La obsesión de Albert R. Broccoli y Harry Saltzman, por esa brutal y retorcida broma que, en ocasiones, gasta el destino, se convirtió, a la postre, en perdición, pues la intención de los productores nunca fue encontrar a un nuevo James Bond, sino encontrar a un nuevo Sean Connery; grande era la asociación del éxito de la saga con el actor escocés… Y ahí radicó la principal fatalidad del proyecto, en la falta de confianza en el propio producto.
Se contrató a un viejo conocido de la casa, como Peter Hunt, para asumir las labores de dirección, quien presidió un proceso de selección de cuatrocientos aspirantes hasta escoger a un joven australiano, cuyo rostro había asomado por entre las rendijas de algún anuncio televisivo; apremiaban, por lo demás, mucho los plazos. Desde aquel instante, Hunt se comprometió en plenitud con George Lazenby, y lo defendió hasta las últimas consecuencias, y más allá. Procuró modular su cerrada dicción australiana (con todo, todavía se sorprendería Lazenby al descubrir, en el montaje final, su voz doblada por George Baker en algunas escenas) y componer sus andares, su vestuario y peinado, acudiendo al sastre y al peluquero de Connery. Para compensar las carencias, se logró incorporar al proyecto a dos actores reconocibles: Diana Rigg y Telly Savalas, bordando la solución de continuidad con los franquiciados Bernard Lee, Lois Maxwell y Desmond Llewelyn.
Para Hunt, la saga se había adulterado con una sucesión de explosiones desfasadas y artilugios rocambolescos, por lo que, con aspiración de recobrar la esencia de la obra de Fleming, se unificó la escritura del guión en el habitual Richard Maibaum, y se contó con el toque del dramaturgo Simon Raven, al objeto de sumar unas líneas de diálogo entre los personajes interpretados por Rigg y Savalas hacia el final del metraje, tan rebosantes de barroquismo narrativo que dispersan la imagen de los mismos y enarcan la ceja hasta del espectador menos avispado. La pretensión, no obstante, pareció alcanzarse, al componer un contexto más realista y un Bond muy humano, desesperado o angustiado, al hallarse atrapado por sus perseguidores, y reblandecido de felicidad por el amor verdadero. A costa de Q, claro, cuyas anecdóticas apariciones al principio y final del largometraje, liberalizado de cachivaches estrambóticos, respondían a esa afanosa continuidad tecleada. Aunque choca con el monumental quiebro de guión que padece la trama, ya que, mientras en la entrega anterior, «Sólo se vive dos veces» (1967), Bond y Blofeld parecían reconocerse, ahora se plasma todo lo contrario. La explicación radica en el orden de la producción literaria, al tratarse de la segunda novela de la llamada «trilogía de Blofeld», posterior a «Operación Trueno» y anterior a «Sólo se vive dos veces». Y es que la preproducción cinematográfica (se remontaba a «James Bond contra Goldfinger» —1964—) se había complicado y alargado con desmedida exasperación…
O quizá no lo fuera tanto, comparado el rodaje con un George Lazenby humeante de estrellato e infantiloide de carácter, jaquecoso, caprichoso y malcriado, que detonó la paciencia de los productores y destripó la tolerancia de los compañeros. Sólo el apuro o la urgencia de los plazos y el paternalismo de Hunt permitieron el estreno de «007 al servicio secreto de Su Majestad» en 1969.
Cuando James Bond rescata de sí misma y de unos villanísimos secuestradores a la hermosa Teresa di Vicenzo, Tracy (Diana Rigg), su padre, el líder de la mafia corsa Marc Ange Draco (Gabriele Ferzetti), le plantea que contraiga matrimonio con ella, a cambio de una jugosa dote. Sin embargo, 007 le propone su colaboración para atrapar a Ernst Stravro Blofeld (Telly Savalas). La conexión de éste con un abogado suizo y el allanamiento de su oficina proporcionarán a Bond una serie de documentos (atención a la prodigiosa máquina que igual sirve para abrir una caja fuerte que para fotocopiar papeles), a través de los cuales constata que Blofeld tramita un reconocimiento de nobleza ante el Colegio de Armas de Londres y dirige un santorio en los Alpes suizos. Tras pactar con sir Hillary Bray (George Baker), miembro del Colegio de Armas, suplantar su identidad, el Agente se desplaza hasta el sanatorio, donde Blofeld trata a doce bellísimas jóvenes de diferentes países, quienes padecen las más esperpénticas y tronchantes fobias, mediante un sistema de hipnosis, del que Bond es testigo en una de sus necesarias incursiones amorosas nocturnas. El verdadero, a la par que maquiavélico, plan de Blofeld consiste en hipnotizar a las chicas con el objetivo de que propaguen un virus capaz de exterminar plantas y animales, pese a ello, será en el último acto cuando Blofeld revele sus decepcionantes exigencias de amnistía por sus crímenes y reconocimiento del título nobiliario. En el ínterin, Bond es descubierto, perseguido y acorralado, evitando la taumatúrgica aparición de Tracy un nefasto desenlace para el protagonista. Pero, concluida la caza de 007 por los Alpes con un alud provocado por Blofeld, éste secuestra a Tracy, convencido del fallecimiento del agente británico. Entonces, Bond y Draco, devorados por la rabia, emprenden la misión de rescate de Tracy y, valiéndose del argumento de un espectáculo de tiros, golpes y explosiones, la liberan de su captor, destruyen el santorio alpino y, en una carrera invernal doliente de crédito, Bond encajona a Blofeld en un enrramado perdido sin rematar la faena, de lo que tendrá que arrepentirse al cierre del largometraje. Antes, James Bond se casa con Tracy, con la consecuente renuncia al servicio de Su Majestad. Poco dura la dicha a la pareja, porque la flamante señora Bond es asesinada por Blofeld y su compinche Irma Bunt (Ilse Steppat), apagándose el filme con la triste imagen del afligido marido abrazando el cuerpo inerte de su esposa.
Peter Hunt quiso reservar la escena de la muerte de Tracy para abrir la siguiente entrega de la saga. Plan perturbado por las circunstancias. Si el rodaje había sido exacerbante, a George Lazenby le dio por acudir al primer día de promoción desplegando unas pelambreras hirsutas y unas barbajas andrajosas, una imagen «hippie» discordante con la del galante caballero británico. Expulsado de la fase promocional y rescindido su contrato, se dedicó a vagabundear en solitario por los medios de comunicación, cargante de inquina sediciosa, despotricando contra un estereotipo de Bond condenado a la extinción en el nuevo mundo setentero. Años despues, un Lazenby maduro, de cabeza más asentada y probadas sus escasas dotes como oráculo, reconocería su terrible cadena de errores, aquélla que pagó con su carrera.
Si bien, el empecinamiento o enrocamiento de los productores no fue de gran utilidad. Esa migrañosa idealización de Sean Connery como estandarte de la saga contaminó el producto final, el trabajo del nuevo actor y deformó la valoración de los espectadores. Desde el término de la introducción colándole a Lazenby la desafortunada frase «Al otro nunca le pasaba esto» hasta el pequeño limpiador de la guarida de Draco que silba la melodía de «James Bond contra Goldfinger», pasando por los créditos iniciales construidos mediante teselas de escenas de los títulos precedentes, el forzado diálogo entre Bond y Moneypenny y la muestra de objetos emblemáticos de las misiones cinematografiadas arrostraron la producción a la asimilación y la nostalgia.
«007 al servicio secreto de Su Majestad» es, confieso, uno de mis placeres culpables. Un filme que revisito cada cierto tiempo, aun sabedor de la intrahistoria y las costuras que rezuman sobre las cicatrices encostradas. Con frecuencia, me asombro tarareando insconscientemente el tema de apertura, sin letra, como hiciera Terence Young para las dos primeras entregas (la canción, en la voz de Louis Armstrong, se insertó durante el metraje). Y sí, las escenas de acción, resultando contundentes y brutales las peleas, se editaron por John Glen de un modo pésimo o se rodaron por él mismo, como responsable de la segunda unidad, o por Hunt con mucho fotograma descartado o desaprovechado, por lo que prevalecen los bruscos cortes. Y sí, el careto de Lazenby, angular, cuadrangular, mandibular, distanciado eones del fotogénico perfil de Connery, sugiere el requisito oftalmológico para Hunt y su equipo. Y sí, el abono a la aceleración de las secuencias y al retroproyector con su déficit fotográfico claman algo de cordura y de justicia. Y sí a todo lo que se pueda insinuar o apuntar… Pero el largometraje continúa entreteniéndome como el primer día, y no son de disgusto las persecuciones en esquís y coches, rodadas bajo el mando de dos profesionales como Willy Bogner y Erich Glavitza; y el fruto es una película de espionaje y aventuras con toques de humor irónico y descarado, sin gravamen de artilugios y un Bond humano, terrenal; el fruto es un clásico de Fleming.
El resultado en taquilla no fue nefasto, como se manifestó, tal vez para maquillar en su medida los despidos de Lazenby y Hunt. Pronto, se levantó acta de la unánime imposición de recupear el supuesto pulso perdido a la franquicia, el control interno; de limpiar la imagen de la marca, el prestigio carcomido por la ríducula función exhibida ante los medios y ante el mundo; de ordenar los principios y valores de la producción; de encauzar el futuro torcido. Había que restablecer la efigie del James Bond victorioso, eliminar del paladar el regusto amargo de un experimento fallido. Lazenby había sido un desventurado error o una elección calamitosa o penosa. Urgía una meditación sosegada, empero con una producción previa que coronase el ciclo de una forma agradable para todos. Había que volver a los orígenes, rehuir de las copias baratas. Había que volver a izar la bandera del Agente 007 por excelencia. Había que volver a traer al héroe, a la leyenda, al omnipotente. Había que volver a conquistar a Sean Connery, costase lo que costase… Y por supuesto que iba a costar.
Julián Valle Rivas

"Jean-Léon Gérôme. Diogenes. Walters Art Museum"
A la hora del desayuno lo he echado de menos. La ruta de la leche desde el tetrabrik hasta el microondas, el martirio del pan en la hoguera sin llama y el repertorio matinal de pastillas son costumbres autónomas que funcionan con un nivel mínimo de consciencia y el tiempo programado por una tecnología básica. La radio salmodia como ruido de fondo la letanía de lo que acecha al otro lado de puertas y ventanas, mientras el dedo índice ojea las urgencias digitales del día y confirma en detalle lo avanzado por la radio entre sorbos y bocados.
Las rutinas saludan al nuevo día, pero hay algo que no encaja. Dejo el móvil, apago la radio y silencio los crujidos de la tostada en la boca. El bebé de la vecina reclama su dosis láctea, las bajantes son cascadas intermitentes de rumor ahogado, el frigo se queja por la edad y el patio interior replica los ecos de otras viviendas, ruidos todos ellos que la radio amortigua cada día. El silencio amplifica lo que no encaja: el silencio del Hombre machadiano que siempre va conmigo, con quien platico en mis soliloquios, el que me enseñó la filantropía.
El Hombre no está para aconsejar cuidado a la hora de atender las noticias, para advertir de los matices verbales ni de la polisemia del sustantivo ni de la trampa de una preposición ni del empoderamiento de los epítetos. Solo ante la radio, ante el periódico, la actualidad se antoja, en sus formas y en sus fondos, un “déjà vu” donde gira el mundo como la rueda de un hámster dentro de su jaula. Las víctimas de la guerra se aceleran y los derechos cívicos son frenados produciendo la sensación de que la rueda se mueve sin llevar a ninguna parte.
Comprendo, en parte, que haya faltado a su cita hoy. Las noticias avisan de que el mundo se prepara para dar un triple salto mortal de espaldas que tal vez haga descarrilar la rueda haciéndola saltar de su eje. Como un hámster angustiado, activo la cámara frontal del móvil para enfocarme y mis ojos reconocen a Diógenes de Sinope, el vagabundo que convirtió la pobreza material extrema en virtud por propia voluntad y convicción, teniendo una tinaja como morada y una manta, un zurrón, un cuenco y un bastón como únicas posesiones.
Escucho y leo que la justicia social es una aberración violenta con la que hay que acabar. Echo de menos al Hombre que siempre va conmigo, la plática en mi soliloquio con ese buen amigo. Siguiendo uno de sus sabios consejos, “a distinguir me paro las voces de los ecos, y escucho solamente, entre las voces, una”, la del payaso argentino al que millones de payasos argentinos han dado su plácet para que los condene a la más extrema pobreza y, llegado el caso, a muerte, como hizo su admirado e idolatrado general asesino Jorge Videla.
Como Diógenes con el farol, busco al Hombre honesto entre quienes rodean y aplauden al peligroso payaso. El desasosiego me invade al hacer recuento y constatar que sólo asiste escoria de la banda corrupta de Ayuso, de la del vividor Abascal y periodistas paniaguados. Como el hámster asustado en un rincón de la jaula tras caerle encima la rueda, retiro la vajilla al fregadero y me acurruco en el sofá al modo de Diógenes en la tinaja, temiendo que la realidad interfiera entre mi cuerpo y la raja de sol que entra reponedora por la ventana.
Ante la ausencia del Hombre machadiano, me centro en el neoliberalismo y sus efectos, en el deterioro de la Sanidad y la Educación públicas, en el retroceso de las libertades cívicas que vive hoy quien no es empresario, inversor o rico. Evoco el episodio atribuido a Diógenes el día que se masturbó en el Ágora y la respuesta que dio a quienes le reprendieron: “¡Ojalá frotándome el vientre el hambre se extinguiera de una manera tan dócil!”. Y evoco también al Hombre machadiano, “ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar”.
Pepe Morales
Dice el pasodoble “El relicario” (1914) “Pisa morena / Pisa con garbo / Que un relicario / Que un relicario me voy a hacer / Con el trocito de mi capote / Que haya pisado / Que haya pisado tan lindo pie”. A final de curso cabe adaptar la letra al hecho de que el presidente Moreno y su banda pisen, pisoteen, la Educación Pública andaluza, como refleja el último Informe PISA: “PISA Moreno / PISA con ganas / Que un mal calvario / Que un mal calvario voy a pasar / En el trocito de mi colegio / Que han pisado / Que han pisoteado tus pies”.
El alumnado español ha cosechado, en el Informe del Programa para la Evaluación Integral de Alumnos (PISA) de 2022, la peor media de la historia en Matemáticas (473 puntos), ha empeorado en Lectura (474 pt.) respecto a 2018 y ha mejorado en Ciencia (485 pt.). El resultado en Andalucía es peor, recogiendo una puntuación menor que la media nacional en Matemáticas (457 pt.), Lectura (461 pt.) y Ciencia (473 pt.). El Informe es trienal y lo elabora la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) en 81 países.
Como novedad de 2022, el volumen III de PISA ha abordado como nueva competencia el pensamiento creativo, cuya media de 32,8 puntos en España se aproxima a la de la OCDE (32,7 puntos) y queda por encima de países como Alemania, Francia, Países Bajos o Italia. La prueba exploró la competencia de los estudiantes en tres procesos cognitivos: generación de ideas diversas, generación de ideas creativas y evaluación y mejora de las ideas. Andalucía vuelve a quedar por debajo de la media de España, la OCDE y la UE.
En PISA 2022, los estudiantes favorecidos socioeconómicamente tienen mayor rendimiento en pensamiento creativo que los desfavorecidos, con diferencias en España de 7,9 puntos a favor del alumnado favorecido. En el caso del alumnado migrante, los resultados muestran una menor diferencia con el alumnado nativo en España que en la ODE y en la UE. En cuanto a la diferencia de rendimiento de chicos y chicas, la balanza se inclina a favor de ellas con una diferencia de 2,2 puntos, menor que la media de la OCDE (2,7) y la UE (2,6).
Los resultados tienen relación con la inversión por alumno en educación y el presupuesto de Andalucía está en el vagón de cola respecto a otras comunidades autónomas y bastante por debajo de la media de la OCDE, con bajos niveles de renta y una baja inversión por alumno en educación. En 2021, el gasto por alumno en centros públicos hasta la enseñanza no universitaria era de 10.214 € en Euskadi y de 8.478 € en Navarra, mientras en Madrid era de 5.607 € y en Andalucía de 5.778 €, situándose la media nacional en los 6.540 €.
A pesar de los datos, buena parte de la opinión pública española, súbitamente diplomada en Ciencias de la Educación, señalará con dedo acusador a esas profesoras y esos maestros que le tienen manía a sus tiernos retoños, que son demasiado exigentes y que se dedican a enseñar cosas que no sirven para nada. Es la misma opinión pública que se desentiende de la educación en casa y deshace la labor que el profesional de la enseñanza realiza paciente y abnegadamente a lo largo del curso, transmitiendo valores en muchos casos disruptivos.
La Consejera del gobierno de Moreno, en la línea de cinismo PP (Prepotente y Populista), dice que los datos “no son buenos ni para Andalucía, ni para España, ni para Europa, ni para el mundo porque recogen los efectos de la pandemia”. Mal de muchos… Da la vuelta a la realidad para presumir de que Andalucía no haya bajado del último escalón que ocupa, a diferencia de las comunidades y países que encabezan la clasificación y siguen por encima de Andalucía en resultados e inversión. Lo dicho: “PISA Moreno / PISA con ganas…”. Y olé.
Pepe Morales
El efecto más peligroso de la drogadicción es la confusión de la realidad con la quimera. La adicción de los individuos culmina en un proceso progresivo de creación de un universo paralelo, ficticio, que llega a suplir la experiencia cotidiana de los mismos y que se asocia al consumo de sustancias o actividades nocivas para la salud o el equilibrio psíquico. En el caso de las sustancias –lo que se conoce como drogas–, éstas llegan al cerebro, a través del organismo, y alteran la experiencia de quien las consume a nivel físico y psicológico.
Las drogas más conocidas son el alcohol, el tabaco, los fármacos, el cannabis, la cocaína y la heroína, con mayor o menor rechazo social. Hay drogas intangibles, también adictivas, que causan estragos en la sociedad a través de internet en general y las redes sociales en particular. Gran parte de la juventud acaba enganchada en un proceso que se inicia en la infancia y al que la mayoría del universo adulto no presta la debida atención, en gran medida por el analfabetismo informático y la sempiterna irresponsabilidad en la crianza.
La sociedad va camino de una segunda generación nativa digital atrapada sin control parental ni de ningún tipo en la vorágine del consumo y el individualismo que despliega sus redes en el mundo real, pero sobre todo en el virtual. Cuando los adultos recurren a los jóvenes para entender el móvil o la tele, los hijos comprenden que tienen en sus manos el arma de la información y, con ella, el poder. El mundo adulto suele estar de vuelta de todo sin haber entendido casi nada, temeroso de lo desconocido y perdido en el ciberespacio.
En cambio, el mundo joven, sin estar de vuelta de nada, tiene en sus manos el arma más poderosa que haya manejado generación alguna y presume de saberlo todo a través de Google, influencers, tutoriales y redes sociales. La informática ha convertido a la juventud en un rebaño de adictos expuestos al machismo, el racismo, la homofobia, la pornografía, el acoso, el suicidio, la anorexia, el bótox, la violencia, las armas, el bitcoin, la estafa, el delito, las sectas, la ludopatía, la desinformación, los bulos y mil infiernos más a golpe de clic.
La adicción a las nuevas tecnologías aísla a las personas de los entornos más próximos como la familia, la escuela y el vecindario. El adicto vive una atmósfera tóxica de habitación, pantalla, sillón, auriculares, bebidas energéticas y tecleo compulsivo en chats con amigos y desconocidos sin más limitación que la resistencia física y la conexión a internet. A nada que pisa la calle, la persona adicta traslada a la realidad lo mamado en el espacio virtual donde combustiona la mayor parte de su tiempo sin percibir que el mundo avanza sin ellas.
De pronto, sin preaviso, salta la alarma y los adultos descubren anorexia en casa, pandillas de sádicos en el instituto, un agujero en la cuenta corriente familiar, puños americanos en el fútbol, maltratadores en el pub, violadores en las discotecas, cajeros ardiendo con mendigos dentro, una citación judicial en el buzón. Es en ese preciso momento, y no antes, cuando los adultos se preguntan cómo se ha llegado a eso y buscan responsables en el maestro, en la profesora, en la televisión, en las compañías, en cualquier lugar sin osar mirar en el espejo.
Pero hay algo mucho peor que caer en la estafa de Llados o en una red de pedófilos, algo capaz de destruir el mundo laboral, las libertades cívicas, las pensiones, la Sanidad y la Educación públicas, el derecho a la vivienda, la igualdad de todas las personas y el propio sistema democrático. Con la inconsciencia de los adolescentes ignorantes y consentidos, 800.000 personas han decidido castigarse y castigar al resto votando a un delincuente en las elecciones europeas. Casi 2.000.000 de adictos consumen la droga de este personaje.
Pepe Morales
Si el fútbol es el deporte más popular en España, tanto en número de seguidores como de practicantes, la sección “deportes” de cualquier medio de comunicación debería priorizar las noticias más relevantes relacionadas con este deporte. Pero no es así. Los medios informan poco de fútbol y mucho del negocio y los chismes que generan 2/3 clubes de la 1ª división.
Nada debiera ser más relevante que los partidos de la selección nacional, durante la fase de clasificación o cuando gana un torneo, y la información que fluye en torno a dichos partidos, desde la convocatoria hasta el pospartido. Pero no es así. Los medios dedican sus portadas a la selección masculina antes, durante y después del partido y sólo dedican, de pasada, los minutos de la basura a las campeonas del mundo y de Europa de fútbol femenino.
A nivel de clubes, nada hay más relevante que participar y ganar la Copa de Europa (¡manda narices la sumisión cultural de la “champions”!) que genera información para cubrir toda una temporada o lo que dure el equipo en las series clasificatorias. Pero no es así. Al equipo campeón de Europa de fútbol femenino apenas se le dedica un escaso minutaje en los informativos a partir de los cuartos de final y raramente es noticia de portada.
La relación de un equipo con la afición del pueblo o la ciudad debiera ser un lazo cómplice forjado entre el vecindario, las amistades y la parentela, que comparten sufrimientos y alegrías en la grada durante el partido, y quienes juegan. Pero no es así. La información en los medios fomenta el seguimiento a 2/3 equipos masculinos de 1ª que, en provincias, son animados por parte de la afición local, ambos equipos con un 75% de guiris en sus filas.
La verdadera afición futbolera debiera disfrutar de la técnica, la táctica y el juego, individual y/o colectivo, desplegado sobre el terreno de juego por veintidós deportistas sin atender a otras circunstancias extradeportivas. Pero no es así. Los medios fomentan que una parte de la “afición” disfrute si gana “su” equipo y pierde el contrario. Esa misma “afición” sufre si pierde “su” equipo y gana el rival. Ni los unos disfrutan de Cristiano ni los otros de Messi.
Cualquier deporte debiera proyectar, en la sociedad en general y en la afición en particular, una serie de valores intachables, identificables y asumibles sin fisuras por el conjunto de la afición y de la ciudadanía, sobre todo por el sector más joven de la misma. Pero no es así. Los clubes miman a grupos de “aficionados”, marginados sociópatas, que airean en la grada su misoginia, su racismo, su homofobia o directamente su fascismo. Jugadores “famosos” promueven el consumismo o la ludopatía en una rentable publicidad. UEFA, FIFA y RFEF prohíben la simbología “política” donde incluyen brazaletes LGTBI o banderas palestinas, pero admiten a Israel en competiciones europeas y simbología nazi y franquista en la grada.
Un gran partido de fútbol es aquél en el que ambos equipos despliegan un juego individual y colectivo al mismo nivel de excelencia. Pero no es así. Los medios sólo informan de los partidos de 2/3 equipos masculinos de 1ª, jueguen como jueguen, excusando siempre las derrotas, cuestionando a jugadores, entrenadores y árbitros y magnificando las victorias.
Las tertulias futboleras, como las políticas, son veneno. Están especializadas en vender odio, guerracivilismo, camisetas, chismorreos y todo lo relacionado con los 2/3 equipos masculinos de la 1ª división y los jugadores de moda que deciden en cada temporada. Cristiano Ronaldo en Arabia y Mbappé en Francia han tenido muchos más minutos en los últimos años que las campeonas del mundo y de Europa. Poco fútbol y mucho negocio.
Pepe Morales
El ingenio popular es único a la hora de definir conceptos y situaciones en una sola palabra con gran precisión, a veces con cierta retranca jocosa, sin tener que recurrir a circunloquios y perífrasis. “Abrazafarolas” es un insulto liviano, no admitido aún por la Real Academía, que la Fundación del Español Urgente registra con validez para definir a quienes van muy borrachos y a quienes muestran una afabilidad impostada a todo el mundo en espera de obtener algún beneficio. El segundo caso encaja, no exclusivamente, en el ámbito político.
El tránsito de persona normal a abrazafarolas es tan evidente como perjudicial para la estima que la sociedad tiene hacia el personaje en cuestión. Previa a esta mudanza, el aspirante pasa por una fase en la que comienza a incubar el virus de la notoriedad pública, habitualmente en la barra del bar o en la cola del Mercadona, rodeado por otra especie conocida como “palmera”. En esta fase, quien se postula para abrazafarolas muestra mayor agresividad, emulando a sus ídolos tertulianos de la televisión, que habrá de ir puliendo.
Dominar las pulsiones agresivas es básico para sus aspiraciones en el seno de la manada, así como convertir las zarpas en aterciopelados guantes. Conseguido esto, se puede decir que empieza la nueva vida del abrazafarolas centrando su actividad moderada en eventos públicos concurridos de público y medios de comunicación previamente convocados: teatro, conciertos, deportes, exposiciones (sólo inauguraciones), pregones, procesiones, romerías, bodas, bautizos, comuniones, entierros y un etcétera tan largo como ansia de poder tenga.
Especialmente activo se muestra el abrazafarolas cuando se fija como meta conseguir o conservar el poder, ya sea poder público o privado. Son momentos en los que recupera la agresividad contenida durante mucho tiempo para hacer daño a sus oponentes como forma primitiva de supremacía. La ciudadanía lo contempla con el apasionado fanatismo de quien ha tomado partido y exige sangre con el pulgar hacia abajo, como en el circo romano, a lo que responde con una panoplia argumental a la medida de un público con sed de violencia.
Durante el proceso de transformación, estas personas adquieren una súbita inmunidad que las faculta para renunciar a la modestia, el decoro, la honestidad y/o la decencia. No les importa mentir, desvariar, disparatar o medrar, se ejercitan para ello y cuentan con asesores y voceros para sostener una cosa y la contraria. Sus abrazos todo la sanan, todo lo blanquean, todo lo justifican, de todo los redimen, de todo los exculpan, hasta tal punto que hay ejemplares que se abrazan a otro partido si no encuentran acomodo en el que militan.
La escuela es la misma para toda esta fauna, habite el corral que habite. Así, no es extraño que un alcalde saliente y otro entrante compartan los mismos argumentarios desde el poder o la oposición en temas que afectan gravemente a la ciudadanía, abrazada por ambos en momentos diferentes, a los que nunca dieron solución. Tampoco extrañe verlos compartir atril y palio, tal vez con sincera devoción hacia los ídolos procesionados, en representación de un estado laico y aconfesional como hacían y hacen a título privado, que sería lo suyo.
Es lo que hay. Unos más, otros menos, unos con agresividad, otros con vaselina, unos de forma discreta, otros descaradamente, la mayoría está siempre presta a estrechar entre sus brazos a cualquiera que se cruce en su camino, ilumine o no, que no hacen ascos a nadie. Lo mismo se aplica a ellas, a las candidatas al ascenso político y a las que pretenden mantener la cota alcanzada. Por su parte, muchas farolas gustan de dejarse abrazar por estos sucedáneos de famosos, hacerse la foto y exhibirla: son los palmeros y las palmeras.
Pepe Morales
