LOS VIGILANTES DE LA LEY ELECTORAL, por Fernando M. García Nieto

Junta electoral central jec“He llegado a la conclusión de que la política es demasiado seria para dejarla en manos de los políticos”. (Charles de Gaulle)

 

El día 4 de mayo los madrileños elegirán de nuevo Presidencia en su comunidad autónoma y están inmersos en plena campaña electoral. Los medios de comunicación nos tienen bombardeados con noticias relacionadas con este proceso, y algunas se hacen eco de denuncias por parte de los partidos políticos contra sus adversarios, por posibles incumplimientos de la Ley electoral, como por ejemplo la relacionada con el fichaje del PP, el ex de UPyD y Ciudadanos, Toni Cantó, en relación con su inclusión en el censo electoral de Madrid fuera de plazo, recientemente resuelta. Todos recordamos la multa a Pedro Sánchez por la realización y difusión de su entrevista en la Moncloa, aprovechando los medios públicos de que disponía, en su condición de presidente del Gobierno en funciones, en la campaña de las elecciones generales del 10-N. Con cada convocatoria se abre un combate sin cuartel por el voto entre las distintas candidaturas, que escrutan con avidez las acciones del contrario en busca de la infracción, para denunciarla ante la junta electoral que corresponda según el ámbito del sufragio, pues debe tenerse en cuenta que estos órganos funcionan siempre a instancia de parte, y nunca de oficio, ante los posibles incumplimientos de las reglas electorales. En esta pugna es necesario garantizar unas reglas de juego que están establecidas en nuestra legislación electoral. ¿Pero quién desarrolla esta fundamental labor en nuestro sistema democrático? ¿Qué es una junta electoral?
 
 
La Administración Electoral está compuesta por la Junta Central Electoral, JEC en adelante, Juntas Electorales Provinciales, Juntas Electorales de Comunidad Autónoma, y Juntas Electorales de Zona a nivel de partido judicial, y todos estos órganos tienen como función velar por la transparencia y objetividad, y por el principio de igualdad en los procesos de electorales.
 
 
 La Junta Electoral Central es el órgano superior de la Administración Electoral regulado en la Ley Orgánica del Régimen Electoral General (L.O. 5/1985 de 19 de junio), tiene carácter permanente, y su sede se encuentra en el Congreso de los Diputados. Se compone de un total de 13 vocales, 8 magistrados del Tribunal Supremo que son designados por el Consejo General del Poder Judicial, y los otros 5 son Catedráticos de Derecho o de Ciencia Política y Sociología en activo, que son designados por los partidos políticos o agrupaciones de electores representadas en el Congreso. Los vocales son nombrados por Real Decreto y su mandato se extiende hasta la toma de posesión de la nueva Junta Electoral Central, designada en la siguiente legislatura del Congreso. Son los propios vocales quienes eligen de entre ellos al presidente y vicepresidente de la Junta, y el secretario es el Secretario General del Congreso. En la Junta Central participa el director de la Oficina del Censo Electoral, sin voto.
 
 
Para velar por la transparencia y objetividad del proceso electoral la JEC tiene las siguientes funciones:
 
• Dirigir y supervisar la Oficina del Censo Electoral. 
• Informar los proyectos normativos de carácter electoral. 
• Cursar instrucciones a las Juntas Electorales de ámbito inferior. 
• Resolver las consultas que le eleven estas. 
• Revocar las decisiones de las Junta Provinciales y de Comunidad Autónoma. 
• Unificar los criterios interpretativos de las diferentes Juntas. 
• Aprobar las actas que se habrán de emplear en los procesos electorales. 
• Resolver las quejas, reclamaciones y recursos de acuerdo con la Ley Electoral. 
• Velar por el cumplimiento de las reglas referentes a los gastos electorales por parte de las candidaturas.
• Ejercer la potestad disciplinaria sobre las personas que intervengan con carácter oficial en las elecciones. 
• Corregir las infracciones a la normativa electoral que se produzcan en las elecciones.
• Expedir credenciales de diputados, senadores, diputados provinciales y consejeros insulares en caso de que se produzcan vacantes. (Fuente: Web de la Junta Electoral Central)
 
 
En las últimas convocatorias electorales la JEC ha tomado decisiones que han generado un gran debate público, y me gustaría citar, por su importancia, la que tiene que ver con el expresidente de la Generalidad de Cataluña: Convocadas las elecciones generales del 28 de abril de 2019, dictó una orden para que se retiraran los lazos amarillos y la bandera estelada de los edificios y espacios públicos de la Generalidad de Cataluña, lo que terminó haciendo perder el acta de diputado a Quin Torra, y por consiguiente, la presidencia de la Generalidad.
 
 
En el periodo electoral de las generales, en marzo de 2019, el partido Ciudadanos presentó una reclamación ante la JEC por la exhibición de símbolos ideológicos o partidistas en edificios y espacios públicos de la Generalidad. Esta institución consideró finalmente los lazos y la estelada como símbolos partidistas y requirió al presidente catalán para que fueran retirados en el plazo de 48 horas. Este hizo caso omiso al requerimiento. En el mismo mes de marzo, el partido Ciudadanos denunció ante la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña la comisión de un presunto delito de desobediencia por parte de Torra, y el Partido Popular presentó otra denuncia ante Fiscalía General del Estado que fue remitida a la Fiscalía de Cataluña por ser esta la competente. El 18 de marzo la JEC reiteró su orden a Torra, dándole esta vez un plazo de 24 horas y advirtiéndole de las responsabilidades administrativas y penales en caso de desobediencia. Posteriormente el día 21, le exigió al consejero de Interior de Cataluña que diera instrucciones a los mossos de escuadra para que retiraran los símbolos. En este plazo de tiempo los símbolos habían sido sustituidos por otros, lo que a juicio de la Junta Electoral suponía una reiteración de la desobediencia. Esta vez esta vez sí se cumplió la orden y los agentes retiraron los símbolos.
 
 
La JEC abrió expediente administrativo a Torra y remitió toda la información a la Fiscalía General del Estado por posibles responsabilidades penales, esta dio instrucciones a la Fiscalía Superior de Cataluña para que ejercitara acciones penales y presentara una querella contra Torra. El Tribunal Superior de justicia de Cataluña aceptó la querella y abrió una causa contra el presidente catalán. En noviembre Torra admitió en juicio oral que desobedeció a la Junta Electoral Central: “No la cumplí. Digámoslo de otra manera, sí, la desobedecí” en un acto más de soberbia.
 
 
Finalmente, el Tribunal Superior de justicia de Cataluña condenó a un año y 6 meses de inhabilitación y 30000€ de multa, sentencia que fue recurrida ante el Tribunal Supremo por el interesado, que manifestaría públicamente: “a mí no me inhabilitará un Tribunal con motivaciones políticas, eso sólo lo puede hacer el Parlamento”.
 
 
Tras la sentencia, el Partido Popular, Ciudadanos y Vox solicitaron a la Junta Electoral Provincial de Barcelona la retirada de acta de diputado a Quin Torra, pero esta rechazó la solicitud por que la condena no era firme, en espera de ratificación por el Supremo. Entonces las formaciones políticas recurrieron la decisión ante la JEC, que dictaminó la concurrencia de causa de “inelegibilidad sobrevenida”, dejando sin efecto la credencial de diputado en la cámara catalana. 
 
 
Torra solicitó la suspensión cautelar del acuerdo de la Junta Electoral, lo cual fue denegado. Finalmente, el Parlamento catalán retiró el acta de diputado, pero recurrió la decisión de la JEC ante el Tribunal Supremo, que terminaría confirmando la sentencia y el entonces vicepresidente de la Generalidad, Pere Aragonés pasó a desempeñar el cargo de presidente de la Generalidad.
 
 
Ahora las elecciones a la Asamblea de Madrid están en marcha y en la apertura de campaña de Vox en Vallecas se ha producido la concentración de un centenar de sujetos violentos, alentados por algunos diputados y ministros de la izquierda, que trataron de impedir, con lanzamiento de piedras incluidas, un acto electoral que contaba con toda la protección legal de nuestro ordenamiento, además de constituir un derecho elemental en cualquier democracia. Y no es el primer episodio parecido que vivimos en nuestro país. Tenemos que preocuparnos, y bastante, cuando un partido político, cualquiera que sea su ideología, no pueda celebrar un acto electoral con total libertad y seguridad. Los hechos han sido puestos ya en conocimiento de la Junta Electoral y de los tribunales de justicia. El debate público está servido hasta que se pronuncien los vigilantes de la ley electoral.
 
Fernando M. García Nieto

SOBRE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA, por Fernando M. García Nieto

articulo republica guerra civil lespaña lucena“Fue una lucha de clases por las armas, pero tuvo también la evidente dimensión de guerra de religión y de nacionalismos enfrentados; guerra entre dictadura militar y democracia republicana, entre fascismo y comunismo, entre revolución y contrarrevolución” (Profesor Santos Juliá).
 

 Actualmente vivimos retrotraídos en un ambiente de guerra-civilismo promovido desde algún sector del universo ideológico, que busca hoy en sucesos pretéritos, después de 40 años de democracia, argumentos para su agenda política. Sin entrar a valorar esta maniobra, y al margen de su posible justificación, creo que es importante para que los ciudadanos se formen su propia opinión, un mínimo conocimiento de lo que fue este conflicto entre hermanos. Y esta es mi humilde contribución para lograr este fin.
 

Nuestra Guerra Civil fue una lucha armada entre clases sociales, entre obreros y campesinos, y propietarios del capital y de la tierra, industriales y grandes terratenientes. Los sectores más desfavorecidos del proletariado industrial y agrícola, en los primeros compases de la guerra vieron abierta la vía de la revolución, de la lucha armada en defensa de sus intereses, y como reacción al golpe militar, aprovecharon la situación para tratar de eliminar las elites económicas y socializar los factores de producción por la fuerza. Por el otro bando, y una vez que el golpe se estabilizó, se produjo el encarcelamiento, tortura y eliminación de sindicalistas, anarquistas, socialistas y comunistas en las zonas de España bajo el control del ejército sublevado. De tal modo que en el conflicto bélico podemos encontrar dos fuerzas diferenciadas por las clases sociales que llevaron la iniciativa y la financiación; el bando republicano, izquierdista, socialista, libertario y campesino, y el bando de militares sublevado, apoyado por las clases altas y la iglesia que veían peligrar sus privilegios por las políticas republicanas. Las clases obreras y campesinas vieron en el golpe militar la oportunidad de realizar la revolución para instaurar un régimen comunista, su objetivo fue acabar con la sociedad de clases a través de la dictadura del proletariado, realizando el proyecto marxista que ya se había logrado en la Unión Soviética. En contra de esta revolución se situaron los afines al bando nacional, monárquicos, fascistas y católicos, apoyados por los propietarios del capital y la tierra, que lucharon por el mantenimiento del “status quo”.
 

El conflicto también enfrentó a los católicos contra el régimen secular republicano, una guerra por las armas desde los primeros momentos de la contienda, con la eliminación de religiosos y quema de conventos, iglesias y escuelas católicas, por parte de milicias socialistas, comunistas y anarquistas, y la reacción de los sectores ultracatólicos de la sociedad representados en la Comunión Tradicionalista y Falange con sus propios grupos paramilitares, que se posicionaron hombro con hombro junto a los militares sublevados, tratando igualmente de eliminar al contrario. La Guerra Civil fue calificada como una “cruzada” por la jerarquía católica española que no dudó en defender a Franco ante el Vaticano y la comunidad internacional.
 
 
Los nacionalismos catalán y vasco adquirieron desde muy temprano gran relevancia en el desarrollo del conflicto. El bando “nacional” encontró un motivo para el levantamiento en el progresivo desmantelamiento de la nación y su fragmentación territorial que representaba para ellos el modelo territorial reconocido en la Constitución de 1931. La España republicana era un Estado Integral, fórmula intermedia entre Estado Unitario y Estado Federal, donde los territorios que así lo decidieran podrían constituirse en regiones autónomas dotadas de su propio autogobierno y Cortes. La aprobación del Estatuto de Cataluña, que, en su anteproyecto, artículo 1º, establecía “Cataluña es un Estado autónomo dentro de la República española”, fue rechazada de plano por los sectores sociales y políticos que apoyaron y combatieron junto a los militares rebeldes. La Generalidad de Cataluña, en su deriva independentista, hizo la guerra “por su cuenta” lo que supuso la descoordinación de las operaciones militares republicanas, favoreciendo el avance de los nacionales hacia Madrid. Al acabar la guerra el propio presidente de la Generalidad, Lluís Companys fue sentenciado a muerte tras ser capturado en Francia y entregado a la policía española por la Gestapo nazi. Durante el conflicto bélico se produjo un choque del nacionalismo español a ultranza de los generales rebeldes, la Falange y los Carlistas, contra el nacionalismo periférico de territorios que querían ser independientes o autónomos, como País Vasco y Galicia, o que ya habían obtenido este reconocimiento por parte de la República, caso de Cataluña.
 

El golpe fallido de julio del 36 desembocó en una lucha armada por la democracia, la Republica y el orden constitucional vigente, frente a un “nuevo estado”, como lo llamaron los rebeldes, monocrático, gobernado por Franco con poderes absolutos, cesarista, donde se cultiva la adoración del Caudillo al más puro estilo fascista. El dictador fue nombrado en septiembre del 36 por la Junta de Defensa Nacional como “Jefe del Gobierno del Estado” y “Generalísimo de las fuerzas nacionales de tierra, mar y aire”, pero la dictadura había comenzado cuando se constituyó esta Junta, en julio, compuesta por los generales Cabanellas, Saliquet, Ponte, Mola y Dávila, a los que se unirían, días después, Queipo de Llano, Orgaz y Franco, asumiendo este directorio militar por decreto los poderes del Estado y la representación del país en el exterior, al tiempo que prohibía las manifestaciones políticas y sindicales y comenzaba a legislar mediante decreto.
 

En Europa se estaba produciendo el auge de los regímenes fascistas, el italiano con Mussolini y el nacionalsocialista de Hitler en Alemania, y por otro lado el comunismo se hacía cada vez más fuerte en el Este de Europa bajo la tutela de Stalin. Estas ideologías enfrentadas encontraron un escenario de confrontación, antes de la Segunda Guerra Mundial, en una España partida en dos que les permitió ensayar sus armas y estrategias militares en una guerra total, ante la mirada impasible de las otras potencias europeas, Francia e Inglaterra. Franco contó con el apoyo de Hitler y Mussolini que le enviaron aviones, armas y tropas, y la República compró con el oro de las reservas nacionales las armas, aviones, tanques, y el asesoramiento militar y político soviético, mientras el Partido Comunista movilizó las Brigadas Internacionales trayendo a España a las juventudes comunistas de diversas partes del mundo para combatir el fascismo.
 


Aquellas fueron, a grandes rasgos, las circunstancias históricas y sociales que acompañaron al desarrollo de la contienda y al final que todos conocemos, una dictadura de más de cuarenta años, superada tras la muerte de Franco por la vía pacífica, gracias al consenso entre sus herederos más reformistas y la oposición democrática. Juzguen ustedes ahora, estimados lectores, después de contrastarlas con otras fuentes, y compararlas con nuestra situación nacional, hasta que punto se puede argumentar con ellas objetivos políticos del siglo XXI.
 
 
Fernando M. García Nieto
 

Sobre Pachelbel y Ortega, por Julián Valle Rivas

johann pachelbel musicaReconozco que la primera vez que escuché la obra fue cuando vi la película «Volver a empezar» (1982), a la que José Luis Garci incorporó como parte de su banda sonora, y todavía me sigue estremeciendo con idéntica intensidad, pese al paso de los años y de las vicisitudes. O, precisamente, por el paso de unos y otras. Johann Pachelbel (1653-1706) fue un destacado compositor barroco del Sacro Imperio, integrante del grupo generacional anterior a Johann Sebastian Bach (de cuyo padre parece que fue amigo). En 1680, compuso su obra para cámara «Canon y giga en re mayor para tres violines y bajo continuo», alcanzando tan extremoso éxito que no tardó en ser versionada (para seguir haciéndolo), con variación de instrumentos, e interpretada en espacios o foros para los cuales no estaba destinada en su origen (ya he apuntado lo de la banda sonora de la película de Garci).

 

 

    El «Canon» de Pachelbel es una pieza musical de estructura sencilla, en apariencia, que va ganando complejidad a medida que sus compases avanzan hasta un clímax central, a partir del cual se inicia el descenso, desmarañando esa complejidad. Los que entienden del tema sabrán analizar la composición con la delicadeza y precisión que merece. Quien subscribe estas líneas, desterrado por ignorante de los ambientes académicos musicales, se limita a pincelar que abre con unos primeros compases del bajo (en continuo), para dar paso a uno de los violines, cuya entrada en segunda variación marca la acogida de la primera variación del segundo violín. El arranque de la tercera variación del primer violín y de la segunda del segundo violín (se me disculpará la redundancia) suponen el ingreso del tercer violín a su primera variación, y así sucesivamente. La cuestión es la sensación, a modo de eclosión visceral, que provoca en el oyente. O, al menos, en el oyente que esto teclea.
 
 
   Todo este circunloquio introductorio que me he permitido viene a cuento de un artículo de Ortega, del cual acaba de cumplirse su centenario. En marzo de 1921, José Ortega y Gasset publica en El Sol su artículo «Musicalia». En este texto, Ortega recrimina a sus contemporáneos el hecho de que repudien el arte musical de su época, extendiendo la defensa a la generalidad de las corrientes artísticas del momento. Emprende Ortega el trabajo con una amonestación por los silbidos a la obra de Claude Debussy (1862-1918), para llegar, «grosso modo», a dos conclusiones: por un lado, todo lo nuevo es impopular (aseveración no estrictamente incierta); por otro, «… todo estilo artístico que vive de los efectos mecánicos obtenidos por repercusión y contagio en el alma del espectador es naturalmente una forma inferior de arte».
 
 
   Entiende Ortega que la evolución en las ciencias y las artes (consecuencia lógica, me tomo la libertad de añadir, de la propia evolución humana) implica «per se» una complejidad, complicación u oscuridad intelectual en los conocimientos que el público profano o vulgar es incapaz de comprender, de manera que rechaza, automáticamente, lo que no comprende (lo cual no es óbice, claro, para la existencia de culturas enteras que son y siempre serán impopulares). Y quizá no lo sea por su dificultad, afirma el filósofo, pues las piezas de «… Beethoven y Wagner son, en cambio, intrincadísimas arquitecturas…», sino que «… es difícil porque es impopular», ya que «… el gran público no se arredra ante lo complicado con tal de que el artista se mantenga en una actitud vulgar, análoga a la suya». Reflexiona Ortega sobre la causa última, que sitúa en que el arte, especialmente la música, es una expresión de sentimientos, y lo que ha ocurrido es que ha cambiado el estilo: «… pasa de expresar sentimientos de una clase a expresar sentimientos de otra». El Romanticismo implantó en el ser humano un sistema o régimen excesivamente libre y excesivamente individualista hacia el trato de las emociones y los sentimientos, en cuyos gérmenes se hallan las pasiones. Las nuevas corrientes tratan de generar emociones en el público desde el exterior y desde la distancia, «… va eliminando de su interior cuanto no sea puramente estético». Dos actitudes para afrontar las artes que el intelectual identifica con lo que en su tiempo se da en llamar «concentración hacia dentro» y «concentración hacia afuera». En consecuencia, de la música romántica sólo interesa «… su repercusión mecánica en nosotros, la irisada polvareda sentimental que el son pasajero levanta en nuestro interior con su talón fugitivo. En cierto modo, pues, gozamos, no de la música, sino de nosotros mismos. En tal linaje musical, viene a ser la música mero pretexto, resorte, choque que pone en emanación los fluidos vahos de nuestras emociones. […] Yo diría que oímos la “romanza en fa”, pero escuchamos el íntimo canto nuestro». Mientras que el nuevo arte musical «En vez de atender al eco sentimental de ella en nosotros, ponemos el oído y toda nuestra fijeza en los sonidos mismos, en el suceso encantador que se está realmente verificando allá en la orquesta. Vamos recogiendo una sonoridad tras otra, paladeándola, apreciando su color, y hasta cabría decir que su forma. Esta música es algo externo a nosotros: es un objeto distante, perfectamente localizado fuera de nuestro yo y ante el cual nos sentimos puros contempladores. Gozamos la nueva música en concentración hacia afuera. Es ella lo que nos interesa, no su resonancia en nosotros». Por ende, y por supuesto, aquel estilo anterior es «… una forma inferior de arte».
 
 
   Dada su categoría de opinión (patinada de subjetividad) y, sobre todo, dado el impecable desarrollo argumentativo del artículo alumbrado por la preclara mente de Ortega, no cabe más que respetar la postura por él adoptada. Sin embargo, con independencia de mi aborrecimiento hacia las vanguardias y mi condición de esteta, considero que el arte, en cualquiera de sus manifestaciones, no se reduce a simples labores intelectuales, culturales y contemplativas, que también, las cuales se antojan frías, desaboridas, como indiferentes. El arte, cual libre expresión de belleza, debe prender emociones, sentimientos, pasiones; debe remover y conmover; debe proceder de y tocar lo más profundo de nosotros mismos, individualmente, cada cual en y a su medida. Porque el arte no es una expresión matemática, desamparada del fulgor pasional, sino un talento vibrante de las emociones del autor, destinado a hacer vibrar, a su vez, las emociones del público. Requisito que significa e identifica al arte frente a las restantes actividades humanas.
 
Julián Valle Rivas

Rociíto, Irene y las audiencias

El testimonio de Rociíto me tiene atrapado. Reconozco que soy uno de los 10 millones de españoles que la vieron. En otro tiempo lo hubiese negado para proteger mi imagen, pero ahora no me avergüenza, sobre todo, cuando descubrí que muchos políticos estuvieron enganchados a la televisión. Unos lo evidencian a través de sus tuits y sus declaraciones, y otros aún mantienen la distancia, intentando no verse envueltos en estos temas del papel couché, no vaya a ser que se fijen en ellos y comiencen a destapar sus vergüenzas. 
 
 
Los que se han manifestado en las redes sociales son los nuevos políticos, los jóvenes, los que tienen títulos universitarios reales, los que saben idiomas, los que han viajado, los que se han formado gracias a la educación pública y han crecido denunciando el poder que han ejercido los medios para cambiar el sentido del voto. Algo que siempre tuvieron muy claro, en lo que han trabajado desde el principio y a lo que deben gran parte de su éxito.
 
 
Comprendieron que los medios eran la clave para ganar posiciones. Aprendieron, por sus experiencias personales, que los debates políticos en televisión tienen un público muy concreto con su voto prácticamente decidido, y que la polémica, el insulto fácil, la provocación, lo soez y lo vulgar los colocaba delante de las cámaras, que no entienden de verdades o mentiras pero si de audiencias.
 
 
Lo que si nos queda claro es que esta nueva generación de políticos quiere controlar los medios para influir en el votante y no se esconden. Nada nuevo, por desgracia lo han hecho todos los gobiernos, desde municipales a estatales. Si hace falta crear nuevos y afines los crean, si hay que amenazar con cerrar algunos de los clásicos lo hacen, si deben prometer prebendas, las prometen, pero saben que llegar al gran público, en un mundo tan diverso y plural, es la clave para sobrevivir y crecer. El marketing, la imagen, es más importante que el programa electoral ya que este, si hace falta, se puede romper, falsear y cambiar según las necesidades.
 
 
Algo evidente, y parece que algunos partidos aún no lo han asimilado, es que los votos de los eruditos, los que saben de economía, de políticas sociales, los de chalet, traje y corbata valen igual que el de los jóvenes sin futuro, los consumidores de cotilleos y los poco informados y ninguneados ciudadanos. Esos son igual de influenciables y manejables que el resto, pero hay que buscarlos en otro sitio y llegar a ellos por las emociones, no por la razón. Por eso a los nuevos políticos no les avergüenza basar su campaña de recaudación de impuestos en un influencer con sentido común, o conectar con programas de televisión a los que han denunciado una y otra vez por su falta de escrúpulos a la hora de buscar lo que ellos llaman noticias.
 
 
Irene Montero lo que hizo el otro día al entrar en el debate, además de devolver el apoyo de sus presentadores a su partido, es legitimizar este tipo de programas que no dudan en hundir a una persona para ganar audiencia. No podemos negar que el mensaje contra la violencia de género es muy positivo, pero no podemos olvidar es que fue gracias a ese programa, esa cadena y esos colaboradores los que permitieron que, el presunto maltratador, se lucrase provocando la caída a los infiernos de esa mujer y de otros muchos. No vale con las disculpas, con el “nos hemos equivocado”, porque el mensaje es claro y evidente: por la audiencia, por el voto, por la economía, todo está permitido. Como no se puede permitir, por mucha libertad de expresión y periodismo de investigación que nos quieran vender, que una delincuente negocie desde la cárcel un documental para contar como asesinó a un niño y que no se pueda hacer nada para salvaguardar su memoria y el dolor de sus padres.
 
 
No han infringido ninguna ley. Podríamos incluso decir que son los más listos de la clase porque se han adelantado a los demás partidos al buscar el voto en otros lugares donde antes no se hacía, que lo único que hacen es utilizar el mismo sistema que otros crearon, pero a mi juicio hay líneas éticas que no se deberían cruzar y favorecer este tipo de programas es una de ellas.
 
 
La cuestión que ronda en mi cabeza es si la ministra y, hasta ahora, el vicepresidente, vieron el testimonio sentados en su sofá y lo del tuit fue un impulso, o ya sabían lo que se iba a contar y los equipos de imagen de su partido habían preparado la campaña con antelación. Tanto una opción como la otra me dan mucho miedo.
 
Moisés S. Palmero Aranda.
Educador ambiental y escritor.

Bilogía guerrerense: Gardel en España, por Julián Valle Rivas

carlos gardel en españa manuel guerrero cabrera   Adelantaba, fidelísimo lector, en la anterior entrega guerrerense, de manera, quizá, un tanto tácita, que Manuel Guerrero es versificando. Pero la pasión, que es todo aquello que conmueve y mueve, todo aquello que arrebata y pierde, todo aquello que desgasta y consume, es demasiado poderosa en el poeta; razón por la cual Guerrero devora lírica de modo incontrolable e incorregible, cual pecado capital condenable por Dios. Sin embargo, Dios, que concede y quita gracias, cuya omnisciencia sería equiparable a su omnipotencia, sabe perfectamente que la virtud lírica de Guerrero no puede ser sancionada, coartada, ni mucho menos le podría ser despojada, porque hay atributos en la tierra y en el cielo de los que ni humanidad ni divinidad deben ser privados.

 

   De ese ansioso e inquieto apetito lírico, Guerrero se alimenta sin reparo, para gozo común, pergeñando, de vez en cuando, hitos intelectuales como «Carlos Gardel en España» (I Premio Internacional Cuadernos del Laberinto de Historia, Biografía y Memorias), pormenorizado estudio o exhaustiva agenda de seguimiento del artista nacionalizado argentino durante su paso por tierras españolas; pues Carlos Gardel era cantante y todo cantor es poeta, al igual que toda canción es poesía. Y el tango, ese loco afán de Guerrero, es su afición obsesiva, siendo Gardel su más admirado ídolo, a quien ha dedicado horas y ha dedicado obras, convirtiéndose en uno de los mayores expertos y referencia, sin duda, del mundo gardeliano.
 
 
   Dividida en cuatro secciones, «Carlos Gardel en España» comienza, por supuesto, con «Los viajes», con el efectivo pulular de Gardel por España. En esta parte, Guerrero data con minucioso detalle la actividad gardeliana por el territorio nacional, desde su arribada hasta su partida, pasando por actuaciones, pernoctaciones, desplazamientos, yantares, anécdotas, haciéndolo de modo ordenado y cronológico, con las anotaciones precisas, sin resultar tediosas, y una prosa limpia y amena, que hará las delicias del lector curioso. La primera visita de Gardel a España transcurrió del 5 de diciembre de 1923, con llegada al puerto de Vigo, hasta el 30 de enero de 1924, con salida del puerto de Barcelona, junto con José Razzano, su compañero de dúo, y la Compañía Rivera-De Rosas y actuación en el Teatro Apolo de Madrid. La segunda, entre el 3 de noviembre de 1925, con desembarco en Barcelona, donde actuaría antes de trasladarse a Madrid, y el 4 de marzo de 1926. La tercera, se alargaría del 9 de noviembre de 1927 al 1 de junio de 1928. El cuarto viaje a España fue una fugaz escala, ya que desembarcó en Barcelona el 26 de septiembre de 1928, para partir de inmediato hacia Francia por carretera, y tan sólo realizó el trayecto inverso para cumplir con un breve compromiso en noviembre. Su siguiente estancia en España se produjo entre abril y mayo de 1929. Con posterioridad, como reseña el autor, «Carlos Gardel no volvería a actuar en los escenarios españoles, pero sí estuvo en Barcelona por distintos motivos», hechos que acaecerían entre los años 1931 y 1933.
 
 
   Añade Guerrero al recorrido español de Gardel, en la segunda sección de obra, un sumario análisis crítico de las primeras biografías nacionales sobre el artista. Así, examina: «Carlos Gardel. Sus películas, sus triunfos, su vida y su muerte» (Sevilla, 1935), de Manuel Álvarez Portal; «La novela de Carlos Gardel» (Barcelona, 1935), de Alfonso de Castilla; «Carlos Gardel. El ídolo roto» (Barcelona, 1937), de Manuel Pérez de Somacarrera; y «Carlos Gardel» (Barcelona, 1956), de José María Lladó.
 
 
   Completa el devenir gardeliano por tierras patrias, recreándose Guerrero en el registro adelantado en los comienzos de su obra: el entorno sociocultural y artístico del que se rodeó el cantor. Y que rodeó al cantor, dada la admiración ganada; como apunta el autor: «… se relacionó con personas de distinta condición social, ideológica y profesional. Consiguió la simpatía tanto de aristócratas, ricos o cantantes consagrados, como de actores sin tanto dinero o artistas con una agitada vida sobre los escenarios. Partidarios de Miguel Primo de Rivera, monárquicos, anarquistas, socialistas, republicanos…». De burgueses a futbolistas, de nobles a cantantes, bailaoras, tonadilleras, representantes, escritores, periodistas, actores, músicos, cineastas… Un repaso, en definitiva, riguroso que abarca tanto el contacto directo como el circunstancial con sublime aplicación.
 
 
   Concluye Manuel Guerrero su obra con una interesantísima apostilla en la cual, tras detenerse con mayor espacio en la, al parecer, amagada actuación de Gardel en Zamora, ofrece al lector una selección de tangos interpretados por el cantante, aclarando que «… no es intención de esta selección ser una de carácter general sobre toda su discografía, sino únicamente aquella que pueda relacionarse, en mayor o menor medida, con las giras, viajes o circunstancias que tuvo en España». Selección no exenta de las glosas guerrerenses, al destinar a cada título algunas palabras.
 
 
   Con «Carlos Gardel en España», Manuel Guerrero aporta al lector con el ánimo dispuesto a la ilustración o al entretenimiento una investigación tenaz y escrupulosa. Una placentera y atractiva aproximación al artista, indispensable en el anaquel de cualquier biblioteca.
Julián Valle Rivas

Bilogía guerrerense: Gaya ciencia, por Julián Valle Rivas

   la ciencia de estar contigo manuel guerreroSi la lírica fuera un verbo, Manuel Guerrero se conjugaría en un pluscuamperfecto infinito y universal. Si la lírica fuera un verbo, Manuel Guerrero entrelazaría mente, corazón y alma en una espiritualista trinidad. Si la lírica fuera un verbo, Manuel Guerrero amalgamaría el espacio y el tiempo en una dimensión catalizadora de los sentidos. Pero, por desgracia para el verbo, la lírica es Manuel Guerrero.

 

   En «La ciencia de estar contigo» (X Premio de Poesía María Luisa García Sierra), Manuel Guerrero transmuta, en ese centro alquímico que es el laurel de su lírica, los principios científicos en versos evocadores que arrebatan el corazón al tiempo que sobrecogen el alma, las leyes de la ciencia en odas de la poesía que implosionan los sentidos al tiempo que explosionan las emociones, las regiones científicas en estrofas rítmicas que expanden sentimientos al tiempo que condensan universos métricos. En «La ciencia de estar contigo», el genio versificador de Manuel Guerrero atrae, cual fuerza gravitacional, las infinitas fórmulas de la lengua a las finitas ecuaciones de la rima.
 
 
   Fraccionada en cuatro vectores, tangencias para la cuadratura de un círculo perfecto, el autor ingresa en la matriz de su obra contemplando la relatividad del espacio-tiempo a través de la variedad diagramadora de Minkowski, y así, despejado de curvatura que disgregue su línea, carente de hipótesis, vislumbra el hoy en el mismo plano que el mañana, con ese «algo insólito» donde «lo único verdadero acontece contigo. / […] / Ni hay más tiempo que el tuyo, el llamado contigo, / el pasado contigo», porque «Contigo es la medida básica para el tiempo». Y en ese tiempo en el cual contigo se desliza, como «El tobogán / es juego de descenso», Guerrero pretende caer en «El abrazo querido tras un viaje», recibir «la respuesta precisa del mensaje», puesto que sólo contigo la vida se torna «en conjuntos disjuntos de común confusión. / El tiempo es un conjunto de posibilidades, / […] / igual que de amor lo eres / […] / de todo, todo tú».
 
   Como segundo factor, el poeta aplica las leyes físicas de conservación para postular que, durante la evolución temporal de su existencia, una única magnitud se mantiene constante, pues todo pasa contigo. Contigo «Te viste el cielo, / […] / como un desnudo enigma»; contigo hay «Noche bajo tus sábanas», a cuyo cobijo «con placer, agotada, / el cielo has alcanzado», recreados, al finalizar, en satisfacer los restos de la pasión en «Ahora el cielo, / el cielo de tu boca / es la vía láctea». Contigo es esa constante imperecedera que explica los fenómenos de la naturaleza con los que lograr la paz: «Las olas de tus ojos sacuden los recuerdos / […] / Borran las malas huellas / las olas de tus ojos»; lograr el fervor: «Y cuando las contempla el deseo de ti, / lo curvo de tus senos, lo liso de tu vientre, / lo extenso de tus piernas, lo blanco de tu pie, / son todas esas nubes. No hay reglas en el juego / ni tienes otro límite que tú»; lograr el amor: «El cielo es azul porque del color de tus ojos / se apropió el firmamento, antes de que nacieras; / de la misma materia de la que se componen / estrellas y planetas, a los que el amor mueve, / como mueve los sueños». De la suma de esa paz, ese fervor, ese amor del rapsoda contigo resulta el impar, dos son tres y todo es uno: «La vida es una. / Única e impar: una. / Más que una cifra». La realidad fenece, claro, sin la constante contigo: «Desaparecerá la tierra cuando cierres / los ojos y tus párpados serán un crespón fúnebre. / Nada valdrá la pena cuando cierres los ojos». Sin embargo, pese a la desgarradora conclusión, el autor, hechizado de amor, ni quiere ni puede eludir la constante contigo: «Contigo basta. Nadie como tú. / […] / Contigo basta. Nada como tú»; «Nada, nada es eterno. Todo, todo perece. / […] / Nada, nada es eterno, / salvo tu amor constante más allá del olvido».
 
   Se sirve Guerrero, en el tercer factor de su poemario, de la ley de la inversa del cuadrado para plantear la realidad al otro lado del espectro, la existencia no contigo, sino sin ti, cómo la vida es menos vida a medida que se aleja de la constante contigo, cómo «La odiosa sensación de estar sin ti / es un reloj preciso, parado para dos / amantes…», cómo «La noche siempre es larga»; cómo «Tantas estrellas / te engañan desde el cielo»; cómo es «Demoledor efecto / el del tiempo prestado de tenerte»; cómo «Hoy naufraga un pedazo / del corazón»; cómo «Nunca amanecería después de que con otro / contemplaras la noche tendida y extendida»; hasta que, paso a paso, precipite el olvido: «Oscurece tu nombre / […] / Ampárate en la luz. / La oscuridad te cerca»; «Pronto no quedarán océanos ni tierras / en los que el aire viva recordando tu nombre»; «cada vez que tu tiempo / se define contigo, / se pronuncia contigo, / y se pasa sin ti».
 
   Para el factor de cierre, recurre el poeta al horizonte de sucesos de un agujero negro, consumando la verdad apodíctica que arroja su trayectoria lírica: su yo sólo es posible contigo. Consciente de hallarse aferrado contigo, el autor ya vive contigo, la cotidianeidad de la existencia es contigo: «Nunca te gustó Dick…Y lo repites siempre»; «No hay línea en el suelo que no sea / cuerda en tu desafío equilibrista»; «El poema que lees… / Que no es de amor si no lo lees tú»; «Desde lo celestial a lo mundano, / todo se colorea con el iris azul / de la mirada joven de Malena»; «Así día tras día». Y ya vive junto con la cotidianeidad fuera de ese impar generado contigo: «Alepo es el infierno que emerge de la entraña / de níquel y de hierro…»; «En la televisión bombardean Alepo»; «Por él llora Malena. Por Omrán»; «El banco los echó sin piedad de su casa, / como si se sacara basura a la calle». Escudado en la serenidad del hábito de estar contigo, el rapsoda, sabedor de que el tiempo, sin duda, se pliega a los avatares y caprichos cósmicos (o no tan cósmicos), honra la dignidad de su pluma, al firmar su legado poético con un amistoso y certero consejo: «No te fíes del tiempo. Nunca regala nada / […] / Que al final de tus días / no te arrepientas nunca de todo lo que has hecho».
 
   En «La ciencia de estar contigo», Manuel Guerrero ha fusionado talento, destreza y magisterio para versificar todo un compendio científico sobre el amor, esa unidad del tú y el yo. Un tratado en el cual la física, la química, la astronomía, la biología, destilados por medio del supremo alambique de su brillante lírica, colmarían con el glorioso soneto que arranca: «Todo esto es para ti que estás en cada verso». No en vano, la lírica es y siempre será gaya ciencia.
 
Julián Valle Rivas

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