Saga Bond: Timothy Dalton (y II), por Julián Valle Rivas

licencia para matarConsecuencia de emprender, en 1988, la producción cinematográfica número dieciséis de una colección de catorce libros es que no se disponga de un título sugerente; que, pese a tener la posibilidad de escoger entre veintiuno, ninguno de ellos resulte convincente en un cartel promocional. O su traducción, como ocurriría veinte años después con «Quantum of Solace» («Cuánto de consuelo», «Cantidad de consuelo»… Mejor dejarlo en inglés). Porque el detalle de la fidelidad a la historia original hace tiempo que quedó descartado, si es que alguna vez fue respetado. Quizá en las primeras entregas, con Ian Fleming todavía vivo. La saga se había vuelto por momentos selectiva, por momentos rapiñadora, al elaborar los guiones, y la traslación o adaptación fiel, en su medida, nunca había sido ni fue motivo de preocupación. Por ello, en aquel año de 1988, se idearía un título exclusivo para el nuevo filme, «Licencia revocada», que rescató, como punto de partida, una escena olvidada de la novela «Vive y deja morir», en la que Felix Leiter pierde un brazo y una pierna, al ser arrojado a las fauces de un tiburón, cuando lo capturan los villanos (en posteriores publicaciones el lector se cruzará con un Leiter reconvertido en detective y una suerte de garfio o pinza en su muñón); y aprehendió tres o cuatro elementos del relato «La rareza de Hildebrand», para componer un guión que narraba cómo queda revocada la condición de agente doble cero de James Bond, a la cual renuncia para vengar la cruel agresión a su amigo y a la esposa de éste (apostillaría yo que con mayor inquina asesina y destructora que la conformada por el asesinato de la suya).


    Con la primera impresión del guión de Richard Maibaum y Michael G. Wilson (hecho patentado, en esta saga, que el guión no siempre se cerraba del todo), se inició el rodaje que se había mudado en pleno a México para abaratar costes. La estancia británica se había encarecido sobremanera y el destino centroamericano se entendió una excelente opción de negocio para evitar que el presupuesto se disparara. Albert R. Broccoli comentó en una entrevista que habían procurado mantener el equilibrio presupuestario. Y es que Broccoli pretendía (pretensión de un hombre con visos de hallarse desencajado de su época) realizar un largometraje a finales de los ochenta con un presupuesto de finales de los setenta. De cualquier modo, con el trabajo en desarrollo por tierras mexicanas, el gremio de escritores estadounidenses convocó una feroz huelga que dejó al equipo sin Maibaum. Wilson acometió una desesperada labor para pulir el guión antes de verse obligado a adherirse. Así, la producción, huérfana de sus guionistas, al poco lo estaría de su productor. Broccoli sufrió un ataque respiratorio en Ciudad de México, debido a la altura y densidad de la contaminación, que lo envió de vuelta a Londres y permitió a su hija Bárbara producir su primera escena: la persecución de los camiones cisterna hacia el final del metraje. Increíble escena de acción rodada bajo un sol de justicia para la que se contó con dieciséis camiones cisterna Kenworth y un tramo de carretera de La Rumorosa, cerca de Mexicali, cortado por su extrema peligrosidad, conocido, además, por los fenómenos paranormales que allí acontecían. De hecho, miembros del equipo fueron testigos de camiones que se incendiaban o se ponían en marcha solos, apariciones fantasmagóricas o fantasmales en los aparcamientos o la famosa foto fija de la mano de fuego que surge de la explosión del camión tomada por el ayudante del director y fotógrafo de la segunda unidad Arthur Wooster, y que, sin embargo, no pudo ser captada por ninguna de las cuatro cámaras que grababan la secuencia simultáneamente. Se contaba que cinco monjas habían fallecido en un accidente de minibús en el lugar, suceso que lo había impregnado de misterio, embrujo y superstición. Más pacífico fue el rodaje en la zona del pueblo otomí, donde el monumental templo, construido, al parecer, como homenaje a la población por las autoridades, se encontraba abandonado.


    Como la mejor forma de conseguir un estreno bianual era confiar en la familia, se repiten los reconocidos nombres de John Glen, en la dirección, el citado Arthur Wooster, para la segunda unidad, el fotógrafo Alec Mills, el diseñador Peter Lamont, los especialistas paracaidistas Jake Lombard y BJ Worth o el supervisor de efectos John Richardson. Otros nombres eran reconocidos fuera de la saga, como el del compositor Michael Kamen, quien se desvinculó de las canciones, incluida la de apertura, interpretada por Gladys Knight, La Emperatriz del Soul. Entre las novedades del equipo técnico, el submarinista, oceanógrafo, comunicador y cineasta mexicano Ramón Bravo, que se pudo valer de los submarinos de la, entonces, Perry Oceanographics de Florida, para el rodaje de las escenas correspondientes. Los vendavales de las costas de Cayo Hueso fueron un suplicio, pues restringían a un horario concreto del día la filmación. Aunque más lo fue para los fotógrafos la impresionante mansión en Acapulco del Barón de Portanova, empleada como residencia del traficante Franz Sánchez, de blanquísimos, níveos, mármoles tallados o adornados en arabesco.


    Timothy Dalton, que había firmado por tres películas, protagonizó la segunda y última de su filmografía como 007 (datos que, sin duda, apaciguan la opresiva especulación que le ha generado, paciente lector, lo abstracto del título que encabeza el presente artículo). También sería la última para Robert Brown y Caroline Bliss. No para el imprescindible Desmond Llewelyn, cuyo personaje ganó merecida presencia en la trama. Las protagonistas femeninas habían de multiplicar fuerza, entereza y determinación, cualidades olvidadas en ocasiones, y tratarse de mujeres fronterizas a los noventa. Una pena que la intención se escorase un tanto en un par de maltraídas escenas. La modelo Talisa Soto se embarcó aquí en su carrera cinematográfica. Senda similar la de la bellísima y cautivadora Carey Lowell (a pocas mujeres les podrá sentar el pelo corto tan bien y podrán lucir la funda de pistola a modo de liguero con tamaña y enloquecedora seducción), quien ya había debutado con un breve o fugaz papel en «Club Paraíso» (Harold Ramis, 1986). La casualidad hizo coincidir a Broccoli y David Hedison en un restaurante, por lo que repitió el personaje de Felix Leiter, que había encarnado en «Vive y deja morir» (1973), justo el título literario del cual se adaptó la salvajada con el tiburón. El cantante Wayne Newton soñaba con participar en un largometraje de la saga, acomodándosele un simpático papel. Pedro Armendáriz (júnior), con un modesto personaje, hizo honor a su padre, que había ostentado protagonismo en «Desde Rusia con amor» (1963). Anthony Zerbe, sobrecualificado para solventar a Milton Krest. Escasa era la andadura interpretativa de Benicio del Toro, cuando fue elegido para representar a Dario; al contrario que Robert Davi, quien se había hecho un nombre en el mundillo durante la década.


    He expuesto líneas arriba que la producción se llevó a cabo bajo el título de «Licencia revocada». No obstante, MGM planteó que el público estadounidense (soberanamente paleto por naturaleza —subliminal sintagma pareció barruntarse—) no entendería eso de «revocada». Solidaria con el pueblo norteamericano, condescendiente con sus limitaciones léxicas y consecuente con su idiosincrasia, en 1989, se estrenó «Licencia para matar».


Se nos casa Felix Leiter (David Hedison), agente de la CIA y amigo de James Bond, y allá que van, por tierras de Florida, camino de la iglesia, acompañados por Sharkey (Frank McRae), todos muy emperejilados, cuando agentes de la DEA avisan a Leiter de que tienen la oportunidad de capturar al criminal narcotraficante Franz Sánchez (Robert Davi), cuya debilidad por su amante, Lupe Lamora (Talisa Soto), le ha llevado a adentrarse en las Bahamas, para perseguirla, al enterarse de que lo engaña con otro hombre, quien será ejecutado en proceso sumarísimo, mientras Lupe es castigada con un flagelo o vergajo, que Sánchez extrae con movimiento mágico del interior de la chaqueta. La persecución de la banda criminal permite a Bond cruzarse con Lupe y con Darío (Benicio del Toro), secuaz de Sánchez. Atrapado el villano mediante un avanzado sistema de enlace en vuelo, nuestros héroes aparecen en paracaídas a la puerta de la iglesia ante la exasperada mirada de la novia Della Churchill (Priscilla Barnes). Ah, Sánchez soborna al agente Killifer (Everett McGill) y es liberado durante un trayecto. En el ínterin, la celebración de la boda transcurre con la normalidad que concede el universo 007, por lo que la trama se detiene en mostrar cómo Bond es testigo de la reunión de Leiter con una joven desconocida (más adelante se presentará a la piloto Pam Bouvier —Carey Lowell—), cómo Leiter esconde un CD con información del caso Sánchez en un marco fotográfico y cómo el nuevo matrimonio regala a 007 un encendedor grabado con una inscripción. Sánchez, por supuesto, planea su venganza. Asesina a Della y secuestra a Leiter, lo encierra en su guarida camuflada de piscifactoría, regentada por Milton Krest (Anthony Zerbe), y lo arroja a un tiburón, para devolverlo a casa mutilado y a las puertas de la muerte. Allí lo halla Bond, junto al cadáver de su esposa, al recibir la noticia de la huida de Sánchez, y emprenderá su particular venganza, aunque M (Robert Brown) trate de detenerlo y revoque su licencia, en el intento. Al margen del Servicio Secreto, Bond y Sharkey localizan el lugar de tortura de su amigo, delatado por la flor arrinconada que lucía Leiter en la solapa. En incursión nocturna, Bond averigua que la empresa es una tapadera para el tráfico de drogas. Pronto es pillado por la seguridad y se monta una escabechina en la que Bond acaba con la vida de Killifer, entregándolo como carnaza a los tiburones con su dinero traidor. Segunda incursión a una propiedad de Krest: su yate, donde encuentra a Lupe y ve cómo han capturado y matado a Sharkey. Escapará Bond de sus enemigos, agenciándose una avioneta cargada con dinero de la droga de Sánchez. De nuevo en casa de Leiter, Bond toma el disco escondido y consulta la lista de contactos. Sólo la piloto Pam Bouvier sigue con vida. Al reunirse con ella en un bar del puerto, la gente de Sánchez, liderada por Darío, los ataca, y se defenderán hasta que un preciso disparo de escopeta de Pam provoque un boquete circular perfecto en la pared por donde la pareja huye, sube a una lancha y sale pitando, para quedar a la deriva al haber perdido el combustible por un disparo al tanque. Se presume, vaya, que lo de Pam ha sido amor a primera vista, entonces, pues aprovecha la intimidad de la situación para abalanzarse a los brazos de Bond. El guión no se ocupa de explicar cómo la pareja regresa a tierra. Sí conecta con la sede del MI6, donde una preocupadísima Moneypenny (Caroline Bliss) organiza el viaje de Q (Desmond Llewelyn), cargadito de estupendos artilugios, a Ithmus, ciudad (ficticia) controlada por Sánchez y residencia del Presidente Héctor López (Pedro Armendáriz), para ayudar a Bond, quien se sirve del dinero robado a Sánchez para financiar la venganza. Con mucha ostentación de billetes y chica (Pam adoptará un cambio de imagen radical), contacta con Sánchez, simulando ser una suerte de solucionador de problemas. Desde su refugio en Ithmus, se comprueba, además, que Sánchez se vale del templo del predicador o telepredicador Joe Butcher (Wayne Newton) para blanquear dinero y trapichear con las drogas. La historia se enreda aquí con un amago de coalición asiático-americana para el tráfico de drogas, un plan fallido de Bond para asesinar a Sánchez, un equipo de ninjas que aprisiona a Bond, una misión hongkonesa encubierta para detener a Sánchez, un asalto al cubil asiático por el ejército mercenario de Ithmus, un toparse con Bond inconsciente en el sitio y un despertar en la mansión de Sánchez, quien sabe que se trata de un exagente del MI6, si bien, le supera la intriga. Gracias a la colaboración de Lupe, se escabulle Bond de la mansión y monta con Pam y Q una especie de algara que incrimina a Krest en el dinero perdido, por lo que Sánchez lo asesina muy teatralmente como cargo a su osadía. Regresa Bond a tiempo para que su salida pase desapercibida a Sánchez, que lo invitará a visitar su fábrica de cocaína oculta en el templo de Butcher. Lograrán Bond y Pam desarticular todo el entramado del tráfico de drogas (eliminando, de paso, a Darío; éste lo había identificado), que Sánchez disolvía en gasolina, a fin de transportarlas en camiones cisterna, y destruirán el templo, con mucha fuga de personal despavorido. Entre explosiones y tiros, Sánchez y un puñado de sus matones se marchan con unos camiones cisterna listos para la partida. Así que Pam por aire y Bond por tierra (en realidad, se ha lanzado a un camión desde la avioneta) emprenderán la persecución de los malvados, montándose una magnífica secuencia de acción con los camiones en la cual, uno a uno, van quedando fuera de la ecuación, hasta alcanzar a Sánchez. Culminada una feroz lucha aferrados al camión, al observar Bond que Sánchez ha quedado impregnado de gasolina, recurre al encendedor que sus amigos le regalaron para prenderlo y dejar que muera ardiendo, como merece. Para el cierre del metraje, la narración crea una breve escena telefónica para evidenciar que Leiter se recupera (quizá parece más feliz de lo esperado, dado el trágico fallecimiento de su esposa; o lo estará por eso: por lo lacónico del matrimonio) y que Bond regresará al MI6, y una fiesta con Lupe como anfitriona (imaginamos que ha heredado el patrimonio —¿legal?— de Sánchez), a la que Bond, Pam y Q son invitados. Durante la misma, Lupe, ardiente de cariños, tienta a Bond para que permanezca a su lado. Presenciada la insinuación en la distancia, Pam se retira triste y sollozante (momentos ha habido en el largometraje para exhibir sus celos), reacción percibida por Bond, quien, disculpa cortés a Lupe, raudo se zambulle (literal) hacia Pam. Declara, con tan húmedo gesto, unos sentimientos compartidos… Al menos, hasta la próxima película.


    En verdad, que Dalton hubiera renunciado años atrás a interpretar al personaje, asumiendo su juventud ante Broccoli, le había valido la confianza y el respeto del veterano productor. Confianza y respeto que le hizo apoyar a su actor protagonista en su empecinada o encastillada concepción de un James Bond más humano, más realista, más acorde con el personaje literario. Pero el personaje literario no era el cinematográfico. No era el que los productores habían construido para la gran pantalla, aquél que había triunfado en todo el mundo y había conquistado a millones de admiradores. Para el segundo filme de Dalton, los guionistas procuraron dosificar alguno de los rasgos arrebatados. Sin embargo, ese realismo enérgico, muy distanciado de la imagen tradicional, la imagen que había impregnado la retina y catalizado las emociones a varias generaciones, no terminó de convencer al espectador de finales de los ochenta, que reclamó el retorno del espíritu fílmico de 007. Vano fue el esfuerzo de Dalton para que el público aceptara su interpretación de un Bond consciente de su esencia asesina que lo equipara al villano de turno. Aplausos tuvo, claro. Público que celebró la identidad o cercanía con la creación de Fleming. No significa que el Bond de Dalton no fuera un éxito. Obtuvo una recaudación aceptable, aun con las decepciones.


    «Licencia para matar» se ha ido engrandeciendo con el paso de los años. Es un largometraje sólido y eficaz, muy cuidado, con una acción trepidante y espectacular, un nivel superior en cuanto a su agresividad y dureza visual y narrativa. El grado de implicación de Dalton en las escenas de riesgo y la fisicidad y materialidad de las piezas o elementos que constituyen o integran cada escena permiten disfrutar de una producción que cuenta con el lujo de dirigirse a los cuarenta años sin rubor o reparo. Acierta de lleno la historia en otorgarle a Q una mayor actuación, incorporándose o acoplándose a una aventura de 007 con natural desparpajo. Vistos los parajes y las secuencias, la fotografía desprende una maestría incuestionable y rotunda. Peca, sí, el filme con esos ninjas innecesarios, con esos escuetos reflejos de débil feminidad, con la exposición de la relación que se va forjando entre Bond y Pam, a veces incoherente, con los minúsculos picos que rebasan la suspensión de la incredulidad o con lo defectuoso de algunas soluciones de guión. Y, a pesar de ello, «Licencia para matar» es una de las mejores entregas de la saga, digna de reconocimiento.


Julián Valle Rivas

Virtud pública, vicio privado, por Pepe Morales

La sociedad la construyen las personas. Sin embargo, la mayoría de ellas achacan algunas señas de identidad de la comunidad de la que forman parte poco menos que a la voluntad ineludible de un demiurgo descerebrado. Pero no, la sociedad refleja, para bien y para mal, la idiosincrasia de las personas que la conforman, por mucho que se eche mano del gesto exculpatorio de Pilatos o de un infantil “Yo no he sido” cuando algo no cuadra o acaece alguno de los despropósitos que habitualmente tienen lugar con contumacia perseverante.


El personal escurre el bulto de la responsabilidad ante actitudes de las que se avergüenza y despotrica en público pero que práctica y presume de ellas en privado: “es inadmisible que otros hagan lo que yo haría si pudiera sin que trascendiera, sin que nadie lo supiera”. Este sencillo mantra opera con eficacia en el imaginario colectivo y explica muchas cosas de las que suceden en España y el mundo desde un punto de vista individualista absolutamente hipócrita. Se justifica apelando a él como un presunto valor universal: “Tú harías lo mismo”.


Lo público y lo privado forman parte de la esquizofrenia que afecta a la sociedad burguesa desde el final de la Edad Media sin tratamiento paliativo que minimice sus efectos. La cosa se agrava cuando se potencia como valor de convivencia el individualismo. “Res publica” es una locución latina que significa "cosa pública", referida al ámbito social, y es el origen etimológico de la palabra "república", quedando su uso vinculado a conceptos como “bien público”, “bien común” y, por extensión, “Estado”. También es la forma de gobierno de las naciones que han logrado liberarse de la rémora medievalizante en su estructura social.


Es habitual que la corrupción sea señalada, criticada, detestada, repudiada y rechazada por la mayoría de una sociedad donde proliferan quienes compran y venden sin IVA, se saltan las listas de espera para operarse por una mediación familiar o de amistad, trampean para elegir colegio o despilfarran agua en tiempos de sequía. Estas mayorías tiran de tópicos para justificarse y uno de los más usuales, “Quien roba a un ladrón…”, identifica Estado (lo público) y partidos políticos (lo privado) que, sin embargo, son votados de forma mayoritaria.


Inducido por los medios y la confrontación parlamentaria a olvidar o ignorar para qué debieran servir los votos, el personal abdica de sus deberes como paso previo a renunciar a sus derechos. “Todos son iguales”, “Y tú más” o “Sólo van a llenarse el bolsillo” operan como bastardos axiomas que la ciudadanía repite como un coro de autómatas, negando la posibilidad de la ética a personas que realmente se ocupan y preocupan de la “res pública”, del Estado, sin más pretensiones que intentar la mejora del “bien público”, del “bien común”.


Una sociedad refleja cómo piensa, cómo actúa la media de sus individuos en lo privado y en lo público. Pero el pensamiento y las conductas son susceptibles de moldeado utilizando técnicas descritas por la psicología y la sociología, por la publicidad y la propaganda, algo constatable cualquier día en cualquier hogar, calle o red social. Una minoría dedica tiempo y recursos a manipular el lenguaje y sustituye el concepto Estado (la res pública) por la etiqueta “Patria" porque el bien común va en contra de sus propios interéses privados.


Que los trabajadores voten a quienes se oponen a la dignidad laboral, que el colectivo LGTBI vote partidos homófobos, los emigrantes a racistas, las mujeres a machistas, los pensionistas a liquidadores de pensiones y las personas enfermas a quienes privatizan la sanidad es peccata minuta, algo previsible en una sociedad capaz de votar a quienes decretaron 7.291 sentencias de muerte en Madrid o facilitaron el ahogamiento de 227 en Valencia. Es la misma sociedad que jalea al genocida de Israel o al psicópata de EE.UU.

Pepe Morales

Adiós a los cristos y hola a las vírgenes, por Pepe Morales

Con la vía pública pringada por la cera, los tímpanos perforados por cornetas y tambores, el sentido alterado por el incienso inhalado, el estómago estragado por la ingesta de fritanga repostera, el bolsillo tocado por los imprevistos, el sueño trastornado por los trasnoches y los madrugones, un jersey quemado por la vela de un penitente y la razón pidiendo auxilio, por fin se atisba luz al final del fervoroso túnel de la Pasión y el Mayor Dolor. A pesar de los orígenes milenarios que se le adjudican a la Semana Santa, no hay mal que cien años dure.

 

Las tradiciones parecen construidas en torno a la repetición exacerbada y ciega de tópicos, clichés, estereotipos y trivialidades que producen en el pueblo un subidón de adrenalina con efectos equiparables, en algunos casos, a los del consumo de sustancias psicotrópicas. La sociología da cuenta del sutil idilio entre tradición y actualidad, encajes y tatuajes, saetas y reguetón o sangre de Cristo y botellón. La psicología intenta explicar muchos arrebatos y los más complejos la psiquiatría. La antropología es harina de otro costal que se debe explorar.

 

Tronos forrados con pan de oro, mantos y palios bordados con metales preciosos, cabezas coronadas de oro, plata en varales, medallones y varas de mando, la candelería de bronce, piedras preciosas en cuellos y manos. Miles de pasos imitan al Becerro de Oro con más de 60.000 € encima, en nombre del dios de los pobres, los menesterosos y los necesitados. Y en torno a la tradición emergen negocios de los mercaderes dentro y fuera de los templos al punto de que el perdón de los pecados y la salvación cotizan al alza en el parqué celestial.

 

De Finisterre al Cabo de Gata, de Ayamonte a Portbou, de La Fregeneda a Denia, de Tarifa a Hondarribia, no hay ciudad, pueblo y aldea que no haya paseado al cristo más milagrero y a la virgen más guapa de España. No hay aldea, pueblo o ciudad que no haya vivido las emociones más fuertes (“No se pueden explicar … Hay que vivirlas”) de España. En todo el país han llorando los hombres y suspirado las mujeres en éxtasis místico al salir y al entrar las imágenes en los templos con corales manifestaciones henchidas de fervor y sentimiento.

 

Se han celebrado más de 7.000 Semanas Santas en España, en la vaciada también, todas ellas las mejores, las más atávicas y auténticas de todas. Los fieles se han disfrazado de costaleros, santeros, mantillas o penitentes, con sus medallas, su velas, sus cruces de guía y sus estandartes cofrades para desfilar el día que simulan ser más creyentes. Los infieles cambiaron el chándal y los últimos tributos a la moda por sus mejores galas domingueras y las deportivas ofrecieron el pie al potro de tortura del zapato de estreno y el tacón de aguja.

 

Entre los tópicos más repetidos por quienes tratan de justificar el dispendio de caudales públicos al lobby de católicos y cofrades (interpretando de forma torticera el artículo 16 de la Constitución), están, ¡cómo no!, la tradición, la cultura, el negocio –el dineral que mueve el espectáculo– y la creación de empleo. Denle a la ciudadanía unos días de vacaciones, bajo cualquier pretexto, y habrá gasto compulsivo y creación de empleo, precario y temporal, en torno a la hostelería. La Iglesia, adueñándose del ocio, ha montado este rentable negocio.

 

Muertos y resucitados, los cristos son relevados por sus madres para llenar aldeas, pueblos y ciudades con más procesiones, ahora en un tono festivo, pues festiva era la celebración de las labores agrícolas que hace más de dos milenios celebraban en primavera los pueblos mirando al cielo para pedir buen trato a los cuatro elementos. Y de celebración deben estar las élites episcopales, políticas y financieras urbi et orbi por la muerte del papa Francisco, “representante del maligno en la tierra”, que dice Milei porque “la justicia social es un robo”.

Pepe Morales

La conjura de los necios, por Pepe Morales

la conjura de los neciosLeer es abrir las ventanas del individuo a ventestate para que el aire fresco y los rayos del sol oreen la razón y oxigenen los sentimientos. Por las ventanas entran y salen imágenes, olores y sonidos, entablando un diálogo imprescindible para armonizar el mundo interior con el exterior. Durante la noche, por las ventanas abiertas de la imaginación, entran y salen sueños, fantasías, quimeras, ilusiones, fantasmagorías, alucinaciones, delirios y pesadillas. Cerrar las ventanas alimenta la confusión del día con la noche, de la realidad con el deseo.


Hay ejemplos en la literatura de autores, obras y personajes capaces de marcar al lector de manera que quedan grabados en el imaginario colectivo y sirven de significante para definir ideas complejas: Edipo, Otelo, Don Quijote, Kafka, el esperpento… Y hay obras de las que queda el título y algún personaje, náufragos en la memoria, que se usan con fines diferentes a los de la trama argumental y la intención del autor. Estos títulos te asaltan de pronto, un día, una noche cualquiera, y se adhieren a la actualidad como una lapa resistiendo al oleaje.


Quedan lejanos, apenas unas sombras desdibujadas en la penumbra literaria, el argumento, el nombre del personaje Ignatius J. Reilly y el de su creador John Kennedy Toole. Empero, el título ha saltado como un felino cazador a la vista del desfile de personajes que en los últimos años asoman por las ventanas mediáticas y tienen un reflejo directo en las personas que nos rodean, en sus formas de vestir, de hablar o de maltratar su imagen o, lo peor de todo, en las urnas. Hay pocas dudas de que el mundo asiste a “La conjura de los necios”.


Se considera “necio/a” a toda persona ignorante que no sabe lo que podía o debía saber, pero también caben en el epíteto quienes por voluntad propia o por influencia de terceros se resisten a saber, reniegan de la razón y combaten a la ciencia. Estos últimos, además de necios, son peligrosos, numerosos y, en los últimos tiempos, orgullosos de su necedad. Cabe la duda de si necios del calibre de Trump, Ayuso, Abascal o Feijóo (no hay más que oír sus discursos) son un recurso para que se identifique con ellos el necio y captar su voto.


La necedad es contagiosa. Escoja usted a cualquier, influencer, futbolista o reguetonero y verá clonados sus ropajes, tatuajes, pelados, botox, pestañas, uñas, tintes, maneras y jerga en cualquier hijo/a de vecino de su ciudad, pueblo o aldea. Escoja a cualquier político de los antes mencionados y se reirá, a la vez que sentirá pavor ante su miseria intelectual, nocivo vocabulario, deficiencia oratoria y ausencia de empatía. Todos ellos se han conjurado para asaltar el poder gracias al postureo y la necedad de la parte de la población reacia a pensar.


Renunciar a un pensamiento propio, ignorar el pensamiento crítico y rechazar el diálogo es cerrar las ventanas desde dentro, crear un ambiente lúgubre y tóxico que acabará como todas las experiencias de pensamiento único que en el mundo han sido. El primer paso es el acoso y derribo al diferente y a la diversidad, como está sucediendo con las mujeres, el colectivo LGTBI, la migración y con quien no comulgue sus ruedas de molino. El siguiente paso, próximo y ensayado, será dar cuenta de los votantes necios que los han legitimado.


En tiempos de oscuridad como estos, conviene la lectura para que el aire fresco fluya en las ideas, para entablar un diálogo con el mundo interior y con el exterior, para priorizar sueños, fantasías, quimeras, ilusiones, fantasmagorías y alucinaciones sobre delirios y pesadillas como las que amenazan hoy a España, a Europa y al mundo. Conviene abrir las ventanas para evitar la confusión del día con la noche, de la realidad con el deseo. Es recomendable la lectura de “La conjura de los necios” de John Kennedy Toole. No lo compre en Amazon.

Pepe Morales

Saga Bond: Timothy Dalton (I), por Julián Valle Rivas

alta tension 007 james bond timothy daltonEra el aniversario de la saga, veinticinco años, y 1987 no podía transcurrir sin una nueva entrega, la número quince, nada menos. La etapa Moore se había cerrado. Sin un sustituto elegido, el trabajo debía ir adelantándose. Richard Maibaum y Michael G. Wilson se pusieron manos a la obra con el guión. Partieron del relato homónimo de Ian Fleming, que rezuma en la primera escena postintroducción, para construir toda una historia. Ignorando todavía qué actor encarnaría al Agente 007, había que moldear un personaje neutro. Sin duda, existía el acuerdo unánime de rebajar la sucesión de chascarrillos hacia el originario periodo Connery, y se rebajaría más… Pero no adelantemos.


    Lo primero era lo primero: el actor protagonista. En la famosa prueba de cámara que recreaba la escena del encuentro en la cama del hotel entre James Bond y Tatiana Románova de «Desde Rusia con amor» (1963), Sam Neill contó con el beneplácito general. Sólo Albert R. Broccoli torció el gesto: no terminaba de encajarlo. Pierce Brosnan había encontrado hueco en el rodaje de la temporada de la serie «Remington Steele» (1982-1987) y, durante tres días, participó en pruebas de cámara y ensayos. Entonces, la productora estadounidense lo reclamó y los británicos decidieron esperarlo, sería cosa de unas semanas. Sin embargo, la cosa se alargó, los estadounidenses multiplicaron la programación de rodaje y ampliaron metraje. Parecía que no estaban dispuestos a deshacerse de Brosnan, ni a permitir que compaginara interpretaciones. Broccoli se exasperó y enfadó con el retraso impostado. Brosnan quedó descartado.


    Timothy Dalton se había sentado frente a Broccoli y Saltzman allá por 1968, para enfundarse la piel de James Bond en «007 al servicio secreto de su Majestad» (1969). Había destacado en varios largometrajes con solvencia. Además, era un actor serio, responsable y maduro (lo contrario a lo que sería George Lazenby, o sea), al extremo de reconocer ante los productores que, con poco más de veinte años, era demasiado joven para personificar al Agente Bond. Ahora, a las puertas de finalizar el rodaje de «Brenda Starr» (1989) —tanto que salió de uno y entró en el otro con el único paréntesis del viaje entre localizaciones—, aceptó el ofrecimiento. Hombre algo tímido, se sintió abrumado por la insistente atención pública. Quizá por su natural carácter, se aferró a las relecturas de las novelas de Fleming, sugiriendo un perfil más humano, afrontando los comunes conflictos internos y sensaciones de vulnerabilidad; ello, sin olvidar que el día ordinario de un doble cero podía ser su último día, lo que le conferiría una pátina de dureza y frialdad. Maibaum y Wilson matizaron, pues, al protagonista según las ideas de Dalton, repercutiendo en un muy inferior porcentaje de gracietas. Otra cualidad que se vieron obligados a rediseñar fue la imagen de mujeriego del espía. La segunda mitad de los años ochenta reclamaba un concepto más monogámico, más moderado o formal en su relación con las mujeres. La faceta de seductor del personaje sería narcotizada o sumergida en un tanque de bromuro.


    Maryam d’Abo acudió, por consejo de Barbara Broccoli, quien comenzó a ejercer como coproductora asociada junto con Tom Pevsner, para participar en una de las pruebas de cámara de los actores llamados a ser 007 en el filme. Al equipo satisfizo tanto su trabajo que no perdió el tiempo en buscar a una actriz protagonista: la tenían encuadrada en cámara. Jeroen Krabbé, entusiasmadísimo con la proposición, se mostró encantando con representar a uno de los villanos. Como Joe Don Baker, quien tampoco se lo pensó dos veces. El exbailarín alemán Andreas Wisniewski poseía el físico adecuado para el papel del asesino Necros. Los cumplidores secundarios John Rhys-Davies y Art Malik eran una apuesta segura. Ineluctablemente, había llegado el turno de sustituir a Lois Maxwell. Caroline Bliss, a sus veinticinco años, procedía del mundillo televisivo, y no hizo ascos al papel de Moneypenny. Robert Brown llegó para quedarse y Desmond Llewelyn era eterno, o inmortal.


    El equipo técnico, prácticamente, se conservó en su integridad, garantizando la continuidad, con John Glen en la dirección y Arthur Wooster en la segunda unidad como director y fotógrafo. Sí se recuperó a Alec Mills como director de fotografía, aplicando una paleta de color más apagada o contenida. En el apartado musical, John Barry defendió su feudo y con Paul Waaktaar compuso la canción de los créditos iniciales, pieza ejecutada por la banda noruega A-ha, impropia, según mi opinión, para la saga, al menos, superados los primeros acordes.


    Los plazos iban apurados, así que las unidades se dividieron para un rodaje casi a la par. Mientras Dalton hacía acto de presencia y asumía (empecinado) algunas de las escenas de acción, los especialistas aéreos Jake Lombard y BJ Worth había grabado el salto inicial en paracaídas, con la dificultad del viento y el aterrizaje en un terreno tan escarpado como era el del peñón de Gibraltar. Más arriesgada fue la escena de la lucha aérea con la red de carga y el peligroso zarandeo de la misma. John Richardson y su equipo fueron probando modos de destruir el Land Rover del prefacio, puesto que, en el desierto de Mojave, el impacto por caída libre lo transformó en una plancha de diez centímetros. El acantilado del cabo Beachy resultó ser la ubicación idónea para lanzarlo por medio de un cañón de aire con un maniquí con paracaídas controlados por remoto. Sin escatimar escenarios reales (la mansión de Whitaker perteneciente al millonario Malcolm Forbes o el mítico parque de atracciones Prater de «El tercer hombre» —Carol Reed, 1949—, que ilusionó al elenco), el capítulo de maquetas y miniaturas no deja de sorprender. Desde el jeep que abandona el avión hasta las aproximaciones aéreas, pasando por el primer plano del puente afgano y su escala de un cuarto, con agua y rocas auténticos, para la secuencia de su destrucción, o los fondos montañosos para los primeros planos de la pelea aérea con los actores asidos a la red de carga. Ingenioso fue el uso de un camión de mudanzas con su trasera disfrazada de cola del Hércules, para la entrada por la rampa del jeep con el avión en marcha. Y envite chiflado de John Glen, el estuche del chelo en modo trineo (aterradora experiencia para los actores). En el estudio desértico de Ouarzazate, donde se construyó el impresionante aeródromo, fue una celebridad el doctor James D’Orta, primo de Broccoli, con sus pequeñas intervenciones quirúrgicas gratuitas, aunque sufrió el susto de operar, en mitad de dicho entorno, la arteria radial seccionada de un especialista, asistido por Barbara Broccoli. Finalmente, en Pinewood, el equipo recibió la vista del Príncipe Carlos y Diana de Gales, que disfrutaron como niños disparando cohetes (él) y rompiendo botellas (ella) de falso cristal en cabezas ajenas (la de él). La producción de «007: Alta tensión» no pudo tener mejores padrinos.


    El MI6 es elegido para intervenir en unas maniobras destinadas a probar la vigilancia y defensa del SAS en una estación de radar ubicada en Gibraltar (sí, tampoco era español en aquellos años). Los agentes 002 (Glyn Baker), 004 (Frederick Warder) y 007 (los primeros planos lo enfocarán de espaldas, tensando la presentación del nuevo rostro) representarán al Servicio Secreto durante el simulacro. 002 es abatido (simulacro) al instante, provocando que el espectador enarque una ceja, al preguntarse quién fue el listo que concedió a tamaño patán el estatus de doble cero. 004, por su parte, es asesinado (realidad) por un infiltrado que le ha lanzado una nota cuyo contenido no es revelado a cámara. Bond, testigo de la muerte, cerciorado de la aleve agresión, trata de dar caza al impostor encaramado al techo del Land Rover cargado de material explosivo con el que huye raudo por los estrechos pasos rocosos del peñón. Incapaz de detenerlo, el asesino morirá al explotar el vehículo mientras cae por un acantilado. 007 salva la vida gracias a su paracaídas, aterrizando en un lujoso yate ocupado, oh bendita casualidad, por una bella mujer sola y aburrida en medio del estrecho, de la que deberá aceptar, como marcan las normas marítimas de cortesía y protocolo y como buen comandante de la Marina Real británica, la insinuante hospitalidad sicalíptica que le brinda. Faltaría más. Dios salve a la Reina, etcétera. Con la misión de asegurar la deserción del general soviético Georgi Koskov (Jeroen Krabbé) dirigida por el agente Saunders (Thomas Wheatley), asiste Bond a un concierto en Bratislava, donde se fija en la chelista. Será ella la que intentará hacer fracasar la deserción actuando como francotiradora durante la salida de Koskov del auditorio, acción interrumpida por Bond con un certero disparo al arma que hiere el brazo de la mujer. Objetivo intencionado, guiado por la intuición de 007, que es recriminado por Saunders. Logran que Koskov traspase las fronteras del bloque soviético introduciéndolo en una cápsula impulsada a presión a través de la tubería de conducción del gas (la edición se podía haber ahorrado unos planos del circuito de la tubería en ángulo de noventa grados que aplastan la credulidad del recorrido de la cápsula de escape). En la sede del MI6, Bond repasa con Q (Desmond Llewelyn) la lista de asesinas soviéticas, sin éxito, cuando Moneypenny (Caroline Bliss) le comunica, entre coqueterías y flirteos mutuos, que ha sido convocado por M (Robert Brown) en la mansión campestre del Servicio, y Bond le pide que investigue a la chelista con discreción. En la pequeñita y acogedora casita de campo, se reúnen con el Ministro de Defensa (Geoffrey Keen) y Koskov, mientras la trama va insertando escenas de cómo un misterioso asesino, Necros (Andreas Wisniewski), allana el recinto rústico. Deserta el soviético a causa del general Leonid Pushkin (John Rhys-Davies), sucesor del general Gogol (ha sido reubicado en Asuntos Exteriores), quien ha activado la orden «Smiert spionom» (Muerte por espía) y entrega la lista de espías británicos (incluye a 007) y estadounidenses a liquidar, lo que degeneraría en una catastrófica guerra nuclear. Disuelta la reunión, irrumpe Necros aniquilando al personal, distrayendo con botellas de leche explosivas y secuestrando a Koskov. Con la muestra de que el mensaje en poder del cadáver de 004 contenía escrito «Smiert spionom», la prioridad es eliminar a Pushkin. Es la misión de 007, quien comparece ante M, aunque duda el Agente, como dudó con la chelista, retracción de la que está informado M, sugiriendo que podría encargársela a 008. No le queda otra, así que visita la sección de Q donde recibe un molonísimo llavero universal con mando a distancia que tanto explota como expulsa un gas aturdidor, en función de la melodía que se silbe. Flipante. Con mayor o menor grado de flipe, el Aston Martin V8 que Bond toma con el (consabido por todos inútil) ruego de Q de devolvérselo intacto. La chelista es Kara Milovy (Maryam d’Abo) y, pese a que las pistas apuntan hacia Tánger, 007 debe viajar antes a Bratislava, a fin de aclarar la implicación de la mujer. Allí se planta el Agente Secreto, con su discreto Aston Martin en territorio satélite soviético (el guión no se detiene en precisar cómo ha cruzado el Canal de la Mancha). Así, descubre que Milovy es una suerte de protegida y/o amante de Koskov, con quien colaboró en teatralizar la falsa deserción, cuyo objetivo no era otro, en principio, que conspirar contra Pushkin. Precisamente, la chelista ha sido detenida por éste durante veinticuatro horas para ser interrogada, por lo que Bond fingirá ser un amigo de Koskov para ganarse su confianza y sacarla del país hasta llegar a Viena entre añagazas al Servicio soviético, artificios del coche tuneado por Q, vaivenes con el chelo, reconversión de su estuche en trineo, autodestrucción fulminante del Aston Martin y cargos a cuenta del MI6. En el ínterin, Pushkin visita en Tánger a Brad Whitaker (Joe Don Baker), un traficante de armas con delirios de grandeza, aficionado a la guerra, para anular un negocio. Ahora Whitaker, compinchado con Koskov y Necros, ocultos en su residencia, es quien les plantea matar a Pushkin, si no lo hace Bond. Se evidencia, pues, que los villanísimos pretendían completar una inmensa venta de armas generando un conflicto bélico con Pushkin como pantalla. La estancia en Viena de la pareja recuperará la trama de Saunders, de quien Bond necesita documentos identificativos de Milovy, para escenificar su asesinato a manos de Necros y dejar el mensaje «Smiert spionom» escrito en un globo que flota liviano por el lugar. Arribados en Tánger, Bond confirma sus sospechas: Pushkin es la víctima de un complot urdido por Koskov y Whitaker, por lo que unirán fuerzas simulando el asesinato de Pushkin a manos de Bond antes de que lo ejecutara Necros. Sin embargo, Milovy, que, engañada, todavía confía en la bondad de Koskov, traiciona a 007 y ambos son apresados para volar hacia una base militar soviética en Afganistán, donde Koskov los aprisiona por la muerte de Pushkin. En el país afgano, Koskov está enredado en el tráfico de drogas (medio de financiación óptimo de sus trapicheos), que paga con diamantes, peligrosa actividad delictiva la del narcotráfico que el Agente Secreto deberá abortar. Para ello, echa mano (era hora) del artilugio de Q, cuya funcionalidad lo libera de sus carceleros y de sus esposas, contando, eso sí, con el inestimable apoyo de Kara Milovy y un preso que resultará ser el líder rebelde Kamran Shah (Art Malik), quien, además, se aliará con la pareja (¡cómo cambiará la historia años después!) y le pondrá a disposición su guerrilla para fastidiar el negocio estupefaciente de Koskov. Mimetizado entre los porteadores de la droga, 007 aloja una bomba en el avión de transporte. Al ser descubierto, arranca una larga escena de acción a lo largo de la base aérea, con disparos, explosiones y persecuciones por doquier. Bond y Milovy despegan el avión sin percatarse de que Necros ha subido en el último momento. La chelista ha accedido por la rampa de carga conduciendo un jeep con una destreza que se significaría inusitada, si no fuera porque, transcurridos unos segundos, se manifiestan sus dotes como piloto, cuando 007 le cede los mandos del avión como si nada para gestionar con vehemencia la desactivación de la bomba. La tarea no será sencilla, con la irrupción salvaje de Necros y la consecuente lucha entre los dos hombres, hasta quedar suspendidos en el aire, asidos con desesperación a la red de carga del avión, que permanece amarrada a su cola. Necros, claro, caerá al vacío. 007 desactiva la bomba, pero, comprobado el apuro que sufren los amigos rebeldes afganos, asediados por las tropas soviéticas, la suelta sobre un puente, cortando el avance enemigo. Que el combustible se agote es la excusa perfecta para estrellar el avión con los paquetes punibles, que siempre queda muy aparente en pantalla. Bond y Felix Leiter (John Terry) organizan una incursión nocturna a la estrambótica guarida de Whitaker, donde el apañado mando a distancia de Q vuelve a demostrar su utilidad práctica para acabar con la vida del traficante de armas. Detenido Koskov por Pushkin, se barrunta que será el MI6 el que promocione la carrera artística de Kara Milovy con una gira solista inaugurada en Viena y felicitaciones del propio M, el general Gogol (Walter Gotell) y Kamran Shah, de quien se conoce entra y sale de Afganistán a gusto y recorre el mundo con desparpajo. Ah, la felicidad de Milovy no es plena: una nueva misión ha impedido a James Bond asistir al concierto. Se aísla, afligida, en su camerino, donde, ¡sorpresa!, la espera 007 acomodado para el tradicional cierre romántico.


    Siento proclamar que el apabullante despliegue técnico y la fantástica proyección de la acción no compensan los reiterativos picos de aburrimiento de la historia y la falta de empatía (o credibilidad) con el actor protagonista. No me refleja Timothy Dalton, en esta entrega, la figura de James Bond, siquiera la literaria. Carece del carisma de Sean Connery y del pícaro gracejo de Roger Moore. Ni su apariencia física ni su aptitud me convencen como propuesta para el personaje. No exterioriza la expresividad emblemática de Bond, su modo de encarar la vida y las situaciones en las que se ve envuelto. No es frío, salvo digna excepción, es glacial. Sin amago de sensibilidades o sentimientos que puedan ser captados por el espectador o que le permitan identificarse con o identificar al simbólico personaje, enarbola con orgullo la bandera de la sosería más recalcitrante. Tal vez se deba a la ausente dirección de actores (Maryam d’Abo va justita y los intérpretes villanos se exceden) o injerencia de los productores; o se deba a aquella neutralidad del personaje con el que concibieron el guión originario, en espera de la elección del actor, que se aplanó con el decidido enfoque del escogido; porque Dalton es, por supuesto, un grandísimo actor, pero no un buen James Bond en «007: Alta tensión».


Julián Valle Rivas

Canal Sur: ¿la nuestra?, por Pepe Morales

canal sur andalucia logoLeo en la prensa que Mazón y Vox (valga la redundancia) cancelan cuatro de los programas con más audiencia de À Punt, como preludio del asalto conjunto a la radiotelevisión pública valenciana. El día que murieron 227 personas ahogadas por la dana, Mazón negociaba lo mismo en El Ventorro, pero solo, sin Vox. Tras años de denuncias de injerencia partidista sobre el ejercicio profesional de los trabajadores de la radio y la televisión gallegas, Rueda prepara una ley que le permitirá nombrar por mayoría simple al director general de la RTVG.

Lo mismo ocurre con Telemadrid y todas las televisiones públicas del país, convertidas en aparatos de propaganda del partido gobernante en cada momento, olvidando su labor como Servicio Público. Una vergonzosa tradición que seguirá sucediendo mientras el miserable bipartidismo reciba los votos de una mayoría ciudadana lobotomizada. Las televisiones privadas se pliegan al interés de sus grupos empresariales, posicionándose políticamente como una porción sustancial del negocio. En cualquier caso, la que pierde es la audiencia.

Por circunstancias que no vienen al caso, he sufrido, como espectador, un fin de semana de Canal Sur. Imposible de apartar de mí ese amargo cáliz, la experiencia ha sido agotadora, estresante, a un tris de un ataque de ansiedad, a pesar de saber lo que es la televisión pública andaluza bajo la manipulación del PP o del PSOE, que tanto monta… Llevan lustros los trabajadores del ente autonómico reclamando unas condiciones laborales dignas y un respeto a sus tareas profesionales dentro de unos parámetros mínimamente democráticos.

El viernes, tocó lidiar un party tabernario, pagado con el dinero de toda Andalucía, bajo la batuta de Bertín Osborne (señoro engominado), con el Sevilla (otrora juglar irreverente, hoy bufón paniaguado), Susana (esposa de Joaquín, el del Betis), Laura Gallego (cantante sin bolos) o María José Suárez (rabanera impostada). Como persona, busqué refugio en la indiferencia; como andaluz, la vergüenza evocó en mí la imagen de un avestruz metiendo la cabeza bajo tierra. Parece que a estos y a otros bribones la audiencia les importa un carajo.

El sábado, un cambio radical de formato anunció en Los Reporteros una pieza sobre el delicado tema de los temporeros que recolectan frutos rojos en tierras onubenses. Después de noticias recientes que hablan de asentamientos de migrantes arrasados por el fuego en Huelva, de un empresario detenido por la desaparición de un temporero migrante (o dos) en Jaén, de la esclavización de migrantes por patriotas sin escrúpulos en Sevilla y de la epidemia racista y xenófoba que infecta al país, creí que abordarían el asunto íntegramente.

Bastaron apenas un par de minutos para caer en la cuenta de que la línea editorial de Canal Sur la dicta ahora el Partido Popular. Ni rastro de los problemas apuntados. Desde el inicio, quedó claro que se trataba de un panegírico sobre las bondades del programa GECCO (Gestión Colectiva de Contrataciones en Origen), permitiéndose usar el argumentario de la ultraderecha para hablar de migración “ordenada” y “segura". Entrevistas a empresarios y trabajadores muy agradecidos y nada sobre abusos laborales y/o sexuales. Todo en orden.


Acabó el sábado con Tierra de Talento, donde destacó el enorme talento de Manu Sánchez para presentar el programa y mitigar los daños colaterales de un formato que prima la competitividad sobre la calidad de intérpretes y actuaciones. El jurado sobra: están ahí para rendir tributo a una fama tan efímera como petulante. Manu bastó y sobró para corregir el papel de cuatro estrellas decadentes a la vez que presentó artistas y espectáculos de forma magistral. Espero que Moreno Bonilla no cancele a Manu por reivindicar la Sanidad Pública.

Pepe Morales

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