Saga Bond: Timothy Dalton (y II), por Julián Valle Rivas

licencia para matarConsecuencia de emprender, en 1988, la producción cinematográfica número dieciséis de una colección de catorce libros es que no se disponga de un título sugerente; que, pese a tener la posibilidad de escoger entre veintiuno, ninguno de ellos resulte convincente en un cartel promocional. O su traducción, como ocurriría veinte años después con «Quantum of Solace» («Cuánto de consuelo», «Cantidad de consuelo»… Mejor dejarlo en inglés). Porque el detalle de la fidelidad a la historia original hace tiempo que quedó descartado, si es que alguna vez fue respetado. Quizá en las primeras entregas, con Ian Fleming todavía vivo. La saga se había vuelto por momentos selectiva, por momentos rapiñadora, al elaborar los guiones, y la traslación o adaptación fiel, en su medida, nunca había sido ni fue motivo de preocupación. Por ello, en aquel año de 1988, se idearía un título exclusivo para el nuevo filme, «Licencia revocada», que rescató, como punto de partida, una escena olvidada de la novela «Vive y deja morir», en la que Felix Leiter pierde un brazo y una pierna, al ser arrojado a las fauces de un tiburón, cuando lo capturan los villanos (en posteriores publicaciones el lector se cruzará con un Leiter reconvertido en detective y una suerte de garfio o pinza en su muñón); y aprehendió tres o cuatro elementos del relato «La rareza de Hildebrand», para componer un guión que narraba cómo queda revocada la condición de agente doble cero de James Bond, a la cual renuncia para vengar la cruel agresión a su amigo y a la esposa de éste (apostillaría yo que con mayor inquina asesina y destructora que la conformada por el asesinato de la suya).


    Con la primera impresión del guión de Richard Maibaum y Michael G. Wilson (hecho patentado, en esta saga, que el guión no siempre se cerraba del todo), se inició el rodaje que se había mudado en pleno a México para abaratar costes. La estancia británica se había encarecido sobremanera y el destino centroamericano se entendió una excelente opción de negocio para evitar que el presupuesto se disparara. Albert R. Broccoli comentó en una entrevista que habían procurado mantener el equilibrio presupuestario. Y es que Broccoli pretendía (pretensión de un hombre con visos de hallarse desencajado de su época) realizar un largometraje a finales de los ochenta con un presupuesto de finales de los setenta. De cualquier modo, con el trabajo en desarrollo por tierras mexicanas, el gremio de escritores estadounidenses convocó una feroz huelga que dejó al equipo sin Maibaum. Wilson acometió una desesperada labor para pulir el guión antes de verse obligado a adherirse. Así, la producción, huérfana de sus guionistas, al poco lo estaría de su productor. Broccoli sufrió un ataque respiratorio en Ciudad de México, debido a la altura y densidad de la contaminación, que lo envió de vuelta a Londres y permitió a su hija Bárbara producir su primera escena: la persecución de los camiones cisterna hacia el final del metraje. Increíble escena de acción rodada bajo un sol de justicia para la que se contó con dieciséis camiones cisterna Kenworth y un tramo de carretera de La Rumorosa, cerca de Mexicali, cortado por su extrema peligrosidad, conocido, además, por los fenómenos paranormales que allí acontecían. De hecho, miembros del equipo fueron testigos de camiones que se incendiaban o se ponían en marcha solos, apariciones fantasmagóricas o fantasmales en los aparcamientos o la famosa foto fija de la mano de fuego que surge de la explosión del camión tomada por el ayudante del director y fotógrafo de la segunda unidad Arthur Wooster, y que, sin embargo, no pudo ser captada por ninguna de las cuatro cámaras que grababan la secuencia simultáneamente. Se contaba que cinco monjas habían fallecido en un accidente de minibús en el lugar, suceso que lo había impregnado de misterio, embrujo y superstición. Más pacífico fue el rodaje en la zona del pueblo otomí, donde el monumental templo, construido, al parecer, como homenaje a la población por las autoridades, se encontraba abandonado.


    Como la mejor forma de conseguir un estreno bianual era confiar en la familia, se repiten los reconocidos nombres de John Glen, en la dirección, el citado Arthur Wooster, para la segunda unidad, el fotógrafo Alec Mills, el diseñador Peter Lamont, los especialistas paracaidistas Jake Lombard y BJ Worth o el supervisor de efectos John Richardson. Otros nombres eran reconocidos fuera de la saga, como el del compositor Michael Kamen, quien se desvinculó de las canciones, incluida la de apertura, interpretada por Gladys Knight, La Emperatriz del Soul. Entre las novedades del equipo técnico, el submarinista, oceanógrafo, comunicador y cineasta mexicano Ramón Bravo, que se pudo valer de los submarinos de la, entonces, Perry Oceanographics de Florida, para el rodaje de las escenas correspondientes. Los vendavales de las costas de Cayo Hueso fueron un suplicio, pues restringían a un horario concreto del día la filmación. Aunque más lo fue para los fotógrafos la impresionante mansión en Acapulco del Barón de Portanova, empleada como residencia del traficante Franz Sánchez, de blanquísimos, níveos, mármoles tallados o adornados en arabesco.


    Timothy Dalton, que había firmado por tres películas, protagonizó la segunda y última de su filmografía como 007 (datos que, sin duda, apaciguan la opresiva especulación que le ha generado, paciente lector, lo abstracto del título que encabeza el presente artículo). También sería la última para Robert Brown y Caroline Bliss. No para el imprescindible Desmond Llewelyn, cuyo personaje ganó merecida presencia en la trama. Las protagonistas femeninas habían de multiplicar fuerza, entereza y determinación, cualidades olvidadas en ocasiones, y tratarse de mujeres fronterizas a los noventa. Una pena que la intención se escorase un tanto en un par de maltraídas escenas. La modelo Talisa Soto se embarcó aquí en su carrera cinematográfica. Senda similar la de la bellísima y cautivadora Carey Lowell (a pocas mujeres les podrá sentar el pelo corto tan bien y podrán lucir la funda de pistola a modo de liguero con tamaña y enloquecedora seducción), quien ya había debutado con un breve o fugaz papel en «Club Paraíso» (Harold Ramis, 1986). La casualidad hizo coincidir a Broccoli y David Hedison en un restaurante, por lo que repitió el personaje de Felix Leiter, que había encarnado en «Vive y deja morir» (1973), justo el título literario del cual se adaptó la salvajada con el tiburón. El cantante Wayne Newton soñaba con participar en un largometraje de la saga, acomodándosele un simpático papel. Pedro Armendáriz (júnior), con un modesto personaje, hizo honor a su padre, que había ostentado protagonismo en «Desde Rusia con amor» (1963). Anthony Zerbe, sobrecualificado para solventar a Milton Krest. Escasa era la andadura interpretativa de Benicio del Toro, cuando fue elegido para representar a Dario; al contrario que Robert Davi, quien se había hecho un nombre en el mundillo durante la década.


    He expuesto líneas arriba que la producción se llevó a cabo bajo el título de «Licencia revocada». No obstante, MGM planteó que el público estadounidense (soberanamente paleto por naturaleza —subliminal sintagma pareció barruntarse—) no entendería eso de «revocada». Solidaria con el pueblo norteamericano, condescendiente con sus limitaciones léxicas y consecuente con su idiosincrasia, en 1989, se estrenó «Licencia para matar».


Se nos casa Felix Leiter (David Hedison), agente de la CIA y amigo de James Bond, y allá que van, por tierras de Florida, camino de la iglesia, acompañados por Sharkey (Frank McRae), todos muy emperejilados, cuando agentes de la DEA avisan a Leiter de que tienen la oportunidad de capturar al criminal narcotraficante Franz Sánchez (Robert Davi), cuya debilidad por su amante, Lupe Lamora (Talisa Soto), le ha llevado a adentrarse en las Bahamas, para perseguirla, al enterarse de que lo engaña con otro hombre, quien será ejecutado en proceso sumarísimo, mientras Lupe es castigada con un flagelo o vergajo, que Sánchez extrae con movimiento mágico del interior de la chaqueta. La persecución de la banda criminal permite a Bond cruzarse con Lupe y con Darío (Benicio del Toro), secuaz de Sánchez. Atrapado el villano mediante un avanzado sistema de enlace en vuelo, nuestros héroes aparecen en paracaídas a la puerta de la iglesia ante la exasperada mirada de la novia Della Churchill (Priscilla Barnes). Ah, Sánchez soborna al agente Killifer (Everett McGill) y es liberado durante un trayecto. En el ínterin, la celebración de la boda transcurre con la normalidad que concede el universo 007, por lo que la trama se detiene en mostrar cómo Bond es testigo de la reunión de Leiter con una joven desconocida (más adelante se presentará a la piloto Pam Bouvier —Carey Lowell—), cómo Leiter esconde un CD con información del caso Sánchez en un marco fotográfico y cómo el nuevo matrimonio regala a 007 un encendedor grabado con una inscripción. Sánchez, por supuesto, planea su venganza. Asesina a Della y secuestra a Leiter, lo encierra en su guarida camuflada de piscifactoría, regentada por Milton Krest (Anthony Zerbe), y lo arroja a un tiburón, para devolverlo a casa mutilado y a las puertas de la muerte. Allí lo halla Bond, junto al cadáver de su esposa, al recibir la noticia de la huida de Sánchez, y emprenderá su particular venganza, aunque M (Robert Brown) trate de detenerlo y revoque su licencia, en el intento. Al margen del Servicio Secreto, Bond y Sharkey localizan el lugar de tortura de su amigo, delatado por la flor arrinconada que lucía Leiter en la solapa. En incursión nocturna, Bond averigua que la empresa es una tapadera para el tráfico de drogas. Pronto es pillado por la seguridad y se monta una escabechina en la que Bond acaba con la vida de Killifer, entregándolo como carnaza a los tiburones con su dinero traidor. Segunda incursión a una propiedad de Krest: su yate, donde encuentra a Lupe y ve cómo han capturado y matado a Sharkey. Escapará Bond de sus enemigos, agenciándose una avioneta cargada con dinero de la droga de Sánchez. De nuevo en casa de Leiter, Bond toma el disco escondido y consulta la lista de contactos. Sólo la piloto Pam Bouvier sigue con vida. Al reunirse con ella en un bar del puerto, la gente de Sánchez, liderada por Darío, los ataca, y se defenderán hasta que un preciso disparo de escopeta de Pam provoque un boquete circular perfecto en la pared por donde la pareja huye, sube a una lancha y sale pitando, para quedar a la deriva al haber perdido el combustible por un disparo al tanque. Se presume, vaya, que lo de Pam ha sido amor a primera vista, entonces, pues aprovecha la intimidad de la situación para abalanzarse a los brazos de Bond. El guión no se ocupa de explicar cómo la pareja regresa a tierra. Sí conecta con la sede del MI6, donde una preocupadísima Moneypenny (Caroline Bliss) organiza el viaje de Q (Desmond Llewelyn), cargadito de estupendos artilugios, a Ithmus, ciudad (ficticia) controlada por Sánchez y residencia del Presidente Héctor López (Pedro Armendáriz), para ayudar a Bond, quien se sirve del dinero robado a Sánchez para financiar la venganza. Con mucha ostentación de billetes y chica (Pam adoptará un cambio de imagen radical), contacta con Sánchez, simulando ser una suerte de solucionador de problemas. Desde su refugio en Ithmus, se comprueba, además, que Sánchez se vale del templo del predicador o telepredicador Joe Butcher (Wayne Newton) para blanquear dinero y trapichear con las drogas. La historia se enreda aquí con un amago de coalición asiático-americana para el tráfico de drogas, un plan fallido de Bond para asesinar a Sánchez, un equipo de ninjas que aprisiona a Bond, una misión hongkonesa encubierta para detener a Sánchez, un asalto al cubil asiático por el ejército mercenario de Ithmus, un toparse con Bond inconsciente en el sitio y un despertar en la mansión de Sánchez, quien sabe que se trata de un exagente del MI6, si bien, le supera la intriga. Gracias a la colaboración de Lupe, se escabulle Bond de la mansión y monta con Pam y Q una especie de algara que incrimina a Krest en el dinero perdido, por lo que Sánchez lo asesina muy teatralmente como cargo a su osadía. Regresa Bond a tiempo para que su salida pase desapercibida a Sánchez, que lo invitará a visitar su fábrica de cocaína oculta en el templo de Butcher. Lograrán Bond y Pam desarticular todo el entramado del tráfico de drogas (eliminando, de paso, a Darío; éste lo había identificado), que Sánchez disolvía en gasolina, a fin de transportarlas en camiones cisterna, y destruirán el templo, con mucha fuga de personal despavorido. Entre explosiones y tiros, Sánchez y un puñado de sus matones se marchan con unos camiones cisterna listos para la partida. Así que Pam por aire y Bond por tierra (en realidad, se ha lanzado a un camión desde la avioneta) emprenderán la persecución de los malvados, montándose una magnífica secuencia de acción con los camiones en la cual, uno a uno, van quedando fuera de la ecuación, hasta alcanzar a Sánchez. Culminada una feroz lucha aferrados al camión, al observar Bond que Sánchez ha quedado impregnado de gasolina, recurre al encendedor que sus amigos le regalaron para prenderlo y dejar que muera ardiendo, como merece. Para el cierre del metraje, la narración crea una breve escena telefónica para evidenciar que Leiter se recupera (quizá parece más feliz de lo esperado, dado el trágico fallecimiento de su esposa; o lo estará por eso: por lo lacónico del matrimonio) y que Bond regresará al MI6, y una fiesta con Lupe como anfitriona (imaginamos que ha heredado el patrimonio —¿legal?— de Sánchez), a la que Bond, Pam y Q son invitados. Durante la misma, Lupe, ardiente de cariños, tienta a Bond para que permanezca a su lado. Presenciada la insinuación en la distancia, Pam se retira triste y sollozante (momentos ha habido en el largometraje para exhibir sus celos), reacción percibida por Bond, quien, disculpa cortés a Lupe, raudo se zambulle (literal) hacia Pam. Declara, con tan húmedo gesto, unos sentimientos compartidos… Al menos, hasta la próxima película.


    En verdad, que Dalton hubiera renunciado años atrás a interpretar al personaje, asumiendo su juventud ante Broccoli, le había valido la confianza y el respeto del veterano productor. Confianza y respeto que le hizo apoyar a su actor protagonista en su empecinada o encastillada concepción de un James Bond más humano, más realista, más acorde con el personaje literario. Pero el personaje literario no era el cinematográfico. No era el que los productores habían construido para la gran pantalla, aquél que había triunfado en todo el mundo y había conquistado a millones de admiradores. Para el segundo filme de Dalton, los guionistas procuraron dosificar alguno de los rasgos arrebatados. Sin embargo, ese realismo enérgico, muy distanciado de la imagen tradicional, la imagen que había impregnado la retina y catalizado las emociones a varias generaciones, no terminó de convencer al espectador de finales de los ochenta, que reclamó el retorno del espíritu fílmico de 007. Vano fue el esfuerzo de Dalton para que el público aceptara su interpretación de un Bond consciente de su esencia asesina que lo equipara al villano de turno. Aplausos tuvo, claro. Público que celebró la identidad o cercanía con la creación de Fleming. No significa que el Bond de Dalton no fuera un éxito. Obtuvo una recaudación aceptable, aun con las decepciones.


    «Licencia para matar» se ha ido engrandeciendo con el paso de los años. Es un largometraje sólido y eficaz, muy cuidado, con una acción trepidante y espectacular, un nivel superior en cuanto a su agresividad y dureza visual y narrativa. El grado de implicación de Dalton en las escenas de riesgo y la fisicidad y materialidad de las piezas o elementos que constituyen o integran cada escena permiten disfrutar de una producción que cuenta con el lujo de dirigirse a los cuarenta años sin rubor o reparo. Acierta de lleno la historia en otorgarle a Q una mayor actuación, incorporándose o acoplándose a una aventura de 007 con natural desparpajo. Vistos los parajes y las secuencias, la fotografía desprende una maestría incuestionable y rotunda. Peca, sí, el filme con esos ninjas innecesarios, con esos escuetos reflejos de débil feminidad, con la exposición de la relación que se va forjando entre Bond y Pam, a veces incoherente, con los minúsculos picos que rebasan la suspensión de la incredulidad o con lo defectuoso de algunas soluciones de guión. Y, a pesar de ello, «Licencia para matar» es una de las mejores entregas de la saga, digna de reconocimiento.


Julián Valle Rivas

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