A mitad del camino, por Julián Valle Rivas

«A mitad del camino de la vida, / en una selva oscura me encontraba / porque mi ruta había extraviado». Cuando escribo estas líneas, acabo de cumplir cuarenta años y, si todo transcurre naturalmente, parafraseando al poeta italiano, transito por la mitad del camino de mi vida, perdido entre la frondosidad de una selva oscura, huérfano, todavía, de la guía de un Virgilio que me reoriente hacia aquella ruta que una vez extravié, si es que existió aquella ruta.
 
 
   A mitad del camino de la vida, durante estos cuarenta años, procelosos de avatares, he aprendido que, como James Bond le dice a Felix Leiter en Vive y deja morir (la novela, no la película), no se puede planificar todo. Nada de lo que esperaba de la vida se ha cumplido, o no se ha cumplido como esperaba. Y no se trató tanto de planificar como de confiar que el camino escogido conduciría al destino deseado. Pero la vida, aturdidora de voluntades, se cuidó de echarme a patadas del camino en tamaño número de ocasiones, de obligarme a arrastrar el itinerario elegido hacia una combinatoria de multiplicaciones indeterminadas, que ahora tan sólo soy capaz de vislumbrar el entramado ramaje de una selva que oscurece el final, ese destino tornado ya en impredecible, pues el avance, lento y laborioso, precario y cauteloso, vacilante y nebuloso, ha quedado reducido a desmarañar el ramaje y el arbusto y a adaptar la pisada a la novedad del descubrimiento, sin columbrar los destellos del porvenir, que igual podrían ser clarividentes como cegadores.
 

   A mitad del camino de la vida, pese a, justo es confesar que una filosofía existencialista que adolece de autoinculpación se antoja quebradiza de penitencia. Justo es confesar que aquellas elecciones que la vida se ocupó de enmendar o reeducar con un revés a mano vuelta fueron exclusivamente mías. De continuo he sostenido que, al ser conocidos (que no reconocidos) por nuestros actos, somos responsables de ellos. Que el presente es el cúmulo de consecuencias provenientes de las decisiones pasadas. Que somos lo que somos, porque fuimos lo que fuimos. Entonces, si hoy me hallo perdido en la hosca y confusa selva de la vida, desbrozando frondas a machetazos para abrirme paso entre el espeso enramado, ignorante de los infortunios que me esperan (¡la fortuna suele manifestarse esquiva!), tentando al dios que fuere en demanda, o ruego, más bien, de un Virgilio personal, con dedicación íntegra a servirme de faro para un rumbo imantado de dignidad, es por entero mía.
 

   A mitad del camino de la vida, opaco el horizonte, me queda el consuelo de que aún no me arrullo jaquecoso por el legado que dejaré, que probablemente no sea ninguno; para desconsolarme con la certeza de que una vida no basta (¡mucho menos media!) para colmar la curiosidad. Durante estos cuarenta años, también he aprendido que, remedando con respeto al filósofo griego, sé que nada sé. La curiosidad, espiritual compañera de viaje, se me ha aparecido insaciable, clavándome preguntas, cuyas respuestas me obligaba buscar, como los pulmones a inspirar oxígeno, con la incidencia de que, por cada una de las respuestas, brotaba una pluralidad de nuevas preguntas, cual tupida y trepadora madreselva (¡ubicua densidad selvática, yo te maldigo!). Una curiosidad, por lo demás, huidiza de los melindres. Apartada del elitismo, jamás fue selectiva, jamás hizo ascos; de manera que únicamente la urgencia del título universitario explica su denominación. Cuántas cosas por aprender… Y cuántos libros por leer… Esa afición insana y narcótica a la lectura, tan dilapidadora y absorbente, la cual te hace aborrecer la necesidad del alimento que, con bastardo nepotismo, prefiere el trabajo remunerado para regir las horas del día, cuando el tiempo, ese consumista abominable, debiera ser primado con lecturas enriquecedoras del alma. Tras estos cuarenta años, he llegado a la convicción que será legión el número de obras que no podré leer… Ah, no invoco la inmortalidad, la naturaleza manda. Aunque, como versificara Yeats, siendo pobre, sólo tengo mis sueños. Mis sueños son un humilde patrimonio, y, como patrimonio, está a mi disposición. Me aferro a ellos, a esos sueños que, de acuerdo con su esencia, alteran la percepción de la realidad, de aquella selva oscura donde me encuentro, desconcertado y errante, al extraviar mi ruta, apuntalando mi cordura, entretanto aguardo, impaciente, el auxilio de mi Virgilio.
 

   A mitad del camino de la vida, amoldado a esa amputación de la precognición en mi conciencia, negada la amistad de la premonición, salvo por las carencias intelectivas y lectoras, las cuales perecerán abandonadas a lo largo del trayecto, apuro el día adaptándome a las circunstancias que se presentan, como el camaleón mimetiza con su entorno, hacinado por los sueños; sin esperar ya nada de la vida, mientras sigo esperándolo todo; porque en la espera, plagiaria de caprichos, orfebre de sueños, siempre tendrá cabida la esperanza.
 

Julián Valle Rivas

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