LIBERTAD SIN IRA Y SIN MIEDO, LIBERTAD, por Juan Antonio Luna García

Fall of the Berlin Wall  - standing on the wall muro de berlínEn 1976, en plena Transición, Jarcha nos cantaba ¡Libertad, libertad, sin ira y sin miedo, libertad! Casi 50 años después es necesario volver a oír el canto del Pueblo porque vivimos los peores momentos de nuestra democracia, mucho peores que el 23F. El Golpe es mucho más contundente y mantenido en el tiempo: no durará días, sino años, porque no se hace desde fuera de las instituciones sino desde dentro: nada menos que desde el Gobierno de la Nación. Las iniquidades van un paso por delante de todas las personas de bien; las infamias, la inmoralidad y la injusticia están instaladas en el poder. Se trata, por tanto, de un autogolpe de estado. La peor traición se ha consumado.

 

El ominoso pacto entre el PSOE y los independentistas xenófobos proclama que quienes en Cataluña actuaron contra la democracia, contra la Constitución; quienes robaron dinero de todos; quienes practicaron la corrupción; los que hirieron a policías; quienes incendiaron las calles y crearon un ambiente irrespirable en persecución y acoso de personas honestas, sólo por sentirse españoles y expresar una opinión política distinta; lo hicieron bien. Hicieron lo correcto.

 

El mismo pacto decide que el Estado al aplicar el artículo 155 en defensa de la convivencia y de la Constitución, que los jueces, los fiscales y los policías, y todos quienes defendimos la legalidad, lo hicimos mal; que cometimos abuso. Eleva, por tanto, lo ilegítimo a la categoría de moral, y convierte la legalidad democrática en ilegítima. La consternación es absoluta.

 

El acuerdo abre la puerta a revisar sentencias y a juzgar a magistrados, jueces y fiscales por haber cumplido con su obligación al aplicar la ley. La abre a que debamos indemnizar a quienes delinquieron por cometer atrocidades. Hace una transferencia de rentas salvaje, bienes y derechos en favor de criminales condenados o fugados. Abre igualmente la puerta a un referéndum de autodeterminación. Lo que no cabía en la Constitución según todos los socialistas, parece que empujando con suficiente ardor y deseo de mantenerse en el poder ya va cabiendo. La mentira es colosal, la desvergüenza apoteósica.

 

El ataque al Estado de derecho es de tal envergadura que hace desaparecer la seguridad jurídica, la igualdad ante la Ley y la separación de poderes, pilares básicos de una democracia; parapetándose descaradamente en el resultado de las elecciones del 23J, en las que no sólo nada de esto estuvo sometido a debate, sino que explícitamente y en voz alta se negaba desde el Gobierno. El engaño y el latrocinio son insoportables.

 

Cuesta respirar. La humillación que un partido hasta ahora básico en la etapa democrática reciente de nuestro país está infligiendo a España es monstruosa, y todo por el beneficio personal de su líder y de sus gerifaltes; porque no hay nada de «progresista» en la complicidad del Gobierno con el racismo, la violencia y la corrupción, todo lo cual fue inherente al proyecto separatista catalán. Todos unos desalmados.

 

Pedro Sánchez, un déspota al que sólo le falta asomarse al balcón, como hizo Nerón, y ver arder a Roma; junto a este PSOE, están alcanzando cotas de indignidad inéditas en nuestra historia democrática, sólo comparables a la felonía perpetrada por Fernando VII en el siglo XIX. El PSOE apesta a traición, cualquier socialista digno, con mínima ética personal, debe abandonar el partido de inmediato.

 

En España se abre un periodo de absolutismo feroz y sombrío. La degradación y prostitución de las instituciones instala un «procés» español que terminará convirtiéndose en dictadura con el paso de los días, los meses, los años. Porque si un partido controla el poder ejecutivo el legislativo y el judicial, eso es dictadura. Si, además, alguien con carnet del partido controla la Fiscalía, eso es dictadura. Si se reprimen desde el poder las libertades individuales, eso es dictadura. Si se premia a los corruptos y se persigue a los justos, eso es dictadura. Si los votos están por encima de las leyes, eso es dictadura. Así mueren las democracias.

 

Hoy, 9 de noviembre, aniversario del derribo del Muro de Berlín (cuyo nombre real era «Muro de Protección Antifascista», ¡lo que ya apuntaba…!), se levanta otro muro que convierte en fúnebre e irrespirable nuestra joven democracia. Un muro que separa lo moral de lo legítimo. Un muro que premia a los delincuentes en perjuicio de la gente de bien. Un muro que separa a los ciudadanos y comunidades autónomas en categorías de primera y de segunda. Un muro que aísla la Libertad desmantelando la democracia constitucional. Un nuevo muro de la vergüenza, pero éste de una vergüenza muy cercana que pasará a la historia negra de nuestro país.

 

Y lo peor es que todo parece un caos planificado por unos cobardes que desprecian a los ciudadanos y los usan como material de derribo y cambalache.     

 

«Un pueblo que acepta pasivamente la corrupción y los corruptos no merece libertad, merece la esclavitud. Un país cuyas leyes son indulgentes y benefician a los bandidos no tiene vocación de libertad. Su gente es esclava por naturaleza», Nicolás Maquiavelo.

Juan Antonio Luna García

GOBIERNO NO DEMOCRÁTICO (I), Fernando M. García Nieto

“El hombre nace libre, pero en todas partes está encadenado”, Jean Jacques Rousseau, 1762. Según la ONG norteamericana Freedom House, el 60% de la población mundial vive en sociedades “parcialmente libres” en las que en teoría existen libertades personales y derechos democráticos, pero no están institucionalizados y se hallan sujetos a restricciones, y en sociedades “no libres”, donde la ciudadanía apenas tiene libertades civiles ni tampoco oportunidades de participación política.


    Cuando acabó la Guerra Fría, en los noventa, muchos supusieron que el futuro se caracterizaría por una oleada de democracias liberales. Francis Fukuyama llegó a vaticinar “el fin de la historia” en su convencimiento de que el sistema democrático occidental se mostraba como el vencedor global en el ámbito ideológico. Pero en los últimos años el gobierno no democrático ha mostrado su capacidad de adaptarse y prosperar.


    Como concepto, el gobierno no democrático es una categoría residual, un grupo de elementos diferenciados no necesariamente iguales, todos aquellos regímenes que no son democracias, hasta el punto de que ciertos regímenes no democráticos se asemejan más a democracias que a otros regímenes no democráticos. Esta diversidad de formas de organización política se traduce en la proliferación de términos que se utilizan de forma indiscriminada, como autocracia, oligarquía, dictadura, tiranía, etc.


    Los estudiosos de la ciencia política suelen definir los regímenes no democráticos como aquellos que están controlados por un pequeño grupo de individuos que ejercen el poder sobre el estado sin ser constitucionalmente responsables ante la ciudadanía, es decir, que los ciudadanos no tienen un papel significativo en la elección o destitución de los líderes del país, y estos a su vez disponen de un amplio margen para “dictar” al pueblo sus políticas y sus leyes.


    Los regímenes no democráticos abarcan todo el espectro de niveles de riqueza y modernización. No existe correlación clara entre el nivel de pobreza y el tipo de régimen, aunque no se puede ocultar que la mayoría de los países del mundo con un PIB per cápita de más de 20000 dólares son democracias.  


    Es habitual que los críticos de este gobierno utilicen el término “régimen” en sentido peyorativo y acompañado de un adjetivo derivado del nombre de un determinado líder, como por ejemplo “régimen castrista” en Cuba. Quizás lo hagan así porque consideran que todas las decisiones emanan del propio gobernante sin apenas restricciones impuestas por las instituciones políticas. El líder es el régimen.


    Pero ¿cuáles son los orígenes y las causas de los gobiernos no democráticos? No existe una explicación única o dominante, y la capacidad explicativa de cualquier teoría se ve limitada por el espacio y el tiempo. Pretendo explicar, en sucesivas entregas, algunos de los factores que influyen en la instauración de los regímenes no democráticos o autoritarios. Comenzaremos por el proceso de modernización de las sociedades.


Hay una máxima en ciencia política: “sin clase media no hay democracia”. Sabemos que con la modernización las sociedades se vuelven más urbanas, cultas y políticamente sofisticadas, condiciones básicas catalizadoras de la democracia. Por tanto, las sociedades pobres y poco desarrolladas tienen menos probabilidades de ser democráticas. Esto lo podemos explicar por el papel de la clase media.


Una clase media urbana culta y capaz de formular y promover intereses políticos, sociales y económicos concretos, genera con ello demandas de democracia a las élites. La ausencia de una clase media se traduce en una polarización entre los pocos individuos que ostentan el poder, las élites, y el conjunto de la población tímidamente organizada. La modernización es necesaria para desarrollar una clase media como la descrita.


Sin embargo, muy a nuestro pesar, en la modernización también está la semilla de un gobierno no democrático. La modernización puede convertirse en un proceso desestabilizador y desigual.


Imaginemos un país en desarrollo. Las áreas urbanas pueden experimentar una transformación “repentina” de sus normas e instituciones mientras las zonas rurales se quedan atrás, y algunas personas disfrutarían de innovaciones tecnológicas, teléfonos móviles y acceso a internet, infraestructuras, carreteras y escuelas, al mismo tiempo que otros individuos carecerían de esas ventajas.


Los cambios perturbadores de las instituciones económicas, como el paso de un sistema agrario a un sistema industrial, y los cambios en las instituciones sociales, como las transformaciones en las relaciones de género y el aumento del laicismo, pueden generar inestabilidad en una sociedad.


La modernización puede también tener una tendencia regresiva provocando el aumento de la inflación o el desempleo, perjudicando a la clase media, debilitando el desarrollo económico y desestabilizando el orden social y político.


Cuando un número suficiente de personas se sientan desorientadas, desubicadas o decepcionadas por el cambio de su sociedad, pueden surgir movimientos y líderes políticos que prometan restaurar el orden o acabar con la desigualdad. Estos movimientos pueden llegar a derribar un régimen democrático si este parece incapaz de resolver las tensiones o evitar los peligros que trae consigo la modernidad.


Para acabar quiero señalar la paradoja de que esos movimientos no democráticos suelen estar impulsados por los beneficiarios directos de la modernización y la propia democracia, que ahora han adquirido las herramientas organizativas e ideológicas necesarias para articular una alternativa política al statu quo.

Fernando M. García Nieto
 

 

GOBIERNO NO DEMOCRÁTICO (I) 

GOBIERNO NO DEMOCRÁTICO (II) 

GOBIERNO NO DEMOCRÁTICO (III)

GOBIERNO NO DEMOCRÁTICO (IV)

GOBIERNO NO DEMOCRÁTICO (V)

AMNISTÍA Y PEDRO SÁNCHEZ, por Antonio Sánchez Villatoro

pedro sanchezEl 16 de febrero de 1936, el FRENTE POPULAR ganó las últimas elecciones que se celebrarían durante la Segunda República antes del golpe de Estado. El Frente Popular estaba compuesto por:  Izquierda Republicana, Unión Republicana y el Partido Socialista, en representación del mismo y de la Unión General de Trabajadores; Federación Nacional de Juventudes Socialistas, Partido Comunista, Partido Sindicalista, Partido Obrero de Unificación Marxista.

 

El primer punto del Programa Electoral del Frente era:
1.º A "conceder por ley una amplia amnistía de los delitos politicosociales cometidos posteriormente a noviembre de 1933, aunque no hubieran sido considerados como tales por los Tribunales. Alcanzará también a aquellos de igual carácter no comprendidos en la ley de 24 de abril de 1934"

.
Evidentemente, la mayoría de los españoles habían aprobado democráticamente la concesión de la Amnistía. En consecuencia, se promulgo un Decreto-Ley.


El Decreto-Ley fue aprobado por la Diputación Permanente, presidida por Santiago Alba. Los propios diputados de la CEDA  (Confederación de Derechas Autónomas) votaron favorablemente.


Siendo inequívoca la significación del resultado de las elecciones a Diputados a Cortes en cuanto a la concesión de una amnistía por delitos políticos y sociales, en favor de la cual se ha pronunciado la mayoría del Cuerpo electoral, de acuerdo con el Consejo de Ministros, a propuesta de su Presidente y previa la aprobación de la Diputación Permanente de las Cortes, "Vengo en disponer lo siguiente: Artículo único. Se concede amnistía a los penados y encausados por delitos políticos y sociales. Se incluye en esta amnistía a los Concejales de los Ayuntamientos del País vasco condenados por sentencia firme. El Gobierno dará cuenta a las Cortes del uso de la presente autorización".

En el Programa Electoral de D. Pedro Sánchez, de las elecciones celebradas el 23 de julio pasado, no figura ningún punto con referencia a AMNISTÍA. Hasta en cuatro ocasiones, Pedro Sánchez se mostró contrario a una ley de Amnistía «por convicción personal y política» y porque «la Constitución no reconoce el derecho a la segregación».

En la pasada legislatura, los letrados del Congreso rechazaron por inconstitucional la ley de Amnistía que registraron los grupos independentistas catalanes, ya que esta ley «no tiene cabida» en la Constitución. Los socialistas se mostraron satisfechos con esta resolución de los letrados de la Cámara, a la cual se adhirieron e hicieron suya.

La última vez que Sánchez aseguró que no habría amnistía ni referéndum de autodeterminación fue tan solo tres días antes de las elecciones generales del pasado 23 de julio. Las declaraciones del presidente del Gobierno fueron realizadas, tanto en las dos Cámaras de representación, el Congreso y el Senado, como en los platós de La Sexta, en el programa 'Al Rojo Vivo' de Antonio Ferreras.

Y ahora se cambia de opinión y se inventan una consulta a las bases, cuando todo socialista sabe que las bases solo tienen un derecho: pagar la cuota. Parece que el resto de los españoles no tienen nada que decir.

En Lucena:
Los presuntos “sanchistas” locales, que antes eran hipotéticos “susanistas”, reverenciando al Superior Secretario General de la Agrupación Local, o por decisión propia, hacen campaña y se adhieren a su “jefe” y a sus cambios de opinión (Cambiar de opinión sí pero "no todos los días". "Rectificar es de sabios y de necios hacerlo a diario") para mantener en el sillón a D. Pedro  Sánchez Pérez-Castejón por el “bien de España”  y por “un gobierno de progreso” ¿Son progresistas JUNTS y PNV? ¿Se estaría hablando de amnistía si los votos de Junts no fueran imprescindibles para la investidura de D. Pedro Sánchez?

Antonio Sánchez Villatoro

Nota. Mi voto, como militante del PSOE y como SOCIALISTA ha sido NO.

El raro soy yo, por Pepe Morales

Camino por la calle un día cualquiera y veo gente normal, personas riendo, gente haciendo cola en el cajero, parejas sentadas en la cafetería, abuelos viendo la vida pasar por delante de un banco soleado, un repartidor aparcado en doble fila, estudiantes con mochilas, una ecuatoriana empujando la silla de ruedas de una española, la cartera con el carrito de Correos, operarios cavando en el asfalto, un señor recogiendo la caca del perro, gente en coche, moto, patinete o bicicleta… Gente normal haciendo cosas normales.

Me extraña ver que sólo hay gente normal en la calle un día cualquiera porque, por más vueltas que doy, no veo el país en que dicen que vivo los medios de comunicación a diario. Vivo en un entorno de gente normal en apariencia que hace cosas aparentemente normales. ¿Y entonces? ¿Dónde están los peligros que, dicen la derecha y los medios, acechan la paz, la integridad, la salud, la seguridad y la tranquilidad de este país? Con inquietud, me decido a comprobar si quienes me rodean son gente normal.

Hablo con gente próxima. Al preguntar, el mundo tiembla por momentos, el caos toma la palabra y no hay debate, sólo maniqueísmo: o conmigo o contra mí, sin más argumento que lo repetido por los medios. A corta distancia, la gente actúa de forma rara, como si escondiera su personalidad en un muestrario de etiquetas y no en el desarrollo racional de sus propias ideas. Es la misma gente que veo en las calles y las plazas cuando paseo un día cualquiera y que en apariencia entra en el canon de la normalidad.

Gente que ayer era andaluza, hoy se avergüenza de serlo y se declara española, sin saber explicar en qué consiste la españolidad más allá de una pulserita o un pin en la solapa. Gente que deja traslucir un odio reciente hacia catalanes y vascos como afirmación de una españolidad excluyente y sectaria. Gente andaluza que permite que Sevilla y Madrid les robe porque Moreno Boñiga y Ayuso se envuelven en una bandera que no es verde ni blanca, la que favorece al señorito andaluz y al que vive en Madrid.

Gentes que ayer fueron a trabajar a Catalunya o Alemania por razones económicas o ideológicas, sin papeles en muchos casos, hoy acusan a los migrantes de lo que fueron acusadas en su momento. Porque muchos emigrantes de la España dictatorial fueron ladrones, violadores y asesinos para el racismo xenófobo de los países donde se dejaron la piel y la dignidad. Descendientes de esos españoles se quitan hoy las pulseritas para que les alquilen una vivienda y les den trabajo en muchos países de Europa.

Gente que frecuentó los armarios donde el franquismo guardaba a quienes consideraba anormales, hoy meten su pluma en cofradías homófobas y no dudan en señalar con el dedo del odio, la frustración y la envidia a quienes deciden volar libremente. Gente con hijas, madres, nietas, hermanas o vecinas maltratadas, algunas asesinadas, por machos salvajes, hoy atacan el feminismo y defienden a los agresores porque así lo impone la ideología machista a la que mucha de esa gente vota.

Gente con trabajo precario, sin acceso a la vivienda, con dificultad para pagar la luz, asaltada cada poco por su banco, sin dinero para gasolina, alimentada de pobreza… gente que defiende a muerte lo que los medios le indican. Gente que vota a quienes ensanchan la brecha entre ricos y pobres, o que no vota para defender la unidad de España, para que no la rompan. Gente que ignora que ella es España y está más que rota. Gente que apoya una monarquía donde el Emérito, Froilán o Federica son lo “normal”.

 

Pepe Morales

«Babylon», por Juilán Valle Rivas

babylonQue ese portento cinematográfico de Damien Chazelle titulado «La La Land» (2016) no ganara el Óscar a Mejor Película, supuso mi ruptura definitiva, crónica de una muerte anunciada, con la Academia hollywoodense y el valor de su criterio. Ruptura extensiva, por lo desproporcionado de su posicionamiento, a otros premios en el ámbito del arte. Cierto que la gala estadounidense nos tatuó en el recuerdo el error del pobre Warren Beatty; en cambio, quién recuerda «Moonlight» (Barry Jenkins, 2016), galardonada con el premio, o manifiesta algún interés en su visionado siete años después de su estreno.

 

   En su larga historia, no fue la primera vez, ni será la última, que la Academia desconcierte tanto con su elección. La cuestión es que, de un tiempo atrás, viene siendo demasiado evidente el bochornoso o vergonzoso reparto de votos entre las producciones candidatas, las atribuciones caprichosas, acariciadas por una suerte de desmedida corrección política o una infame moda de turno.


    El caso es que, tras repetir con «La La Land», he vuelto a disfrutar con esa otra joya fílmica de Chazelle que es «Babylon» (2022), en la cual el director continúa rodeándose de su equipo de confianza, con Justin Hurwitz, a cargo de la música, Linus Sandgren, de la fotografía, y Mandy Moore, de la coreografía.


    Recupera Chazelle, con «Babylon», el homenaje a la cultura cinematográfica, rememorando aquel periodo de transformación radical acaecido durante las postrimerías de los felices años veinte: el paso del cine mudo al sonoro, y que atrajo no sólo un nuevo modo de deleitarse con la experiencia cinematográfica para el espectador, sino un nuevo modo de entender el trabajo de los profesionales, obligados a adaptarse a la realidad de un sistema que llegó para erradicar todo vestigio anterior, y de comportarse en la vida pública. De ahí que las bacanales recargadas por el barroquismo de la inmoralidad y el libertinaje, siempre amigas de la naturalidad y la notoriedad, de los primeros minutos de metraje, transmuten, de cara a abordar el epílogo, en los más oscuros y depravados comportamientos humanos, pergeñados por la más degenerada corrupción suburbial y ejecutados en los nefastos rincones del inframundo. De ahí que aquellos actores que brillaron mientras los filmes aparecían como un cúmulo de gestualidades, ademanes y equilibrismos exacerbados rayanos a la improvisación, se sintieran caricaturizados, al ceder parte de la articulación del cuerpo a favor de la vocalización de la narración, hasta ser derrotados por el inclemente golpe de la verdad, por la depresión de entenderse desfasados, arrollados por una técnica intransigente con sus capacidades. De ahí que el espectador ordinario, marginado de las delicadezas teatrales, eliminado de su intelecto las comedias populares, acostumbrado a consumir un minimalismo del arte ficcional retranqueado por el ambiente orquestal, se maravillara por la paradoja de la imagen en movimiento dotada de voz, prodigio mágico, taumaturgia divina, facultad de ascendencia quimérica.


    Homenajea, además, Chazelle, con «Babylon», una obra maestra de la historia del cine como es «Cantando bajo la lluvia» (Stanley Donen y Gene Kelly, 1952), y salpica, así, todo el metraje de referencias a la película clásica. No se trata de una revisión o, directamente, de un plagio, a la manera que «Por un puñado de dólares» (Sergio Leone, 1964) hizo con «Yojimbo» (Akira Kurosawa, 1961), pese a partir de idéntica premisa del actor apesadumbrado por el compromiso de reinventarse o morir. «Babylon» es un amor manifiesto, respeto y pleitesía, que culmina en esa apoteosis conclusiva en la que uno de los protagonistas se rompe por el dolor y la melancolía, al descubrir en la película que se proyecta en el cine, y que se convertirá en eterna, el retrato de una época de la que fue testigo privilegiado y héroe improvisado; al revivir, a través de la sucesión de fotogramas, las experiencias de unos amigos que ya desaparecieron, con quienes recorrió la sin par singladura del éxito y del fracaso, vorágine de sensaciones desbocadas. Y en seguida, vemos cómo el protagonista se recompone, al comprender que la añoranza sólo es el reflejo de un tiempo que presenció, de una historia que ayudó a escribir. Al revelársele la afortunada confirmación de que él también formó parte de la imperecedera grandeza del cine.


    Queda aplaudir, al cierre de tres horas de metraje. Queda reconocer el impagable trabajo de una inconmensurable Margot Robbie, inmensísima, quien consigue aunar la belleza y sensualidad que caracterizan a su personaje con la imparable caída hacia la autodestrucción a la que se ve abocado. Aunque apenas comparten escenas, igualmente, encabeza el cartel Brad Pitt, quien interpreta con solvencia a un galán, estrella del cine mudo, borracho de fama, éxito y alcohol, que padecerá la tortura del fracaso, al no poder encajar en la nueva forma de hacer cine. Y aplaudir, cómo no, el logrado diseño de producción y la espectacular fotografía, que llenan cada plano. Aplaudir la narrativa y la peculiar representación del sistema de rodaje durante la etapa muda. Aplaudir, en fin, la fenomenal, sobresaliente, aportación musical de Hurwitz, elemento integrado en las secuencias, y arte por el que director y músico tienen tanta pasión como por el cine.


Julián Valle Rivas

Nos quitan la Sanidad, por Pepe Morales

sas servicio andaluz de saludAcude a Urgencias con alarma y la desazón de una larga y penosa enfermedad rondando la cabeza. Intranquiliza la SER al hablar del último desvío presupuestario de Moreno Bonilla a la sanidad privada. Activa el CD y saluda Serrat: “...recíbelo como si fuera fiesta de guardar. No consientas que se esfume, asómate y consume la vida a granel. Hoy puede ser un gran día, duro con él”. En Urgencias, una enfermera decide la gravedad de las angustias. Hoy puede ser un un gran día, aún no piden otra tarjeta que no sea la sanitaria.

Un gran día con un cuarto de la sala de espera libre, sin gente de pie como casi siempre a las cinco de la tarde. En el gran día, la megafonía anuncia el número impreso en la pulsera identificativa a los quince minutos de haberla recogido en Admisión: “P 036, Pase a Clasificación B…”. Ofrece a la enfermera la versión ampliada de la dada en Admisión mientras su acompañante buscaba aparcamiento fuera del Hospital cuyo amplísimo parking tenía desocupado más del 50%, un aparcamiento de los más grandes y el más caro de la ciudad, negocio a costa de pacientes y trabajadores.

De Clasificación, a la sala de espera de consultas y su paisaje habitual de sillas agolpadas y acompañantes de pie. La megafonía canta los números para el sorteo de la atención especializada. Un gran día: “P 036, Pase a Consulta 12…” tras sólo media hora de espera. Tres irrupciones de batas en la consulta pidiendo ayuda empiezan a sembrar dudas sobre el gran día. Falta personal. “Vamos a sondar”, resume la doctora. “Vaya a la consulta 13”. Dos enfermeras esperan con sonda, jeringa y botes para analíticas. El proceso es interrumpido cuatro veces por batas de otras consultas pidiendo ayuda. Falta personal. El gran día se diluye tras siete pinchazos sin encontrar vena y la denegación de auxilio por la compañera de otra consulta. Falta personal. El octavo intento da para llenar los botes y la sonda entra a la primera.

Un celador conduce la camilla a la sala de “Sillones” donde una cuadrilla de enfermeras y auxiliares atienden el catálogo de dolencias que ocupan quince plazas en apretada vecindad. Aparcada la camilla y la angustia en la plaza libre, enchufan a la vía un calmante y una bolsa de lavado vesical. Toman las constantes entre espasmos. ¡¡A la mierda el gran día!! Inspira, expira, inspira, expira… diez segundos de angustia y remite el dolor, secuencia que se repetirá cada hora u hora y media a lo largo de la larga noche.

Apagan luces y tres personas quedan a cargo de dolores y miedos. Falta personal. Cinco botes de calmante y dos bolsas de lavado después, una brigada multidisciplinar interpreta una coreografía que permite, en apenas media hora, cambiar la ropa de sillones y camas, asear a los ocupantes, servir el desayuno y tomar constantes y muestras para nuevas analíticas. Como llegaron, salen de escena y empieza otro gran día. Llega un médico, pregunta, escucha, explica, responde y propone el alta. Avisa para que vengan a recogerla y, en cinco minutos, retiran la vía y la sonda, se viste y sale en silla de ruedas al exterior. El aparcamiento luce medio vacío mientras los usuarios queman combustible y tiempo buscando sitio gratis en el exterior, con suerte a doscientos metros del hospital.

Atrás quedan los rostros y los cuerpos castigados por la fatiga que no renuncian a la sonrisa y el sobreesfuerzo para atender médica y psicológicamente a la ciudadanía. Falta mucho personal. Y faltan humanidad y vergüenza por parte de quien no invierte lo que debe y tiene en la Sanidad Pública, del responsable del deterioro intencionado de los servicios públicos en Andalucía, de quien empuja a cientos de miles de andaluces hacia la estafa de los seguros privados. En primera instancia, hay que señalar a Bonilla y su gobierno pero, en última instancia, es culpa de quienes lo han votado y no protestan.

 

Pepe Morales

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