Torquemada y el periodismo, por Julián Valle Rivas

    benito perez galdos(Advertencia: comienza el Año Galdós). Don Francisco Torquemada, icónico personaje del universo galdosiano, catalizado por la inflamación de una arteria socializadora, esperanzado en pulir su carcomida dicción, atiborrar su anoréxico vocabulario y serrar su gangrenada sintaxis de un contumaz discurso de avaricia iletrada, se arrojó a la febril lectura de periódicos como el que se arroja al fuego purificador con la promesa de la redención eterna. Hoy, ni la promesa de un sicalíptico paraíso islámico plagado de afrodisíacos harenes sería suficiente para el empeño, ni hurtar letras agrupadas en columnas de prensa serviría al propósito del usurero ficcional.
 
 
 
    Desconozco las ciencias o artes que se estudian actualmente en las facultades de Periodismo, pero, desde luego, entre ellas, no se incluyen las de Lengua y Literatura, y, de incluirse, más valdría revisarlas con urgencia, porque las aberraciones lingüísticas han dejado de ser una lastimosa anécdota para convertirse en una preocupante endemia. El resultado es la incontrolable invasión en las redacciones de los medios de comunicación de periodistas deficientes de gramática o morfología, acostumbrados a escribir, cegados por la narcisista debilidad de la admiración ajena, un escacharrado párrafo en su red social favorita y a leer las mismas líneas taquigráficas que le envían por «whatsapp». Se ha perdido el respeto por la lengua, extremo que, auspiciado por su naturaleza vital, no parece preocupar a nadie. Tampoco a la facción dominante en la Real Academia Española. Que la lengua sea un ente vivo no supone la innecesariedad de puntual corrección o educativo encauzamiento, no supone dejarla salvajada, víctima de su propio descarrío, viciada de libertad.
 

   Causa perdida se barrunta la expresión «violencia de género», paradoja que cosifica a la mujer cuya humanidad se pretende proteger, puesto que (¡no nos cansa la insistencia!) los animales, las cosas, las palabras tienen género, las personas, sexo. Aunque la situación, como una mala costumbre, empeora. Ya se ha generalizado en el uso el tildar el adjetivo «amazonia», al sustantivarlo, quizá por facilitar su pronunciación… O quizá no sea todo cuestión de facilidades. Diáfano ejemplo es el iterativo verbo «preveer», cuya conjugación se ha convertido en un tortuoso juego de trabalenguas, abstruso o intrincado, bochornoso y emético, a un tiempo. Así, recientemente, en un informativo televisivo, de cuyo nombre no quiero acordarme, una periodista soltó el modo indicativo del pretérito perfecto compuesto «ha preveeido», quedándose tan pancha. Y, la verdad, todavía no alcanzo a comprender cómo fue capaz de pronunciar semejante palabro. Sí he de confesar que escucharlo me revolvió de tal manera el estómago que apagué el televisor, con remantes del estado de choque navegando por mi bilis. Cómo es posible que un periodista pueda esputar un complejo diarreico de magnitudes catastróficas para el lenguaje es algo que sólo se explica con la grosería, la profanación, la mofa o el desprecio con el cual se trata al español, fomentado por ignorantes atados a las manías de masas igual de analfabetas.
 
 

   Siendo honesto, el trabajo periodístico se ha complicado en exceso. En esta época, cualquiera con un móvil da la noticia en exclusiva antes que alguno de los medios informativos. La dichosa inmediatez se ha convertido en la piedra angular del descalabro gramático de la profesión. La digitalización obliga a la constante dedicación de la actualización de la prensa, sin margen para la coherencia. Antaño, todos competían con idéntico límite: la puesta en marcha de las rotativas. Hogaño, la hora es un factor intranscendente. Circunstancia a la que se suma el destierro del corrector de estilo, ese experto en Lengua, perito literario, que retocaba la narrativa de los textos en las redacciones hasta el visto bueno.
 
 

   La provechosa lectura de periódicos, en forma de virtuosa pureza académica, ha perdido su razón en nuestros días. La acción de sentarse con el periódico en las manos, para destinar un rato a su lectura, ganando la doble ilustración enriquecedora de los hechos acaecidos en el mundo y del clásico intelecto erudito, se ha esfumado del panorama escolástico como la consideración sintáctica se ha esfumado de nuestras infames conciencias. Para mantener su credibilidad frente a los lectores, los periodistas deben izar la objetividad como bandera, seguir defendiendo la veracidad de sus contenidos, filtrar la miríada de noticias que pululan por Internet, gestionando adecuadamente la información… Si las empresas multinacionales que los sustentan con sus contratos publicitarios se lo permiten.

 

   El Francisco Torquemada que, animado a adentrarse en el selecto club de la oratoria, se precipite a la captura de periódicos como el yonqui a la heroína, satisfará su espontánea tacañería, al descubrir las carencias de lo publicado. También se hallará desarmado, erigiéndose como ingenuo oyente. Tal vez obtenga socorro en un grupúsculo de irreductibles articulistas de opinión, quienes sabrán complacerlo… Mientras no sean declarados proscritos, golfos estafadores de la palabra, siniestros usurpadores de columnas, al revelarse su torpeza para conjugar el verbo «preveer».


Julián Valle Rivas

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