Annual 1921: El Ejército, por Julián Valle Rivas

  annua lejercito español 1921 El general Manuel Fernández Silvestre, jefe de la comandancia de Melilla, soldado aguerrido donde los hubiera y sobrado de arrestos (baste ojear su hoja de servicios), estaba convencido de que triunfaría allí donde otros ni se habían atrevido a entrar. Informado del denuedo de Fernández Silvestre, el Alto Comisario, general Dámaso Berenguer, compañero de promoción y mando único de las comandancias del protectorado, ubicadas en Larache, Ceuta y Melilla, propuso a Fernández Silvestre tomar Alhucemas con un movimiento de pinza; de manera que él partiría desde el oeste, desde la comandancia de Ceuta, mientras que Silvestre lo haría desde el este, desde su comandancia de Melilla. El plan ofendió a Silvestre, quien entendió el ofrecimiento de Berenguer como un proyecto para adelantársele y hurtarle la gloria.

 

 

   En este punto, cuadra precisar que Fernández Silvestre, era amigo, u hombre de confianza, al menos, del rey Alfonso XIII; aunque, ciertamente, la relación no termina de estar muy bien trazada por la Historia. Lo que sí parece claro es que el Rey tenía intereses (probablemente, económicos) en el norte de África, razón por la cual se le ha identificado como incitador, instigador o inductor de la presión sobre sus generales, a fin de acelerar el proceso de pacificación del Rif. De hecho, parece que el Rey envió un telegrama a Fernández Silvestre, fechado el 21 de julio, en el cual le decía que lo esperaba en Madrid el día 25 (día de Santiago Apóstol), conminándole a resolver el lance con una rápida victoria.
 
 
   El caso es que, el 15 de enero de 1921, la columna de Fernández Silvestre llegó a Annual, como escala estratégica previa a la incursión sobre Alhucemas, a ciento seis kilómetros de su puesto de origen y a cuarenta de su destino. Ciento seis kilómetros de retaguardia con mínimos y distanciados refuerzos y plagada de tribus de cuestionable lealtad.
 
 
   Pero el estado del Ejército español era funesto. Culpado moralmente (de forma inmerecida, pues la mala gestión política fue evidente) del Desastre del 98, se hallaba desmantelado, pese a su inmensidad. Así, en 1909, en comparativa con los militares en activo británicos, el Ejército español disponía de 111.000 soldados frente a los 370.000 británicos; no obstante, también se computaban 60 generales de división frente a los 34 británicos; 419 coroneles españoles frente a 377; 857 tenientes coroneles españoles, cuando los británicos disponían de 440; los tenientes generales españoles eran 30, para Gran Bretaña había 20 (Francia y Portugal tenían 3 cada uno). En 1895, España tenía 562 generales y 1.769 coroneles y tenientes coroneles. En 1921, se alcanzó la desorbitada cifra de 832 generales (un 48% más) y de 2.656 los coroneles y tenientes coroneles (50% superior). La relación oficial/soldados en Alemania era de un oficial por cada veinte soldados; en Francia, uno por cada veintitrés; en España, un oficial por cada cuatro soldados. La multiplicación de los oficiales superiores fue, en consecuencia, demencial, disparatada, insensata. Con tal retablo, resulta obvio que una gran parte del presupuesto militar, fuera éste mayor o menor, se destinaba a las partidas dedicadas a cubrir el sueldo de los oficiales; en concreto, la mitad, cuando en países del entorno oscilaba entre la sexta y la octava parte. Sin olvidar la mala distribución, con apenas el 20% reservado al norte de África, donde se desarrollaba la guerra.
 
 
   Asimismo, el ordenamiento jurídico preceptuaba la constitución de la exorbitada cifra de dieciséis divisiones para el Ejército español. Sin embargo, cuando Fernández Silvestre, angustiado, reclame refuerzos divisionarios el 21 de julio, no encontrará ninguno completo. Tampoco existía escuadra marítima. Y de la aérea, qué contar, la falta de previsión brilló con esplendor. En los aeródromos de la zona oeste (Ceuta, Tetuán) podría haber entre veinticinco y treinta aviones, muy bien retenidos en los hangares; en lo que a Melilla se refería, sólo dos estaban operativos, aunque ni siquiera había pilotos para cubrir los puestos.
 
 
   El escenario, desde luego, aparecía muy poco ejemplarizante, descubriéndose en la moral de la soldadesca. Del 4% de deserciones a finales del XIX se pasó al 22%, en 1914. La instrucción era deficiente o inexistente; las levas, forzosas; los oficiales, deseosos de reivindicarse tras los acontecimientos de 1898… Un auténtico desastre… El armamento… Se relacionó que hasta un 75% de los fusiles Mauser se entregaron descalibrados, la mayoría de las ametralladoras Colt no funcionaban…
 
 
    Sobrecoge conocer la estrategia general trazada para la conquista del Rif: pactar con los jefes de las cabilas el pago de una cantidad de dinero; de modo que, al llegar el Ejército español, simularan una acción de defensa, para huir de inmediato. Rondaba el precio las quinientas pesetas mensuales (más o menos el sueldo de un capitán), que los cabecillas repartían a dos pesetas diarias entre sus filas. Pero llegó el momento en el que los jefes que no se acomodaron al soborno o, directamente, no se les bridó ninguno espetaron a sus análogos lo intolerable de la actuación. Los jefes aliados, guiados por un supuesto código, pasaron de poner la mano a atacar por sorpresa a cualquier español que asomara la cabeza por su territorio, empleando muy ricamente el dinero recibido para comprar munición suficiente al efecto.
 
 
   Pronto se comprobó la ausencia de comunicaciones, sin caminos preparados, la desconfianza hacia las cabilas aliadas, los informes negativos al ataque y la inanición de los rifeños, ante la dejadez del Gobierno español, comportamiento que indignó al propio Fernández Silvestre. Los rifeños, desesperados, rebuscaban entre los excrementos de los caballos de los soldados españoles miserables granos sin digerir que llevarse a la boca.
 
 
   A toda esta barbaridad se le habría de sumar la circunstancia de que, corolario de la Semana Trágica, se intentó modificar el sistema de levas con una legislación a través de la cual se dispuso que, tras cinco meses de servicio, el soldado se podría dar por licenciado con el pago de dos mil pesetas y previo informe positivo de sus oficiales. La corrupción, entonces, se desbocó.
Julián Valle Rivas

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