportunidades de negocio, como la salud, la educación o la vivienda… como el pan de cada día, como el aire que exigimos trece veces por minuto. Los esfuerzos para vender la naturaleza suelen abusar de la colaboración pública y privada, privatizando beneficios y socializando pérdidas. La ignorancia tiende a equiparar el esfuerzo del científico descubridor, inventor y/o desarrollador con el del programador de obsolescencia, pero no: a quien se reconoce el esfuerzo suele ser éste último.

Quienes no son millonarios aplauden con envidia a quienes les han programado la vida para que se sientan reyes del mambo con un sofá por trono, un móvil por cetro y el consumo por corona. Tienen mérito los millonarios que consiguen llenar los hogares de paquetes de Amazon, poner la mesa con Glovo o cobrar por ver la tele y lo hagan sin que su agotada clientela cuestione el precario sistema que hace posible tal prodigio: contratos precarios, esfuerzo mal pagado, derechos recortados y orinar en botellas bajo el ojo fiscalizador del esforzado CEO.


Quien no es millonario no valora los riesgos inherentes a su actividad cotidiana como el de padecer melanoma por sobreexposición a rayos UVA en una cabina de bronceado o en las Maldivas, el de sufrir lesiones de espalda esquiando en Saint Moritz, el de ser fulminado por un infarto, el de sucumbir a una toxicomanía, el de ser agredido por algún damnificado de sus actos o el de contraer artritis en los dedos por pelar marisco. Todo ello sin menoscabo de padecer los avatares y padecimientos que pueden afectar al más mísero (y vago) de los mortales.

Pepe Morales

En la cocina con la pata quebrada, por Pepe Morales

con la pata quebradaConviene mirar al pasado para comprender el presente. Las personas adultas pueden hacerlo desde la atalaya de la memoria, pero es aconsejable contrastar, con precaución, los recuerdos acudiendo a fuentes fiables como estudios, monografías o hemerotecas. La memoria joven debiera recurrir a memorias de confianza y extremar las precauciones ante los cantos de sirena de las redes sociales e influencers sin escrúpulos. En todo caso, mirar al pasado o al presente con el cristal inamovible de la soberbia es poner vendas en los ojos.


Ayuda también a comprender el presente analizar quiénes toman posiciones a favor o en contra de determinados comportamientos ante los que la equidistancia supone una toma de partido. Es habitual que las posiciones conservadoras se opongan a las que miran al futuro, al progreso. Es lícito, y hasta conveniente, preguntarse qué pretenden conservar unos y a qué tipo de futuro apuntan otros. Si lo conservador atiende a privilegiar a unas personas sobre otras, la desigualdad es el precio a pagar. Todo progreso deberá buscar la igualdad.


Cada vez que las posiciones conservadoras ven zozobrar ciertos privilegios, hay feroces ataques a la igualdad con el fin de impedir el avance social, el progreso. Los ataques suelen ir acompañados de campañas que ensalzan, edulcorando o negando las consecuencias de la desigualdad, unas supuestas ventajas del privilegio para la víctima. Aunque existe en muchos niveles de las relaciones sociales, es en el binomio hombre/mujer donde mejor se ejemplifica históricamente la dialéctica privilegio/igualdad que enfrenta tradición y progreso.


Hoy se está produciendo un ataque furibundo a la igualdad entre hombres y mujeres, entre mujeres que quieren la igualdad y hombres que quieren conservar sus privilegios. Mirar al pasado puede dar pistas sobre cómo la tradición asigna una supremacía al hombre desde el derecho civil y el canónico, ideados e impuestos por hombres. La memoria, los estudios y la hemeroteca ilustran sobre cosas de anteayer, como la “licencia marital”, el Patronato de Protección a la Mujer o la Sección Femenina, que explican los ataques conservadores hoy.


Observar quiénes abanderan y protagonizan estos ataques también ayuda a comprender qué posición del tablero social ocupan. Es habitual que el supremacismo machista vaya acompañado de la supremacía racista, homófoba, cultural y religiosa, un kit imprescindible para librar la guerra cultural desde la trinchera conservadora. Es el mismo armamento que siempre le ha dado buenos resultados, y buenos dividendos, a una extrema derecha capaz de mentir y manipular para conseguir su objetivo de enfrentar al pobre con otro más pobre.


Aspirar a la igualdad es muy distinto a imponer los privilegios, es la diferencia entre apostar por el progreso y hacerlo por la desigualdad. Para imponerlos, la ideología conservadora se vale de artimañas como pedir la mano hincando la rodilla y ofreciendo un anillo para cerrar el trato como en una operación comercial. La mujer se deja seducir, y comprar, por un apuesto príncipe de cuento de hadas como sucede en Blancanieves, Cenicienta o Barbie, icono tóxico de la feminidad machista que prima curvas, pasta y postureo sobre el intelecto.


Cualquiera tiene una madre que puede evocar la España de los 60 y 70, cuando al príncipe se le iba la mano con ella y el deseo con otras. Cualquier abuela puede evocar rapados, ricino, violaciones, fusilamientos y robo de hijos y cualquier bisabuela su reconocimiento como persona y la conquista del voto. Es importante para la ideología conservadora borrar a la mujer de la historia y recluirla en el ámbito privado bajo tutela. El refranero conservador lo recoge en “La mujer y la sartén en la cocina están bien” y “En casa con la pata quebrada”.

Pepe Morales


 

Carnaval Moreno Bonilla, por Pepe Morales

La cosa está muy revuelta desde que la derecha “sin complejos”, la que exigió Aznar, se ha venido arriba de la manera que lo está haciendo, en muchos casos “sin ética ni vergüenza” y muchas veces “sin piedad”. Se ha venido tan arriba que un comando ultra y malafollá ha tenido la desfachatez de asaltar el teatro Falla en un alarde de extrema ridiculez para mostrar su posición ideológica y su carencia racional ante un público que no le ríe la gracia a esa derecha heredera y reivindicadora de aquella que prohibió los carnavales en España.

Pero la cosa es seria, seria en extremo, y va más allá de la chirigota negacionista; tan seria como que payasos del circo parlamentario nacional, como Abascal y parte del PP, aplauden nada menos que los gestos y la ideología que reivindican la vuelta al nazismo de la mano amenazadora del matón sectario Trump, la mentira de Wall Street y la manipulación de Silicon Valley. Pero, mientras nos llevan a la guerra el enemigo norteamericano y la derecha armamentística europea, echemos un vistazo al carnaval político de la Junta de Andalucía.

El presidente Moreno Bonilla se ha disfrazado y presume de ser más andalucista que Blas Infante. Desde que llegó al poder, con Vox de punto de apoyo y Ciudadanos de muleta, no ha parado de apropiarse de la simbología andaluza, aunque ese disfraz no le basta para enmascarar su práctica neoliberal respecto a los servicios públicos. A la vez que inventa el día de la bandera para el 4 D, bandera en la que no cree su derecha desacomplejada, se dedica a desnudar a seis provincias para vestir de plata y oro a su Málaga y a su Sevilla.

El carnaval de Moreno Bonilla tiene fechas señaladas, una de ellas el 28F. De 2017 a 2024, sólo nombró a Lola Flores Hija Predilecta de Andalucía, el resto fueron hombres, en la línea del PSOE (excepto con Griñán). Este año ha nombrado a Pilar Manchón Portillo, experta en IA, junto a Jesús Navas, experto en el pateo de balones. Las Medallas de Andalucía, en cambio, son un cajón de sastre en el que los otorgantes (del PP o del PSOE, da igual) ejercen el populismo al por mayor, con un revoltillo de folclorismo y talento difícil de asimilar.

Como medallista de Andalucía 2025, la astrofísica cordobesa Casiana Muñoz Tuñón le ha dicho al presidente “que hay que saber, que hay que conocer, que hay que investigar y que hay que hacer ciencia”, discurso revolucionario en tiempos de negacionistas, antivacunas y terraplanistas tan del gusto de esa derecha sin complejos disfrazada de andalucismo. El medallista Manu Sánchez aprovechó la mascarada para espetarle a quien está demoliendo la Sanidad Pública andaluza: “mimemos, cuidemos y protejamos nuestra sanidad pública”.

Después de don Carnal, llegará doña Cuaresma. Ya se verá si la máscara blanquiverde tapa el desvío de dinero público a bolsillos privados o la tendencia a amañar contratos públicos con tufo a convoluto. El viacrucis judicial tiene estación de penitencia en los contratos a dedo del SAS acogidos a un decreto derogado, en el agujero de 1,2 millones sin justificar en ayudas a hoteles afectados por el Covid-19, o en el fraccionamiento indebido y fraudulento de contratos con farmacéuticas, como la que paga a su mujer, para eludir la Ley.


El disfraz moderado tampoco tapa los ramalazos de Moreno Bonilla al estilo Milei, metiendo la motosierra al Parque de las Ciencias de Granada o a las universidades públicas mientras bendice universidades privadas, de esas que se localizan en bajos y centros comerciales y que cuentan con un capital social de 3.000 €. Y, como el retardado mental porteño, alguien en la Junta ha preguntado sin inmutarse “¿para qué quiere un niño con autismo personal técnico en integración social, para que le enseñe a mover la lengua enfrente del espejo?”.

Pepe Morales

Saga Bond: Roger Moore (y VII), por Julián Valle Rivas

panorama para matarCuando se complica el dar con un actor de la edad adecuada como para encarnar un villano que desafíe de un modo creíble al héroe, se sinceraba Roger Moore unos quince años después, honesto, y cuando las protagonistas femeninas tienen la edad que tenía tu madre al comenzar la saga, sabes que ha llegado el momento de dejarlo. Y había llegado el momento de dejarlo, decisión que los productores comprendieron. «Panorama para matar» (1985) sería la última película de 007 protagonizada por Roger Moore, séptima en su filmografía personal, y aún no superada en número… Y todos tan amigos.


    Albert R. Broccoli se seguía enorgulleciendo de disponer de un producto que, pasadas más de dos décadas, todavía era demandado por el público. Algo deberían estar haciendo bien. Y no le faltaba razón. Por su parte, Michael G. Wilson, ascendido a coproductor, al flanco de su padrastro Broccoli (no se cuestionaba quién sería su legatario), se arrogaba el reto como una reválida bianual, a merced del voto del público.


    Adaptados a ese peculiar método de construcción del guión, el director John Glen y Wilson viajaron por el mundo para seleccionar localizaciones, a partir de las cuales iban ideando escenas para la historia. Un guión, como venía siendo habitual desde que entraron en los setenta, formado de retazos que luego Wilson y Richard Maibaum, guionistas oficiales, cosían hasta confeccionar un largometraje, como una modista cosía las piezas de tela hasta confeccionar un traje y el doctor Frankenstein cosía los fragmentos humanos hasta confeccionar a su monstruo. O sea, el método, si bien se podía tildar de eficaz, era susceptible de arrastrar consecuencias positivas y negativas. Con independencia de ello, para la decimocuarta entrega, sólo conservaron el título de un relato de Ian Fleming, al extremo de ser la única película que abre con un descargo de responsabilidad en torno al nombre de Zorin, el cual entraría en conflicto con una empresa de Silicon Valley o con el diseñador Zoran Dobric (crimen nefando, sumaría yo, desdeñar afección a Thorin Escudo de Roble). Ejemplo de esa sumaria improvisación en la guionización fue el personaje de Tibbett, reescrito al completo cuando Barbara Broccoli se empecinó en incluir a su amigo Patrick Macnee, conocido por su serie «Los vengadores» (1961-1969), a quien unía también la amistad con Moore, al rodar en platos vecinos sus respectivas series en aquellos años sesenta.


    Anclado el apartado interpretativo, Christopher Walken parecía no demandar credenciales: había ganado un Óscar por «El cazador» (Michael Cimino, 1978) y estrenado «La zona muerta» (David Cronenberg, 1983). Tampoco la bellísima Tanya Roberts, que había sustituido a Shelley Hack en la última temporada de «Los ángeles de Charlie» (1976-1981), y en el contexto de aquella especie de reciclaje de actrices que padeció la producción con frecuencia. Grace Jones ya era un personaje «per se», muy popular en aquella mitad de los años ochenta. En cambio, Alison Doody, contratada para el papel secundario de Jenny Flex, no adoptaría uno principal hasta interpretar a Elsa Schneider, en «Indiana Jones y la última cruzada» (Steven Spielberg, 1989). Los míticos Desmond Llewelyn y Lois Maxwell (sin el parche de la asistente) tenían sus parcelas reservadas, Robert Brown consolidó plaza. Maud Adams, de visita, fue extra en la escena del mercado de San Francisco y un veinteañero Dolph Lundgren consta acreditado como uno de los guardaespaldas del general Gogol.


    La producción no quedó exenta de percances. Agendado el plató 007 de los estudios Pinewood para cuando Ridley Scott concluyera sus escenas de «Legend», sufrió un incendio que lo arrasó, ante la desesperación del diseñador de producción Peter Lamont, cuyo programa de trabajo quedó desquiciado. La decisión de Broccoli fue indiscutible: se reconstruiría el plató. Arqueados por los cálculos de un mes para limpiar los escombros y tres meses para levantar el nuevo plató, el director principal, John Glen, y el de la segunda unidad, Arthur Wooster, dejaron a su suerte a Willy Bogner para que rodara sus locuras sobre la nieve, auspiciado por el especialista Ed Lincold, a quien le sobró con encañonar los patines frontales de una moto de nieve para sugerir usar uno como «snowboard». En París, los inconvenientes fueron reiterativos, dadas las localizaciones. La mediación del productor asociado francés Serge Touboul ganó voluntades, confianzas y permisos, los cuales se pusieron en riesgo cuando la moda de los saltos en paracaídas desde edificios emblemáticos (y una probable filtración de la producción) hizo que una pareja saltara desde la Torre Eiffel. Hubo que reconquistar voluntades, confianzas y permisos, y discurrir al milímetro el salto de BJ Worth y su coordinación con Wooster, por la figura pseudopiramidal de la Torre, matematizada por Wilson (un tipo apto para todo). Grabada una buena toma a la primera, Broccoli se negó a repetir el salto, y aquí aparece Don Caltvedt. Era el paracaidista preparado para eso, para repetir el salto detrás de Worth, y se quedó con las ganas, por lo que, ni corto ni perezoso, al día siguiente, se plantó en la Torre, desconociendo que el equipo seguía trabajando. No le importó y, ante la estupefacción de Glen, Wooster, Broccoli y demás, realizó su salto desde la Torre Eiffel. La estúpida chiquillada casi le cuesta a la producción el rodaje en París. Caltvedt, quien, más tarde, contaba con franqueza la anécdota (despreocupación inexorable dosificada de orgullo y reconocimiento de culpa), fue fulminantemente despedido por Worth. Tercera conquista de París tocaba. Muchísimo menos quisquillosos los de San Francisco, encantados con la producción en y promoción de la ciudad. Su alcaldesa, Dianne Feinstein, no escatimó atenciones ni concesiones. Ni para que Wooster rodara durante varias noches la persecución policial, ni para utilizar un camión de bomberos, ni para aprovechar el levadizo del puente, ni para incendiar el Ayuntamiento… Lo que hiciera falta. Con lo que el equipo debía gestionar el máximo cuidado era con el Rolls-Royce manejado por Tibbett, propiedad, oro en paño, de Broccoli. Productor que disfrutó de su protagonismo y homenaje, cuando se inauguró con pompa el nuevo plató en Pinewood, al cual se le dio el nombre de «Albert R. Broccoli 007».


    En la actualidad, los efectos digitales dominan la industria cinematográfica, relegando al polvo del olvido a los efectos especiales. La informática ha suplido a la artesanía. Sin embargo, en aquellos años ochenta, la saga se vanagloriaba de sus efectos artísticos y especiales, que, en cada entrega, derrotaban a los de la anterior. Aquí, Peter Lamont y John Fenner culminaron unos interiores en plató magníficos, con esa mina que John Richardson y su equipo inundaron con miles de litros de agua, salpicados de cortocircuitos. Rémy Julienne y los suyos lograron lo imposible en la persecución en coche por París. Maquetas a escala del helicóptero, el zepelín y el puente de San Francisco; reproducción de la sección superior de uno de los pilares del puente. El batiscafo camuflado de iceberg. La localización del palacio y caballerizas de Chantilly, de tamaña inmensidad que apenas encaja en plano. Diseños y efectos vigentes hoy, con cuarenta añazos, en su plenitud, brillantes y plausibles, paradigmáticos. No iban en zaga la fotografía de Alan Hume o la música de John Barry. Sí desentona, para mi gusto, la canción principal de la banda Duran Duran, que califico como de las peores de la saga, por muy en boga que estuviera el grupo durante el estreno de «Panorama para matar», en 1985.


    A la búsqueda de 003, James Bond, 007, encuentra su cadáver bajo una cegadora capa de nieve siberiana, y recupera, del cuerpo inerte, petrificado de congelación, de su compañero, un microchip. En la sede del MI6, escena precedida de una vibrante persecución por la nieve de la que Bond sale airoso del mortal hostigamiento del temible ejército soviético (con catorce películas, el espectador sabe que el Agente británico es el mejor esquiador del mundo) y de un coqueteo marca de la casa con Moneypenny (Lois Maxwell), entre M (Robert Brown), el Ministro de Defensa (Geoffrey Keen) y Q (Desmond Llewelyn), esclarecen a 007 que el microchip es una réplica exacta de un modelo resistente al pulso electromagnético que para el Gobierno británico está desarrollando una empresa presidida por el francés Max Zorin (Christopher Walken), de manera que debe haber un espía infiltrado en la compañía, probablemente, soviético. La misión de Bond será investigar a Zorin y su empresa. Para un primer sondeo, el grupo acude a la carrera de caballos Royal Ascot, pues Zorin es un aficionado y reconocido criador de estos animales, ardid que servirá para la toma de contacto. Allí, M presenta a sir Godfrey Tibbett (Patrick Macnee), agente y experto en caballos, quien colaborará con 007 y que informa de que tiene a un detective investigando sobre el terreno y de que, además, Zorin es sospechoso de dopar a sus caballos. Reunido 007 en el restaurante de la Torre Eiffel (París, claro) con el detective Achille Aubergine (Jean Rougerie), éste es asesinado por May Day (Grace Jones), estrambótica secuaz y lugarteniente de Zorin, tercio entrenadora, tercio amante y tercio sicaria, sin desvelarle poco más que unos orígenes alemanes y la ausencia de pruebas sobre el dopaje. Consumado el chascarrillo de rigor, sale presto 007 tras May Day, quien salta en paracaídas desde la Torre, planeando sobre la ciudad y el Sena. Bond inicia, entonces, una trepidante y espectacular persecución en coche por la orilla del río, tratando de dar caza a la asesina sin conseguirlo. Así, Bond asumirá el rol de un aristócrata interesado en la compra de caballos de raza, para, acompañado de Tibbett, asistir a la venta que Zorin ha organizado en su palacio con caballerizas (un cotijillo en mitad de la campiña francesa). Se detiene aquí la trama para avanzar con pausa, cómo Bond y Tibbett descubren la sala oculta de dopaje, mediante la inserción quirúrgica a los caballos de una inyección que se inocula con un remoto incorporado al bastón de Zorin; cómo se introduce en la narración la historia de la bella y enigmática Stacey Sutton (Tanya Roberts), y el talón que Zorin le extiende; cómo Bond y Tibbett son desenmascarados; cómo el primero, esperanzado en una vana coartada, disfruta de una noche sicalíptica con May Day, y el segundo, pretendiendo comunicarse con el MI6, perece en las asesinas manos de la misma; cómo Bond cae en la trampa de Zorin, en una carrera de caballos amañada y un animal operado con un activador manipulado por el villano y, creyéndose liberado, termina inconsciente junto al cadáver de Tibbett en el Rolls-Royce empleado por ambos para su tapadera; cómo los malísimos hunden el coche con los cuerpos en un lago y 007 recupera la consciencia bajo el agua, sale del vehículo y se mantiene inmerso aguardando a que sus verdugos se retiren mientras aspira el aire de uno de los neumáticos. Ciertamente, Zorin es un agente del KGB, aunque transmite al propio general Gogol (Walter Gotell) su abandono del servicio, lo que enfurruña al viejo general, quien espiará al renegado a través de la agente Pola Ivanova (Fiona Fullerton). En el ínterin, Zorin explicará a sus nuevos socios su plan maestro «Hallazgo principal» (acabar con Silicon Valley, para hacerse con el mercado mundial de microchips), que cada uno habrá de financiar con cien millones, aquél que se niegue dispone de salida directa de su zepelín a los cielos. Sobre la pista de los tejemanejes de Zorin en San Francisco, viaja Bond hasta la ciudad, donde el agente de la CIA Chuck Lee (David Yip) le entera de que el francés es, en realidad, el resultado de unos experimentos genéticos llevados a cabo por el doctor nazi Carl Mortner (Willoughby Gray), de ahí su condición psicopática. Con una seductora añagaza, Bond hurta a Ivanova la conversación grabada que revela que la ejecución del plan de Zorin será inminente, por lo cual visita el Ayuntamiento de San Francisco para obtener datos de la actividad de Zorin, cuya central petrolera bombea agua, operación beneficiosa para la ciudad que escama al Agente británico. Éste se percata que en el Ayuntamiento trabaja Stacey Sutton, geóloga cuya fortuna familiar ha sido arrebatada por Zorin, quien todavía la acosa para que le venda sus acciones petrolíferas. Precisamente, 007 la protegerá de una incursión de los mercenarios de Zorin en su casa y la auxiliará para escapar de la enésima trampa del malvado, la cual supone asesinar al funcionario del Ayuntamiento e incendiar el edificio con ellos atrapados dentro. A fin de evitar perder el tiempo con aclaraciones a la policía, Bond y Stacey cogerán en empréstito un camión de bomberos, recreando para el espectador otra vertiginosa y emocionante persecución por las calles de San Francisco, con mucho coche patrulla destrozado y el levadizo del puente implicado. En esto, se destapa el objetivo de Zorin: llenar de agua las fallas y, con una fortísima explosión, provocar un terremoto que inunde todo Silicon Valley. Y allá que irán Bond y Stacey, dispuestos a abortar el proyecto, adentrándose en la mina del réprobo. Gracias a la inestimable cooperación de May Day, que acomete con su vida la redención, traicionada por la obstinación psicopática de Zorin, al anegar la mina y aniquilar a cualquier persona sin miramiento, la bomba explota fuera del subsuelo e impide la tragedia. Zorin, ciego de ira, secuestra a Stacey con su zepelín. Una acrobacia circense, una dosis de arrojo y el apoyo del emblemático puente de San Francisco valdrán a Bond para rescatar a Stacey y finiquitar definitivamente al reducto villanesco. Se antoja redundante dilucidar, en este punto de cierre, la última escena del filme. El compromiso impone narrar que Gogol, adunado con M, va a entregar la Orden de Lenin a Bond, convirtiéndose en el primer ciudadano no soviético en recibirla. ¿Dónde está 007?, se preguntan, intrigados. La cuestión revierte en Q, que se halla vigilando la casa de Stacey y se los tropieza (o su sistema de videocámara)… bueno… acarameladitos en la ducha.


    «Panorama para matar» es la acción artesanal a la enésima potencia, es el diseño de producción y el artístico meritorios, es el conjunto de chascarrillos medidos, es un Moore en su papel y es una trama inteligente y poderosa, contemporánea, en su época, como acostumbra la saga. Las críticas negativas he de endosárselas (otra vez, apostillaría) al desarrollo narrativo del guión, a esa jaquecosa manía de escribirlo a fracciones, dificultando su afianzamiento y firmeza, su compactibilidad (esas líneas en las que se constriñe el título de la película lo rematan); a la penosa, desafortunada, funesta interpretación de Tanya Roberts, que ni transmite, ni emite, ni gesticula, ni matiza, y que contrasta con momentos de histrionismo fatídico (histrionismo que sí se ajusta al personaje de Grace Jones, aunque agota y satura); a ese Christopher Walken de complementación curricular; y a unas escenas de acción rodadas tan al detalle que el protagonismo de los especialistas es axiomático y su presencia en pantalla, identificable. No obstante, «Panorama para matar» resulta un largometraje visual, frenético y complaciente, continúa ofreciendo a la saga algunas las cardinales premisas características, y una despedida para Roger Moore, quien borró aquella aterradora o alarmante aura de mitificación de Sean Connery, aceptable.


Julián Valle Rivas

Violencia en diferido, por Pepe Morales

Dirán que son enfermas, siempre se dice de las personas extremadamente violentas, de psicópatas capaces de organizar una matanza y asesinar a sangre fría a gente indefensa para echar una mañana de jueves o la tarde de un martes cualquiera. Tal vez caigan doce alumnos en un instituto, siete u ocho clientes en un hipermercado o 70.000 habitantes en tierras vecinas del infierno; da igual, la muerte es un espectáculo tan cotidiano que sólo remueve conciencias cuando los medios la envuelven en el celofán de la publicidad y la propaganda.

La violencia forma parte de casi todas las culturas y la neoliberal genera violencia estructural desde la desigualdad a la que es sometida la sociedad por la codicia extrema. La extrema pobreza genera violencia extrema y el capital la canaliza al señalar como culpables a personas vulnerables desde la imposición de un terrible pensamiento único. Los mercaderes del odio y de la violencia no son más que cobardes que arengan a otros, gente violenta con tremendo vacío neuronal, para que acosen, agredan y maten a las personas señaladas.

Cuando la irresponsabilidad política inventa problemas (y la insensatez mediática los magnifica) como la okupación de viviendas, la “invasión” de migrantes (gran reemplazo la llaman), la “paguita” a Menores Extranjeros No Acompañados, la discriminación de los hombres, las denuncias falsas por mujeres, la epidemia homosexual o la ineficacia de las vacunas, están señalando. Cuando los de Abascal, también los de Ayuso y Feijóo, señalan, se activan las pulsiones violentas que anidan latentes, acechantes, en distintas jaurías humanas.

Cuando las extremas derechas señalan, los “desokupas” amenazan con bates de béisbol a ancianas o familias vulnerables en nombre del sector de las alarmas y del mercado inmobiliario. Dan miedo estos enfermos que forman a las fuerzas de seguridad. También, activado el odio al extranjero pobre, arden asentamientos en Huelva o El Ejido, apalean sudacas y se aplaude el tiroteo en El Tarajal. Hay quien reza para que naufraguen pateras en el Mediterráneo o cayucos en el Atlántico y se aprovecha a la vez de los supervivientes para restaurar de facto el esclavismo soñado.

Cuando el machismo señala, por la Iglesia bendecido, cientos de mujeres son asesinadas por quienes se consideran sus dueños, gran parte de la sociedad se siente comprendida cuando se normalizan las hostias domésticas y salen las manadas empalmadas a la caza de carne joven y fresca para saciar una sexualidad deformada. El patrón volverá a ser jefe en la fábrica, la oficina, el comercio y en la cama, como dios manda, y utilizarán los machos el canal misógino de la Justicia para apretar el dogal machista sobre los cuellos de las mujeres.

Hay que estar muy enfermo para agredir (y matar) al grito de “maricón/bollera de mierda”, un grito habitual que niñatos y niñatas escuchan en el patio del colegio, en la sobremesa de casa, en las redes sociales y en alguna homilía. Hay que estar muy enfermo para señalar y proponer terapias curativas como si se tratara de un cáncer o una escoliosis, muy enfermo para señalar el pecado nefando (delito para la derecha radical) y encubrir la pederastia impune de sotana y seminario. A las restantes siglas de LGTBI+... más pecado… y más violencia.

La gravedad de los señalamientos radica en su capacidad para despertar a la bestia de la violencia en personas acosadas por el sistema neoliberal, que hoy se acercan con mucho peligro a una mayoría social. Es gente intelectualmente disfuncional, con la empatía castrada, orgullosa de su analfabetismo, que duda de la ciencia, rechaza las vacunas, no creen que la capa de ozono esté dañada y tiene el convencimiento de que la tierra es plana. Son personas con derecho a voto que sienten atracción por la violencia y no creen en la Democracia.

Pepe Morales

Votando al enemigo, por Pepe Morales

Aunque llevan una década y pico mostrando fauces y garras sin recato, el llamado “decreto ómnibus” ha servido para mejorar la vida de la gente y poner de manifiesto dos detalles al respecto del Partido Popular: eliminar dudas sobre la mediocre talla política del bluf Feijóo y certificar que las derechas radicales sólo defienden los intereses de las élites económicas y empresariales. Y también para mostrar la naturaleza mezquina, populista y manipuladora de la derecha radical y sus bulos y desinformación voceados por sus medios y redes sociales.

El NO del PP, Puigdemont y Vox al decreto en un par de días mutó a un SÍ del PP y Junts. De la mafia de Abascal no cabe esperar más que su deseo de acabar con el Estado del bienestar, socavar la Democracia y jalear la imposición de aranceles al mundo, también al campo y las empresas españolas, por la desgracia que gobierna en EE.UU. De no ser por la toxicidad informativa, el analfabetismo político y el académico, no habría explicación para el sindiós de Galicia, Madrid, Valencia, Andalucía o Extremadura que amenaza a toda España.

Cuesta pensar en pensionistas que votan a quienes congelan o impiden que se revaloricen sus pensiones, a quienes han hecho de su atención y sus cuidados un negocio rentable para concesionarias privadas y fondos buitre, a quienes acosan y persiguen a las personas migrantes que los pasean y acompañan por cuatro perras porque sus hijos e hijas priorizan, en ocasiones, la atención a sus mascotas. Cuesta trabajo, pero debe haberlos y haberlas cuando las políticas de las derechas reciben un respaldo tan mayoritario en las elecciones.

Cuesta trabajo imaginar a mujeres cuyos votos alimentan al machismo y a la misoginia, al negacionismo de la violencia practicada por maltratadores y asesinos de mujeres, a quienes amparan a jueces y juezas que revictimizan a las víctimas femeninas, a quienes legislan para que las mujeres cobren menos por el mismo trabajo que los hombres, a quienes ríen la gracia a las manadas de imberbes violadores. Cuesta trabajo, pero debe haberlas, muchas, cuando las políticas de las derechas reciben un respaldo tan mayoritario en las elecciones.

Se hace cuesta arriba pensar en personas trabajadoras que votan contra la dignidad de sus empleos, que prefieren a quienes están en contra de toda subida salarial, contra las horas extras voluntarias y remuneradas, contra los contratos y las condiciones que protegen a quienes acopian la riqueza siempre mal distribuida, contra la conciliación o la gestación sin penalizar con el despido preventivo. Cuesta trabajo, pero debe ser numerosa la especie cuando las políticas de las derechas reciben un respaldo tan mayoritario en las elecciones.

Es inconcebible pensar que existan gais, lesbianas, transexuales y bisexuales que votan a ideologías que los señalan para que las jaurías los acosen y apaleen, a quienes siembran odio contra toda forma de diversidad afectiva y sexual que contradiga la Biblia, a quienes construyen armarios donde esconder lo que sus sucios ojos se niegan a ver, a quienes proponen terapias de reconversión sexual. Cuesta trabajo, pero debe haberles en cantidad cuando las políticas de las derechas reciben un respaldo tan mayoritario en las elecciones.


Quién iba a imaginar que la ciudadanía votaría a quienes destrozan la Sanidad y la dejan en manos de empresas privadas de dudosa ética hipocrática, a quienes eliminan poco a poco la Escuela pública para engordar a empresas adoctrinadoras y chiringuitos que venden titulaciones y másteres, a quienes hacen de la Dependencia una suerte de corredor de la muerte donde muere gente sin ser valorada. Cuesta trabajo, pero debe haberlos y haberlas cuando las políticas de las derechas reciben un respaldo tan mayoritario en las elecciones.

Pepe Morales

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