Españoles por el mundo, por Julián Valle Rivas

  Hay que joderse lo felices que son todos los españoles que pululan por el mundo… Y, por extensión, o por especificación, los andaluces, los madrileños, los manchegos, los canarios… y todos los nacionales de las diversas nacionalidades de esta nación de naciones que es España… Prácticamente, tantos como televisiones autonómicas. Y no sólo por el mundo en general, cuidado, también por el mundo en particular, desde lo local a lo continental: por Wyoming, por Estados Unidos, por América; por Helsinki, por Finlandia, por Europa… y demás.

Sobre amigos, bodas y helados, por Julián Valle Rivas

  Es una tarde estival andaluza, seca, de esas en las que el sol, atestado de osmio, cae sobre la cabeza, impertérrito, pervertido por la displicencia y tonificado por la intolerancia hacia una especie que se empecina en devastar uno de sus planetas. Es una tarde, tecleaba, calurosa, de verano retorcido, de bochorno replicado, de esas que prefieres pasar en el hemisferio sur o, demasiado enervado para desafiar la muralla ecuatorial, directamente en Siberia.

Barrios en verano, por Julián Valle Rivas

    No soy un nostálgico del pasado. No tiendo a mirar hacia atrás, ni abogar por que cualquier tiempo pasado fue mejor. No suelo perder un minuto en recordar con melancolía mi época infantil o adolescente o de inicio en la madurez. Al contrario que muchos otros, no aflojaría pasta alguna por volver a aquellas fechas de juventud, deficiente de problemas, responsabilidades o preocupaciones.

El número cien, por Julián Valle Rivas

    Si no yerro en mis cálculos, las líneas que se dispone a leer, amable lector, conforman mi colaboración número cien con esta casa, y, sinceramente, jamás imaginé que llegaría tan lejos.

Esos revisionistas infames

No es que yo tenga especial inquina contra las adaptaciones cinematográficas o televisivas de los clásicos literarios. Particularmente, no me molestan; al contrario, como aficionado al cine y a las series de televisión, soy un gran partidario de tamaña ofrenda al espectador, siempre que se respeten los elementos o factores que conforman la esencia del clásico literario adaptado, sin los cuales perdería su sentido, convirtiéndose en algo nuevo, diferente a lo anterior, transponiéndose (lo anterior) a una posición de mera inspiración o influencia, lo que no deja ser, ojo, algo habitual en cualquier forma de arte.


    Pero, si todo queda en una simple inspiración o influencia, lo honesto con el espectador es que el creador lo publicite como tal, ahorrándole la decepción o el mosqueo por la estafa de la que ha sido víctima. Esos revisionistas infames, quienes se sirven del nombre (o renombre), engalanado con laureles, del autor original, así como del trabajo que legó a la posteridad, para vender su rocambolesca y abracadabrante diarrea mental, pulverizada con esencia de lavanda de fabricación casera; esos revisionistas infames, tecleaba, empecinados en redefinir perfiles, llevados por una incontrolable querencia narcisista, hacia ese nefasto vicio de destacar, pincelando una impronta que nadie reclamó, ni maldita la falta; esos revisionistas infames, a quienes en mala hora se les encendió aquella bombilla de filamento pustuloso; esos revisionistas infames bien podrían, por dignidad, evitar al espectador la irritación por la añagaza y a ellos mismos los dolores de un parto impostor.


    Para el cine y la televisión se han realizado grandes adaptaciones de obras clásicas de la Literatura, acomodadas, a veces, a contextos históricos, temáticos o ambientales radicalmente diferentes a los planteados por el autor primigenio, porque el adaptador supo conservar todas y cada una de aquellas propiedades que constituían la naturaleza de la producción primitiva. En «Mucho ruido y pocas nueces» (1993) y «Hamlet» (1996), Kenneth Branagh honró a William Shakespeare, fagocitándolo consecuentemente en su «Enrique V» (1989), como hiciera más tarde, y cambiando de tercio, con su «Frankenstein de Mary Shelley» (1994). Siguiendo con Shakespeare, el largometraje de Ralph Fiennes «Coriolanus» (2011) no se me antoja descabellado, pese a no alcanzar la académica fidelidad de «El mercader de Venecia» de Michael Radford (2004), con un soberbio Al Pacino en el papel de Shylock. También el Sherlock Holmes ajustado al presente siglo, construido por los británicos Mark Gatiss y Steven Moffat para la BBC, en la serie «Sherlock», es un brillante ejemplo de adaptación del clásico de sir Arthur Conan Doyle, quizá por el impulso y magisterio interpretativo de Benedict Cumberbatch y Martin Freeman; aunque no sería justo desmerecer el devoto boceto de Gatiss y Moffat para la producción, con un Holmes ególatra, adicto, activo, pedante, curioso, un genio sobrecualificado y minucioso, amigo, a su extravagante modo, de sus amigos. Más verídico fue el Sherlock Holmes creado por Michael Cox y con Jeremy Brett y David Burke encabezando el reparto, por la probidad del entorno y la diligencia del elenco; incluso en el excesivamente extrovertido Holmes de Guy Ritchie, con Robert Downey Jr. y Jude Law, las líneas, actitudes y aptitudes del personaje son evidentes. Todavía no he visto, sin embargo, una adaptación de significativa relevancia de «Los tres mosqueteros», a costa de ofender a los defensores de la obra filmográfica de 1948, rodada por George Sidney para Metro-Goldwyn-Mayer.


    Ya lo he tecleado en alguna ocasión, y no puedo dejar de insistir ahora, pues, si de adaptaciones literarias se trata, me toca especialmente la fibra sensible el Hecule Poirot de Agatha Christie. Con él se han cometido verdaderas aberraciones, últimamente, el citado Kenneth Branagh ha presentado, en su «Asesinato en el Orient Express» (2017), un inverosímil Poirot que sale a la carrera en persecución de un sospechoso. Igualmente, el Poirot guionizado por Sarah Phelps para la miniserie de la BBC «El misterio de la guía de ferrocarriles» (2018): un apócrifo policía belga que oculta su condición sacerdotal para huir de la vergüenza y el estigma; un detective olvidado que, en sus buenos tiempos, organizaba juegos sobre misteriosos asesinatos, a fin de amenizar las veladas nocturnas de una alta sociedad con mucho dinero y poca decencia. Un Poirot, en ambos casos (¡no entremos en la altura, el físico!), improbable e inadmisible, insólito y escandaloso. Un Poirot intolerable. Sin menospreciar la caracterización de Albert Finney para la versión de 1974 de «Asesinato en el Orient Express», un Poirot muy alejado del encarnado por un excepcional David Suchet para la serie «Agatha Christie: Poirot» (1989-2013), cuyo episodio «Cinco cerditos» (2003), dirigido por Paul Unwin, a partir de un guión del dramaturgo Kevin Elyot, es, sencillamente, apoteósico, sublime; por el desarrollo argumental y narrativo, por la puesta en escena, por la cuidada fotografía y por los notables planos, demandados, muchos de ellos, por la subjetividad. Repetiría Elyot un año después con «Muerte en el Nilo», y se recompensaría su admirable labor, al serle reservado «Telón» (2013): el cierre de una meritoria adaptación.

Al estilo inglés

Lo cortés no quita lo valiente, conste por delante. Por eso, lo mismo que soy el primero en condenar la idiosincrasia colonialista y corsaria, o más bien pirata, de la pérfida Albión, lo soy para alabar, aplaudir y reverenciar, descubierto de sombrero, la clase o altura de un pueblo para denigrar, ofender o desacreditar con caballeroso estilo y regio porte, cada vez que lo tiene a bien. Incluyendo a sus propios ciudadanos, es decir, obrando reflexivamente.


    Este particular modo de conducta provoca que, mientras no se conoce nación o terruño que no odie a un gabacho, con sus aires envarados, su boquita de «petit-suisse» y su arrojo de lechuguino infame; el pirata inglés, con su sutil impronta, su humor clasista, su socialización gregaria y su jubilación mediterránea (pagando el rayo de sol a precio de oro, y con gusto), sea recibido con honores allá por donde vaya; aunque allá donde vaya lo haga para envenenar la cultura autóctona, o fagocitarla, extendiendo su civilización de estreñido refinamiento sobre la decadente estampa nativa, cual alfombra de chapapote sobre virginal playa.


    Y ya he desvariado el tema… Tecleaba sobre la elevada categoría británica para ultrajar o desautorizar con mucho donaire y gesto ampuloso, como si realmente estuviera haciendo un favor a la humanidad, como si interviniera ante un mundo necesitado de su liderazgo y vanguardia. Se observa fácilmente en todo el asunto del Brexit, cómo la caterva política corrige a la soberanía popular, la cual, aborregada o listilla (a veces la línea de separación es membranácea), continúa siendo la portadora del poder supremo del Estado, o debería continuar siéndolo.


    Se percibe también en los Premios BAFTA, que anualmente entrega la Academia de Cine Británica. Porque hay que tener mucha clase para distinguir, entre las categorías premiadas, la Mejor Película y la Mejor Película Británica. Cierto que son unos premios internacionales, abiertos a todas las nacionalidades, pero no es menos cierto que tal compromiso no deja de ser una apariencia que enmascara ese ánimo detractor o difamatorio que conduce a la incorporación de una tercera categoría en el ramo: Mejor Película de Habla No Inglesa. Si los premios están abiertos a todas las nacionalidades, categoría a mejor película sólo puede haber una, o, como si de una Inmortal se tratara, sólo puede quedar una. Lo demás es una absurda consolación a modo de plata y broce, piruletas para niños pequeños que berrean, envidiosos del pastel del niño rico. Casi como, en España, el esperpento del director, el actor y la actriz noveles; porque, aun siendo su primer trabajo cinematográfico, ese novel puede haber realizado una obra o una interpretación mil veces mejor que los galardonados con el premio ordinario, que los veteranos.


    El estilo británico, con aquel binomio Mejor Película/Mejor Película Británica, permite, abigarrado de laureles, envuelto por el sonido de los bombos y timbales, deslumbrado por luces multicolores y nimbado de boato, otorgar el premio a la mejor película británica con un par de palmaditas en la espalda, plas, plas, oye que la peli está fetén, muy guay y tal… en plan limitado, intrafronterizo, claro, entre nosotros, para el Reino Unido, bajo régimen nepotista o endogámico… Puestos ya a nivel mundial… Uf, va a ser que no… Está bien, o sea, no es la mejor del mundo… pero no está mal. Y lo suelta adornando el escenario con toda la fanfarria y parafernalia del momento: vestidos de luces, pajaritas, cenas de postín, sobres lacrados, «and the winner is»… y demás. Circunstancia que, en consecuencia, nos guía hacia una cuestión de relevancia: ¿Acaso la mejor película del mundo no lo es también del Reino Unido? ¿No forma parte del mundo el Reino Unido? Evidentemente, no… Están ellos y el resto del planeta. Siempre fue así, de hecho. El continente, aislado, y eso…


    De vuelta a la patria peninsular, la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España podría aprender mucho del estilo inglés, de cara a la entrega anual de sus premios, conocidos como Premios Goya, e instaurar, va siendo hora, dada su naturaleza chovinista o carpetovetónica, un premio a la Mejor Película y otro premio a la Mejor Película de Verdad, y dejarse, con ello, de desmerecer grandiosas películas de nuestro cine, que bastante desdén sufren excluyéndolas de las propuestas para los Óscar.


    Este año no ha sido una excepción. Sin restar un ápice de valor al largometraje «Campeones», el cual me parece una bellísima y entrañable película, muy meritoria, y no sólo por el tesón y el buen hacer de sus magníficos protagonistas; «El Reino» no es únicamente una excelente película, es una obra maestra que brilla en todos y cada uno de los elementos que la componen. Desde la extrema destreza y autoridad de Antonio de la Torre, hasta la deliciosa cadencia de sus secuencias; el guión, la fotografía, la música… La mejor película de verdad, en fin.

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