Adiós a los cristos y hola a las vírgenes, por Pepe Morales

semana santaCon la vía pública pringada por la cera, los tímpanos perforados por cornetas y tambores, el sentido alterado por el incienso inhalado, el estómago estragado por la ingesta de fritanga repostera, el bolsillo tocado por los imprevistos, el sueño trastornado por los trasnoches y los madrugones, un jersey quemado por la vela de un penitente y la razón pidiendo auxilio, por fin se atisba luz al final del fervoroso túnel de la Pasión y el Mayor Dolor. A pesar de los orígenes milenarios que se le adjudican a la Semana Santa, no hay mal que cien años dure.

Las tradiciones parecen construidas en torno a la repetición exacerbada y ciega de tópicos, clichés, estereotipos y trivialidades que producen en el pueblo un subidón de adrenalina con efectos equiparables, en algunos casos, a los del consumo de sustancias psicotrópicas. La sociología da cuenta del sutil idilio entre tradición y actualidad, encajes y tatuajes, saetas y reguetón o sangre de Cristo y botellón. La psicología intenta explicar muchos arrebatos y los más complejos la psiquiatría. La antropología es harina de otro costal que se debe explorar.

Tronos forrados con pan de oro, mantos y palios bordados con metales preciosos, cabezas coronadas de oro, plata en varales, medallones y varas de mando, la candelería de bronce, piedras preciosas en cuellos y manos. Miles de pasos imitan al Becerro de Oro con más de 60.000 € encima, en nombre del dios de los pobres, los menesterosos y los necesitados. Y en torno a la tradición emergen negocios de los mercaderes dentro y fuera de los templos al punto de que el perdón de los pecados y la salvación cotizan al alza en el parqué celestial.

De Finisterre al Cabo de Gata, de Ayamonte a Portbou, de La Fregeneda a Denia, de Tarifa a Hondarribia, no hay ciudad, pueblo y aldea que no haya paseado al cristo más milagrero y a la virgen más guapa de España. No hay aldea, pueblo o ciudad que no haya vivido las emociones más fuertes (“No se pueden explicar … Hay que vivirlas”) de España. En todo el país han llorando los hombres y suspirado las mujeres en éxtasis místico al salir y al entrar las imágenes en los templos con corales manifestaciones henchidas de fervor y sentimiento.

Se han celebrado más de 7.000 Semanas Santas en España, en la vaciada también, todas ellas las mejores, las más atávicas y auténticas de todas. Los fieles se han disfrazado de costaleros, santeros, mantillas o penitentes, con sus medallas, su velas, sus cruces de guía y sus estandartes cofrades para desfilar el día que simulan ser más creyentes. Los infieles cambiaron el chándal y los últimos tributos a la moda por sus mejores galas domingueras y las deportivas ofrecieron el pie al potro de tortura del zapato de estreno y el tacón de aguja.

Entre los tópicos más repetidos por quienes tratan de justificar el dispendio de caudales públicos al lobby de católicos y cofrades (interpretando de forma torticera el artículo 16 de la Constitución), están, ¡cómo no!, la tradición, la cultura, el negocio –el dineral que mueve el espectáculo– y la creación de empleo. Denle a la ciudadanía unos días de vacaciones, bajo cualquier pretexto, y habrá gasto compulsivo y creación de empleo, precario y temporal, en torno a la hostelería. La Iglesia, adueñándose del ocio, ha montado este rentable negocio.

Muertos y resucitados, los cristos son relevados por sus madres para llenar aldeas, pueblos y ciudades con más procesiones, ahora en un tono festivo, pues festiva era la celebración de las labores agrícolas que hace más de dos milenios celebraban en primavera los pueblos mirando al cielo para pedir buen trato a los cuatro elementos. Y de celebración deben estar las élites episcopales, políticas y financieras urbi et orbi por la muerte del papa Francisco, “representante del maligno en la tierra”, que dice Milei porque “la justicia social es un robo”.

Pepe Morales

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