El nuevo machismo de siempre, por Pepe Morales

Cualquier renuncia es percibida como derrota, como abdicación, por quien la ejerce. María Moliner (Diccionario de Uso del Español) define el verbo “renunciar” como “Desprenderse voluntariamente, en especial con sacrificio, de algo que se tiene” o como “Desistir, por fuerza o por sacrificio, de hacer algo que se proyectaba o se deseaba hacer”. Es habitual que la costumbre tienda a conectar lo que se tiene con lo que se desea hacer, máxime si media el placer en alguna de sus formas: a quien tiene un martillo todo se le antojan clavos.

Se hacen cuesta arriba los cambios de costumbres y hay quien se opone a ellos con todas las armas a su alcance, aunque los cambios vengan motivados por el beneficio o la salud general. La oposición no suele consistir en argumentar a favor de lo que se tiene o desea, sino en negar la necesidad del cambio mediante la manipulación y la falsedad. Si el objeto de la renuncia es un privilegio procedente de la costumbre, de la tradición, se proyecta la idea de que se cuestionan la Historia y la Cultura, cimientos inamovibles de toda civilización.


Los cambios de costumbres suelen ser arduos, complejos, radicales, revolucionarios y a veces se desata cierta violencia en el proceso. Todo progreso social soporta la agitación conservadora instalada en el inmovilismo cuando no en el retroceso. La historia reciente muestra a las derechas bramando contra el divorcio, el aborto, la restricción del alcohol, la limitación de la velocidad, la ley antitabaco, el matrimonio igualitario, los derechos laborales, la eutanasia o cualquier medida contraria al interés de los mercados o a la religión católica.


Argumentan su posición en la renuncia como sacrificio individual que quita a las personas lo que disfrutan por tradicional costumbre. Si cualquier renuncia se ve como derrota, la del dominio secular del hombre sobre la mujer, desistir de lo que desea hacer, es considerado una castración en toda regla. La ideología conservadora, misógina y machista, se retuerce ante el avance del feminismo: andanadas de bulos, noticias falsas y manipulación son la base del argumentario que maneja la trinchera troglodita del Partido Popular, Vox, y el clero.


La brutal campaña se basa, desde su inicio, en presuntas denuncias falsas (para la Fiscalía, el 0,02%), en negar la IGUALDAD como objetivo único y real del feminismo, en negar las casi 1.300 asesinadas desde 2003... Todo para perpetuar el machismo, para no renunciar al privilegio que otorga al hombre la superioridad sobre la mujer, para que quienes renuncien a lo que desean ser y hacer sigan siendo ellas. Los púlpitos políticos, religiosos, educativos y mediáticos, a todas horas, sin tregua alguna, repiten las falacias que apuntalan esta lacra.

La acción política de las derechas radicales para combatir y abatir la igualdad se traduce en un aumento de las agresiones sexuales individuales, grupales, verbales, físicas y químicas. También contribuye el negacionismo y la banalización por una parte de la Justicia y de las Fuerzas de Seguridad que se suman a la asfixia presupuestaria de la lucha por la igualdad y a crueles, inútiles y caras bufonadas como el chiringuito de Vox para hombres maltratados en Valencia o el centro de Ayuso para hombres víctimas de violencia sexual en Madrid.

En su estrategia de rearme ideológico, las derechas misóginas y machistas han puesto en circulación, con notable éxito, el eslogan “todos los hombres no somos iguales” al que se agarra la parte de la sociedad progresista que renuncia a desprenderse de los privilegios y a desistir de los deseos en los que ha sido educada. También son muchas las mujeres que se posicionan en contra del feminismo que les ha permitido fruslerías como el voto, la no dependencia o el divorcio, atraídas por valores y conductas que se pensaban ya superadas.

Pepe Morales

¿Para que sirven los impuestos que pagamos?, por José Antonio Sánchez Jiménez

En España, 18 mujeres mueren cada día por cáncer metastásico y 6.500 fallecen al año. Nuevos medicamentos como Enhertu y Troveldi ofrecen buenas perspectivas y años de supervivencia.


A Raquel Díez Izquierdo le diagnosticaron cáncer de mama en el año 2011. Cinco años después, desarrolló una metástasis. Hasta el año 2022 siguió diferentes líneas de tratamiento que le dejaron de funcionar, a finales de 2023 cuando comenzó a sentirse muy mal físicamente.  Su oncóloga le recomendó el tratamiento con Ehertu, uno de los dos medicamentos, junto a Trodelvy, que tienen una eficacia científicamente probada y ofrecen una mejora considerable en la esperanza y calidad de vida de las pacientes, pero que no están subvencionados por la Sanidad pública. Es un tratamiento poco asumible, cuenta Raquel, “porque te arrastra a la pobreza a ti y a toda tu familia". Cada ciclo con este fármaco cuesta 5.500 euros y se administra cada 21 días, lo que supone más de 95.500 euros al año.


El pasado 24 de septiembre un grupo de pacientes, con el desgarrado grito “nos estamos muriendo” presentaron en el Senado su demanda para obtener financiación para el tratamiento con Enhertu y Trodelvy, que han sido aprobados en Europa y que ofrecen una supervivencia media de 23 meses. Los senadores han mostrado un compromiso unánime con esta causa.


El 26 de septiembre, la Comisión Interministerial de Precios de los Medicamentos da luz verde a la financiación de estos medicamentos. Así, se expresaba Victoria, una paciente, "tenemos la emoción a flor de piel. Es un halo de esperanza, hay muchas compañeras que han hipotecado su casa o la han vendido. Se van a beneficiar un 70% de las pacientes de cáncer de mama metastásico. Supone vida, arañar hasta dos años, y entonces puede salir otra medicación hasta cronificar nuestra enfermedad", explicaba emocionada.


Es esta una de las situaciones que hacen que nos sintamos orgullosos de vivir en un país que es capaz de mirar hacia los que su mayor patrimonio, quizás el único, son los servicios públicos que el Estado les garantiza, servicios financiados con los impuestos que pagamos todas y todos. Estas mujeres, que tenían que decidir entre una muerte inminente o el empobrecimiento de su familia, ¡no tienen bastante con el sufrimiento de su enfermedad!; hoy se sienten libres de parte de esa carga.  Han conquistado una cota de libertad de la buena, una libertad que nada tiene que ver con la del “carajo” de Milei, ni las cañitas de Ayuso. Es la ¡LIBERTAD DE VIVIR!


Jurgen Kloop, considerado uno de los mejores entrenadores de futbol de la historia decía: “nunca votaré a quien prometa bajarles los impuestos a los ricos”. ¡Pues eso!

José Antonio Sánchez Jiménez

Saga Bond: Roger Moore (II), por Julián Valle Rivas

el hombre de la pistola de oro james bond 007

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La novela póstuma de Ian Fleming se convertiría, a la postre, en el seno del universo cinematográfico de 007, en la última colaboración para el tándem formado entre Harry Saltzman y Albert R. Broccoli. «El hombre de la pistola de oro» era un título que rondó a la pareja productora desde mediados de los años sesenta, transcurriendo la acción en Camboya. Sin embargo, con el pifostio que se montó en 1967 (y coleando las elecciones de 1966), el tema se insertó en el rimero de pendientes, y a otro asunto.


    En pleno rodaje de la novena entrega, estrenada en 1974, un periodista interrogó a Roger Moore acerca de si temía el encasillamiento. Éste, para quien sólo era la segunda, le respondió muy educadamente que si existía un peligro de encasillamiento debía ser por el éxito del personaje y de su persona como protagonista, razón por la que el temor no nublaba su ánimo. También sería la cuarta y última película de la saga dirigida por Guy Hamilton, de quien, a pesar de opinar que los desenlaces se le escapaban de las manos (revés por el cual, tal vez, no debe ser necesariamente culpado), no se puede negar que era un organizador y un coordinador tremendamente eficaz y curtido. Tom Mankiewicz, hombre corporativo, escribía el guión hasta que confesó a los productores que se había atascado en la historia. Se acudió, entonces, al viejo experto en el personaje Richard Maibaum, cuyo trabajo, que contuvo las novedosas salidas chistosas de Bond, fue rematado por el propio Mankiewicz (respiró cuando Saltzman se olvidó de la carrera de elefantes, aunque no pudo evitar la arribada de una partida de calzado para doscientos ejemplares), aprovechando la idea del Agitador Solex investigada por Michael G. Wilson, hijastro de Broccoli, incorporado a la productora en 1972.


Para el reparto, manteniendo a los habituales Lois Maxwell y Bernard Lee y recuperando a Desmond Llewelyn (no así sus artilugios rocambolescos, ni el Martini con vodka), se contrató a las suecas Maud Adams y Britt Ekland, y se renovó a Clifton James para retomar a su insufrible personaje (capricho indecente) del Sheriff JW Pepper (el empujón al agua del elefantito fue verídico). Se alabó el trabajo de Hervé Villechaize, seductor incorregible que flirteó con cada fémina y exprimió al máximo su tiempo libre. Mankiewicz había imaginado a Jack Palance para el papel de Scaramanga; no obstante, a Christopher Lee se le convenció con facilidad. Primo de Ian Fleming, al igual que éste había sido destinado al Servicio de Inteligencia durante la Segunda Guerra Mundial y su recurrente papel de Drácula invitaba al cambio de aires. Para más inri, se tomó con filosofía y humor los constantes chascarrillos de sus compañeros en torno al conde transilvano, que él mismo alentaba con imitaciones descacharrantes. John Barry reconquistó su feudo musical, y se sumó la canción de cabecera compuesta por Don Black e interpretada por la cantante británica Lulu. La enfermedad durante el rodaje del fotógrafo Ted Moore incrementó la presión sobre su sustituto, Oswald Morris, para acabar en plazo. Relevantes fueron las miniaturas explosivas de la sala de energía (el pánico del primer tramo de la escena de Britt Ekland fue sincero), el coche volador por radiocontrol y el diseño de la habitación psicodélica de la mansión. La sección de acción la acaparó American Thrill Show y su alucinante salto Espiral Astro… lástima del estúpido efecto sonoro con el que editaron la escena.


    El tradicional liminar presenta a Francisco Scaramanga (Christopher Lee), en quien se aprecia la curiosa característica física de un tercer pezón en el pecho. Habita en un islote en mitad de un archipiélago, en cuyos accidentes rocosos hay horada una lujosa mansión paradisíaca fraccionada en kilométricas habitaciones que le conceden y satisfacen cualesquiera de sus necesidades. Lo acompañan Andrea Anders (Maud Adams), su amante, y Nick Nack (Hervé Villechaize), un enano o persona pequeña, perdón, que le hace las funciones de mayordomo y compinche, y con quien parece haber pactado legarle el islote cuando muera, futuro que motiva a Nick Nack para organizarle los más rocambolescos medios para asesinarlo, que sirven a Scaramanga para mantenerse permanentemente activo y en forma… De buen rollo, siempre… En uno de estos montajes sicarios aparece la obsesión de Scaramanga: James Bond, Agente 007. En la sede del MI6, Bond es convocado por M (Bernard Lee). Se ha recibido una bala de oro con su número. Scaramanga, un mercenario que asesina empleando esas balas (el espectador sabe que también su pistola desmontable es de oro), a razón de un millón por persona, lo tiene en su punto de mira. 007 está en medio de una importante misión relacionada con la crisis energética. Para evitar que la amenaza ponga en peligro el trabajo de Bond deberá tomarse unas vacaciones forzosas… A no ser que antes acabe con Scaramanga. Su única pista es el Agente 002, Bill Fairbanks, quien fue asesinado, se sospecha que por Scaramanga, en 1969 en un cabaret de Beirut, si bien la bala nunca fue hallada. Recuperada la bala del adornado vientre de la bailarina del cabaret, tras librarse (Bond) del ataque de un adorador celoso y sus secuaces, y librarla (la bala) del tracto intestinal (en el rifirrafe 007 se la tragará), Q (Desmond Llewelyn) y su asistente Colthorpe (James Cossins) concluyen que la bala sólo puede ser obra de Lazar (Marne Maitland), un armero residente en Macao. Se prepara una nueva entrega del producto, que llevará a Bond a seguir a Andrea, cruzándose con la agente Mary Goodnight (Britt Ekland), ansiosa por la atención sicalíptica de su compañero. En un intenso interrogatorio, Andrea informa a Bond de que Scaramanga irá al club Bottoms Up de Hong Kong. En realidad, allí se encuentra su próxima víctima: Gibson (Gordon Everett), inventor del Agitador Solex, artefacto capaz de convertir la luz solar en energía. Durante el ajetreo provocado por el asesinato, Nick Nack robará el Agitador Solex y Bond será conducido por el teniente Hip (Soon-Taik Oh), contacto del MI6 en la urbe, hasta la sede secreta oculta en los restos del incendiado buque Queen Elizabeth (sucedió el 9 de enero de 1972, encallando zozobrante en las aguas del puerto de Victoria Harbour; aunque no conservaba ya el nombre, pero eso es otra historia). Los hechos vinculan a Scaramanga con el empresario multimillonario Hai Fat (Richard Loo) por el control energético. Por ello, Bond encarga a Q el cachivache definitivo de la saga: un pezón postizo para fingir ser Scaramanga ante Fat, creyendo (erróneamente) que no se conocen. Procede aquí, amable lector, una virtuosa elipsis narrativa, pues la trama comienza a rezumar grotescos pastiches caprichosos y estupefacientes que adicionan el cine de artes marciales, la reiteración de la persecución en lanchas, la espeluznante recuperación del Sheriff JW Pepper (Clifton James), el amago pasional entre Bond y Goodnight, la irrupción de Andrea (confiesa que ella envió la bala al MI6 para que Bond la rescatara de Scaramanga y suple el puesto nocturno de la agente) y el purito de después, su ejecución por traición, el asesinato de Fat a manos de Scaramanga para heredar el emporio por regicidio, la obtención y pérdida del Agitador Solex, el secuestro de Goodnight, la extravagante pirueta del coche de Bond y la metamorfosis del automóvil de Scaramanga en avión. Triangulando la señal de Goodnight, el MI6 ubica el islote de Scaramanga en territorio chino, a donde se desplaza 007. En el hogar de Scaramanga, Bond y Goodnight, quien ha sido vestida con un bonito bikini (uniforme oficial de las chicas de la saga en los setenta), son atendidos con la debida hospitalidad y cortesía, acordes con el empaque y la prosopopeya de todo digno villano de este particular mundo; villano que, amén de agasajar a sus invitados con un meritorio almuerzo, por supuesto, guiará a Bond en una visita por las diferentes estancias de la vivienda, incluyendo su central energética y el láser tan chulísimo que se ha construido con el Agitador Solex. La cuestión es que Bond y Scaramanga celebran un duelo que se muda hacia la psicodélica sala de los espejos de la morada. Cuarto en el que Bond, para vencer a su enemigo, duplicará la artimaña que Nick Nack había usado contra él. Agarrado el Agitador Solex, huirán Bond y Goodnight, precipitados por la normal explosión del islote en estos casos. A bordo de la barquichuela del finado Scaramanga la pareja disfruta de la fogosidad del triunfo. Es ese instante, Nick Nack, polizón furtivo, asalta la escena, dándose un ridículo enfrentamiento resuelto con el bochorno de atraparlo en una maleta y aprisionarlo en una cesta o banasta. Clausura el largometraje la barquichuela del finado Scaramanga rumbo al horizonte en modo barco del amor.


    «El hombre de la pistola de oro» brinda al espectador todo lo que pudiera reclamar de la saga: aventuras, acción, seducción, arrojo, escenarios paradisíacos y villanos de postín. Con un Moore competente, resulta un entretenimiento comercial y efectivo, sin más pretensiones que las pertinentes en el ambiente de la saga, que aspira, como cada entrega, a ir más allá. Por apostillar negativos, el personaje de Britt Ekland es un calco caucásico y rubio del creado para Gloria Hendry en «Vive y deja morir» (1973): una mujer torpona y algo lerda, sin carácter, hecha (diseñada, delineada) para lucir en bikini. Y el estropicio del cierre en una realización de Hamilton, porque, mientras Nick Nack, a través del ingenio, derrota a 007 en una escena a medio metraje, el enfrentamiento final se abisma con pena. Saltzman, por concluir enlazando con el principio, al declararse en quiebra, perdería su participación en la productora, alzándose Broccoli como única cabeza al mando.

Julián Valle Rivas

Buitres y fondos, por Pepe Morales

Tras describir al ave carroñera, el DRAE define como buitre: a la “Persona que se ceba en la desgracia de otro”. Del término carroña, dice: “Carne corrompida” y “Persona, idea o cosa ruin y despreciable”. Para fondo, palabra más compleja, propone “Porción de dinero”, a lo que añade las perífrasis fondo de inversión (“Fondo que agrupa los capitales destinados a la inversión de una pluralidad de personas”) y fondo buitre (“Fondo de inversión de carácter especulativo que compra deuda o activos de empresas o instituciones en graves dificultades económicas”).

El Diccionario es una herramienta que ayuda a comprender la realidad, una trinchera de defensa frente a los bulos y la manipulación política que acechan emboscados en los medios y las redes sociales. Hay quienes elogian y celebran la entrada de fondos en empresas y países y hay quienes padecen sus consecuencias. Suelen los políticos y los medios hablar mucho y bien de los fondos y suelen pasar de puntillas por sus “daños colaterales”. Decían los mayores que cosas y personas se definen por quiénes se arriman  a ellas buscando provecho.

Queda claro que, para cebarse en desgracias ajenas, se requieren desgracias. La de una sola persona puede ser de provecho para otros, generalmente herederos, en caso de deceso, o acreedores, en el de quiebra empresarial; peccata minuta si no se trata de Amancio Ortega o de una empresa del Ibex 35. La palabra buitre se aplica a quienes disputan herencias en el imaginario colectivo, sean del Ibex, sean aspirantes a un apartamento en la playa o media fanega de secano improductivo. Dice el refranero: “Quien deja herencia deja pendencia”.

Hay personas especializadas en optimizar el beneficio de la desgracia ajena de forma ruin y despreciable. Para ello recurren a un apotegma neoliberal, posiblemente de la escuela de Thatcher y Reagan, que pregonan y predican Milei y Ayuso: “a mayor número de personas afectadas por la desgracia, mayor beneficio”. La tradicional y carroñera usura practicada por la banca y su espíritu, la inversión de capital por parte de una pluralidad de personas, ha sido adoptada por los fondos, de hecho es habitual la presencia de bancos en los fondos y viceversa.

¿A qué se llama desgracia? Suele ser uno o varios acontecimientos que afectan a personas físicas o jurídicas y que es habitual relacionar con el azar, en el sentido de mala suerte: la caída fortuita de un balcón sobre un viandante o de un rayo sobre una fábrica de pinturas. En el caso de las desgracias producidas por los fondos, queda desechado el azar, ya que sus maniobras están milimétricamente planificadas y cuantificadas con una precisión que asusta. Suele decirse que siempre gana la banca y cabe añadir: excepto si lo hace otra de más envergadura.

El acceso a la Sanidad, a la Educación, a la Dependencia, a la vivienda, a la energía, a la alimentación o al trabajo, el acceso a una vida digna, es negocio para los fondos. Muy rentable. Más de la mitad de la población se ve impedida para acceder de forma digna, a estos servicios, a estos Derechos, porque la especulación no pone límite a los beneficios y tiene armas para que no lo hagan quienes pueden y deben hacerlo. La desgracia se llama precariedad laboral y vital y los síntomas son deterioro educativo y sanitario, no emancipación, explotación, etcétera.

Los fondos no son entes abstractos: son personas en una estructura piramidal con un consejo de administración en la cúspide, un ejército de corredores de bolsa debajo y una legión de economistas, analistas y abogados en la retaguardia, todos ellos adiestrados para exprimir la economía privada y la pública sin que importen medios ni consecuencias. Son personas en extremo conservadoras, con una moral laxa y un concepto egocéntrico del mundo, de la sociedad, de la vida. Cuentan con el analfabeto político, que acertadamente retrató Bertolt Brecht:

El peor analfabeto es el analfabeto político.

No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos.

No sabe que el costo de la vida, el precio de las judías, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas.

El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política.

No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado, y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales.


Los fondos lanzan bulos y manipulan la información para desviar la atención de sus fechorías. El analfabeto político repite como papagayo lo que propagan y culpa a otros damnificados de sus desgracias: la culpa de su todas ellas es del migrante, del catalán, del terrorismo vasco y de Pedro Sánchez, capaz de sacar lo de Nacho Cano para tapar lo suyo, porque lo de Ayuso está más que tapado. ¿O no? Imbecilidad sin límites.

A veces, consuela soñar con cientos de brókers y ejecutivos saltando al vacío desde las plantas más altas de los rascacielos de la Gran Manzana y miles en el resto del mundo.

Pepe Morales

Vuelta al cole, por Pepe Morales

Es un clásico, una tradición más de este país de tradiciones. El desfile de uniformes, mochilas y somnolencias que agitan las calles estos días, una vez devueltos en caliente los millones de guiris que hacen imposible alquilar o adquirir una vivienda, coincide con otros desfiles no menos llamativos en ciudades, pueblos, aldeas y pedanías. Septiembre es fin de vacaciones, inicio de curso y vuelta al tajo, pero es también, si el cambio climático lo permite y el facherío no lo niega, tiempo de cosechas, de labores agrícolas, de jornales y de jarana.

Los equinoccios marcan los biorritmos de la Humanidad desde la prehistoria por la relación entre la necesidad de alimentos y los ciclos vitales de la agricultura. En el Neolítico, las sociedades humanas dieron con la tecla del cultivo de la tierra y de la ganadería, lo que tuvo como efecto asentar la población en los territorios. Los pueblos primitivos relacionaron la agricultura con las estaciones y el clima, atribuyendo el fenómeno a fuerzas sobrenaturales personificadas en divinidades como Deméter, Ceres, Renenet, Shennong o Pachamama.

A lo largo de la Historia, en todo el mundo, los pueblos han celebrado fiestas en las fechas próximas a la siembra (equinoccio de primavera) y/o la cosecha (otoño): las ingcubhe del pueblo bantú en África, el alek pacu jawi en Indonesia, el Ochpaniztli en México, el Onam en la India, el Hōnen Matsuri en Japón o las fiestas de la vendimia en casi todo el mundo son ejemplos de tradiciones milenarias. Desde la Edad Media, el catolicismo se apropió de estas celebraciones, pasando a segundo plano el origen agrícola y ganadero de las mismas.

Hay en estas fechas una sucesión de fiestas en cualquier rincón donde desfilan diferentes tipos de postureos a ritmo de charanga, banda, orquesta o Dj. Ropa de domingo y faralaes, túnicas y mantillas, uniformes y casullas, ropa de marca y de mercadillo, mechas y gomina, cuerpos al natural o implantados… en una hoguera de las vanidades para gente de toda estofa. Encabezan los desfiles, alcaldesas y alcaldes, cargos políticos y políticos sin cargo con las promesas incumplidas, y autoridades religiosas y militares con uniformes de gala.

Son unas fiestas muy apropiadas para el pavoneo de pelagatos, pagafantas, abrazafarolas, bocachanclas, cantamañanas, meapilas y otras especies. Son fiestas propicias para el derroche público y privado, para dar rienda suelta a filias y fobias bajo deslumbrantes alumbrados que no dejan ver o deforman la realidad: los padres hacen malabares para pagar el importe desorbitado de las atracciones exigidas por la infancia, la juventud tira de botellón para estirar presupuesto y el gasto en casetas y barras quiebra cabezas y bolsillos.

El día grande, en la Misa Mayor, con vírgenes y santos por testigos, se ofrecen mitines en la homilía. Alcaldesas y alcaldes predican ante los medios que la Escuela Pública goza de inmejorable salud, que no se ha encarecido el comedor escolar un 20% en los dos últimos años, que han pagado el bono joven de alquiler, que la Sanidad Pública y la Dependencia andaluzas no están a la cola de España en gasto por habitante o que comienzan las obras del centro de salud o el hospital prometidos hace cuatro días a bombo, platillos y fanfarria.

Las fiestas patronales, con gran dificultad por la radical y feroz oposición conservadora, han logrado desprenderse de primitivas tradiciones como arrojar cabras desde los campanarios o descabezar aves tirando de sus pescuezos. Aún quedan tradiciones por erradicar, como la siembra de odio, las cien formas de torturar a los toros, el racismo, la xenofobia, la homofobia o las cien mil formas de agredir y matar a las mujeres. La vuelta al cole es una tradición, como la vuelta a la cruda y desilusionante realidad política y social de este país.

Pepe Morales

Clases sociales, por Pepe Morales

“Siempre hubo clases” es el aserto popular utilizado por quien lo pronuncia para marcar distancias respecto a conductas o estados de otras personas que no son bien vistas por la sociedad. Es frecuente rematarlo con “...y clases” al final para indicar que existen clases aceptables y otras que lo son menos o no lo son. La tendencia a diferenciarse de los demás es un rasgo de la convivencia entre seres humanos con raíces genéticas y un fortísimo componente cultural alimentado en Occidente por dosis de individualismo y maniqueísmo judeocristiano.

En otras latitudes, hoy y en otros tiempos, la distancia entre clases es insalvable, producto de un determinismo que hunde sus raíces en designios divinos o en el poder militar, como sucede con las castas en la India, los clanes y linajes africanos o los rangos en el shogunato japonés. En todo caso, clases, castas, clanes y rangos mayoritarios tienen en común la pobreza, el desdén social y la casi nula posibilidad de alterar esa realidad impuesta por la ideología que la produce y la reproduce. La ciudadanía desfavorecida tiene dos caminos: sumisión o lucha de clases.

La teoría de la lucha de clases surge de la constatación de un conflicto intrínseco a las sociedades donde la división del trabajo hace que existan clases sociales en distinta posición y que defienden intereses diferentes y contradictorios. Desde que la formuló Karl Marx, el capitalismo se ha afanado en demonizarla o negarla, hasta que Warren Buffet reconoció que “existe la lucha de clases, de acuerdo, pero es la mía, la de los ricos, la que está haciendo esa guerra; y vamos ganando”; es la clase, casta, clan o rango que expolia al resto de la sociedad.

Esta contradicción del capitalismo se traduce en el antagonismo entre la producción y la apropiación privada de la plusvalía extraída mediante la explotación del trabajador. En una sociedad organizada políticamente, el conflicto de intereses entre clases se convierte en conflicto político que actúa como “motor de la historia” produciendo cambios sociales. Todo progreso y retroceso político y social se debe a la lucha de clases: si hay lucha hay progreso; si decae hay retroceso. Las élites invierten ingentes sumas de dinero en anular la lucha de clases y a sus agentes.

Bajo cualquier excusa, venga o no a cuento, se escucha o se lee casi a diario, en los medios y las redes sociales, el mantra de que el empresario genera riqueza que beneficia al conjunto de la sociedad y que el Estado debe ponerse al servicio del mercado en exclusiva. El mensaje cala. Cuanta más incultura y analfabetismo posea el receptor, tanto mayor es la aceptación del mensaje. Es la mentira del sueño americano, mentira eficaz como un cuento de Disney: cualquiera puede llegar a la cima y ascender de clase y, si no lo hace, es porque no se esfuerza.

¿Se imaginan (hagan el esfuerzo, merece la pena) que unos 27 millones de españoles consiguieran alcanzar el sueño de hacerse millonarios como propone el catecismo neoliberal? Hay gurús e influencers que osan añadir que se puede conseguir a los treinta y pico años y retirarse del trabajo. ¿Imposible? No sean personas de poca fe, no pongan en duda el evangelio capitalista según Milei o Llados. Es imposible, sí, que la mitad de la población pueda pertenecer a una élite que, por definición, es una minoría selecta. ¡Hasta ahí podíamos llegar!


Para que exista una élite, tiene que haber clases medias y bajas muy numerosas que produzcan la riqueza que la élite amasa con la fruición propia de los yonquis del dinero, con un mono que siempre pide más y “obliga” a rebajar salarios, estirar horarios, ajustar plantillas con despidos, deslocalizar la producción y tributar en paraísos fiscales la parte del beneficio que no es dinero negro. Son sacrificios que acechan al emprendedor que “arriesga” su dinero haciendo del mundo un casino donde la banca siempre gana el dinero de la clase trabajadora.


Pepe Morales

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