Un modelo de jardinería equivocado, por Fernando M. García Nieto

Está demostrado científicamente que unos suelos vivos, ricos en carbono y microorganismos, mejoran el crecimiento de las plantas. Para ello es necesario el aporte de la descomposición de restos vegetales, la formación del humus o “mantillo”. Este tipo de suelo, a su vez, retiene hasta diez veces más agua que un suelo desnudo, algo fundamental ante la escasez de agua que padecemos.   


Sé esta produciendo una revolución en los campos de cultivo aplicando métodos de "agricultura regenerativa", que aprovecha la cubierta vegetal natural y el mantillo que se va acumulando sobre el terreno, con resultados realmente sorprendentes.  


¿Pero qué pasa con las ciudades? Vemos que cuando caen las hojas de los árboles sobre los parterres de nuestros jardines públicos podemos observar como nuestros jardineros municipales se afanan en retirarlas, privando a las plantas de los beneficios antes señalados.

Cualquiera, no hace falta ser un experto, puede ver que este es un modelo de jardinería equivocado, ya que se destina el trabajo y esfuerzo de estos trabajadores a una tarea que repercute negativamente en el mantenimiento de la humedad en parques y jardines, y que retira de esos suelos nutrientes naturales. La alternativa sería hacer lo contrario, enriquecer esos terrenos con restos de poda triturada, en vez de depositarla en los vertederos, y abonos orgánicos, para un mejor crecimiento de las plantas y retención de la humedad, creando una zona de compostaje para optimizar esos recursos que ofrecen nuestras zonas verdes antes de llevarlos a los jardines.

 

Fernando M. García Nieto

[1] https://youtu.be/ZBgPNr28-O0

[1] https://youtu.be/Tc81GqUCc40

CERRADO COLEGIO DE MENORES SIN RECURSOS, por Alfonso Jiménez

"Abrid escuelas y se cerrarán cárceles"

                       ( Concepción Arenal, escritora y activista)


   Supongo que doña Concepción también lamentaba lo contrario: Si se cierran escuelas, tendrán que abrirse cárceles. Ahora, en esta ocasión, estaba cantado y por fin han conseguido cerrar el colegio madrileño. Este podría haber sido el comunicado no hecho público:


   Desde su fundación (1701) y tras 322 años dedicado a la enseñanza de menores desfavorecidos, y solo interrumpida su actividad durante la guerra de la Independencia(1808) y la Guerra Civil de España (1936-1939), este colegio de la Purísima Concepción, también conocido como colegio de la calle Puebla de Madrid, comunica lo siguiente:

1.- Sin la presencia, por razones de agenda, del actual presidente de la Hermandad del Refugio, el señor conde de Bornos.
 
2.- Ausentes y en ignorado paradero nuestros hermanos de honor, los reyes eméritos Juan Carlos y Sofia.

3.- Sin haberse personado, por múltiples razones, ninguno de los altos dirigentes de la muy libre comunidad de Madrid.

4.- Sin la asistencia prevista de los 400 cofrades miembros de la religiosa Hermandad, que aún no han decidido si transformarlo en hotel de lujo o universidad privada.

5.- Rendido y desesperado el claustro compuesto por 49 docentes y auxiliares, algunos cerca de la jubilación.

6.- Hundida y silenciada el AMPA del centro colegial con la poderosa ayuda de casi todos los grandes medios: teles, prensa y radio.

7.- Resignadas las familias de los 250 alumnos de 20 nacionalidades, y conformes sin remedio con el inevitable traslado de sus hijos a otros centros más o menos próximos.  

    En el día de hoy, 30 de junio, se ha dado por finalizado el curso escolar 2022-2023 y se ha procedido al cierre definitivo del colegio más antiguo de Madrid.

   Cumplido este objetivo, la Hermandad seguirá luchando en defensa de sus intereses legítimos.

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De padres e hijos, por Julián Valle Rivas

A mis padres

No he sido, y, a estas alturas de la vida, creo que nunca seré, muy a mi pesar, padre. Sí soy, y espero serlo durante muchos años, hijo. Como hijos, a veces, no somos conscientes de la responsabilidad y el sacrificio que implica ser padres. No lo somos, al menos, hasta que no tenemos nuestros propios hijos o alcanzamos la edad para ser padres.


    Qué duda cabe que para eso de ser padre no se halla un manual de instrucciones, pues todo niño podrá nacer con un pan bajo el brazo, nunca con guía orientadora; de modo que, cualesquiera de los libros y mamotretos que aspiran a ilustrar a padres asustadizos acerca de los múltiples significados de los diversos tonos de berreos del bebé o la distribución de los horarios para dormir, en función de la posición lunar, se me antojan panaceas sacacuartos con reconocible vocación de efecto placebo, antes que sistemas de útil aprovechamiento.


    Entiendo yo, más bien, que eso de ser padre es labor natural, intuitiva y visceral, para la cual nunca se estará lo suficientemente preparado, ni habrá vida suficiente para aprenderla a nivel de experto. Por ello, lo de ser buen o mal padre no podría considerarse categoría predeterminada, sino resultado de las circunstancias y del desarrollo diario, supeditados al diabólico factor de que jamás se logrará ser el padre perfecto, aunque siempre se podrá ser el peor padre del mundo.


    Y es que los hijos no pueden elegir a sus padres, al igual que los padres no pueden elegir a sus hijos, pero, una vez que lo son, padres e hijos generan un vínculo que transciende lo espacial y lo temporal, lo físico y lo metafísico, lo biológico, la vida y la propia muerte, algo misterioso y maravilloso imposible de quebrar, pese a desearlo y necesitarlo en ocasiones, imposible de cortar.


    Por mero impulso orgánico, los hijos, mientras son niños, precisan de la presencia, de la proximidad, del contacto con sus padres, con esas figuras de referencia, seguridad y amor que marcan su existencia y su supervivencia. Cuando dejan de percibirlos, de sentirlos, de verlos, se activa un resorte deslavazado de la comprensión o de la lógica innata. Desconocen la razón de la ausencia, de las horas de desapego, que llegada la adolescencia, aquella etapa incierta que anuncia los rudimentos de la madurez, etapa de estructura molecular gaseosa, inconsistente, desnutrida de experiencia, se puede tornar en duro reproche, en recriminación escupida a la cara con inmisericorde frialdad o desdén auspiciado por silencios y miradas esquivas, que los padres, quizá reconociendo el reflejo de otro tiempo, quizá movidos por el amor incondicional, soportan resignados, cuales penitentes, entre suspiros y rutinas, aguardando periodos más felices.


    No comprenden, entonces, los hijos, o todavía no comprenden, obnubilados por las carencias de la edad, que los padres también son personas, con sus anhelos y sus metas. Sus sueños y objetivos, que tratan de compatibilizar con las obligaciones de la paternidad. Sus aspiraciones y ambiciones, ascender en aquella profesión por la que tanto han luchado, por ejemplo, lo cual no ha de afectar al amor hacia los hijos. En este apartado de la profesión, los hijos, narcotizados por la habitualidad, no suelen valorar el precio que paga el padre que lo deja todo para permanecer en casa al cuidado de sus hijos. La renuncia personal. Una función que la historia, aconsejada por la injusticia o inspirada por la sensatez, ha atribuido a las mujeres. Esas madres que, por amor, por puro amor, desprendidas de amor, profanan su juventud y sus capacidades profesionales por sus hijos. Esas madres a quienes la humanidad les debe la subsistencia.


    No comprenden, entonces, los hijos, o todavía no comprenden, obnubilados por las carencias de la edad, que la vida se encuentra tejida por hilos de despreciable materialismo, cuya saciedad sólo se satisface a base de engullir dinero, ese vil metal que nos absorbe y obsesiona, que nos consume y deprime, que nos agarra, arrastra y arrebata, que nos conduce a la desesperación. Las necesidades de los hijos únicamente pueden ser cubiertas por el dinero ganado por los padres. Y claro que habrá padres poco (o nada) familiares, encantados de esquivar las opresivas paredes del hogar, no demasiado duchos en los tejemanejes de la distracción infantil, en los cuidados y atenciones, en determinados aspectos del proceso educativo; sin embargo, incluso a éstos, la responsabilidad, ese deber intangible, abstracto y etéreo, los lanzará a la caza del dinero que los hijos no reclaman y sí requieren, para avanzar, para prosperar, para darles lo mejor, esperanzados en el interés de que, cuando el destino los incapacite, cuando la naturaleza los elimine o cuando la común salida del hogar los contenga y los aparte, sus hijos estarán lo mejor instruidos posible para afrontar su vida o, quién sabe, su paternidad. Y por supuesto que lo harán. Lo harán a costa de la ausencia y el desapego, lo harán a costa de la recriminación y el desprecio, lo harán a costa de la incomprensión y de las horas de ocio, descanso y sueño. Porque, al cabo, sin desmerecer la eterna ayuda, el constante apoyo y la absoluta confianza, no hay otra misión para los padres que la de preparar a sus hijos.


Julián Valle Rivas

AZNAR Y SU LEGADO MERITOCRÁTICO, por Alfonso Jiménez

"La honradez es siempre digna de elogio, aún cuando no reporte utilidad, ni recompensa ni provecho"  (Cicerón). El expresidente Aznar de nuevo ha sido protagonista. En vísperas de las elecciones locales y autonómicas, se plantó en Alcobendas (Madrid) para aconsejar al pueblo lo que debe mirar al votar.

 

   No habló de lo que ha ido a mejor: el descenso del paro, el salario mínimo, las pensiones, el ingreso mínimo vital aprobado, la inflación (por debajo de la media europea), ni de la ley de vivienda, ni del tope a los alquileres, ni de las becas para jóvenes en la universidad, ni de la casi paz social mantenida en España a pesar de la crisis sobrevenida en todo el mundo por la pandemia y la guerra.

     Tampoco mencionó lo que ha ido a peor ni por culpa de quién: la sanidad pública, la enseñanza y educación públicas, el autobloqueo judicial, las 7.291 muertes de ancianos en las residencias madrileñas por causa del protocolo que impedía trasladarlos a los hospitales.

      Aznar ha ido también a Bilbao a hablar de Bildu porque, según él, Pedro Sánchez va a "dar suelta general a los terroristas de  ETA y manga ancha al  independentismo catalán" que quiere romper España. Esto sí lo ha dicho sin rodeos porque cree que el pueblo español no tiene memoria y ya no recuerda cuando él hablaba suavemente de ETA diciendo que era un "movimiento vasco de liberación"; que había que ser generosos para que dejaran la lucha armada y que ordenó acercar a 574 reclusos  a las cárceles vascas. Y que tampoco recordamos que él logró ser investido como presidente (1996) tras pactar con Jordi Pujol la cesión de un 30% de transferencias a Cataluña (Pacto del Majestic). Y que ya hemos olvidado su apoyo a la guerra ilegal de Irak, con el clamor de toda España en contra y sin pedir perdón por nada.

    Pero no ha quedado ahí la cosa. Aznar, ha dogmatizado  que lo más importante es que las listas siempre se hagan basándose en la meritocracia de los candidatos. Más o menos como él hizo durante sus 8 años de presidente del gobierno. No citó nombres concretos, pero todos recordarán algunos de los colocados por él en las listas o directamente a dedo:

1.- Mariano Rajoy, el único presidente expulsado del gobierno de España, tras una moción de censura en democracia.

2.- Rodrigo Rato, Jaume Matas, Zaplana, ministros suyos que estuvieron en prisión, al igual que el senador Bárcenas. Además, "11 de sus 14 ministros se vieron implicados o imputados en asuntos judiciales escabrosos" .

3.- Ana Botella, su esposa, la alcaldesa madrileña que vendió 1.806 viviendas sociales a fondos buitre y se libró del banquillo, gracias a una justicia tan benévola.

4.- Villalonga y Blesa, sus compañeros de pupitre, y demás amigos a quienes puso al frente de Telefónica, Caja Madrid, Endesa, Gas Natural, Argentaria, Iberia, Tabacalera y que acabaron siendo privatizadas.

 6.- Pablo Casado, de quien decía ser el mejor para liderar el PP y que cuando insinuó acabar o disminuir la corrupción fue defenestrado y sustituído por N. Feijóo, que ya ha dicho algo de lo que quiere derogar.

7.- Aznar ha sido el presidente que más indultos concedió: 5.948 durante su mandato y de ellos 179 por casos de corrupción. Hay más, pero para qué seguir.

Conclusión.- Ni una palabra sobre la HONRADEZ, que es una de las mayores virtudes que debe atesorar una persona y más exigible en la política. Otros partidos no están libres de iguales o parecidas sombras bochornosas, pero pocos líderes han presumido tanto como él de llevar en sus listas personas tan llenas de méritos.

Nota final.- Aunque este artículo lo tenía concluido antes de las elecciones locales, he demorado su publicación para que el recuerdo de estos datos tan ciertos no alterase los ánimos de quienes admiran a Aznar y siguen aplaudiendo los logros de sus equipos meritocráticos.

 

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CORPORATIVISMO Y NEOPLURALISMO, por Fernando M. García Nieto

Como continuación del anterior artículo, vamos a intentar explicar algunas características de las principales teorías políticas alternativas al modelo pluralista de intermediación con grupos de intereses.  


    En el Corporativismo, el Estado considera como principal división social la existente entre los empresarios y los trabajadores, representados por las asociaciones empresariales y los sindicatos respectivamente, y reconoce, otorga licencia y concede, monopolios de representación a estos dos grupos sociales. Son los “interlocutores sociales” o los “agentes sociales” que tanto hemos escuchado y visto en distintos medios de comunicación por boca de los distintos gobiernos de nuestro país. Estos grupos participan en reuniones tripartitas con altos funcionarios del Estado. Y los acuerdos adoptados en estas suelen dar lugar a nueva legislación reflejando un amplio consenso social.  


    El otro modelo que quiero describir es el Neopluralismo. Los neopluralistas mantienen que los sesgos inherentes al pluralismo y la “lógica de la acción colectiva” se pueden superar si los altos funcionarios dejan de comportarse como árbitros neutrales. En este modelo de política los burócratas identifican los intereses públicos infrarrepresentados, y les ofrecen subsidios, financiación, y acceso al gobierno y al diseño que este hace de las políticas públicas. Esto no consiste en privilegiar de forma permanente a un conjunto de intereses sociales en todas las políticas públicas, al contrario, para cada tema el Estado favorece al grupo que representa al interés público en juego.


    Por ejemplo, en un modelo de política neopluralista se pide a los grupos medioambientales o ecologistas que informen sobre normas industriales, a los consumidores que informen sobre normas de calidad de los productos o a las mujeres sobre la legislación de igualdad de género.  


    Pero estos dos modelos de política de grupos también tienen sus propios problemas e inconvenientes.  Primero, privilegian arbitrariamente a determinados intereses sociales y excluyen a otros. Segundo, empresas y trabajadores pueden tener similares “intereses de productores” y fomentar estos a expensas de los intereses difusos de consumidores y contribuyentes. Tercero, el necesitar el consentimiento de todas las partes implicadas en determinada política pública reduce la capacidad de los que la diseñan para poder cambiarla y hace que el proceso sea más lento y menos ágil.


    Cuarto y más grave, el hecho de que se proporcionen fondos estatales a grupos de intereses públicos introduce un “incentivo perverso” para que estos grupos se organicen con la finalidad de asegurarse los subsidios estatales, en lugar de promover las opiniones e intereses políticos de sus propios miembros.  


    Pero, puede ser que la crítica de Olson hacia el Pluralismo, que veíamos en la anterior entrega, sea exagerada. Algunos teóricos argumentan que la atención política a un grupo de interés concentrado aumenta los incentivos para que el grupo “perdedor” se organice para oponerse a las políticas resultantes. Llegado a cierto nivel el secuestro de una cuestión por parte de un grupo organizado, surgirá un “equilibrio” forzado por otros que se organizarán y se activarán para obstaculizar e impedir beneficios ilimitados a los intereses concentrados del primer grupo (Becker).


 Además, puede ser que la información sea más importante que el poder organizativo. La información que proporcionan los grupos de interés para el diseño de las políticas es más creíble si ha costado mucho obtenerla y proporcionarla. Así que es más probable que los que diseñan la política utilicen la información proveniente de los grupos de intereses difusos antes que la de los grupos concentrados (Luhmann).


Finalmente, debemos tener en cuenta que no existe ningún modelo perfecto de representación de los grupos de interés en el proceso político. La estructura de los mecanismos de grupos en un área de la política depende de la naturaleza de los incentivos, y de los intereses de esos grupos y de los que diseñan esas políticas concretas.

Fernando M. García Nieto

[1] https://www.lucenadigital.com/opinion-lucena/representacion-de-intereses-en-el-proceso-politico-por-fernando-m-garcia-nieto

[1] https://euroefe.euractiv.es/section/asuntos-sociales/news/bruselas-insta-a-los-paises-a-garantizar-la-consulta-de-los-agentes-sociales/

[1] https://www.lamoncloa.gob.es/presidente/actividades/Paginas/2022/210722-sanchez-ecologistas.aspx

[1] https://revistajaraysedal.es/grandes-asociaciones-ecologistas-subvencionadas-gobierno-calladas-energias-renovables/

Un choque accidental y una foto casual, por Julián Valle Rivas

jorge de burgos el nombre de la rosaEs sábado por la mañana y abril está a punto terminar. Me he acercado a una feria del libro en busca de un par de títulos descatalogados, de esos que ya no se reeditan. Mis esperanzas son prácticamente nulas; en la actualidad, pocas ferias de este tipo reservan espacio para las obras descatalogadas o de viejo. En realidad, esta últimas, las usadas o de segunda mano, no son santo de mi devoción. En algún momento excepcional he adquirido libros de este tipo, más por el hallazgo inesperado del título o por la necesidad de añadirlo a mi biblioteca que por resultar proceder recurrente.

 

    Reconozco el valor del movimiento de los libros. Falta de espacio, desinterés hereditario, lectura decepcionante o instrumento económico; a veces, se prescinden de volúmenes como en febrero se prescinde del juguete regalado en navidades, y siempre es preferible que lleguen a las manos adecuadas o solícitas, antes que quedar abocados a la destrucción, a la desaparición o a la terrible oscuridad del olvido. Puede deberse, mi rechazo hacia el libro usado, a mi peculiar negativa a prestar libros o, por precisar, a mi peculiar negativa a que el libro abandone el recinto donde se encuentra mi modesta biblioteca. Quiero decir que no es que se trate de obras reservadas sólo para mis ojos, cuales ejemplares a recaudo de Jorge de Burgos (aunque admito que aquí el símil patina un poco, al ser un personaje ciego, sé de sobra, lector adiestrado, que me ha comprendido), sino que puedo permitir que sean leídas «in situ», y sin que nadie fallezca a causa de la curiosidad (sí, a colación de lo de Jorge de Burgos). Todo libro merece ser leído y difundido, porque todo libro es provechoso, para el intelecto y el alma. Cosa distinta es que cualquiera se crea capacitado para publicar un libro o que cualquiera se tope con editor que así lo crea y, encima, cuente con lectores crédulos en demasía; pero, entre las facultades del entusiasmo, se alza la de impedir apreciar el veneno que se traga al humedecer la yema de los dedos para pasar las páginas (perdón, inevitable acudir de nuevo a Jorge de Burgos).


    Y divago, como de costumbre… El caso es que abril cierra inusitadamente cálido y la mañana de sábado amenaza con preservar el éxito canicular, pese a que una masa de nubes con feo tono grisáceo pretenda, ilusa, pugnar por el protagonismo. Me adentro en la feria, entonces, a una hora en la cual el sol, que no atiende a eventos culturales ni mundanos, comienza a enfocar, poderoso y cruel, sobre una de las dos líneas paralelas de casetas erigidas para la ocasión. Me decido a iniciar el avance por esta línea, presta la agilidad, a fin de rehuir en tiempo récord la fulgurante acción de carbonización del astro rey. Hay un número razonable de público circulando por el escenario, el suficiente como para facilitar la intención gulusmera sin vislumbrar el desierto en la calle improvisada por los puestos. Así que me lanzo a la caza. A través de un altavoz, una voz femenina anuncia el nombre del próximo autor dispuesto para la firma de ejemplares y la caseta donde aguarda a sus lectores. La edad de los asistentes es muy variada, si bien, muchos padres y abuelos aprovechan el descuento para agenciarse algunos libros infantiles, y pronto confirmo aquello que barruntaba al principio. Predominan, colocaditos con esmero y conveniencia sobre los tenderetes de las diversas librerías, los títulos de reciente tirada o de edición todavía rotativa. Títulos literarios, ensayísticos, con especial sección al ámbito y a la autoría locales, lo que es de agradecer, y apéndices vinculados al republicanismo español, único faro moral y bandera democrática de nuestra historia, por descontado. Me llama la atención la ausencia o escaso cupo de autores y títulos clásicos, de la literatura universal, que atribuyo… En fin, a lo que lo atribuyo serviría de disertación aparte.


    En ello estoy, pues, corroborando mis expectativas a medida que supero las casillas literarias, cuando, al girar, accidental, se lo juro por mi edición apostillada de «El nombre de la rosa», fortuitamente, dado que me ha flanqueado por la zona neutra de la visión, me choco, ligeramente, eso sí, con un hombre que se aproxima al mismo estand. De inmediato, me disculpo. En puridad, no me he percatado de su cercanía. Sin embargo, el hombre, de apariencia sexagenaria y considerable diámetro a la altura de la cintura, que pasea dialogando con quien percibo que es su esposa, sin siquiera inmutarse, continúa a lo suyo: de charleta con su mujer, mientras se acerca a comprobar lomos. Ni amaga con mirarme, mucho menos con dirigirse a mí, para restar importancia al percance o para recriminarme la falta de cuidado. Nada. Suceso ignorado.


    Superado el pequeño revés, aún un tanto perturbado o sorprendido por el apático comportamiento del hombre, deambulo por las últimas casetas de la feria. En una de ellas, el librero intercambia impresiones con una joven y un hombre alto y maduro; ha superado éste la cincuentena, quizá, ronda la edad de la estrella de mi incidente anterior. No he estado pendiente de la conversación; no obstante, la joven parece ser la escritora cuya obra vende el librero, y el hombre, por su parte, sin estar seguro del todo, insisto, una suerte de antiguo profesor o mentor, a quien, en un instante, se le ocurre la feliz idea de inmortalizar la reunión. La casualidad de mi presencia le lleva a pedirme si me importaría encargarme de la ejecución fotográfica, lo que acepto encantado. La joven me entrega su teléfono, los tres posan delante del objetivo, ella al centro, los hombres a un protocolario y respetuoso palmo a cada lado. Realizada la foto, los tres vuelven raudos a su coloquio y ella, sin desviar la mirada de sus interlocutores, recupera el teléfono de mi mano oferente. No espero un agradecimiento, sí, al menos, un saludo de despedida… Nada. Otra vez la apatía del comportamiento, la ignorancia hacia el semejante.


    Al poco, me alejo de la feria del libro. No me preocupa lo infructuoso de mi misión literaria. Me preocupa qué sucede con nuestra condición social, con nuestra naturaleza gregaria… O qué diablos pasa, simplemente, con nuestros buenos modales, con nuestra buena educación.


Julián Valle Rivas

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