DANAS naturales y artificiales, por Pepe Morales

El egoísmo tiene muchas aristas y muchas derivadas. Una sociedad que idolatra su ombligo tiende a relajar, hasta el abandono, el cuidado del cerebro y del corazón en un progresivo proceso deshumanizador asumido como algo natural, como algo “normal”. El egoísmo es algo que las personas intentan no exteriorizar, conscientes de que socialmente es percibido como nocivo para la convivencia y el bien común, incluso es condenado por las religiones como pecado. Es habitual que quienes lo practican lo critiquen cuando lo hacen los demás.

Es natural sentir el dolor del propio cuerpo más que el ajeno porque el dolor físico es una sensación molesta y aflictiva ante una agresión interna o externa. En cambio, si la agresión es sobre cuerpos ajenos, se aplica una escala de dolor que responde a un constructo social, artificial, establecido por una conjunción de sentimientos e intereses. La mayor o menor cercanía de los demás se construye sobre una base de afectos que a la vez sitúa a los otros en distintos planos según una proximidad afectiva y social con origen artificial e ideológico.

La familia, las amistades, el entorno estudiantil o el laboral, el vecindario, el paisanaje a diferentes niveles geográficos y administrativos y otros agrupamientos sociales crean lazos con diferente grado de pertenencia en los individuos. El dolor ajeno se mide en esta escala de forma interesada, egoísta, desde sufrirlo como propio hasta diluirlo en muchos casos y justificarlo en otros cuando el ombligo se impone a la razón y al corazón. Hay intereses que utilizan la emoción humana para sacar rédito económico o político del dolor y el sufrimiento.

Toda “persona de bien” siente como propio el sufrimiento de las personas afectadas por la DANA que ha azotado a tierra española, desatando una ola de solidaridad y ayuda que se percibe como algo de lo que se siente orgullosa la sociedad en su conjunto. En cambio, hay muchas “personas de mal” que han aprovechado el dolor ajeno para sus intereses políticos con una campaña de bulos, desinformación y odio contra quienes piensan diferente a ellas, apelando al ombligo, la irracionalidad y la carencia de sentimientos de parte de la sociedad.

Lo de Valencia, muy duro, casi insoportable, se sitúa en lo más alto de la escala del dolor al tratarse de gente conocida, familiares, amigos… que han sufrido lo que “mañana te puede tocar a ti”. “Los españoles, primero” es una consigna sumamente egoísta, inhumana, que circula en las calles mezclada con el barro y el odio portador de enfermedades igualmente contagiosas. No todo el daño proviene de un fenómeno natural largamente anunciado y reiteradamente negado: la incitación al odio por la derecha y la extrema derecha es letal.

El ombligo sitúa en la zona baja de la escala del dolor a los afectados por las inundaciones, los terremotos, las guerras y otros desastres que con regularidad sufren “los otros”, los parias de Asia, Sudamérica o África. La razón se aparta de estas catástrofes y el corazón sufre el lapso de la noticia en el telediario porque el ombligo diluye el dolor desviando la atención a otras cosas, tal vez un bizum a alguna ONG sirva para enjuagar la conciencia. Inundaciones, muertes y ruinas en el Tercer Mundo no duelen lo mismo que las de Europa.

El egoísmo más extremo es el que justifica violencias como la ejercida por Israel sobre el pueblo palestino, con muertos cada día, durante un año, que equivalen a los de la DANA y que ahora extiende el sionismo a otros estados vecinos. El egoísmo cómplice del desastre artificial que es un genocidio emana del mismo ombligo irracional, sin corazón, que esparce odio en medio del desastre natural de Valencia, en ambos casos alimentado por bulos, desinformación y un interés desmedido en derribar el Estado Democrático y de Derecho.

Pepe Morales

La DANA y las ratas, por Pepe Morales

Cuando la naturaleza desata su furia en forma de inundación, al desastre producido por las aguas desbocadas se añade la presencia de seres de desagradable aspecto, repugnante comportamiento y naturaleza nociva. El miedo hace huir a las ratas de las cloacas donde fijan su residencia en zonas habitadas por el ser humano. Excelentes nadadoras, no temen a las aguas estancadas ni a las mansas, donde, coprófagas, se alimentan de inmundicia y descomposición, pero entran en pánico si la quietud es alterada por un aumento del caudal.

La lluvia caída en Valencia y otras zonas de España, con virulencia de diluvio universal, ha debido arrastrar y diezmar la colonia de estos cuadrúpedos desagradables ahogados en el fango del agua mezclada con la suciedad. El mismo día del desastre, hizo su aparición otra especie tan repudiable, asquerosa y dañina como la de los roedores: se trata, como canta Paquita la del Barrio, de las ratas de dos patas. Acuden cuando sospechan que el peligro ha pasado y carecen de escrúpulos para sacar provecho de los efectos de cualquier catástrofe.

Esas ratas se han dedicado al saqueo y la rapiña amparadas en la sensación de impunidad al socaire del desconcierto de la población. Unas ratas han asaltado supermercados y tiendas de alimentación por instinto de supervivencia para aplacar la sed y el hambre dado el desabastecimiento sobrevenido. Otras han asaltado comercios ajenos a la alimentación por mero instinto criminal, por inhumana codicia para obtener unos euros en el mercado negro o por vicio enfermizo, como las que han asaltado y esquilmado una simple juguetería.

Es costumbre, ante desastres y tragedias, la aparición de una especie de rata, en boga en los últimos tiempos, transmisora de virus letales para la convivencia como son el bulo y la desinformación. Cuando se hablaba de desaparecidos y de cuantiosos daños, lejos aún de la horrible y creciente cifra de muertos y de la ruina de miles de familias, aparecieron ratas propagadoras de bulos como Abascal y ratas negacionistas como Bosé y Lomana, amén de la plaga de influencers, youtubers y tiktokers cuyas mentiras se hacen virales en la redes.

Bosé, lastimoso zombi decadente, vuelve a presentar síntomas de adicción al rechazar la evidencia científica como causa de la DANA y al hablar de conspiraciones indocumentadas. Abascal, impresentable, ha sacado su arsenal de desinformación con el nada patriota “los españoles primero” para mezclar de forma despiadada las sangrantes cifras de personas muertas, desaparecidas y arruinadas con las falsas paguitas a los menas. Bosé y Abascal confluyen en el novedoso bulo de que alguien no identificado dinamita presas y pantanos.

La rata carroñera, la más repugnante de las cloacas, hizo su apoteósica aparición en el caos para remover el fango del que trataban de escapar sus congéneres en la alcantarilla pepera. Feijóo, el político más ramplón de las últimas décadas, todo un bluf, no ha dejado escapar la ocasión para utilizar los cadáveres como arma de propaganda idónea de cara a la pesca de votos en aguas revueltas echando mano de la especialidad de las ratas de su partido con Gamarra y Tellado a la cabeza y Ayuso en la retaguardia: la mentira reiterada.


Manos Limpias, flautista de Hamelin para las ratas togadas, ha denunciado a la AEMET como parte de su pestilente campaña. No se harán esperar las ratas más resabiadas y viejas para señalar al Gobierno de España (ETA y Catalunya) como culpable: no cabe duda de que Aznar y Felipe asomarán sus bigotes, rabos y hocicos para exculpar a las energías fósiles (en cuyas madrigueras viven como sátrapas) de la hecatombe. Lo resumió hace días la rata Tellado: “Nuestra obligación en esos momentos es echar a Sánchez del Gobierno”.

Pepe Morales

Saga Bond: Roger Moore (III), por Julián Valle Rivas

james bond la espia que me amoEn la primavera de 1975, Guy Hamilton y su brigada se hallaban enfrascados en la preproducción de «La espía que me amó» cuando las infinitas deudas de Harry Saltzman, garantizadas con las acciones de la productora, lo estrangularon hasta declararse en quiebra. Sólo unas arduas negociaciones permitieron desbloquear las acciones y reactivar la producción, con la consecuente defenestración de Saltzman y la concentración de las facultades en la única persona de Albert R. Broccoli. A tan delicada situación no ayudó un problema más: el guión, o su ausencia. El acuerdo con el difunto Ian Fleming excluía la adaptación cinematográfica de la novela homónima. Broccoli debía partir del cero absoluto. Anthony Burgess (autor de «La naranja mecánica»), quien había expresado al productor que le rondaba una idea, envió su propuesta. Se habló, además, con John Landis. Sin embargo, el retraso generalizado en la producción provocó la desvinculación del director y los guionistas que trabajaban en ella.


    Se apostó, de nuevo, por Lewis Gilbert, director de «Sólo se vive dos veces» (1967), quien pidió a Christopher Wood la elaboración de un guión que retocó Richard Maibaum. Se desarrolló a partir de los superlativos conceptos de un buque traga submarinos y una guarida que se emerge y sumerge, enlazando hacia el arquetipo del acérrimo defensor de los océanos que culpabiliza la actividad terrestre, sus repercusiones en los mares. Se percató Gilbert de que, en la última entrega de Moore, 007 escoraba hacía el prototipo de Connery. Se precisaba un Bond más sutil, más estoico, más distinguido o refinado; sin eludir, añadió Wood, esa vena cómica, socarrona o mordaz, tan compatible con el propio Moore, si bien, degradando un par de puntos el nivel exhibido en «Vive y deja morir» (1973); y redimiendo el Martini con vodka. Simulación de premio extraordinario fue la incorporación por Wood del nombre de Q: mayor Geoffrey Boothroyd. No impidió tamaño empeño narrativo que Kevin McClory pleiteara por plagio contra la producción, para salir derrotado. Quedaba la composición de una escena introductoria potente, marca de la casa, para lo cual se contrató al especialista Rick Sylvester, logrando su mítico salto BASE con esquís y paracaídas. En esta ocasión, la música se dejó al cargo del reconocidísimo Marvin Hamlisch, con un tema principal escrito por Carole Bayer Sager e interpretado por Carly Simon.


    Consolidados los actores tradicionales, a escasos días del inicio del rodaje, a la explosiva Caroline Munro se le había adjudicado el papel de Naomi, la contundente lugarteniente de Stromberg; mientras que el protagonismo femenino se otorgó a la bellísima Barbara Bach, neoyorquina que se había ido entrenando en el cine italiano. Recomendación de Gilbert fue el solvente y todoterreno Curd Jürgens. Mención especial para el celebérrimo Richard Kiel, quien las pasó canutas con la prótesis dental metálica, característica esencial de su personaje: Tiburón.


    Poco he hablado o tecleado, en la saga, de los efectos especiales y visuales, del diseño artístico de Peter Lamont o del diseño de producción de Ken Adam, para quien esta entrega le valió su tercera nominación al Óscar. Nadie diría que Atlantis y Liparus son, en realidad, dos maquetas. Esos escenarios, esas formas, esos entornos, esos fondos, esos acabados. Broccoli levantó todo un estudio (pasaría a denominarse 007) donde Adam construyó el interior del buque enemigo. La dificultad vino a la hora de iluminarlo. El director de fotografía Claude Renoir (sí, el nieto del pintor) puso a Adam en un brete. El fotógrafo padecía ya graves trastornos de visión (a la postre, sería su última película) que lo incapacitaban para iluminar el colosal espacio. Adam, pues, agarró su agenda y llamó al cineasta total de aquel tiempo, con quien había trabajado dos veces y ganado su primer Óscar. Llamó a Stanley Kubrick. Durante una visita furtiva y secreta de media jornada al estudio, Kubrick le aconsejó sobre la manera de iluminar con éxito en lugar, alcanzando un resultado apoteósico.


    Para Broccoli era su primer largometraje de la saga en solitario. Obligado a la victoria o a morir en el intento, se implicó mucho más allá de sus funciones (y era un productor muy implicado «per se»), dispuesto, incluso, a cocinar espaguetis para el equipo, cuando falló la intendencia de suministros. Hubo demora, hubo obstáculos, pero Broccoli estrenó «La espía que me amó» en 1977. La suerte estaba echada.


    Cuando un submarino nuclear soviético y otro británico desaparecen, las respectivas agencias de inteligencia activan a sus mejores agentes. La agente Triple X, mayor Anya Amasova (Barbara Bach), disfruta de su descanso en compañía de su pareja el agente Sergei Barzov (Michael Billington). James Bond, por su parte, disfruta de la habitual compañía ocasional en un retiro de montañas nevadas, al recibir la comunicación (prodigioso el reloj/fax). Perseguido por un equipo de agentes soviéticos (en una escena de esquí bien lograda), escapa saltando al vacío de un barranco, no sin antes haber aniquilado a algunos de los enemigos; entre ellos, la cámara se fijará en Barzov. Se ha desarrollado un sistema de localización de submarinos, gracias al rastro de calor que dejan a su paso, que se oferta al mejor postor, por lo que resulta vital conseguirlo. El ideador del malévolo sistema no es otro que Karl Stromberg (Curd Jürgens), una suerte de multimillonario empresario oceanográfico, que se ha montado como guarida un mastodóntico complejo submarino que emerge y sumerge a voluntad: Atlantis. Allí, liquida a su «secretaria» o «asistente» (las comillas son deliberadas), quien lo había traicionado robando y vendiendo los planos del localizador en modo microfilme, entrando en el mercado negro; también a los científicos que lo crearon, para evitar su reproducción por terceros. Aprovecha la trama para presentar a los dos esbirros de Stromberg que irán tras el microfilme: Sandor (Milton Reid) y Tiburón (Richard Kiel). Mientras, las pistas conducen a 007 hasta El Cairo, donde su amigo Sheikh Hosein (Edward de Souza), para contactar con el vendedor del microfilme, Max Kalba (Vernon Dobtcheff), le recomienda que visite a Aziz Fekkesh (Nadim Sawalha), no sin antes brindarle la hospitalidad nocturna que merece. En casa de Fakkesh le aguarda Sandor, a quien vencerá en lucha cuerpo a cuerpo, dejándolo caer desde lo alto de un edificio, tras revelarle que Fakkesh se encuentra en las pirámides (de Guiza). En efecto, reunido con Amasova, Fakkesh se escabulle al ver a Tiburón, sin lograr huir de él, siendo asesinado. Al registrar su cadáver, Bond ve anotada en su agenda una cita con Kalba en el club del que es propietario. Aunque Bond y Amasova apenas dispondrán de unos minutos con Kalba (lo que da beberse un Martini con vodka) antes de que Tiburón lo lleve hasta una trampa para asesinarlo, tomando el microfilme. Seguir a Tiburón permitirá a la pareja recuperar el objetivo, cuya información está incompleta, así que tendrán que colaborar en la misión de destruir el localizador. Será la imagen del logotipo corporativo medio solapada por un microfilme la que colocará a los agentes sobre las huellas de Stromberg y su laboratorio. Entonces, fingiendo ser un matrimonio de biólogos (mentirijilla que no despistará a Stromberg), viajan hasta Cerdeña para mantener una entrevista con el empresario en Atlantis. Durante el trayecto en tren, el guión no puede evitar incluir la típica escena de pelea en la estrechez del compartimento, la cual concluye con Tiburón arrojado por la ventana del vagón. Como tampoco puede evitar apostillar al espectador que un viaje directo a la costa de la isla en barco habría sido más pacífico; al menos, lo ha sido para Q (Desmond Llewelyn), con la intención de entregar a Bond el Lotus Esprit S1 convertible en submarino (se necesitaron siete modelos para la metamorfosis), que (previsible) sacará del pertinente apuro a los agentes, cuya relación se quebrará, al descubrir Amasova que Bond fue el causante de la muerte de Barzov. La cosa es que la entrevista con Stromberg ofrece a Bond la oportunidad de conocer Atlantis y Liparus, el buque insignia de la empresa. Su curiosa proa llama la atención del comandante Bond y procede a su ataque inmediato con la colaboración de un submarino estadounidense. Engullidos por el buque, se emprende uno de esos combates en masa en escenario hiperbólico, históricos de la saga, precedido del secuestro de Amasova, la liberación de los marinos prisioneros y la exposición del villano plan que pretende la hecatombe nuclear de la sociedad terrestre, a fin de reiniciar una nueva submarina. Por descontado que todo ello queda abortado con la intervención de Bond y el aguerrido equipo militar (obsérvese el conveniente manual de instrucciones abandonado sobre el panel de control). La muerte de Stromberg (fascinante longitud del cañón en el que la velocidad de las balas no parece verse afectada por el rozamiento al recorrer su bestial ánima), la fuga de Tiburón, el rescate de Amasova, la voladura de Atlantis y la clásica reconciliación amorosa de los agentes en la cápsula de escape anteceden los créditos de cierre.


    Son los silencios en aquellos escenarios solitarios y fascinantes que atraviesa Bond. Son los juegos de luces y sombras y colores, son los contraluces, los detalles fotográficos mitológicos surtidos por Renoir. Es el realismo mágico de las maquetas y los ambientes. Son las meritorias escenas de acción, coreografiadas, ejecutadas y rodadas de forma apabullante. Es la seriedad y equilibrado papel de los personajes femeninos.  Es un conjunto narrativo consumado o finiquitado, admirable. Es la ceja de Moore, enarcada en el molde donde ahorma el personaje esmerilado para su persona. «La espía que me amó» es uno de los mejores títulos de la saga y, quizá, el mejor de la era Moore. Un producto que se puede deleitar aisladamente. Cierto que se encharca con secuencias refritas y especímenes manidos. No obstante, como explicó Wood en una entrevista, se trata de dar lo mismo de distinta manera. Éste es el universo Bond. Como también explicó Moore apropiadamente, se trata de evasión y fantasía, no de incrementar las complicaciones diarias del espectador.


    El largometraje fue un triunfo redondo para Broccoli, quien, en ese alarde de acostumbrada precognición optimista, rutinaria al columbrarse el fundido a negro en los créditos, anunció que el siguiente filme sería «Sólo para sus ojos». Escacharrada la determinación, fue «Moonraker».


Julián Valle Rivas

Gora Bildu, por Pepe Morales

ehbilduETA no es más que un aciago recuerdo que las derechas se empeñan en mantener vivo 13 años después de que la banda terrorista que operaba bajo esas siglas anunciara el cese de su actividad. Cansa y asquea ver al Partido Popular y a Vox manosear a las víctimas y a sus familiares con el abyecto fin de rascar votos manipulando a la opinión pública. Regadas de dinero sus asociaciones, hay familiares, dotadas con una paguita política, que no dudan en prestarse a participar en los lamentables circos electoralistas montados por esas derechas.

Desde la radicalización del PP al exigir Aznar una derecha sin complejos, dando pie al engendro de Abascal y su banda, ETA se ha convertido en un comodín político junto al de Venezuela que se aplican sin pudor a cualquier persona, propuesta o evento de claro tinte progresista. Ambos partidos, su infantería mediática y su caballería judicial evitan así el debate de ideas, donde tienen claramente perdida la batalla, y optan por los bulos y las manipulaciones orquestadas, incluso para montar farsas judiciales sin ninguna base ética.

Las derechas no soportan lo vasco, como no soportan lo catalán. La Historia enseña que Euskadi y Catalunya ya eran ETA desde siglos antes de la aparición de la banda asesina. Cualquier cosa que no sea su España monolítica y autoritaria es ETA: sin ir más lejos, si usted valora en público positivamente este artículo puede ser acusado y encausado por etarra. Pero quienes más metralla reciben desde la trinchera españolista son los partidos políticos vascos y sus respaldos, incluida la derecha liberal y meapilas agrupada en el PNV.

Si hay algo que envidiar a estos territorios es la presencia residual de las sectarias derechas radicales carpetovetónicas en sus parlamentos autonómicos e instituciones como un signo de madurez histórica y cultural de los pueblos catalán y vasco que tienen claro cuál es su tradicional enemigo: el españolismo, no lo español. Bueno sería una Andalucía dentro de una concepción federal del estado español, al estilo de EE.UU., Francia, Alemania o Italia, aunque tachasen al todo el pueblo andaluz de terrorista etarra, amén de vago y analfabeto.

El fantasma terrorista ha tenido diversos nombres desde que, en 1975, hizo su aparición la Koordinadora Abertzale Sozialista (KAS). Ahora es Bildu, un partido legal y demócrata con el grave problema de ser de izquierdas. Bildu es ETA, pida perdón por el daño infringido por la banda o no, acate la Constitución o no. Haga lo que haga, Bildu es ETA, un partido de izquierdas y, por tanto, terrorista, algo que no tiene cabida en la España rancia de Abascal, Aznar, Ayuso y Feijóo, la sempiterna España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía.

Si el voto a favor de Bildu sirve para suprimir el delito que castigaba a los piquetes en las huelgas, convalidar los decretos de medidas frente a la crisis de Ucrania, derogar el despido por baja médica o aprobar la Ley del Solo sí es sí, lo siento: gora Bildu. Si vota contra la reforma laboral por considerarla corta o se abstiene en la de las pensiones por considerar insuficientes las subidas, lo siento: gora Bildu. Si impulsa la Ley de Memoria Democrática y la de Vivienda o pacta la necesaria y tardía reforma de la Ley Mordaza, lo siento: gora Bildu.


Si Bildu practica la coherencia ideológica y deja de lado a la antípoda democrática que es la monarquía, lo siento: gora Bildu. Si defiende un estado laico y en consecuencia denuncia los privilegios predadores de la Iglesia Católica, lo siento: gora Bildu. Y si, por encima de todo, la alternativa son partidos que no condenan al régimen terrorista del general Franco, desprecian a sus víctimas y reivindican el mayor atentado sufrido por la Democracia en 1936, prolongado durante cuarenta años de miedo, silencio y terror, lo siento: gora Bildu.

Pepe Morales

Un paseo por la tele, por Pepe Morales

Interesante entrega de Salvados sobre un seísmo social de efectos comparables a los del caballo y la farlopa en los años 80. No es una exageración. Las redes sociales tienen un factor adictivo muy superior, en cantidad e intensidad, a los de la heroína y la cocaína y no se les presta atención hasta que aparecen el acoso, la agresión, la enfermedad, la ruina económica o un cadáver, hasta que en los pasillos de los hogares y los centros escolares aparecen zombis vagamente conocidos, familiares. Entonces es tarde, demasiado tarde.

Por la mañana, en el tranvía, al menos dos bebés en el carrito manejaban los móviles de papá y mamá con destreza inapropiada. Uno de los carritos disponía de soporte para el móvil. Los progenitores exponen a sus hijas e hijos a la misma adicción que ellos mismos, sin identificarla, padecen. Son los adultos quienes ponen el bebé al alcance del camello para que, anestesiado el menor, puedan ellos disponer de la tranquilidad necesaria para contemplar con desgana el monótono paisaje urbano que desfila por el exterior del vagón.

A mediodía, el telediario de la misma cadena habla del problema de salud mental que afecta cada día a más ciudadanos. A continuación, los deportes de Pedrerol permiten recoger la mesa en los 10/15 minutos de tutifruti que ofrece antes de hablar de deporte, todo ello en formato YouTube: refrito de motor, boberías deportivas y retos virales que imita la audiencia para generar contenido en sus redes sociales, como el muerto en el puente de Talavera de la Reina. Intercalada, promo de la tertulia del Chiringuito entre las bufonadas y la crispación.

Por la noche, una ración de El Intermedio habla de esa realidad que amenaza y destruye el presente y la esperanza de infancia y juventud. Como en los 80 con la coca, el pico, el porro y el alcohol, los afectados desoyen la voz de la experiencia y, presas de adicción severa al smartphone, esgrimen el viejuno e irresponsable “paso de todo, tío”. Al final, un zapeo a La Resistencia lleva al acertado momento en el que Paz Vega cuestiona la banal pregunta de Broncano, “¿Eres más machista o más racista?”, normalizadora del machismo y el racismo.

La segunda entrega de “Redes sociales: la fábrica del terror” ha mostrado, a quien la haya querido ver, un compendio de los efectos de la droga digital a la que se ha enganchado la inmensa mayoría de la población, sin distingos de edad, sexo, raza, clase social, educación, cultura o cualquier otra variable. El uso del término global no alude en exclusiva al espacio físico que ocupa, sino al total de la humanidad, a la aldea global: la educación, la cultura, la economía y la ideología son ya globales. Como dios para Nietzsche, el individuo ha muerto.

Que a nadie extrañe si, a pesar de las evidencias, la sociedad opta por seguir enganchada a los datos del móvil, con la voluntad disipada y la aguja hincada en la vena. Esta sociedad no superará los síndromes de abstinencia del alcohol, el tabaco, el CO2 y otras sustancias mientras la ideología conservadora defienda a los camellos con el argumento suicida de la altísima rentabilidad para las multinacionales que controlan los mercados de la adicción y la abstinencia. Dijeron en Google: "Si no estás pagando por el producto, tú eres el producto".

En el debate posterior sorprenden gratamente la inusual educación mostrada por tertulianos y tertulianas, el respeto al turno de palabra y el tono de voz comedido y sosegado. Rara avis. De madrugada, la publicidad interrumpe el debate como jarro de agua fría con droga blanda de apuestas y casinos online, uno tras otro: ludopatía en vena. Surge la duda de si Gonzo ha tratado dos pruebas de la connivencia entre el poder público y el interés privado: las cookies y la ubicación. El último que apague la luz y cierre la puerta. ¿A dormir? ¡Pufff!

Pepe Morales

Estética y ética: amén, por Pepe Morales

Siendo niño, al coronel Aureliano Buendía su padre lo llevó a conocer el hielo traído por Melquiades, un nómada gitano que ajustaba las rutas a su pulsión migratoria. El gitano gozó del aprecio y la admiración de la gente sencilla de Macondo y de los lugares a donde acudía para mostrar las novedades que la ciencia, el ingenio y la naturaleza aportaban a la civilización. Macondo era una aldea de casas de barro y caña a la orilla de un río y el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre y había que señalarlas con el dedo.


En el siglo del metaverso, hay rincones cuyas gentes se maravillan, no ya al contemplar prodigios como el hielo o el imán, sino con un desfile de gente uniformada ejecutando ejercicios circenses de tosca coordinación y burda coreografía. Basta un grande alboroto de pitos y timbales para que la masa acuda presta con sus mejores galas domingueras. Como los masai, la tribu adora al tótem y acude a repetir ancestrales ritos en honor al ídolo de piedra o madera que los chamanes utilizan para hacer negocio espiritual y material.


Llama la atención, y preocupa, que los fastos religiosos aúnen la cruz y la espada, estolas y correajes, chapiris y capirotes, cirios y fusiles, incienso y pólvora, la saeta y El novio de la muerte. España cuenta con la tradición de un clero trabucaire y bigardo capaz de vestir a Cristo con pistolas, marcar los tiempos a un pelotón de fusilamiento y dejar que los niños se acerquen a ellos. Ellos han protagonizado los más cruentos capítulos de la España negra, desde la conquista de América hasta el nacionalcatolicismo, pasando por la inquisición.


Da la impresión, a la vista del seguimiento que la generación Z hace de los arcaicos rituales eclesiásticos, de que los incensarios queman grifa o algo por el estilo. Chirría ver entre el público imitaciones de Emidio Tucci en cuerpos con cabeza tintada y pelado berriondo o mantillas con piernas tatuadas y uñas postizas sujetando la vela. Sorprende oír los chillones acordes de las cornetas tocadas por quienes consagran sus vidas al reguetón o al hip hop y cuyas cabezas son catálogos de ferretería. Aberran esas estéticas místicas y ascéticas.


En 1964, el catedrático José María Valverde dejó la Universidad en solidaridad con López Aranguren, García Calvo y Tierno Galván, expulsados de sus cátedras por la dictadura. Lo hizo escribiendo en la pizarra “Nulla aesthetica sine ethica”. Hoy, tiempos de dudosa estética y de carencias éticas, la contradicción campa a sus anchas y es aprovechada por las zorras para desplumar gallineros y los lobos para degollar rebaños, llegando al sinsentido de que gallinas y borregos aplauden mayoritariamente a sus depredadores.


Eso explica, por ejemplo, que la diversidad afectiva acompañe en procesión a quienes no la soportan y la persiguen y entregue sus votos a políticos que igualan pecado, delito y enfermedad. Muchas cofradías son un armario público para la homosexualidad, la bisexualidad, la transexualidad y otras formas de sentir y amar perseguidas por un conservadurismo radical de mucho predicamento entre la ciudadanía. Un desfile militar, mejor si es la legión, mezclado con sotanas, casullas y túnicas es una evocación del infierno.


Este caos ético y estético es un conjunto de involuciones que zarandean los progresos sociales arrancados durante el último siglo al conservadurismo nacionalcatólico. Hileras de cofrades y soldados en formación desfilan entre un público cuya presencia refrenda, igual que los votos en las urnas, actitudes tan poco cristianas como la misoginia, el machismo, la homofobia, el racismo o la xenofobia. Esta ideología es la que reclama cámaras de gas y campos de concentración en Europa, la misma que gobierna en más de media España.


Pepe Morales

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