50 AÑOS CON PIPO: 2. El oro de Moscú, por Pepe Morales

2 El oro de MoscúJusto para el 20 de noviembre de 1975, estaba prevista la inauguración de un nuevo negocio en Lucena sin el bombo y platillo y la atención ciudadana que se dispensaba a este tipo de acontecimientos cuando el emprendedor era natural del pueblo, estaba afincado en él desde hacía años, era emigrante retornado, familiar de algún vecino o consorte de una paisana. Ninguna de tales circunstancias concurrían en este caso; todo lo contrario: ni siquiera era andaluz.

Pospuesta la inauguración, abrió sus puertas, a la semana siguiente, sin pena ni gloria, la librería Juan de Mairena en el centro del pueblo, a pocos metros de la Parroquia de San Mateo y del Ayuntamiento, aunque semiescondida en el Pasaje de la calle Juan Palma, junto a un zapatero remendón, un taller de reparación de electrodomésticos, un videoclub y una tienda de ultramarinos. Otra papelería más que llamó muy poderosamente la atención por la impensable cantidad de libros que albergaba y que dejaban poco espacio al negocio de los cuadernos de colorear, las libretas, los tebeos, las manualidades, los pasatiempos, las publicaciones periódicas, los suministros de oficina y el material escolar. Sin mucho entusiasmo, se fue corriendo la voz.

Por primera vez desde el golpe de Estado, partidos y sindicatos ocupaban los titulares y los contenidos de los medios de comunicación y eran protagonistas de la actividad política en lo que desde la muerte del dictador comenzó a llamarse “Democracia”. La Libertad desató la euforia y el franquismo se retiró a sus cuarteles de invierno mientras el país sufría una súbita transformación social y cultural que poco a poco impregnó al tejido empresarial y financiero. La sobredosis de modernidad provocó la reacción de las viejas estructuras del poder franquista abanderadas por el ejército, las fuerzas de seguridad del Estado, la oligarquía y una Iglesia que veía peligrar sus privilegios al tiempo que la sociedad civil se distanciaba del culto y los ritos tradicionales. Poco a poco el miedo y el silencio fueron quedando atrás.

El boca a boca, las ansias de novedades y la curiosidad atrajeron a numerosas personas al escaparate y los anaqueles de un establecimiento donde los libros se podían coger, palpar, oler y echarles un vistazo. Además, estaban ordenados por materias para facilitar la búsqueda a la clientela, aunque por falta de costumbre el personal actuaba como si estuviese en la biblioteca, acudiendo al librero para solicitar orientación física y temática. En el centro del local, en unas torretas móviles, se exhibían las novedades editoriales y los libros de mayor demanda por ser anunciados en la tele, la radio y los periódicos con entrevistas a los autores y reseñas en los suplementos de cultura del ABC o de El País que, dicho sea de paso, muy poca gente leía.

Comenzó a circular en los mentideros del pueblo el rumor de que Pipo, el librero, era una especie de enciclopedia barbuda con gafas redondeadas que conocía todos los libros, los de la librería y los que le pedían por encargo, y fueron muchas las visitas a la librería con la finalidad de escrutar la figura del librero y poner a prueba sus conocimientos. Se tardó poco en averiguar que era de un pueblo de León, como su mujer, maestra con plaza en el barrio de La Lata. No se sabe a ciencia cierta si era por estar casado con la maestra o por los conocimientos que se le atribuían, el caso es que se comentaba que era maestro pero que había renunciado, vaya usted a saber por qué, a la docencia. Cuando la maquinaria de la curiosidad se pone en marcha, no hay quien la detenga y la realidad y la verdad suelen colisionar con la imaginación y la inventiva, bien o mal intencionadas.

En un pueblo con mimbres aldeanos resultó muy chocante que un tipo de León fiara las compras “hasta que mi marido cobre”, sin conocer de nada a la clienta ni al marido. Cierto era que las cantidades a deber no eran muy elevadas, pero fiar a los pobres pertenecía al ámbito, cuanto menos, de la sospecha. También eran sospechosas las visitas a la librería de personas etiquetadas como comunistas y sindicalistas, y algún que otro socialista, sobre todo porque solían llegar a última hora de la mañana o de la tarde, se tomaban unas cervezas en el mostrador y salían la mayoría de las veces sin ninguna bolsa o paquete, lo que se interpretaba como que “si no compran es porque van a otras cosas”.

Otro chismorreo, morboso e intencionado, comenzó a circular con inusitada insistencia: Pipo y Elena, su mujer, eran militantes liberados por el Partido Comunista y enviados a la campiña cordobesa para poner en marcha una célula de cara a las elecciones que se anunciaban como inminentes en todo el país. Estaba claro, las piezas encajaban y todo cobraba sentido, desde lo de montar una librería en un lugar cuyos habitantes apenas leían, hasta lo de fiar la compra a pobres completamente desconocidos, sin olvidar lo más evidente: el trasiego por la librería de comunistas, socialistas y sindicalistas que casi nunca compraban. Los jóvenes, que habían encontrado en la librería una alternativa a la monótona y rácana oferta de ocio del pueblo, se vieron sorprendidos por la actitud contradictoria de sus mayores que, por un lado, les aconsejaban con preocupación alejarse de la librería y del librero mientras, por otro, les preguntaban con curiosidad si había determinados libros, quiénes iban por allí, de qué se hablaba y cosas por el estilo. El famoso oro de Moscú financiaba aquella tapadera política, afirmaban las malas lenguas.

[Continuará]

Pepe Morales

50 AÑOS CON PIPO.1 CONTEXTO

50 AÑOS CON PIPO. 2 EL ORO DE MOSCÚ

50 AÑOS CON PIPO. 3 JUAN DE MAIRENA

50 AÑOS CON PIPO. Y 4 LIBRERÍA PIPO

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