Annual 1921: Los días previos al Desastre, por Julián Valle Rivas

annual 1921 desastre annualDesde su cómoda butaca melillense, el 7 de junio, Fernández Silvestre ordenó al general Felipe Navarro, a quien le había correspondido apostarse en Annual en aquel momento, que preparase una operación para enviar a un destacamento de unos cuatrocientos hombres del Regimiento de Infantería de Ceriñola con el objetivo de tomar el monte Igueriben. En principio, el cuerpo estaría comandado por Francisco Mingo Portillo, si bien, antes de la partida, Mingo sería sustituido por el comandante Julio Benítez Benítez, quien se había destacado en Sidi Dris, tras contener a los rifeños que habían marchado desde el monte Abarrán, al tiempo que había adquirido fama de quejicoso (detalle que reluciría semanas después). Y, desde luego, en esta ocasión, el total de la tropa estaría formada por soldados españoles, a fin de que no se repitiera la traición rifeña de Abarrán ante una inminente derrota.

 


    La posición —se adelantó en la entrega anterior—, se hallaba dominada por una superior al oeste-noroeste, la Loma de los árboles (la que, en realidad, de haber sido buena idea, debía haberse tomado). Además, curiosos detalles tácticos, por incompetentes, para una posición avanzada, la aguada más cercana se localizaba a más de cuatro kilómetros del monte, de manera que el destacamento español lo tomó pertrechado únicamente con el agua que pudo transportar; asimismo, el camino desde Annual lo conformaba una sucesión de quebradas y sendas tortuosas, rodeadas por un entorno de barrancos y alturas de dominio. Como ocurriera en Abarrán, la fortificación se erigió con sacos terreros y dos simples hileras de alambre de espino extendidas muy cerca de los parapetos por las acusadas pendientes inmediatas a ellos.

 


    El 14 de junio, Igueriben sufrió el primer ataque rifeño de intensidad, aunque la artillería apostada en Annual ayudó a dispersar a los asaltantes. El 16, una columna interminable de harqueños, en organizada fila y sin obstáculo alguno, se instaló en la Loma de los árboles, controlando el campo bélico, y colocó allí los cañones españoles que se consiguieron en Abarrán, iniciando un permanente hostigamiento artillero a placer, que la unidad de Igueriben, emplazada en ángulo más bajo, sólo podía limitarse a recibir.

 


    Fernández Silvestre, colmado de malas noticias, entendió como mejor opción estratégica reforzar el sitio de Annual mediante el traslado de la retaguardia apostada desde Melilla en adelante, vaciándola; a la par que su hijo, destinado en Annual, llevaba a cabo el trayecto contrario en coche.

 


    Los postreros días de junio fueron tranquilos, si es que encaja el término en el contexto. Se aprovechó en Annual para conceder permisos, incluso, hábito en el lugar, algunos se escaparon a Melilla sin ellos, oficiales en su mayoría. Entrado el mes de julio, el día 2, volvieron los ataques rifeños con su furor original, los cuales se centraron ahora en los convoyes de suministro, quedando la línea prácticamente anulada. En tal extremo, la unidad atrincherada en Igueriben bajo el fuego enemigo, imposibilitada para alejarse, pronto se encontró sin agua, obligada, pues, a recurrir a patatas machacadas y al líquido de los botes de conservas, y con posterioridad, a la colonia, el vinagre y la tinta hasta que no les restó otra cosa que los propios orines mezclados con azúcar; algunos realizarían hoyos en la tierra para lamer la humedad de las piedras enterradas.

 


    A partir del 16, se quedó también sin provisiones y sin munición. El comandante Benítez remitió un mensaje a Annual por heliógrafo: «Falta la munición del cañón. Escasea la del fusil. Tenemos pocos víveres. Estamos sin agua». El 17 de julio, se desplazó a una columna desde Annual, integrada por regulares, al mando del capitán de caballería Joaquín Cebollino von Lindeman, que, pese al castigo, logró alcanzar la posición de Igueriben. Sin embargo, la columna de socorro sufrió tanto fuego que las barricas de agua resultaron agujereadas, perdiéndose por el camino. Desgracia a la que se le hubo de sumar la conciencia de los auxiliadores de que tocaba volver por la misma ruta infernal. El 18, se produjo un ataque nocturno que acarició el parapeto español y derivó a un puñado de enfrentamientos cuerpo a cuerpo, que finalmente rechazó a los rifeños. Benítez, bastante alarmado, despachó nuevo mensaje por heliógrafo: «No podremos seguir la resistencia, si no envían recursos urgentemente. Necesitamos agua, víveres, munición y tropas para reponer las bajas». El 19 de julio, dos aviones españoles (probablemente, los únicos operativos) atacaron las posiciones enemigas, pero, claro, dado lo precario de su estado, que tiraban las bombas con las manos, el daño fue irrisorio. Intentó salir de Annual un nuevo convoy de socorro, que apenas cruzó las puertas hubo de regresar, tal fue la respuesta rifeña y, sobre todo, su ocupación del perímetro y el incremento de las adhesiones, lo que no auguraba nada bueno.

 


    La desesperación en Igueriben era absoluta. A temperaturas de cuarenta grados, los soldados se enterraban bajo tierra para combatir el calor y la necesidad de agua era vital, de modo que se ideó un plan arriesgado: mandar hasta Igueriben a una compañía de regulares a la carrera en la que cada hombre portara tres cantimploras sin contemplar el retorno a Annual, es decir, para permanecer en la posición del monte. Sin embargo, el fuego enemigo era tan grande que debieron volver sobre sus pasos con idéntica velocidad. Los rifeños copaban ya todas las alturas, haciendo ilusorio el movimiento, y el último convoy de socorro se disolvió con ciento cincuenta y dos muertos en escasas dos horas.

 


    En el ínterin, como por la zona del Rif la cosa iba estupendamente, Navarro pasaba unos días de permiso en la península. Debidamente avisado, mientras en Melilla Fernández Silvestre manifestaba evidentes síntomas de bipolaridad, el 20 de julio, Navarro entró en Annual con refuerzo de policía indígena y, tras sesión informativa con el Estado Mayor, comprobó lo delicado de la situación y se le notificó que se pensaba mandar un convoy de socorro a Igueriben con tres mil hombres, lo que desguarnecería a Annual. Por su parte, Fernández Silvestre, altivo, remitió carta en la que aseguró que se personaría en Annual junto con el Regimiento de Caballería Alcántara, liberando Igueriben a primera carga.

 


    En Igueriben, entretanto, la indisciplina era el resultado de la desesperanza y la locura. Benítez comunicó a Navarro: «Parece mentira que dejéis perecer a vuestros hermanos y españoles delante de vosotros». Respondió Navarro, persuadido por la fama quejicosa de Benítez: «Resistid unas horas más, pues lo exige el buen nombre de España». Esa noche del 20, atacaron los rifeños, alcanzando el estruendo a Annual, desde donde se transmitió: «Resistid esta noche, y mañana os juramos que seréis salvados o todos quedaremos en el campo del honor».

 


    Cuando Fernández Silvestre se plantó en Annual con los refuerzos el 21 de julio, constató que en Igueriben era baldío cualquier intento de romper las líneas rifeñas. Viendo los cercados que estaban perdidos, decidieron salir y tratar de llegar a Annual cada uno por su cuenta, y que Dios repartiera suerte. Así, lanzados por el heliógrafo varios llamamientos de socorro sin respuesta, dieron el siguiente: «Los de Igueriben mueren, pero no se rinden. Tengo doce disparos de cañón, cuéntenlos. Cuando oigan el último, hagan fuego sobre la posición, pues estaremos revueltos con los moros». El comandante Benítez ordenó evacuar la posición, cubriendo él y sus oficiales la salida de los soldados hacia Annual y a los heridos y enfermos que allí se quedarían, y destruyendo e inutilizando todo el material existente en el interior. La salida se tornó una huida caótica. De los once que lograron adentrarse en Annual, sólo dos sobrevivieron a las heridas y a la deshidratación. Benítez y sus oficiales fallecieron, salvo uno, el teniente Luis Casado, que fue capturado… Sin duda, el peor presagio para los cuatro mil hombres acampados en Annual.


Julián Valle Rivas

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