Annual 1921: El repliegue y el Desastre, por Julián Valle Rivas

annual retirada 1921Annual era una hoya rodeada de montes y de alturas no dominadas, con la aguada fuera de un campamento español diseñado con insuficiente fortuna defensiva y ofensiva, plagado de ángulos muertos, sin hospital de campaña ni establecimientos de reservas de agua.


    Desde el repliegue del último convoy de socorro a Igueriben y la llegada del puñado de soldados que logró alcanzar la posición de Annual (para morir tras el esfuerzo), el caos allí era evidente. La preocupación y el miedo se iban manifestando en la soldadesca española a medida que se reunían muertos, heridos y fugitivos en torno a la tienda del General. La moral se hundía progresivamente de manera irremediable.


    La madrugada del 21 al 22 de julio fue todo lo tranquila que cabía esperar, dadas las circunstancias. Pero los víveres, el agua y las municiones se habían agotado, por lo que aquella noche Fernández Silvestre reunió a sus jefes para trazar un plan de actuación, que el General orientó hacia una retirada rápida e inmediata, esto es, por sorpresa. Ante las preguntas de los oficiales en demanda de una detallada planificación, Fernández Silvestre respondió: «Aunque la operación nos cueste un 50% de bajas, será preferible a quedarse aquí, de donde no saldremos ninguno». Hubo quien propuso aguardar refuerzos, a lo que el General replicó: «Ni serán eficaces ni llegarán a tiempo».


    La idea, entonces, era que la retirada fuera cubierta por el Regimiento de Caballería Alcántara y las mías de la Policía indígena. Aunque, claro, con el sitio asediado, las altas temperaturas, la escasez de víveres, agua y soporte armamentístico y sanitario, retirarse, en el Rif, no era como avanzar. «Yo asumo la responsabilidad de la operación —se plantó Fernández Silvestre— y la de ordenar la evacuación de estas posiciones. De ello voy a dar cuenta al Gobierno, y de todo respondo yo con mi persona y empleo. Y acuérdense de esto el día de mañana».


    La mañana del 22, todavía algunos jefes discutían, en la misma puerta de la tienda del General, el tema de la evacuación. Entre ellos, el coronel Francisco Manella Corrales, jefe efectivo del Regimiento Alcántara, y también de la posición de Annual, de ahí que hubiera sido suplido en la labor de control sobre el Regimiento por el teniente coronel Fernando Primo de Rivera. El caso era que Manella protestaba, al haber sido el único que votó en contra de la evacuación de Annual, gritando que estaba dispuesto a suicidarse, cuando tal desatino ocurriera. Así que un capitán le reconvino, pues con tales declamaciones sólo lograría deprimir a la tropa, a lo cual Manella espetó: «¡No me importa!». El descontrol, por ende, y la falta de lógica se patentaban ya en la oficialidad.


    Aquella mañana del 22, la columna inició la salida de la posición como pudo. Los heridos montados en artolas cargadas por mulos apenas dirigidos; los jefes desconcertados, lanzando órdenes contradictorias, solapadas por los rumores de que el General, que había sido visto enloquecido y presa del pavor («¡Corred, corred, soldaditos, que ese diablo está a punto de llegar!»; otra versión apunta: «¡Corred, soldaditos, que viene el coco!»), se había pegado un tiro con su pistola (su cadáver nunca se encontró, y existen variadas explicaciones sobre su final)… Sin orden ni concierto ni planificación, los sitiados iban saliendo al descubierto, en campo abierto, conforme tenían la oportunidad, flanqueados por el Regimiento Alcántara. El pánico, guiado por la ausencia de una organización coordinada, presidida por una fuga por sorpresa, comenzó a adueñarse del lugar, fustigado por un contagio de suma rapidez. Los soldados tomaban caminos y se adentraban en desfiladeros desguarnecidos, mientras quedaban ocupados por los rifeños, quienes todavía no habían lanzado un solo disparo.


    Fue una marabunta y una avalancha. Ante la estrechez del desfiladero de Izumar, las unidades españolas, en huida y confusas, se fueron agolpando (a pie, a caballo, vehículos, heridos en bestias), al tiempo que hombres, animales y máquinas se despeñaban a lo largo de los barrancos laterales. La columna se desbarató y, desde aquel instante, ya fue imposible recomponer una unidad siquiera; de hecho, muchos oficiales se arrancaron u ocultaron sus divisas, al objeto de no ser señalados.


    Colapsado el paso de Izumaz, quienes consiguieron superarlo o sortearlo se encaminaron, rumbo sureste, hacia Ben Tieb, base de la Legión y esperanza de salvación. Sin embargo, la Legión se había trasladado a Ceuta para realizar una serie de operaciones. Durante el camino, los rifeños recogieron armamento y animales abandonados, e incluso se hicieron con soldados demasiado extenuados como para oponerse. Otros, directamente, atacaron a los españoles, disparándoles, golpeándolos hasta la muerte y mutilándolos, entre el terror y el sufrimiento de los soldados (me ahorraré el detallado tecleo del ensañamiento rifeño, resultando fácilmente localizable con una somera investigación).


    En Ben Tieb, donde no se hallaba la Legión, pero se disponía de municiones para hacerse fuertes y esperar a los refuerzos, se extendió la noticia de que el general Navarro había enfilado con tropas hacia la siguiente posición: Dar Drius, a unos quince kilómetros. De tal forma, los españoles, hostigados y aniquilados continuamente por acciones de violencia y horror por parte de los indígenas, atravesaron Ben Tieb sin detenerse. Cierto que Dar Drius era una posición bien fortificada; además, estaba abastecida de agua, víveres y munición. No obstante, la columna en fuga, conformada por hombres locos y desesperados, carecía de dominio. El teniente coronel Eduardo Pérez Ortiz, al mando de Dar Drius, necesitó horas para detenerlos, algunos de los cuales fue imposible y siguieron adelante.


Julián Valle Rivas

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