Saga Bond: Roger Moore (IV), por Julián Valle Rivas

SONY DSC                     En la columna de repercusiones negativas del fenómeno «La guerra de las galaxias» (con posterioridad, «Episodio IV: Una nueva esperanza» —1977—) copa puesto destacado, sin lugar a dudas, «Moonraker» (1979). Lastimero pastiche de las tres entregas anteriores creado al servicio no de Su Majestad, sino del populacho, o sea, de la demanda popular o la moda de la época; al servicio de un ánimo mercantilista, de un beneficio económico, sin importar el resultado, o casi. Legítimo y necesario interés, irreprochable, aunque no sortee un tensado de conciencia, cuando ha de comparecer en pantalla un personaje consolidado en el acervo, como James Bond, 007.


    Con la guerra espacial como tendencia colectiva, la maldita tentación sometió la voluntad de los productores. En el contexto galáctico de finales de los setenta, lanzar al agente británico más famoso de todos los tiempos al espacio, con casco, naves, láseres e ingravidez, era un concepto demasiado jugoso como para dejarlo pasar. Si el tema consistía en usar, a un nivel de mero aspecto formal o formalista (para eso se habían apoquinado los derechos), los títulos de las novelas de Ian Fleming, «Moonraker» hacía pleno. Envuelta en la justificación (o excusa) de una actualización de la historia y del personaje (la novela homónima se había publicado en 1955), pues Albert R. Broccoli pensó que por un cohetito (el diminutivo es literal) apuntando a Londres no merecía la pena ni levantarse de la cama, junto al título de la novela, sólo se conservó el nombre del villano: Hugo Drax. Con ello, el flamante productor ejecutivo Michael G. Wilson institucionalizó la máxima «más y mejor», que el director Lewis Gilbert, en su tercera incursión en la saga, interpretó en el sentido de que no hacía falta innovar, para qué cambiar lo que funcionaba, al extremo de trabajar, según sus palabras, con la tranquilidad del éxito asegurado fuera cual fuese el producto a estrenar. Pelín más moderado Broccoli, quien, reconociendo que la saga prácticamente iba sola y subrayando que su género no era la ciencia ficción sino la realidad científica, afirmó que siempre había que tener muy presente a los espectadores y respetarlos. Comprender qué esperaban del nuevo filme y proporcionarles aquella idea aferrada en la mentalidad gregaria del equipo: evasión. La saga Bond se había instituido en un producto de evasión, y evasión a raudales debía brindar. Lo curioso de tan simpáticas premisas fue que, conforme a lo pronosticado, «Moonraker» arrasó en taquilla, la undécima entrega fue la de mayor recaudación hasta la fecha.


    Con su confianza sobrepasando nuestro sistema solar, Broccoli firmó el prohibitivo presupuesto de treinta y dos millones de dólares que le calcularon. Metidos en faena, el guión, como de costumbre, emanó del esfuerzo armonizado de la camarilla, que Christopher Wood se volvió a encargar de cuadrar. Por ejemplo, la secuencia del salto del avión sin paracaídas de la ineluctable escena introductoria asomó de un cajón atascado de Wilson y generó un problema de rodaje: la cámara panorámica. El volumen y peso de la cámara puso a prueba el ingenio técnico para rodar el tramo de planos aéreos. De nuevo, Wilson, de paseo por una callejuela parisina, se fijó que el escaparate de una tiendecita exponía un diminuto gran angular. Era un objetivo Panavisión de plástico, no de cristal, prototipo desechado por la marca, según el vendedor, sobre el cual manufacturaron una cámara especial de titanio, ligera, apta para el rodaje de la escena. Pero el primer problema fue, menuda ironía, Gran Bretaña, o su reciente reforma en materia tributaria, que desterró la producción a Francia, y sería ya coproducción. País donde los sindicalistas eran muy suyos, Ken Adam, director artístico, una vez ocupados todos los platos franceses (Pinewood quedó para la dirección de maquetas), tuvo que lidiar con la negativa de los operarios a las horas extras. Únicamente la verdadera maestría de sus diseños alentó a unos obreros que acudían los domingos acompañados de sus familias. Y es que los catedralicios decorados de Adam para el filme son prodigiosos. El segundo problema fueron los efectos especiales o espaciales. A sus exagerados facturones, las empresas estadounidenses consultadas sumaron un porcentaje de los beneficios. Así que el ingenio fue otra vez crucial. Para la ingravidez, claro, se colgó al equipo artístico de cuerdas; para lo demás, Derek Meddings, supervisor de efectos visuales, se la jugó (en general, la producción se la jugó) con la técnica de la exposición múltiple del negativo, que consistía en rodar el plano con un elemento, rebobinar la película, rodar con otro elemento, rebobinar, y sucesivamente. Un suplicio de sudores fríos, también para los directores de la segunda unidad, John Glen, que había de ejercer como editor del largometraje, y Ernest Day. Como lo fue para el director de fotografía Jean Tournier, quien sustituyó a Claude Renoir, que inició la preproducción, jubilado por esa enfermedad ocular que le había arrastrado dificultades en la anterior entrega. Palmario el puesto de John Barry en la música y la composición de cabecera con letra de Hal Davis y voz de la inconfundible Shirley Bassey.


    Con cuatro largometrajes a sus espaldas, Roger Moore todavía hubo de torear la sempiterna comparación periodística con Sean Connery, insistiendo en que sus carencias físicas debía suplirlas con chispazos verbales, acordes con su carácter. La sección artística de la coproducción incorporó a Michael Lonsdale, cuya solvencia interpretativa dotó del preciso grado hierático al personaje, y a la seductora Corinne Cléry. Fue la providencia la que sentó a la hermosa Lois Chiles al lado del director en un vuelo. Por aclamación (cientos de cartas saturaron la productora), Richard Kiel redimió a su emblemático personaje. Y los habituales Desmond Llewelyn, Lois Maxwell y Bernard Lee, en su última aparición, puesto que fallecería víctima de un cáncer en enero de 1981.


    Unos malhechores roban la nave espacial Moonraker, que ha sido cedida por Estados Unidos a Gran Bretaña en régimen de empréstito, durante su vuelo de transporte. El prestigio de la nación británica está en juego, la misión ha de recaer sobre el mejor agente secreto: 007, James Bond, quien disfruta de un agradable vuelo que se torna ingrato de repente con la aparición taumatúrgica de Tiburón (Richard Kiel), y culmina con un enfrentamiento paracaidista del cual Tiburón sobrevive en un ejercicio no de suspensión de la incredulidad, sino de tapiado de la misma, encubándola en un espacio angosto y opaco, al estamparse (tras ridículo aleteo) contra la carpa de un circo. Toca, entonces, una visita a la empresa californiana Industrias Drax, fabricante de la nave, hasta donde viaja Bond, no sin antes recibir de Q (Desmond Llewelyn) el nuevo artilugio de la casa: una pistola muñequera de dardos. En California, la bella Corinne Dufour (Corinne Cléry) será la guía (y algo más) de un Bond cuyos primeros careos con Hugo Drax (Michael Lonsdale), multimillonario visionario amante del lujo, la sofisticación y las féminas a pares, ya le provocan esos típicos gestos de cejas enarcadas. En el inmensísimo y afrancesado complejo Drax, Bond conoce a la doctora Holly Goodhead (Lois Chiles), directora de proyectos, que lo invita a probar la máquina centrífuga utilizada en los entrenamientos de los astronautas. Máquina que será manipulada por el secuaz de Drax, Chang (Toshiro Suga), al objeto de que el agente deje de inmiscuirse. La celebérrima pulsera lanza dardos salva a Bond de una muerte segura, confirmando sus sospechas acerca de la implicación de Drax. En un merodeo nocturno por la mansión Drax, con parada lujuriosa en la habitación de Corinne, cuya intimidad y asistencia le costarán la vida, 007 encuentra unos planos que le proporcionan la siguiente pista hasta una factoría vidriera en Venecia, donde se topa, oh casualidad, con la doctora Goodhead (en realidad, agente encubierta de la CIA), y descubre que se produce un extraño compuesto químico muy tóxico para los humanos, aunque inocuo para el resto de especies. Los persistentes intentos por asesinar a Bond ponen a prueba la viabilidad de los canales de la ciudad como circuitos de carreras de lanchas, resultando ser la del agente británico la mejor equipada para tan turbios negocios bélicos, hasta el punto de adaptarse al recorrido terrestre en su modo aerodeslizador. También ponen a prueba la paciencia de los vecinos, vista la tremebunda destrucción cristalera que acarrea el ataque aleve de Chang. Adelantándose a los acontecimientos, Drax desmantela todo el chiringuito veneciano en una noche, con mucha rimbombancia y regodeo ante sus enemigos, por lo que es el hallazgo de unas cajas arrumbadas de Industrias Drax con destino Río de Janeiro lo que fija el próximo movimiento de 007. En la carnavalesca ciudad brasileña, Bond se tropieza con Goodhead. Aliados en un objetivo común, escapan del enésimo sabotaje aderezado con pretensiones asesinas de Tiburón, cuya inmortalidad (tradicional batacazo sin consecuencias) queda gratificada con el amor a primera vista de Dolly (Blanche Ravalec), sin bien no pueden evitar el secuestro de Goodhead. El mortal compuesto veneciano se elabora a partir de la orquídea negra, sólo perjudicial para los humanos, procedente del Amazonas. Allí, reiterada la escena de la persecución fluvial, Bond es conducido hasta la base secreta de Drax, donde, cómo no, le expone su maligno plan de exterminio de la humanidad y posterior repoblación de acuerdo con una serie de parejas seleccionadas que se dispone a proteger en una instalación espacial desde la cual despedirá un remedo de bombas cargadas del material tóxico. Las naves Moonraker le son necesarias para el transporte espacial y una de ellas estaba dañada, razón por cual tuvo que robar la norteamericana que había sido prestada a los británicos. Con todo aclarado y Goodhead rescatada, los dos agentes embarcan en una de las naves y arriban en la instalación espacial, en la que desmantelan el inhibidor de señales, de manera que su existencia se delata a los estadounidenses, que rápidamente ponen en órbita a una suerte de escuadrón de marines espaciales (no, la ideaza no es exclusiva de Warhammer 40.000), iniciándose una batalla de láseres en mitad del espacio entre los soldados de ambos contendientes. Mientras, en la instalación espacial, Bond y Goodhead luchan por el control. 007 ha convencido a Tiburón de que ni él ni su novia encajan en el idílico proyecto de Drax, poniéndolo, pues, de su parte. El lanzador de dardos se convierte en el arma decisiva con la que Bond mata a Drax, expulsándolo al espacio por una escotilla. Por supuesto, la instalación espacial explota y Bond y Goodhead la abandonan en una cápsula de salvamento (Tiburón y Dolly lo hacen en un fragmento desgajado). Por supuesto, la pareja es interrumpida durante su reunión amorosa en gravedad cero por el cuerpo gubernativo.


    «Moonraker» es un largometraje hecho por y para su momento. Filme alimenticio construido para aprovechar el tirón galáctico. Aquel «más y mejor» catequizó en «lo mismo en otro entorno». Refrito que adolece de originalidad, que calca desarrollo narrativo, estructura, persecuciones en lancha (descartaron la propuesta de Wood de una persecución en motos por los puentes de Venecia), salida de un vehículo del agua que se adapta a su recorrido en tierra (en la Plaza de San Marcos los turistas, reales, alucinaron con el aerodeslizador), batalla campal. Por reincidir, se repitió el gag del ayudante de dirección Victor Tourjansky mirando la botella, anonadado. A pesar de ello, el guión, en su bosquejo de partida, es aceptable, la puesta en escena y los decorados son imponentes, los escenarios, magníficos, y los efectos visuales, muy meritorios. «Moonraker», en definitiva, como plan empresarial, lo cortés no quita lo valiente, fue un rotundo y redondo triunfo.


Julián Valle Rivas

Adiós, noviembre, adiós, por Pepe Morales

Dicen que un pesimista no es más que un optimista bien informado, asunto este último muy difícil de conseguir en estos tiempos de bulos y desinformación. No hay que indagar mucho para palpar la realidad y correr a meter la cabeza bajo la almohada después de constatar que el negocio de la muerte cotiza al alza en una bolsa desprovista de valores humanos. Todos los días, en todos los medios, en las redes sociales, en la tienda de la esquina, en el parque, en la barra del bar o en el whatsapp, la muerte y los desastres son protagonistas.

Arrancó el mes de noviembre con el tétrico recuento el día de los difuntos, el de los muertos vivientes y las historias de terror, de los cadáveres causados por la DANA en Valencia y la irresponsable gestión del Partido Popular, de Mazón primero y de Feijóo después. No nos habíamos repuesto del susto, cuando el peor de los pronósticos para la humanidad volvió a poner a Trump al mando del país que es la peor amenaza para la paz mundial, entre los aplausos y vítores de lo peor de cada país. En España fue Abascal quien felicitó al peligro.

A renglón seguido, el genocida Netanyahu interpretó los resultados en EEUU como un aval para la solución final que lleva a cabo en Palestina y Oriente Medio desde hace poco más de un año y que acumula 45.000 cadáveres. Se trata de una edición ampliada y actualizada de la matanza de los “santos inocentes”, llevada a cabo por Herodes y que se conmemora a finales de diciembre entre risas y bromas pesadas. Esta hecatombe no será obstáculo para que los españoles de bien disfruten a gusto la nochebuena, el cotillón y la noche de reyes.

Dos semanas después, Joe Biden se despide del mundo pulsando el botón rojo que subirá el telón para que arranque la tercera guerra mundial. La industria de la muerte no para y nada mejor que poner al mundo al borde de una DANA nuclear y, como ha hecho el Partido Popular, culpar a otros de las consecuencias de su propia irresponsabilidad. Las inversiones en rearme que exigirá Trump al mundo entero son una forma de descapitalizar el estado del bienestar que a duras penas sobrevive en el infierno neoliberal donde sólo prima el negocio.

En España el episodio zombi más patético tuvo lugar el 20 N con aquelarres de nostalgia nacionalcatólica oficiados en iglesias, cuarteles y catedrales con la partícipe bendición de la Conferencia Episcopal. De nada sirve la Ley ante unos bárbaros que se la saltan a capricho y hacen apología de la dictadura impune y públicamente azuzados desde la FAES de Aznar. En España y en el mundo, la Democracia es un valor que cotiza a la baja por la militante intervención de unos medios de comunicación que cambiaron el servicio público por dinero.

En unos días, el 25 N. Es el día elegido para visibilizar la violencia, con resultado de muerte en 1.285 ocasiones desde 2003, ejercida por los hombres hacia las mujeres por el simple hecho de serlo: la violencia machista, el terrorismo machista. También es el día que elige el machismo para visibilizar que sigue vivo y con mayor voracidad que nunca. Ese día, los energúmenos de Vox, y tal vez Ayuso y alguien más del PP, aprovecharán para utilizar a las víctimas del machismo en beneficio propio, como hacen con las de ETA y las de la DANA.

Alguien dirá que es una visión muy pesimista de la realidad cotidiana, que la vida tiene sus compensaciones positivas, que no todo son muertes, guerras y desgracias. El optimismo bien informado mira alrededor y ve el disparate de la vivienda, el desmantelamiento de la Sanidad y la Educación Públicas, el aumento de las conductas misóginas, homófobas y racistas, a una juventud con el proyecto de vida amputado, a la primera generación que vive peor que la de sus padres… y le entran ganas, muchas, de esconder la cabeza bajo tierra.

Pepe Morales

¡Viva el Rey! ¡Muera el mal gobierno!, por Ángel Díez de Miguel

rey felipe vi dana valenciaEso se gritaba en la España del siglo XIX y ahora no se grita, pero muchos lo dicen de otra manera y muchos más lo piensan, creo que son los mismos que en el siglo XIX también gritaban ¡Vivan las caenas! Es un grito de súbditos, no de ciudadanos.


España es constitucionalmente un Estado Social y Democrático de Derecho, pero desgraciadamente el poder sigue sin facilitar que sus ciudadanos tengan formación adecuada y suficiente para tener un pensamiento crítico por ellos mismos sin que nadie les diga lo que tienen que pensar.


Con la tragedia de la riada de Valencia, con más de 200 muertos en nuestro pensamiento, los políticos se han dedicado a tirar la piedra y esconder la mano y algunos medios y otros “lo que sea” a manipular para que la ciudadanía tire barro, contra quienes tienen la obligación y el poder de proporcionar y gestionar las ayudas, que son los gobiernos central y autonómico, ¡Muera el mal gobierno!, pero reciben a los reyes con alegría como en bienvenido Mister Marshall, ¡Viva el Rey!


Tengo la impresión de que a Felipe VI le están ayudando, o aconsejando a hacer algo parecido al 23F de su padre, con una diferencia clara, él no es responsable ni del fenómeno meteorológico, la dana, ni de sus consecuencias, mientras que en el caso del emérito existen dudas razonables sobre lo que sabía el Jefe del Estado antes y durante el golpe frustrado de Tejero y Armada.


La Constitución nos dice con meridiana claridad quién tiene la posibilidad de gobernar y la responsabilidad de hacerlo, y no es ningún rey, también nos dice la Constitución que los ciudadanos tenemos derecho a una información veraz, pero los medios de comunicación se han convertido en órganos de partido, ya no existen o tienen escasa relevancia periódicos como “El Socialista”, del PSOE, “Mundo Obrero” del PCE o “Arriba” del Movimiento Nacional, ese trabajo ahora lo hacen otras cabeceras con pretensión de independencia y probablemente sean independientes de la estructura de los partidos políticos, pero en absoluto son independientes de la financiación que llega de los poderes públicos controlados por esos mismos partidos.


Jamás tanta gente ha tenido derechos políticos y jamás tantos han renunciado a usarlos en defensa de sus auténticos intereses.


El Jefe del Estado, el rey, lo es por designio del dictador, aunque después fue ratificado en la Constitución del 78, pero no tiene poder para resolver los problemas causados por la riada, quien si tiene poder y obligación de hacerlo es el gobierno autonómico que estuvo desaparecido mientras moría la gente, otros poderes, por ejemplo, los ayuntamientos, con la misma información disponible, comenzaban a actuar en defensa de sus vecinos. El gobierno de la nación dio la información a través de sus instituciones, pero actuó respetando las competencias de las CCAA, como quedó demostrado dos semanas más tarde en la siguiente dana en Andalucía, donde el presidente de la Junta y el Alcalde de Málaga, entre otros muchos, estuvieron velando por la seguridad de sus ciudadanos y el resultado fue totalmente diferente a la tragedia en vidas humanas de Valencia, las riadas trajeron menos destrucción y ninguna muerte.


Ángel Díez de Miguel

No les llame personas, por Pepe Morales

Las imágenes son tan ridículas como peligrosa su intencionalidad: un individuo, amparado en la noche postapocalíptica de Valencia, se lanza de rodillas al barro para entrar en directo en la televisión debidamente manchado, como dios manda. El mismo individuo se muestra ante la cámara frente al aparcamiento de un centro comercial donde asegura, entre hipidos muy ensayados (pero poco logrados) de un llanto a punto de estallar, que hay cientos de cadáveres atrapados en los coches cubiertos por las aguas y el barro del diluvio desatado.

En otro momento, se cuela sin pedir permiso en un centro de mayores y sube al primer piso grabando con el móvil y jadeando de forma desmedida, como si hubiera subido los 91 escalones de la pirámide de Chichén Itzá. Se dedica a grabar escenas deficientes y a narrar una ficción que sólo existe en su cabeza con la misma impiedad que otra rata, dejemos de llamarles individuos o personas, se va a un vertedero para mostrar sin demostrar, mintiendo de forma muy canalla, cómo arrojan allí las ropas que la solidaridad ha llevado a Valencia.

Se podría entender que estos sinvergüenzas, dejemos de llamarles individuos o personas, recurran a sembrar dudas, mentiras y odio por vanidad, ideología o dinero. ¿Se podría entender? Aunque ambos se presentan en sus estercoleros digitales y mediáticos como informadores, no pasan de la categoría de bocazas manipulador a la vez que manipulado. Lo que escapa a la comprensión racional y humana, y preocupa, es la legión de prosélitos que siguen sus redes sociales, fanáticos analfabetos entre los que hay algún universitario.

Tal vez ayude a entender a estos delincuentes, dejemos de llamarles individuos o personas, el hecho de que su lucrativa actividad no se nutre sólo de las visitas y los “me gusta” que reciben en sus redes, sino también del dinero público que les inyectan desde instituciones gobernadas por las derechas y de los ingresos percibidos por su colaboración en medios de comunicación de toxicidad contrastada. Ellos viven a cuerpo de rey, sin dar un palo al agua, mintiendo, y su estilo de vida se proyecta como un nocivo modelo a imitar por la juventud.

Quizás ayude a entender a estos cebones que retozan en el fangal, dejemos de llamarles individuos o personas, el hecho de que profesionales de la política como Tellado, Gamarra, Feijóo o Aznar ofrezcan una imagen de patetismo similar a la hora de justificar el desastre de gestión de la catástrofe por parte del PP valenciano y de desviar responsabilidades. Esa táctica ya les salió bien cuando lo del Prestige, lo del Yak 42 (72 víctimas), lo del metro de Valencia (43), lo del Alvia de Angrois (80) o las 7.291 víctimas en las residencias de Madrid.

Que gente iletrada repita el bulo de la paguita a los menas, pase; que personas maltratadas por el mercado laboral teman que ocupen su casa mientras compran el pan, pase; que a los 92 años se niegue el cambio climático, pase; pero que lo haga un licenciado universitario… explica lo de Alvise y Trump. No es de recibo que gente obligada a pensar, por formación y crianza, pregone que hay quien quiere ocultar los cientos de muertos del aparcamiento, que los impuestos son un robo y Andorra un paraíso digno de su presencia con su oscuro parné.

Irracionalidad y egoísmo son normas de las sectas, sean religiosas, económicas o políticas. Quien se encierra en las redes sociales y se distancia de sus semejantes correrá la misma suerte que un testigo de Jehová, un “kiko”, un yonqui del dinero o un cabeza rapada de la órbita de Vox: soledad y pérdida de criterio propio para analizar y comprender su entorno tras renunciar a los lazos familiares y de amistad, a sus raíces humanas. Igual que describió Sabina la vacía vida de Cristina Onassis: “Son tan pobres que no tienen más que dinero”.

Pepe Morales

Dar calabazas a Halloween, por Pepe Morales

Caminando por la ciudad, las calles muestran casas disfrazadas con ridículas telarañas y réplicas de calabazas en cartulina o en material plástico made in China. El carnaval de otoño asoma la faceta cateta de sus moradores a puertas y balcones, así como el faroleo acentuado por luces en exceso brillantes y adornos hiperbólicos. La memoria sonríe resignada al evocar las pandillas infantiles congregadas alrededor de faroles hechos con melones vaciados con una vela dentro y dibujos calados en su piel para dejar pasar la luz.

Niñas y niños disfrazados tocan los timbres al grito importado de “truco o trato” que han de explicar, si es que lo saben, a un vecindario ajeno a la cultura yanqui para conseguir tristes caramelos que acaban engordando sus cuerpos y la cuenta corriente de sus dentistas. Esa infancia no conoce noches en vela tras oír a los mayores tétricos relatos en la penumbra del comedor mal iluminado por pábilos tiesos sobre redondeles de naipes y corcho flotando en un tazón con aceite refrito. La memoria de las castañas y los boniatos asados es viejuna.

A esa memoria arrinconada acuden los cuchicheos nocturnos bajo las sábanas, los poemas de Espronceda o de Poe recitados con voz grave y engolada, la historia del caballero que camino del cementerio levantó la tapa del ataúd donde lo metieron con vida por error, las excursiones nocturnas que finalizaban saltando las tapias del camposanto con un cráneo debajo del brazo o las bromas pesadas a los más pequeños e inocentes de la pandilla. La memoria seguirá viva mientras que su legado de vivencias y recuerdos se resista al olvido.

El patriotismo de hojalata, presto a dilapidar dinero público en bárbaras tradiciones como los toros, aguerrido paladín del castellano frente a las lenguas vernáculas de España, férreo enemigo de las culturas de moros y negratas, hinca sumiso la rodilla y agacha humillado la cerviz ante el empuje anglosajón y su cultura colonizadora, consumista y neoliberal que borra tradiciones como el día de los difuntos y exige hablar inglés para ser “algo” en una sociedad blanca y católica. La memoria del patriotismo de hojalata es sectaria e interesada.

Tras Halloween, otro carnaval de luz, oropel y consumo a mansalva. Demasiadas películas americanas han hecho que, en los últimos años, la Navidad disfrace las calles y muchas casas luzcan como rancios puticlubs de carretera que han sustituido el neón por el LED en los reclamos luminosos adquiridos en los chinos. Hace décadas que la memoria ha olvidado el significado de la Natividad y lo ha sustituido, al modo anglosajón, por el culto a Papá Noel y al derroche. La memoria reciente mira perpleja la paleta carrera iniciada por Abel en Vigo.

Apenas un par de meses más tarde, el auténtico carnaval. Esta tradición interrupta se ha reconvertido en colegios y ciudades en una orgía de vanidad y postureo. Conviven en un mismo desfile disfraces de diseño hechos a medida con otros prêt-à-porter made in China y los de confección casera. Don Carnal vive una apoteosis concentrada en unos días a la espera de que Doña Cuaresma dé paso a otra semana de más disfraces, más postureo y más consumo con la estridencia de las cornetas y los tambores martilleando el descanso.

El miedo, el terror y el pánico asolan las calles del país durante todo el año sin que a nadie parezca importarle. El miedo a la codicia insaciable del sector inmobiliario castiga en cruel paridad con la precariedad laboral y unos salarios de mierda. El terror acecha apostado en las esquinas a los extranjeros pobres y al colectivo LGTBI. El pánico se ha instalado en los hogares donde cualquier hombre puede dar paso al macho y desatar olas de maltrato y muertes violentas como muestra infame de la zozobra social que amenaza con el naufragio.

Pepe Morales

Carta abierta a la Consejera de Inclusión Social, Juventud, Familias e Igualdad de la Junta de Andalucía

consejera loles lopez gabarro junta andaluciaSeñora López Gabarro, en la toma de posesión de su cargo, usted juró o prometió cumplir y hacer cumplir la ley, pues bien, en su Consejería y por ende en el órgano colegiado que es el Gobierno de la Junta de Andalucía no se actúa diligentemente en el cumplimiento de sus obligaciones para garantizar los derechos legales y legítimos de los ciudadanos andaluces más vulnerables.


Mi esposa fue diagnosticada de Alzheimer en el mes de junio de 2022, después de ir superando las injustificables listas de espera para la atención de los médicos especialistas.


En noviembre del mismo año 2022, a través de los servicios sociales del Ayuntamiento de nuestra localidad de residencia en la provincia de Granada se solicitó la valoración de dependencia.


A finales de julio del presente año 2024, debido a la enfermedad degenerativa de mi esposa, nos trasladamos a vivir con mi hijo a una localidad de la provincia de Córdoba y en esos mismos días me puse en contacto con los servicios sociales municipales y se tramitó la solicitud de cambio de expediente.


El día 14 de agosto contactaron por teléfono desde la delegación de Granada para hacer la visita de valoración de dependencia en mi anterior domicilio. Mi vivienda había quedado vacía por mi mudanza y no parece razonable valorar una situación y una realidad que ya no existe ni para el presente ni para el futuro. Me confirmaron que la solicitud de cambio de domicilio no había llegado a la delegación de Granada.


El pasado día 16 de octubre, mi esposa ingresó de urgencias en el Hospital Reina Sofía de Córdoba con unos valores de anemia casi incompatibles con la vida, suponemos que por algún sitio o alguna causa tiene pérdidas de sangre, a pesar de hacer todas las pruebas razonables, los especialistas no han podido localizar la causa, ahora ya estamos en casa pero con una situación de desorientación y dependencia mucho mayor lo que nos obliga a seguir poniendo más recursos propios para su atención física y psicológica.


A día de hoy sigo sin recibir una respuesta de su Consejería que ponga en marcha la valoración de dependencia de mi esposa a la que tiene derecho.


Usted y yo sabemos que cuando un ciudadano se retrasa en el pago de sus obligaciones con el Estado, es penalizado, pero esa misma lógica no se aplica cuando es el Estado quien no cumple con sus obligaciones con el ciudadano.


Entiendo que todos nos sentimos orgullosos de nuestra Constitución cuando define a España como un estado Social y Democrático de Derecho, pero si no se cumplen los derechos sociales, es muy difícil hablar de derechos democráticos en la parte más vulnerable de nuestra población, ¿Podríamos decir que el Estado incumple la Constitución que es esencia misma de su existencia?


Podrá usted decirme que los recursos son finitos y que una de las funciones de la política es priorizar unos u otros gastos, pero ese argumento no parece muy razonable cuando el partido que tiene la responsabilidad de gobierno en nuestra tierra, en Andalucía, presume de bajar impuestos. ¿Significa eso que en sus prioridades anteponen el beneficio privado de los que tienen que pagar más impuestos frente a las necesidades de los ciudadanos más vulnerables? Si es así deberían tener el valor y la honestidad de decirlo expresamente en sus campañas electorales. Si es así, muestra que ustedes son débiles con los fuertes y fuertes con los débiles.


Señora consejera, le recuerdo que es usted una servidora pública, es decir, tiene la obligación de servir al pueblo que le paga su salario y del mismo modo que no es tolerable que usted y el resto de los trabajadores públicos no cobren su salario religiosamente todos los meses, tampoco es tolerable que una ciudadana se vea privada de sus derechos durante casi dos años.


Usted y yo sabemos que un incumplimiento de sus obligaciones de este tipo es intolerable en la empresa privada y que tendría consecuencias para los responsables y sus puestos de trabajo, pues yo no puedo entender que lo que es intolerable en la gestión de lo privado se acepte con la normalidad de un fenómeno meteorológico en la gestión de lo público.


Mediante esta carta, le estoy emplazando a dar respuesta públicamente, ¿Se atreverá usted?


¿Tiene usted como Consejera una explicación razonable sobre el incumplimiento en el caso de mi esposa y del resto de dependientes que esperan?


¿Debería pensar que están ustedes esperando que mi esposa muera para ahorrarse lo que pudiera corresponderle?
Quedo a la espera de la solución.

Ángel Díez de Miguel

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