Vacaciones, por Pepe Morales

vacaciones playasHubo un tiempo en el que familias con pocos o ningún recurso se permitían unas jornadas, a veces una semana o diez días, de algo que llamaban vacaciones por el hecho de no trabajar y de hacer un viaje, a menudo largo y tortuoso como la separación de The Beatles. No había más remedio. La guerra y la posguerra fueron el caldo de cultivo para forjar un par de generaciones con valores de supervivencia como la empatía, la solidaridad, el sacrificio, el altruismo y la filantropía, hoy cuestionados por una cultura radical egoísta y consumista.

Durante décadas, los viajes a L’Hospitalet, Terrassa, Madrid o el País Vasco eran rutas cubiertas por autobuses, a menudo piratas, que sorteaban los baches de las carreteras secundarias con la misma habilidad que esquivaban los controles de la Guardia Civil a cambio de unos chorizos y unos litros de vino o unos billetes verdes. Autobuses cargados de comeorzas o rebañaorzas que a cambio recibían la visita de la familia emigrada que los acogió en la España rica y urbana durante las fiestas patronales, Semana Santa o Navidad.

Ni se cuestionaba la pertinencia de estas visitas ni se reparaba en la incomodidad que suponía dormir en el suelo, tanto anfitriones como visitantes, o apretarse ocho personas en una mesa dimensionada para cuatro. Durante los días previos y los posteriores a la visita, la familia visitada se sumía en un trajín de colchones, camas mueble y sillas desde la casa de allegados y vecinos, con suerte con una furgoneta de la empresa o de un conocido. Con la precariedad de aquellos tiempos, se improvisaba una comodidad a todas luces insuficiente.

Aquellas vacaciones no eran gratis total ya que, en la medida de las posibilidades de cada caso, había intercambios de regalos y, algo excepcional en la época, se comía un día o dos en restaurantes o se salía a playas, parajes pintorescos o monumentos de los que se oía hablar en radios y transistores de AM y en la reciente televisión en blanco y negro (era costumbre compartir gastos, minimizando el postureo). Y luego había regalos y recuerdos para la familia y el vecindario que se había quedado en el pueblo, modestos, pero un dinero.

Todo eso se ha perdido bajo el eufemismo del progreso, utilizado en términos económicos. Los hijos y nietos de aquellas generaciones han sucumbido a la dictadura de los mercados y han sustituido aquellos valores por sucedáneos como éxito y esfuerzo, dos patrañas que el capital sigue explotando en la senda del sueño americano para favorecer la codicia del 10% de la población a costa del 90% restante. Pura propaganda para perpetuar un sistema injusto e insolidario, egoísta, el mismo de la época de los faraones egipcios. Esclavismo 3.0.

Asistimos a una estafa global que toca aspectos básicos para la supervivencia del ser humano como la vivienda, la Educación, la Sanidad o la cesta de la compra. El derecho a la vivienda está en manos facinerosas que operan desde plataformas como Booking y Airbnb o toman posiciones en el mercado del alquiler. El derecho a la sanidad y la educación obra en manos de mafias confabuladas con políticos sin entrañas que expenden titulaciones y tratamientos de dudosa calidad. Y la comida basura alimenta a la juventud por medio de aplicaciones móviles como Just Eat o Glovo. Son tiempos de mucho correr y poco pensar.

La paradoja del gatopardismo (El Gatopardo, 1958, de G. T. di Lampedusa) nos dice que, a veces, el sistema se renueva superficialmente para evitar transformaciones estructurales y mantener intacto el poder en una sociedad cada día más conservadora, sumisa e ignorante.

Pepe Morales

Cosechar lectores, por Julián Valle Rivas

libros anaqueles circulo lectoresHe tenido la suerte, y lo habré tecleado en alguna ocasión, de tener unos padres que siempre fueron conscientes del valor de un libro, no como mero elemento decorativo de alguna sala sofisticada del hogar, sino como herramienta cultural y educativa, de conocimiento, también como medio para discernir la realidad y fomentar el espíritu crítico, instrumento útil y necesario, en definitiva, para la formación y para asegurar un futuro laboral razonablemente próspero, mejorar las perspectivas que ellos pudieron tener o, de hecho, tuvieron.


En esta adhesión incondicional a los provechosos frutos de los libros, justo es reconocer que mi padre adoptó la empresa de fomentar su adquisición, hasta donde fuese requerido, realizando los sacrificios que hubieran de realizarse, no pocos para una familia humilde. Pero él, por su trabajo, frecuentaba las casas de los vecinos potentados y pudientes de la ciudad, con sus paredes colosales tapizadas de anaqueles combados por el peso de volúmenes ostentosos, depositarios de memorias disipadas en la fronda del tiempo, de historias flotantes en la inmensidad de la imaginación, de saberes descifradores de incógnitas y docentes de enseñanzas extraordinarias. Pero él, por el trabajo, lamentó haberse visto obligado a abandonar la escuela demasiado pronto, aun cuando concebía que sólo entre los tipos impresos en páginas quebradas por el desgaste se podría desarrollar el intelecto y encumbrar la lucidez, despabilar la mente ante las añagazas de la vida, los vaivenes de los gobiernos y los caprichos de los hombres. Pero él, por la propaganda, asumió de joven que una sociedad culta era una sociedad feliz y floreciente, una sociedad conforme no a sus ciudadanos, sino a su régimen. Pero él, por lo vivido, alcanzaba a entender que unas estanterías deslomadas por tomos polvorientos, con independencia del oropel de sus costuras, no garantizaba más allá que el interés que cada cual deseara extraer a las hojas, absorbiendo la tinta de sus líneas con tal energía que la impronta quedara en el cerebro perenne, como los rigores que regala al cuerpo el esfuerzo incansable. Y, así, mi padre no me escatimó la compra de libros; sin censura, sin negativa, sin límite ni recomendación, con la libertad para escoger y decidir, con la confianza ciega y universal, con la mirada de quien dispone los medios y espera un empleo adecuado de los mismos, y con la esperanza de una madurez tranquila, inmune y estable para su hijo. Y, para albergar la marabunta bibliográfica, mi padre erigió un cobijo de madera, con sus propias manos, pieza a pieza, sobre el que tecleé hace milenios, allá, en los albores de mi misión articulista.


En aquella etapa de remesas de títulos incontables, arqueada por el salto de siglo que fue la última década del XX y primera del XXI, Círculo de Lectores sufragó muchos de los plúteos ahuecados por el silencio. Nacido con vocación proporcional comercial y literaria («sembramos libros, cosechamos lectores»), fue un club de lectura de raíces germanas que se adentró en la comunidad española en 1962 y perduró hasta 2019, cuando Grupo Planeta se había hecho con su totalidad un lustro antes. Como Correos no admitía paquetes de más de trescientos gramos, ideó un sistema de entregas, trimestral, en sus comienzos, mediante una red de agentes, quienes previamente habían recogido la hoja de pedido de los socios (llegó a sumar un millón y medio), a partir de un catálogo a modo de revista. La captación se hacía cara a cara, de puerta a puerta (Internet no estaba proyectado y la comunidad se creía protegida). Tampoco proliferaban las librerías, reductos urbanitas omitidos de los pueblos. Círculo de Lectores confeccionó un sello personal, difundiendo autores y obras, descubriendo talentos, haciéndose con derechos de edición de escritores consagrados y lanzando títulos en especial impresión, maquetados e ilustrados con particular mimo, y con grandes nombres implicados, ya fuera para introducir con el prólogo, componer colecciones, diseñar cubiertas o adornar con ilustraciones. Obras exclusivas para sus socios. Sin duda, su explosión fue en los ochenta y noventa, con el asentamiento de la democracia y la dirección general de Hans Meinke, y la aptitud cultural inserta en su naturaleza le concedió la venia de ofrecer a sus socios música y cine. Compramos a través de Círculo, en casa, nuestras primeras películas en VHS y DVD, interés éste de la filmoteca privada que mi hermano y yo conservamos, hasta donde nos lo podamos permitir, claro; negándonos a someternos a la dictadura de las plataformas, con su lista de productos cerrada y caduca; batalla que van ganando, tecleado sea, constatados los cada vez más reducidos fondos de títulos en su formato físico. Luego, inmerso en el XXI, con la irrupción de Internet, los prolongados horarios de ausencia domiciliaria y las reticencias hacia el comercio directo a puerta, Círculo de Lectores se fue diversificando en una disolución esperpéntica que aglutinó mobiliario, bisutería y mercadería de belleza y guió su desaparición. Del club fue la muy socorrida enciclopedia Nuevo Logos 2000, completada a razón de dos tomos por entrega, o dos de mis colecciones de Agatha Christie o los cuentos de Edgar Allan Poe o las dos primeras novelas de Alatriste o las ediciones ilustradas de los «Episodios Nacionales» y la trilogía de los mosqueteros, que tan gozosas horas me han procurado. Aún recuerdo el júbilo, al hallar en la revista por fin reunidas las tres novelas de Dumas, narradoras de las aventuras de los cuatro amigos. Y es que la presencia en las manos del libro ha de ser motivo de satisfacción íntegra, por lo que brinda y se aprovecha. Sembrar y cosechar.


Al pasar de los años, fue la realidad la que golpeó a mi padre con dureza. O nos golpeó, para revelarnos, por las malas (vaya si fueron malas), que la masa de conocimiento, de cultura y de lucidez, en verdad, no certificaba nada; que las baldas prensadas por tapas infinitas no significaban prosperidad; que el ahínco, la dedicación y la abnegación no implicaban el objetivo deseado. Que el infortunio se cebaba con los crédulos. Que existían factores inicuos desbocados. Que el recurso acumulado de libros era una simple parte, quizá ínfima, de un éxito indeterminado e incierto, de escasa o dudosa posibilidad. Que cualquier imbécil con estrella lograba el triunfo con pasmosa facilidad. Entonces, mi padre, un tanto triste y un tanto decepcionado, se desprendió de su ilusión y su esperanza en los libros como el apóstata se desprende de la cruz que cuelga de su cuello. Por mi parte, sin embargo, consumir libros fue y continúa siendo una forma inorgánica alimenticia, una satisfacción fisiológica, visceral, que, sí, ya no preciso para vivir, porque perdieron la transcendencia del porvenir, aunque me ayudaran a comprender la pérdida, como todavía hoy me ayudan a comprender el mundo, a conocerlo mejor, a evadirme de él, a aprender sus reglas; son amigos que me acompañan, sin promesas ni convicciones ni infalibilidades, sin nada a cambio; únicamente compañeros que preciso para sobrevivir.

Julián Valle Rivas

Deportes, por Pepe Morales

futbolHay algunas cosas a las que se empeñan en llamar deporte y, a base de repetirlo mil veces, el imaginario colectivo acaba acatando que son deporte, al contrario de lo que sucede con los toros, una tradición que, por mucho que se repita y mucho empeño que se ponga, no hay forma de encajarla en el concepto de cultura. Son cosas que tienen en común un público con cierto grado de elitismo y un desmedido movimiento de dinero alrededor de la actividad. Quien haya asistido a una partida de golf, una exhibición de hípica (turf para el público más esnob) o unas pruebas de motor, habrá comprobado que, grosso modo, es así.

De joven, me preguntaba por qué no había negros en el tenis (apenas Althea Gibson, Arthur Ashe y Yannik Noah) o el esquí (¿?). Recuerdo el exquisito público de Wimbledon y Roland Garrós y la imagen de Juan Carlos I y familia en Baqueira Beret. Como conclusión, a los 18 años, con el cadáver del dictador aún caliente, llegué a pensar que eran deportes de pijos. Manolo Santana, acogido en la posguerra por una adinerada familia de Madrid, reforzaba esa idea; no así Manuel Orantes, hijo de la emigración andaluza. Paco Fernández Ochoa, con su capa y la bandera franquista, fue un símbolo de la transición, como Juan Carlos I.

Los deportes de masas han servido históricamente a dos propósitos: distraer al público de la realidad, sobre todo cuando ésta no es amable, y hacer negocios, todo tipo de negocios, legales e ilegales. Este tipo de deportes son fenómenos sociales que comparten cualidades con las religiones: proselitismo (aficionados), fanatismo (ultras y hooligans), ritos (cánticos, bengalas, celebraciones), ceremonias (partidos), templos (peñas, estadios), ídolos adorados (jugadores), movilización de masas (fe, esperanza…) y jerarquía (directivos, presidentes).

Los espacios deportivos en los medios están al servicio del capital que los sostiene y los mantiene para fomentar ideologías patrióticas, individualistas y consumistas. Las secciones “deportes” de los noticiarios dedican al motor un minutaje y una posición en la escaleta muy por encima del interés que despierta en la audiencia, momento ideal para recoger la mesa y/o visitar el aseo. El golf recurre a imágenes “curiosas”, panorámicas del selecto público, alabanzas hacia Jon Rahm o Sergio García y la evocación de la vieja gloria Ballesteros. La hípica suele encontrar acomodo mediático en el ámbito de la prensa amarilla y del corazón.

Estos espacios conceden una atención excesiva a conductas contrarias a la ética deportiva y social ofreciendo imágenes, en bucle, de jugadores y público en actitudes violentas. Los disturbios entre aficiones en las gradas y en las calles, el uso de bengalas y pirotecnia, la exhibición de simbología fascista, o los cánticos racistas, machistas y homófobos de la hinchada son violencias cuyo tratamiento debería ser reducir las imágenes y la noticia al mínimo indispensable para su denuncia y condena. Se trata de formas repudiables de fomentar, normalizándolas, la crispación y la violencia social a través del deporte de masas.

Entre tanto despropósito, entre deportes que no lo son y lo que no es deporte, se habla muy de pasada de lo que sí es deporte, de jugadas, goles, canastas y partidos. Apenas hay lugar para los deportes minoritarios como el atletismo y el deporte femenino es tratado de una forma residual, tal vez por cumplir. Para completar este repaso a la información deportiva, mencionar el daño “pedagógico” infligido por tertulianos, analistas y bustos parlantes con la vocación de censurar determinadas posturas políticas de las estrellas del deporte o de las gradas. Además de blanquear dinero, el deporte lava la imagen de empresas y dictaduras.

Pepe Morales

La ignorancia en campaña, por Pepe Morales

sabiduria ignoranciaPara el público de cuarenta años hacia arriba, los medios tradicionales (prensa, radio y televisión) todavía se encargan de transmitir la palabrería electoral con poca, casi ninguna, innovación en los formatos. Las mentes de esa audiencia se han ido acomodando a una resignación que conduce a un lamentable proceso de involución. Tal vez, la más reciente innovación mediática haya sido el traslado del discurso político a ciertos programas de entretenimiento donde comparte titulares, presentador y tertulianos con fruslerías y cotilleos.

Ese público otoñal e invernal es también receptor de desinformación y bulos que circulan por unas redes sociales y unas aplicaciones de mensajería que sus hijos y nietos manejan de forma nativa y donde la extrema derecha mantiene un notable caladero ideológico. Las nuevas tecnologías de la comunicación y de la información han generado la paradoja de que la sociedad actual, con acceso casi ilimitado a la información, sea la más desinformada de la historia. La renuncia al pensamiento crítico la hace al mismo tiempo la más ignorante.

El panorama se complementa con calles empapeladas, buzones invadidos por panfletos y papeletas y faroles colgando de las farolas, la vieja propaganda electoral utilizada más por tradición que por eficacia. Gran parte de la juventud decide el voto con el mismo criterio que elige el menú basura del domingo, el tinte para el cabello, el modelo de peinado, el piercing, el tatuaje y el lugar donde lucirlos. Gran parte de la adultez lo hace con el mismo criterio que elige la alarma de casa, la TV de pago, el seguro sanitario privado o el mobiliario del salón.

Otro clásico de las campañas electorales son los eslóganes que los partidos esgrimen cada vez con menos convencimiento de seducir a alguien con ellos. Como hacen con el resto de sus comunicaciones políticas, tiran de ambigüedad, medias verdades o directamente bulos. “Con la fuerza de Andalucía” (PP), “Defiende lo público” (PSOE), “Sentido común” (Vox), “La izquierda andaluza” (Por Andalucía) y “Vota lo que sientes” (Adelante Andalucía) compiten en la liga de las palabras que se llevará el viento y las ideas de dudoso y precario porvenir.

En todo caso, las elecciones, como la liga de fútbol, están amañadas desde el momento en que unos participantes no cuentan con los mismos recursos y apoyos mediáticos que otros. El bipartidismo se ve favorecido por donaciones “anónimas” y chanchullos que los demás rivales no perciben, y por los esfuerzos de los medios subvencionados por PP y PSOE para asegurar sus prebendas y colaborar con policías patrióticas y togas militantes en la delictiva tarea de que parezca que “todos son iguales”. Del Real Madrid y del Barça…, usted mismo.

Eche en una coctelera a Vicente Vallés, Carlos Herrera, Eduardo Inda, Nacho Abad, Antonio Jiménez, Jiménez Losantos, Francisco Marhuenda, Ana Rosa Quintana y Susanna Griso; añada unos golpes de Vito Quiles, Bertrand Ndongo y Alvise Pérez; mézclelo con Pablo Motos, Iker Jiménez, el Sevilla, Bertín Osborne, Mario Vaquerizo y Alaska; agítelo y sírvalo a temperatura ambiente. La manipulación, los bulos y la desinformación son prácticas muy burdas, pero van con ellas todos a una para garantizar una eficaz ignorancia del electorado.

La juventud repudia la tradición. Las nuevas generaciones obtienen la ignorancia esnifando WhatsApp, vapeando Instagram, fumando Telegram y metiéndose TikTok en las venas. En el siglo XXI, la modernidad ha trocado los versos de Miguel Hernández: “Esta juventud poco empuja, / esta juventud se vende, / y la condena de España / de esta juventud depende”.

Pepe Morales

La Virgen en campaña, por Pepe Morales

juanma moreno virgen araceli lucenaPueblo penoso que asume la vida como un valle de lágrimas del que sólo un incierto dios, un santo varón o una virgen lo pudiera redimir. Triste pueblo entregado a supersticiones, creencias, doctrinas, dogmas y credos, adorador impenitente de imágenes ricamente ataviadas de pedrería y fabulaciones. Pueblo crédulo de mucho amén y poco razonar, dado a la genuflexión como atávica tradición ante el poder celestial y su correspondencia terrenal. Dócil pueblo que asume la manipulación con la naturalidad de una bestia domesticada.

Conocen embaucadores, troleros y trileros estas debilidades y no dudan en utilizarlas para vender crecepelo al calvo, gafas al ciego, música al sordo, raquetas al manco y bicicletas al cojo. Y el pueblo paga por esas y otras promesas entregando la vida si se le pide, víctima de la incultura, la ceguera de la fe, los sermones de la montaña y las falacias de una campaña. Para reforzar su argumentario no dudan los charlatanes en implicar en sus mentiras a patrones y patronas veneradas por el pueblo, un respaldo muy cotizado en plena campaña electoral.

Moreno Bonilla ha tenido todo el morro (y la necesidad) de mentirle al pueblo de Lucena para rebañar votos de incautos que llamarán hospital a lo que no lo es y olvidarán las palabras de sus acólitos negando, tras la mayoría absoluta del PP, que Lucena vaya a tener el hospital público (HARE) reclamado por el propio PP cuando era oposición y comprometido por el mismo PP cuando dependía de los votos de C's y Vox. La foto del alcalde con el consejero Sanz riéndose de la ciudadanía lucentina fue la antesala de la foto de Moreno Bonilla ante la patrona riéndose del pueblo de Lucena.

El señor alcalde, un artista a la hora de sacar provecho a las tradiciones lucentinas, ha propiciado la entrada de la patrona en la campaña electoral, cual florero, para que su jefe mantenga la poltrona de San Telmo y avanzar él en su carrera para saltar a Sevilla o, quién sabe, al Senado. Todo empezó cuando Aurelio acompañó al hermano mayor de la Real Archicofradía de María Santísima de Araceli a Sevilla para explicar la importancia de la muy mariana devoción lucentina a la titular e invitar a Moreno Bonilla al aniversario de la coronación.

No se cortan los populistas del PP a la hora de utilizar los sentimientos religiosos de los devotos en el mercado de los votos, como también lo hacían los populistas del PSOE cuando mandaban Susana Díaz y Juan Pérez. La diferencia está en el alto grado de cinismo e hipocresía de los primeros y en la flagrante contradicción de los segundos. Perfectamente sincronizados, Moreno Bonilla ha utilizado la ofrenda floral como escaparate electoral mientras Jesús Aguirre (recuerden: el consejero que anunció a bombo y platillo el hospital para Lucena) lo ha hecho en la misa matinal del día grande de las fiestas.

Llevan casi un mes los candidatos y candidatas del bipartidismo frecuentando procesiones y romerías a lo largo y ancho de esta infeliz Andalucía. No se cortan nada, se lo pueden permitir. A mediados de abril, la Junta Electoral de Zona de Huércal-Overa (Almería) multó severamente al consejero Antonio Sanz con ¡¡300 eurazos!! por hacer declaraciones públicas sobre ¡¡gestión sanitaria!! durante un acto institucional estando en precampaña electoral. Este año, en la traca pirotécnica que cierra la procesión de la virgen, se ha mezclado el tradicional olor a pólvora con cierto tufillo a azufre.

Si le funcionó a Moreno Bonilla lo de hablar con una vaca, ¿por qué no hacerlo con una escultura?

Pepe Morales

Analizar un relato guerrerense, por Julián Valle Rivas

Analizar un relato guerrerensePara analizar un relato guerrerense se ha de acudir a la obra con la conciencia presta a consagrarse a los ambientes intelectuales por los que el autor deambula con la comodidad de quien se mueve en lo conocido o reconocible no por vivido, sino por aprendido, conjugación indirecta, sin duda, de la forma de vivir. Aprendido a base de rasparse la piel de las yemas con las hojas cuarteadas de diarios ocres perdidos en el pretérito bajo un manto acárido, cobertor de tipos estampados con tinta contenida de información. Aprendido a base de resecarse el epitelio de la córnea con las imágenes archivadas de momentos congelados por la eternidad, testigos fehacientes de instantes de la existencia. Aprendido a base de recargarse las estructuras de la memoria con las narraciones históricas recopiladas para las generaciones venideras. Aprendido a base de arrendar su alma a los intereses de la imaginación, para desplegarla en una misión compiladora o recopiladora que genera el contexto idóneo en el cual practicar la inmersión relatadora dirigida al lector menesteroso de textos ilustrados e ilustrativos del quehacer literario.


Entre las alegrías de este año, habré de listar la de encontrar el nombre de mi buen amigo el poeta Manuel Guerrero, en su intermitente faceta prosística, integrado en un cuerpo antológico conformado por escritores universales, como Benito Pérez Galdós, Emilia Pardo Bazán, Ramiro de Maeztu o Francisco Umbral, que bien vale para ratificar su consagración o consolidación de autor prominente de las letras castellanas.


Con el título «Madrid histórico», la editorial MAR Editor ha reunido, en el pasado 2025, a treinta y seis autores, para una antología de relatos dedicados a la ciudad de Madrid, a su historia y a sus historias, como núcleo vertebrador de un entorno propicio para la ficción narrativa o para ficcionar la historia, instrumento de composición de aquello que pudo ser o del modo que pudo ser. Partiendo de tan inmutable premisa, los diversos autores completan las páginas del volumen con ese correspondiente estilo heterogéneo que caracteriza cualquier actuación colectiva de la humanidad, razón por la cual el lector que se ofrezca a detener su vista y su tiempo en cada una de las intervenciones de la colección disfrutará de una lectura amena, de un entretenimiento voraz y de un ejercicio intelectual apacible, mediante usos biográficos, periodísticos, cuentísticos, míticos, verídicos, fabulísticos, legendarios, críticos, retrospectivos; para favorecer una atractiva y curiosa mezcolanza de textos pergeñados con un leguaje efectivo, práctico, múltiple en sus sistemas y concreto en sus fines. Se le ha de disculpar, o perdonar, no obstante, con eximente de responsabilidad, pequeños trampantojos urdidos sin malicia y destinados a fortalecer el bloque narrativo, a través del multiplicador exponencial de sus elementos. Es el caso ejemplarizante del sector protagonizado por Benito Pérez Galdós, para quien la edición ha seleccionado un fragmento de su novela «Amadeo I», tercera entrega de la quinta serie de los «Episodios Nacionales». En un apartado de particularismos, si se me concede escoger un relato de los redactados por alguno de los clásicos incorporados al libro, sería «Entre razas», de Emilia Pardo Bazán, el cual condensa los fundamentos esenciales del subgénero, además de demostrar, una vez más, su prosa vibrante y una historia formidable.


Manuel Guerrero se halla, entonces, donde debe hallarse, donde merece, entre los grandes. Acudiendo a un método literario expedito de una morfología intrincada y una semántica críptica, presenta, en «Los populares del 29», con la brevedad exigida por el negocio y la concreción impuesta por el compromiso, a Perico, universitario madrileño de veinte años, quien debe ser concebido como universitario de los de aquella época de 1929: traje desequilibrado en la talla, camisa arrugada de puntas de cuello retorcidas y largo de corbata a la altura del diafragma; mientras participa en una de las manifestaciones en defensa de la universidad, o de una universidad liberal, organizadas en el marco de reacciones contra la conocida como Ley Callejo, régimen de medidas educativas auspiciadas por Eduardo Callejo de la Cuesta, Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes. La trama sitúa día y mes, de los cuales sólo adelantaré que se trata del mes de mayo, cuando las fuerzas de seguridad se adentran en los recintos universitarios para neutralizar las protestas y el rey Alfonso XIII pulula por el territorio nacional inaugurando exposiciones en Sevilla (Iberoamericana) y en Barcelona (Universal). Esquivada la ofensiva pública, Perico aprovecha la temprana hora de la mañana para visitar al jurista y escritor Antonio Zozaya You, cargado con una remesa habitual de prensa y revistas, lo que permite a los personajes entablar un diálogo acerca del panorama político y de una relación de hombres y mujeres populares o famosetes, publicada, dando título al relato guerrerense. Un soplo, en definitiva, de la destreza narrativa de un autor adscrito a la literatura total, aficionado al periodo de entreguerras y al prebélico civil español y devoto amante del folclore. Un aperitivo, una degustación elaborada por un escritor, no me cansaré de teclearlo, imprescindible.

 Julián Valle Rivas

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