Hipocresías coronavíricas, por Julián Valle Rivas

coronavirus lucenaQué fácil es ser solidario, cuando se tienen colmadas las necesidades, cuando se dispone de todo y en ingentes cantidades. Que fácil es proponer, solicitar o animar, cuando no se carece de nada, ni nada se arriesga en el intento.
 
 
 Todas las formas de hipocresía, las más variadas e imaginativas, me resultan altamente repugnantes. Ni siquiera he sabido jamás fingir quien no soy. Por eso, durante esta aciaga y nefasta crisis coronavírica, que se llame al sacrificio, la solidaridad, la unidad, a que entre todos (y todas, no olvidemos) se logrará vencer la infección, cuando, mediante deleznable acto previo, se ha arrasado con los suministros alimenticios de cualquier género y demás productos de utilidad humana, dejando los estantes de los supermercados tan desolados y baldíos como la postal de un desierto, en un sálvese quien pueda, que cada perro se lama su cipote y que cada barco aguante su puta vela, invadiendo en masa los establecimientos y llenando carros de la compra y portando los abastecimientos, cual Obélix con menhir, desamparando a los convecinos, a aquellos que, fuera por la circunstancia que fuera, no pudieron embestir las puertas en la hora de apertura, encontrándose desprovistos de los más básicos elementos de subsistencia; cuando previamente se ha obrado con tamaño comportamiento censurable, tecleaba, resulta nauseabundo clamar por el sacrificio, la solidaridad y la unidad en la batalla contra el virus. Lo sencillo que puede llegar a ser gritar el eslogan con la despensa repleta de provisiones se asemeja a una olorosa diarrea que no es posible contener, aunque sí limpiar, dado el sobrante de papel higiénico acumulado.
 

 También supone una condena los aprovechados de Internet, rastreadores del minuto de gloria en prensa y televisión; los periodistas pululantes con la alcachofa envuelta en celofán o el desentenderse de los autónomos, currantes de la calle y con sus recursos. Como condenable es el imponer la clausura o enclaustramiento hogareño, mientras se airean los huevos en el balcón (o los ovarios, no olvidemos), al frescor de la terraza, como si tan virtuosa prolongación de la vivienda no guardara agoreras identidades con la vía pública; se da un rodeo para sacar al perro (propio o del vecino), tirar la basura, comprar el pan o el tabaco. Porque el hecho de que los estancos hayan sido declarados establecimientos de esencial apertura diaria, al margen de recargar el móvil (¿podría gestionarlo el proveedor del servicio, vía telefónica o internáutica?), de surtir de sobre y sello (¿podrían proporcionarlos el servicio postal?) o de papel timbrado (¿habrá recluso que lo tramite?), sólo recubre, con mohosa fatuidad, la adicción provocada por el tabaco, cuya falta generaría locuras imprevisibles, las cuales, en la guerra coronavírica, ocasionarían grande estorbo.
 

 Luego están los aplausos y las jaranas chirigoteras que, como excusa a dichos aplausos, a diario irrumpen en los barrios. Sin duda, los sanitarios y el personal de servicio a lo largo del Estado de Alarma, velando y cuidando nuestra salud y seguridad, bien merecen nuestro respeto, cariño, consideración, agradecimiento y ánimo. Sin embargo, quizá, al contemplar la real existencia de portadores asintomáticos del virus, no sean formas (amén de una nueva ocupación del balcón), ahí, intercambiando objetos con los vecinos, reconcentrando aliento y babas en la misma zona o inflando globos recargados de esos alientos y babas que se lanzan al espacio transportando el virus por el mundo con cruel alegría, o explotándolos, para que las babas reconcentradas caigan sobre el vecino o se mantengan, pegaditas junto al aliento, en los despojos de goma que poco antes fueron globos. O quizá fuera más ilustrativo el gastar algo de vergüenza; esto es, el avergonzarse, pues, si de sacrificio, solidaridad y unidad se trata, invoca a la vergüenza el aplauso cobijado en casa destinado a quienes se enfrentan al virus cara a cara y sin profilácticos que los protejan. Quizá, en fin, se diera mayor sacrificio, solidaridad y unidad si, preservados ancianos, enfermos y personas vulnerables, saliéramos a las calles para cumplir nuestros quehaceres habituales, que ya, si Dios no supiera reconocer a los suyos, lo haría la selección natural.
 

 Entretanto muchos se ciscan en los ascendientes de los políticos por poner en peligro la cordura de los niños, privados de su derecho fundamental a jugar en espacios abiertos (se descubre que no padecieron guerras), o la integridad de los profesionales, por no equiparlos del material profiláctico que, tras el desmantelamiento de la industria nacional, depende de una fabricación china que no da abasto para satisfacer la demanda planetaria (se distrae cuál fue el área cero del foco); los tales políticos son aquellos que nos alientan a la unidad, al conseguirlo solidarios, cuando se han increpado en el tiempo, desautorizándose recíprocamente e incitando a las masas de fervorosos seguidores a la hostilidad y el desafío constantes.
 

 Y usted se preguntará, aprisionado lector, la razón por la cual critico siempre los aspectos negativos y no me centro en los numerosos y buenos positivos, resignado ante la inevitable imperfección de los hombres. Pero despreciar o banalizar estas muestras del comportamiento humano como insustanciales, intrascendentes o superficiales, umbral de la negación y el acallamiento, equivale a no aprender de ellas (formula muy del gusto de la especie que en algún periodo incierto fue «sapiens») y, en consecuencia, a repetirlas.

Julián Valle Rivas

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