Saga Bond: Roger Moore (I), por Julián Valle Rivas

james bond vive y deja morirConfesaron Broccoli y Saltzman, palabrita del Niñito Jesús, que Roger Moore siempre estuvo considerado en los primeros puestos (¡o en el primero, vive Dios!) de su lista de candidatos a Agente 007, James Bond, ya desde «Agente 007 contra el Doctor No» (1962), y luego para «007 al servicio secreto de su Majestad» (1969). Sin embargo, en plena preproducción, año 1972, todavía les rondaba las cabezotas la desquiciada idea de americanizar al personaje, pensando en un imponente físico como Burt Reynolds. Fue el resto del equipo técnico el que mantuvo la apuesta por la naturaleza británica del actor, que impregnaría al personaje. Así que, a la tercera, con la agenda despejada, un Roger Moore de cuarenta y cinco años, porte muy aparente, aceptó el puesto vacante. Aunque, en esencia, no había sido la primera vez que había interpretado al agente del MI6 creado por Ian Fleming.


    «Mainly Millicent» era un programa de televisión, emitido por la ITV durante los años sesenta, que proponía escenas breves, normalmente cómicas, representaciones tipo «sketch». En el programa del 17 de julio de 1964, un Moore famosísimo por su serie «El Santo» (1962-1969) participó como estrella invitada en una de aquellas escenas de corte paródico y siete minutos de duración en la cual interpretó al agente James Bond… Muy graciosa y recomendable, para los curiosos.


    De vuelta al año 1972, los productores revalidaron a Guy Hamilton, quien se había manifestado en extremo solvente en todo el apartado de organización, ajustando el presupuesto, y para las secuencias de acción (apostillaría yo que tendía a cortocircuitar en la fase del desenlace con resoluciones de descabellada inmensidad); y confiaron en el buen hacer de una nueva generación de guionistas para una nueva generación del personaje y una nueva década. Como sucediera con Hamilton, Tom Mankiewicz había convencido a los productores con sus retoques en «Diamantes para la eternidad» (1971), siendo consciente, ahora, con el movimiento de los Panteras Negras en estado álgido, de lo delicado de una temática en la que esta raza asumiría el protagonismo villano de la historia. No obstante, la corriente cinematográfica «blaxploitation» estaba de moda, y la saga no podía dejar pasar la oportunidad.


    Que el guión se fue construyendo a trompicones lo prueba el hecho de que la primera secuencia de rodaje, la persecución en lanchas, ni se encontraba escrita el día del inicio. Allí, en medio de las marismas de Luisiana, se fue moldeando la espectacular escena de acción, que sufrió retrasos por la subida de las aguas y el cólico nefrítico de Moore. En idéntico orden, la secuencia del criadero de cocodrilos, con el que Mankiewicz se topó de casualidad (el cartel de advertencia era auténtico). El nombre de Kananga se lo brindó el criador, Ross Kananga, quien hizo de doble de Moore para la escena de los saltos sobre los lomos de los cocodrilos (a la quinta, y casi le cuesta un pie). Sí estuvieron todos de acuerdo, productores, director, guionista y actor, en no repetir el error cometido con Lazenby. La era Connery había terminado (y eso que Mankiewicz lo tentó una última vez, esbozándole el planteamiento general de la historia, que el escocés, a su golf y a su banco, rechazó con amabilidad). Moore era un actor sofisticado, seguro de sí mismo, capaz de lanzar frases lapidarias, dotadas de un matiz socarrón y truhanesco, con pasmosa y contundente destreza. Era un actor para un 007 diferente al encarnado por Connery, con su esencia, si bien delineado con otro grano de carboncillo. Se exageró, empero, al borrar la intervención de Desmond Llewelyn y el Martini con vodka. Se salvaguardaron, al menos, a Bernard Lee, como M, y a Lois Maxwell, como Moneypenny. En el capítulo del protagonismo femenino, el virginal rostro de Jane Seymour suplió con creces los atributos del personaje y el desparpajo de Gloria Hendry inauguró el elenco de amantes de raza negra del agente británico… ojo, con especial cuidado sobre los besos en pantalla. La música se encargó a George Martin, quien compuso temas musicales originales para el periodo Moore; la letra para los créditos la escribieron Paul y Linda McCartney, interpretada por el propio Paul McCartney y su grupo The Wings, que arranca con una bella balada para implosionar en una orgía lisérgica que le hurta la entidad. Geoffrey Holder, reconocido bailarín, asumió el papel del Barón Samedi y coreografió los variados bailes del largometraje. La producción contrató a especialistas negros asociados, que fue un progreso en la fecha, aunque aún deambuló por el plató algún que otro blanco embetunado, ante la mirada aviesa de Eddie Smith, quien, amén de especialista en el filme, presidía la asociación. Finalmente, Roger Moore, profesional sabedor de que debía pulir su cuerpo de acuerdo con las expectativas del personaje, sumó a sus treinta minutos diarios de natación otros tantos de ejercicios supletorios, exhibiéndose como un figurín en el estreno de «Vive y deja morir» en 1973.


    Tres británicos vinculados al MI6 son asesinados en extrañas circunstancias. Un representante en la ONU, mediante una descarga sónica transmitida a través del auricular de traducción, que le fríe el cerebro; un agente en Nueva Orleans, apuñalado en medio de un desfile funerario (adviértase el prestidigitador sistema de recogida del cadáver); y otro en un ritual vudú en la isla de San Monique. El Servicio Secreto Británico se pone manos a la obra, razón por la cual M acude a casa de James Bond a primera hora de la mañana para asignarle la misión en persona. A tan intempestivas horas diurnas, Bond se encuentra adormecido entre los candorosos brazos de una agente italiana (Madeline Smith), quien lo ha acompañado hasta Londres tras su última misión en Roma, no fuera a desorientarse por el camino. Se esconde ésta en el ropero, mientras M plantea la nueva misión a 007. Todo apunta al representante de San Monique, Kananga (Yaphet Kotto), quien ya está siendo vigilado por Felix Leiter (David Hedison) en Nueva York; así que Bond cogerá el primer avión con este destino y participará en la vigilancia. Durante la improvisada reunión en el hogar del espía, aparece Moneypenny, para entregarle el reloj que acaba de reparar Q, facultado con una fuerza magnética insólita. Tiene tiempo 007, antes de partir, de despedirse como es debido de la agente italiana. Su llegada a Nueva York es presagiada por Solitaire (Jane Seymour), joven tarotista al servicio de Kananga, permitiendo a éste pergeñar un primer intento de asesinato del agente. Entretanto Bond se mantiene sobre la pista del particular modelo de vehículo que ha participado en la tentativa de crimen, que lo conduce (nunca mejor tecleado) hasta una tienda de artículos de vudú y demás parafernalia promocional, Kananga esquiva la vigilancia de la CIA valiéndose del innovador ingenio de una cinta magnetofónica grabada con uno de sus castristas discursos con efectos narcóticos (apláudase el bolamen de la CIA para colocar micrófonos en un edificio diplomático). Desde la tiendecita de artículos de coña, 007 sigue al coche investigado hasta un bar en pleno Harlem, barrio donde todos los neg… los residentes de colo… los afroamericanos parecen estar al servicio de Kananga, hasta el punto de que, por una modalidad de pared giratoria, Bond desaparece del bar ante la ataraxia de los parroquianos allí congregados. En la sala oculta, rodeada de sicarios, se halla Solitaire, quien profetiza un futuro sicalíptico con el agente británico, y se presentan el secuaz, mano de pinza, Tee Hee (Julius Harris) y el jefe del cotarro Mr. Big, una suerte de gánster mitad narcotraficante mitad proxeneta setentero, que encarga a sus lacayos que se lleven a Bond y lo maten. Entre chascarrillos socarrones (en verdad, Bond sabe que es el protagonista y no puede morir), los ejecutores designados guían al agente por uno de aquellos infectos y nauseabundos callejones neoyorquinos de la época, donde, con la asistencia imprevista del agente Strutter (Lon Satton), escapa por enésima vez de la muerte. Kananga regresa a San Monique y para allá que se marcha Bond, alojándose en un hotel, donde chamusca a una serpiente asesina y respeta cinco segundos de cortesía antes de seducir a Rosie Carver (Gloria Hendry), agente novata de la CIA asignada para colaborar con él. Directos hacia la mansión y tierras de Kananga, el trayecto en barco corre a cargo de Quarrel júnior (Roy Stewart) —el padre murió en la isla del Doctor No—, mientras que, durante el terrestre, Bond y Rosie tienen hueco en la misión para disfrutar de un pícnic en el que se revelará que Rosie es una agente doble a las órdenes de Kananga. Morirá huyendo al ser descubierta, víctima de una trampa pseudovudú. Procede, en este punto en el que la historia escora al caos, un arduo ejercicio de sumariedad. El caso es que Solitaire pierde sus poderes adivinatorios, al instante de perder su virginidad con 007 (recurre éste a una pícara treta de escasa caballerosidad). Procuran ambos escapar de las garras de Kananga, encontrando una plantación de amapolas y descuartizando un autobús por el camino. La acción se ha de trasladar ahora a Nueva Orleans, pero Bond y Solitaire son interceptados en el aeropuerto y sólo el agente británico logra zafarse usando una avioneta inoperativa para el vuelo. Poco le durará la libertad, pues, en la sucursal de Nueva Orleans del bar de Mr. Big, es secuestrado de nuevo. Entonces, se desenmascara (literalmente) el gánster, quien, en realidad, es Kananga, cuya máscara de látex despega a tropezones ante Bond (tampoco es que el careto de goma sorprenda); desenmascara a Solitaire, que ya no puede ocultar más el cese de sus habilidades; y desenmascara su retorcido plan maestro: regalar heroína a la población estadounidense hasta eliminar a la competencia y alcanzar niveles de adicción suficientes como para comenzar a venderla amparado por el estatus del monopolio. Transcurre, en este momento, el esperpéntico episodio del reiterado proyecto de ejecución de James Bond, localizado en un apartado criadero de cocodrilos, en lo más profundo de Luisiana, donde se camufla el laboratorio de drogas de Kananga. En este rinconcito austral, Tee Hee dejará a Bond a merced de los cocodrilos, de los que se librará en gimnástica maniobra fantasiosa, para dirigir, después, a los animales hasta el laboratorio e incendiarlo. La fuga fluvial en lanchas motoras de James Bond, perseguido por los esbirros, resulta ser una de las secuencias de acción más fantásticas del cine, únicamente empañada por la introducción del Sheriff Pepper (Clifton James), bochornoso personaje parodia del sureño más recalcitrante e ignominioso. De vuelta a San Monique, a fin de destruir los campos de amapolas y de rescatar a Solitaire, a las puertas del sacrificio vudú, Bond, armado con un pistolón kilométrico y patrocinado por un ataúd de serpientes, en apariencia, liquida hasta en dos ocasiones al Barón Samedi (Geoffrey Holder). Pese a lo cual, ah, Bond y Solitaire son atrapados en las entrañas subterráneas dispuestas para la distribución de la droga. Bien ataditos por Kananga para que la pareja sea devorada por los tiburones, 007 corta la soga con un uso serrador del reloj encubierto al espectador y finiquita a Kananga con una bala de aire comprimido de descacharrantes efectos sobre los seres humanos. El epílogo escenifica el viaje romántico en tren de Bond y Solitaire durante el que surge sin invitación Tee Hee. En una descarnada lucha en el interior del compartimento (cuyo diseño y desarrollo recuerda a la de «Desde Rusia con Amor» —1963—), Bond derrotará a Tee Hee, y los amantes continuarán plácidamente su viaje… O no, porque el Barón Samedi vive y ha subido al tren.


    «Vive y deja morir» fue un éxito rotundo. El público acogió con agrado el nuevo estilo visual y cinematográfico del personaje. El precio a pagar, para mi gusto, sería un vuelco a la comedia de situación que ya ensayara Moore en «Mainly Millicent», con fuertes improvisaciones e incoherencias en la narración, despropósitos y dislates en el desarrollo de la historia y la impresión de un personaje que, fuera del chiste fácil, se antoja plano y escurridizo de emociones. A pesar de todo, el largometraje es un producto entretenido y resultón, cumple con su deber, y Roger Moore protagonizaría el (hoy) récord de siete títulos de la saga.


Julián Valle Rivas

Dioses y diablos, por Pepe Morales

icaroVer el mundo desde las alturas es algo que las mitologías reservan a los dioses. La mitología neoliberal concede ese privilegio a diablos como Jeff Bezos o Richard Branson, capaces de tocar el cielo escasos minutos con sus propias alas (como hiciera Ícaro para salir del laberinto), o a cualquiera capaz de pagar millones de dólares por el capricho a los citados diablos o a Elon Musk, Príncipe del Infierno neoliberal. Ver el mundo desde la estratosfera implica no tener los pies en el suelo y depender de unas frágiles, carísimas, alas producto del ingenio.

La visión del planeta tierra desde la estratosfera permite a estos diablos y dioses distinguir el mar de plástico de El Ejido, por ejemplo, para que se entienda, pero impide apreciar las realidades que pisan el desierto en el interior de los invernaderos. Una o dos, tres a lo sumo, de las personas que pisan la árida arena entre plantas y riego por goteo podrían plantearse pujar en la subasta para un viaje a las alturas con las alas de Bezos, Branson o Musk. Habrá otros Ícaros a la vuelta de la esquina, éstos sólo son los buitres de la capa de ozono.

El privilegio de estos emprendedores tiene un coste soportado por las miles de espaldas subsaharianas, magrebíes y de otras zonas desgraciadas que pisan desierto verde para producir riqueza la mitad del día que no pisan chabolas o pisos pateras que apenas dan sus salarios para pagar. Dédalo construyó las alas para salir del laberinto uniendo cientos de plumas caídas del cielo con cera. Ícaro, seducido por el vértigo de la novedad, subió más alto, hasta que, como advirtió su padre, la cercanía del sol derritió la cera y deshizo las alas. La caída fue épica y letal.

Los mitos perviven en la Historia gracias a la memoria colectiva popular, la transmisión oral y el legado de intelectuales de las artes y el pensamiento. De los mitos se apropian y aprovechan los poderes políticos, religiosos y económicos para hacer negocio con la fe y las creencias de los pueblos utilizando de forma sibilina los conceptos del tótem y del tabú. Nadie mejor para estas tareas que un sacerdote o un concejal, un obispo o un diputado, un Papa o un presidente. Y para casos de extrema rebeldía están su señoría, la policía y, en última instancia, lo militar.

El evangelio neoliberal tiene en monseñor Milei su radical predicador, tocado por la gracia trumpista que ilumina a Le Pen, a Orban, a Melloni, a Abascal o a la corrupta Ayuso. Han comprado los púlpitos mediáticos para mentir y difamar. De forma descarada compró Bezos The Washington Post y Musk la red social Twitter, ambos con su dinero, con dinero público los demás. El objetivo es manipular la realidad, polarizar con noticias falsas a la sociedad y predicar el evangelio neoliberal. Los mensajes calan en la sobremesa familiar y en la barra del bar.

Oirá usted como sagradas verdades que el emprendedor crea riqueza (no el trabajador), que la comparte con los demás, que nadar en la abundancia está al alcance de cualquiera, que hay que reducir el coste salarial, que los impuestos son un robo, que hay que hacer negocio con la Educación y la Sanidad, que regular los mercados es ir contra la Libertad, que especular con la vivienda y la comida es cosa natural, que es nociva la actividad sindical, que dañar el medio ambiente es progresar, que la mujer en la cocina “con la pata quebrá” y mil patrañas más.


El más cateto del pueblo tiene Audi, chalet, y apartamento con vistas al mar que disfruta las mínimas horas que no tiene que trabajar. Se conforma con las migajas de quienes dicen arriesgar su dinero en la aventura empresarial, los mismos que consideran al cateto un recurso humano de usar y tirar que se debe amortizar, los mismos que pueden pujar en la subasta de un viaje espacial, los mismos que desde las alturas no renuncian a añadir plumas a sus alas para acercarse al sol… El planeta es un basurero y el espacio, con esta gente, va camino de ser su sucursal.

Pepe Morales

Clásicos infantiles y juveniles, por Pepe Morales

Es un clásico que los niños escolarizados respondan en clase que la leche y los productos agroalimentarios salen del Mercadona. La proliferación de granjas escuela ha servido para que varias generaciones de escolares hayan visto, en vivo y en directo, el origen de lo que llena el frigo. Verter la leche de un tetrabrik en el vaso no es lo mismo que apretar la ubre de la vaca Antonia para liberar el chorro, y arrancar de la mata un tomate con olor a tomate es diferente a coger uno inodoro del lineal del súper con guantes. Tampoco saben igual.

La infancia es la época óptima para el aprendizaje (“los niños son esponjas”, se suele decir) y el medioambiente (conjunto de circunstancias que rodean a un ser vivo) el mejor manual docente. Durante milenios, la educación de la humanidad fue cosa, como se dice en África, de toda la tribu: un clásico. Durante los últimos siglos, la educación de la humanidad ha sido cosa de la tribu… y de gremios pedagógicos… y de gremios adoctrinadores: otro clásico. Desde mediados del siglo XX, la educación de la humanidad es cosa de…: un lío.

En el siglo XXI, la humanidad ha puesto la educación de la infancia y la juventud en manos de una tribu humanoide “superior”, adoradora del clásico dios único travestido ahora de Inteligencia Artificial. La especie parece más artificial y menos inteligente que nunca, pero las nuevas tecnologías siguen en manos de los mismos pedagogos y adoctrinadores de siempre al servicio del mismo poder de siempre con el control supremo sobre la información y el conocimiento, como siempre. Clásico gatopardismo: cambiar todo sin que nada cambie.

La paremia clásica “divide et impera” o “divide et vinces” (divide y vencerás) es atribuida a Julio César como estrategia de desgaste del rival y garantía para acceder y mantener el poder. Napoleón utilizó la fórmula con los países europeos y el imperio británico la aplicó con diferentes tribus de la India. Aún se sigue utilizando. El culto al ego y el culto al cuerpo son dos clásicos que potencian al máximo la división hasta el punto de lograr la atomización de la sociedad mediante el individualismo como fórmula eficaz para el control de las masas.

Estas generaciones, educadas en los púlpitos digitales por influencers ególatras y youtubers sin escrúpulos, vuelven a enarbolar las banderas ondeadas por sus padres, sus abuelos y sus tatarabuelos para reivindicar lo mismo como novedad. Y el mismo poder que amansó a sus ancestros la amansa con un teléfono inteligente que trasvasa sus bolsillos a Amazon, Mercadona, Glovo o Airbnb haciéndole un desprecio al recuerdo de la vaca Antonia y lo aprendido en la granja escuela. Actualizan el clásico ¡vivan las cadenas! a ¡viva Monsanto!

Es un clásico tóxico y viejuno lo de fumar, por mucho que se tire de narguile y vapeador. Es un clásico digno de olvido eso de castigar el hígado para aborregarse en el rebaño. Es un clásico rendir culto al acervo que traba el progreso hipotecando el futuro. Es un clásico lamentable pensar que leer es una pérdida de tiempo y el raciocinio un enemigo. Es un clásico masoquista aceptar el trabajo como estado natural del ser humano. Es un clásico lo de venir al mundo con una ciencia infusa de serie a la que nadie puede aportar nada nuevo.


Para clásicos, “Quadrophenia” de The Who: Jimmy, un “mod” que se mueve en Vespa y escucha música Mod, se enfrenta a los rockers vestidos de cuero que montan “chopper” y escuchan rock. Harto de sus padres y del trabajo, encuentra una salida en la música y las pastillas. Jimmy es arrestado, expulsado de su casa y se despide del trabajo gastando el finiquito en anfetaminas. Cuando descubre que su ídolo, "As de Oros", es un simple botones de hotel, le roba la Vespa y la lanza por un acantilado. Lo dicho: un clásico de la rebeldía.

Pepe Morales

Catolicismo Vs cristianismo, por Pepe Morales

La palabra cristianismo se aplica al conjunto de creencias y preceptos que constituyen la religión de Cristo. El término catolicismo alude a la comunidad y gremio universal de quienes viven en (de) la religión católica. Es la Real Academia de la Lengua Española, en su Diccionario, quien establece la sutil diferencia entre ambos conceptos. Los paréntesis son míos. Se podría interpretar como la dialéctica entre lo espiritual, lo metafísico, lo filosófico, y lo material, lo mundano, lo tangible, el yin y el yang o, en términos teosóficos más prosaicos y populistas, dios y el diablo.


En torno al mito de Jesús, Cristo o Jesucristo, se ha tejido un entramado narrativo que aúna elementos de la tradición oral del cuento popular con otros más próximos a la filosofía y la historiografía, disciplinas incipientes cuando, se dice, fue compuesto el Pentateuco, base del Antiguo Testamento, unos 1.450 años a. C. El cristianismo contaba con diversas variantes impregnadas de localismos socioculturales. Tras la muerte de Jesús, la Iglesia católica unificó las diferentes iglesias cristianas, contando hoy con 24 iglesias latinas u occidentales y 23 orientales.


La Iglesia Católica ha devenido, casi desde su fundación, en un emporio económico ya profetizado en el episodio del Becerro de Oro de la Biblia. El poder que otorga el dinero permite a sus detentadores esconder ciertos vicios, y delitos, detrás de las virtudes que presuntamente practican como garantía para alcanzar la Gloria. ¡Aleluya! Ese dinero la acerca al más terrenal de los poderes, el político, una posición a la que, una vez alcanzada, es muy difícil, casi imposible, renunciar. Apuntan ciertas ortodoxias a que se trata del triunfo del diablo.


La Iglesia Católica, muy avezada en intrigas palaciegas, ha logrado disponer de un cúmulo de privilegios vedados al resto de los mortales. En el reino de este mundo, no paga al César, como todo cristiano, tributos por bienes inmuebles (IBI), sucesiones, donaciones, transmisiones patrimoniales, sociedades, donativos y limosnas, tal y como concordaron el Estado español y la Santa Sede en 1979. Empresa insaciable, sus sucursales parroquiales compiten feroces entre ellas para captar bautizos, comuniones, bodas, entierros y sus ingresos en negro.


Se trata de una organización que rentabiliza sus alianzas ideológicas como nadie. A cambio de su apoyo militante a las políticas de las derechas, desde sus púlpitos sacros y mediáticos, ha mejorado la cuenta de resultados de su negocio inmobiliario desde que Aznar decidió regalarle el patrimonio español con la indecencia de unas inmatriculaciones que la ávida Conferencia Episcopal aceptó y se apresuró a ejecutar sin ningún tipo de pudor. La jerarquía católica es una estructura comercial diseñada para hacer lobby en todos los estamentos del poder.


Al margen de los dudosos negocios a los que se entrega el clero en cuerpo y alma, hay otras actividades, practicadas por un altísimo número de miembros de la clerecía, que se inscriben en el escabroso ámbito del pecado y el punible del delito. La misma opacidad con la que la Iglesia Católica protege sus dudosas maniobras financieras y contables es aplicada a la inconfesable y repugnante pederastia, fruto, sin duda, de esa sórdida práctica antinatura conocida como celibato. Tan delictiva como la pederastia es la actitud encubridora de la Jerarquía.


Frente al catolicismo, y a veces repudiado por papas, obispos y cardenales, brilla humilde el cristianismo, eso que practican diablos como el padre Ángel, los curas obreros, la HOAC o los teólogos de la liberación. Esta práctica religiosa no necesita cruzadas misioneras, como la realizada en Hinojosa del Duque o la prevista en Nueva Carteya, ni bolos adoctrinadores en colegios públicos como los del obispo Demetrio. Tampoco necesita la parafernalia populista del rancio pregón y el postureo del desfile procesional, basta con practicar la solidaridad y el amor al prójimo.


Pepe Morales

Saga Bond: Sean Connery (y VI), por Julián Valle Rivas

diamantes para la eternidad sean conneryEn concreto, un millón doscientos cincuenta mil dólares desembolsó United Artists a Sean Connery para que aceptara volver a interpretar al Agente 007 en «Diamantes para la eternidad» (1971), además de otorgarle facultades de decisión en la producción y el compromiso de posibilitarle dos películas más. El pastizal Connery, como un señor, lo donó a una institución educativa escocesa (ni necesitaba vivir de la actuación, pues había repuntado como empresario, ni tenía ambiciones económicas), las facultades decisorias las ejerció a su gusto, dando el visto bueno cuando lo consideró oportuno, y las dos películas se quedaron en una sola: «La ofensa» (Sidney Lumet, 1973), producto irregular que adaptó la obra teatral de John Hopkins.


    El fiasco que había sido para Albert R. Broccoli y Harry Saltzman la elección de George Lazenby (no concebían atribuirse la responsabilidad del conjunto de desaciertos en la producción) los había sumido en un trasunto de estrés postraumático con delirios estupefacientes. Esto, unido a la entrada en la nueva y esperanzadora década de los setenta, les llevó a vislumbrar una idea corroída por la desesperación: había llegado el momento de americanizar la saga. Para ello, aprovecharon un viaje promocional por Londres para contactar con Adam West (sí, el Batman), quien declinó la oferta de encarnar a 007, al estar comprometido con su personaje fetiche. Fue John Gavin, actor que había alcanzado, quizá, su máximo esplendor en 1960, apareciendo en «Psicosis» y «Espartaco», quien firmó el contrato para interpretar a James Bond. Sin embargo, United Artists se había empecinado en reconquistar a Sean Connery. Por descontado, Broccoli y Saltzman no iban a rebajarse a plantarse ante el escocés para rogarle nada, así que pidieron a Ursula Andress que intercediera en el asunto. Connery, engrandecido por las ínfulas de la imprescindibilidad (declaró en una entrevista promocional algo como mira tú la basura que ha salido sin mí y el sindiós que se ha montado), propuso sus condiciones, y lo demás es historia, como que a Gavin se le abonó toda la cuantía convenida, por las molestias.


    Para poner un poco de orden, se volvió a confiar en Guy Hamilton, no sólo por sus resultados en «James Bond contra Goldfinger» (1964), filme del que también se recuperó a Shirley Bassey, para la canción original; sino porque se había baqueteado en el oficio como asistente de Carol Reed o John Huston. Se conservó al resto del equipo técnico, incluido al habitual guionista Richard Maibaum. Su guión partió de la novela homónima de Ian Fleming, aunque incorporó como villano al gemelo de Auric Goldfinger. Concebida la trama, Broccoli despertó una noche tras un sueño visionario en el cual había recreado el particular encierro de su amigo el excéntrico Howard Hughes en su ático del Desert Inn de Las Vegas (se decía que Broccoli enviaba a Hughes todas las películas de Bond en 16 milímetros). La historia le pareció lo suficientemente interesante como para incorporarla al guión, por lo que se contrató los servicios del joven Tom Mankiewicz (hijo del prodigioso Joseph L. Mankiewicz) para encargarse del trabajo. Ni siquiera Connery puso objeciones a la versión de Mankiewicz. Al fin y al cabo, el proyecto se originó con la intención de integrar sangre fresca a la saga.


    Broccoli y Saltzman prometieron a Hamilton todo lo que necesitara, por eso, cuando pidió que cerraran durante cinco noches el tramo de calles de Las Vegas para el rodaje de la escena de la persecución en coches, bastó con que Broccoli llamara a su amigo Hughes para conseguirlo. La fase de producción en Las Vegas sumó la anécdota de la ruina de todo el equipo técnico, que se dejó los cuartos y los quintos jugando en los casinos, y del parche que debieron montar en edición para solucionar la chapuza de la orientación de la inclinación del coche a dos ruedas entre lo filmado en estudio y en exterior. Luego, un descuido del asistente de dirección casi arruinó la secuencia del asalto a la plataforma petrolífera, al explosionar toda la pirotecnia a destiempo. De aquí, por cierto, se eliminaron los planos de la intervención de los buceadores, cuya presencia se coló en los carteles, diseñados y elaborados antes del montaje definitivo.


    Se presenta, en esta nueva entrega de la saga, a un 007 en modo «berserker», arrasando el mundo a la búsqueda y captura del asesino de su esposa: Ernst Stavro Blofeld (Charles Gray, actor que había tenido un pequeño papel en «Sólo se vive dos veces» —1967—), quien se oculta de sus enemigos valiéndose de dobles a los que somete a cirugía estética. Convencido de haber acabado con él ahogado en una extraña solución viscosa, miscelánea de barro y Blandi Blub (en realidad, un potingue a partir de puré de patatas que apestó el plató al día siguiente), regresa al servicio activo para investigar una trama de contrabando de diamantes procedentes de Sudáfrica que amenaza la estabilidad comercial británica. En el país africano, una misteriosa pareja, los señores Wint y Kidd (Bruce Glover y Putter Smith), intercepta el mercadeo ilegal y asesina a los traficantes locales, quedándose con el alijo. Por su parte, la misión conducirá a James Bond hasta Ámsterdam, donde asume la identidad del conocido contrabandista Peter Franks (Joe Robinson) (la producción aprovechará para introducir con calzador al personaje de Moneypenny —Lois Maxwell—) para contactar con Tiffany Case (Jill St. John), que mediará en la venta. En ello, 007, peligrando su tapadera, debe bloquear la aparición de Franks, a quien, tras matarlo, hará pasar ante Case por él mismo en un prestidigitador intercambio de carteras de la cual extrae la identificación internacionalmente reconocida de miembro del Club Playboy. La operación conduce a Bond y Case hasta Las Vegas, donde se halla el comprador que se sirve de una funeraria como tapadera. No obstante, escabullido de la muerte por enésima vez, Bond descubrirá que los diamantes son falsos. Los escarceos heroicos y amorosos de Bond llamarán la atención de Willard Whyte, multimillonario propietario del Hotel-Casino Whyte House, personaje que se revelará a 007 como Blofeld, o cualquiera de sus dobles, el cual ha secuestrado al verdadero Whyte y emplea un aparatejo para manipular su voz por teléfono (aparatejo que pronto, cómo no, Q replicará para timar a Blofeld). El nuevo y maquiavélico plan de Blofeld resulta ser el de utilizar los diamantes para crear un gigantesco satélite láser capaz de destruir desde un submarino hasta una base militar. Superada la misión de rescate de Whyte (Jimmy Dean), se encuentra el centro de operaciones de Blofeld en una plataforma petrolífera hasta donde se desplazará Bond. Allí, Blofeld controla el láser a través de un sistema tan rocambolesco como un simple casete que 007 con la ayuda de Case tratará de trocar. Frente a la amenaza de Blofeld de atacar Washington, el agente británico ha de actuar rápido y, con la colaboración de los marines comandados por su amigo Felix Later (Norman Burton), derrotará, por supuesto, a Blofeld, desmantelando su malévolo proyecto. A modo de epílogo, durante el crucero regalado por Whyte a Bond y Case, los señores Wint y Kidd, quienes han estado haciendo de las suyas a lo largo de todo el metraje, intentan asesinar a 007. Pero la peculiar fragancia de Wint alerta al agente secreto, cuya reacción frustra los criminales propósitos contra su persona, finiquitando a los asesinos y disfrutado, al fin, del crucero con Case.


    Siento admitir que, en este Sean Connery de cuarenta y un años, ya no puedo identificar a James Bond. Para mí, es el Connery de «Asesinato en el Orient Express» (1974) o «El hombre que pudo reinar» (1975), que roza «Atmósfera cero» (1981). Un Connery de apariencia madura, veinte años por encima de su edad, cuyo destino en el MI6 sería una oficina o un espionaje intelectual, sibilino y conspirativo, no un agente de campo que recorre el mundo riéndose de la muerte y seduciendo mujeres. Por otro lado, la trama entierra (o fulmina o evapora) en un instante el odio y la visceralidad aniquiladora de Bond contra Blofeld por el asesinato de su esposa, y fuerza el giro de la historia de Blofeld en Las Vegas. De cualquier manera, la saga logró su objetivo de recobrar el favor del público, y Connery adoptó la sabia determinación de colgar la Walther PPK para siempre. Por desgracia, en 1983, aún recordaba dónde.


Julián Valle Rivas

Paseos por la vida, por Pepe Morales

Paseo por las calles de la existencia y contemplo actitudes que llaman la atención y alertan de que el mundo y yo andamos por caminos diferentes. En el breve recorrido de mis paseos diarios, suelo cruzarme o divisar a lo lejos todo tipo de extravagancias, absurdos, rarezas, excentricidades, ridiculeces y disparates que, por su abundancia e implantación, me hacen pensar que el raro soy yo. Para mayor confusión, la mayoría de estas situaciones generan en mí un debate conmigo mismo y las circunstancias que me rodean como persona.

En cincuenta metros escasos de acera y plaza, la otra tarde coincidí con una mujer joven, calculé treinta y tantos, que empujaba un carrito de bebe cuyo capazo ocupaba un pequeño perro de marca desconocida. Más adelante, tres señoras, entradas en la senectud, eran acompañadas por sendas mujeres de rasgos andinos, incas, quechuas o vaya usted a saber. Una turbia idea inquietó mi mente al plantear la existencia de vínculos sanguíneos entre algunas personas que pasean perros y algunas paseadas por emigrantes explotadas.

Los cincuenta metros de calle, la plaza y el parque me hablan de quienes los utilizamos de forma cotidiana. Hay presencia de colillas, algún pañuelo de papel, cacas de perro, un papel arrugado, un cartón con restos de pizza, una botella de cola medio vacía, una lata de bebida alargada y colorida y dos monedas de veinte y cincuenta céntimos. Pienso que se trata del goteo sucio de la última semana, a la vez que caigo en que sólo he visto una papelera, desbordada. En todo caso, es inaceptable el incivismo de la gente y la dejadez municipal.

Sentado en un banco, comparto un parque público con cuatro adolescentes que ocupan otro banco frente al mío, a poca distancia. Dos sentados de manera ortodoxa, el culo en el asiento, los pies en el suelo, la espalda en el respaldo; dos apoyando las posaderas en el respaldo y sus zapatillas sucias pisando el asiento que luego usará otra persona; los cuatro lucen pelados monacales, los cuatro manejan absortos sendos móviles, ninguno habla con los demás, excepto para gritar un léxico plagado de “hostias”, “mierdas”, “coños” y “pollas”.

Entro a un bar con un amigo y aprovecho para aliviar la vejiga. Al váter llegan voces de la cocina, “¡¡Dos de boquerones!!”, y olor a fritanga desde un ventanuco sobre la cisterna. Alzo la vista y avisto la puerta alta inoxidable de un frigorífico. En la barra, detrás de mi amigo, unos clientes despotrican del gobierno y elogian “los cojones” de Abascal. A mi espalda, otros critican a “los franceses” de la selección. El camarero interrumpe las conversaciones: “¡Sus boquerones!”. Sonrío. Justicia poética: intento oliscar alante y atrás el olor del urinario.

En pleno centro urbano, a eso de las cinco y media de la tarde, unas ocho jóvenes tienen montada una algazara imposible de soslayar. Al guirigay etílico se suma una guardarropía propia de un lupanar de neón en la carretera. Una de ellas, más ebria que ridícula, simula ser la novia anunciada en la triste banda de raso rosa que cruza su cuerpo, las demás graznan cánticos pretendidamente procaces, pendientes de quienes observan con espanto el espectáculo de una despedida de soltera totalmente incompatible con cualquier diversión.

Cae la noche bajo el sereno dominio de la luminaria pública y el exabrupto de decenas de anuncios y escaparates invocando al día que se ha ido. Las calles, las plazas y los parques son otros diferentes, con una quietud que invita al relax bajo el cielo estrellado y cierto aroma liberado de la dictadura del CO2… Todo salta por los aires tras irrumpir un coche con las ventanillas bajadas, los ocupantes moviendo brazos y cabezas a ritmo de convulsión y el atronador ruido disruptivo de un sonido infernal llamado reguetón. ¡No iba a ser Debussy!

Pepe Morales

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