Sobre Pachelbel y Ortega, por Julián Valle Rivas

johann pachelbel musicaReconozco que la primera vez que escuché la obra fue cuando vi la película «Volver a empezar» (1982), a la que José Luis Garci incorporó como parte de su banda sonora, y todavía me sigue estremeciendo con idéntica intensidad, pese al paso de los años y de las vicisitudes. O, precisamente, por el paso de unos y otras. Johann Pachelbel (1653-1706) fue un destacado compositor barroco del Sacro Imperio, integrante del grupo generacional anterior a Johann Sebastian Bach (de cuyo padre parece que fue amigo). En 1680, compuso su obra para cámara «Canon y giga en re mayor para tres violines y bajo continuo», alcanzando tan extremoso éxito que no tardó en ser versionada (para seguir haciéndolo), con variación de instrumentos, e interpretada en espacios o foros para los cuales no estaba destinada en su origen (ya he apuntado lo de la banda sonora de la película de Garci).

 

 

    El «Canon» de Pachelbel es una pieza musical de estructura sencilla, en apariencia, que va ganando complejidad a medida que sus compases avanzan hasta un clímax central, a partir del cual se inicia el descenso, desmarañando esa complejidad. Los que entienden del tema sabrán analizar la composición con la delicadeza y precisión que merece. Quien subscribe estas líneas, desterrado por ignorante de los ambientes académicos musicales, se limita a pincelar que abre con unos primeros compases del bajo (en continuo), para dar paso a uno de los violines, cuya entrada en segunda variación marca la acogida de la primera variación del segundo violín. El arranque de la tercera variación del primer violín y de la segunda del segundo violín (se me disculpará la redundancia) suponen el ingreso del tercer violín a su primera variación, y así sucesivamente. La cuestión es la sensación, a modo de eclosión visceral, que provoca en el oyente. O, al menos, en el oyente que esto teclea.
 
 
   Todo este circunloquio introductorio que me he permitido viene a cuento de un artículo de Ortega, del cual acaba de cumplirse su centenario. En marzo de 1921, José Ortega y Gasset publica en El Sol su artículo «Musicalia». En este texto, Ortega recrimina a sus contemporáneos el hecho de que repudien el arte musical de su época, extendiendo la defensa a la generalidad de las corrientes artísticas del momento. Emprende Ortega el trabajo con una amonestación por los silbidos a la obra de Claude Debussy (1862-1918), para llegar, «grosso modo», a dos conclusiones: por un lado, todo lo nuevo es impopular (aseveración no estrictamente incierta); por otro, «… todo estilo artístico que vive de los efectos mecánicos obtenidos por repercusión y contagio en el alma del espectador es naturalmente una forma inferior de arte».
 
 
   Entiende Ortega que la evolución en las ciencias y las artes (consecuencia lógica, me tomo la libertad de añadir, de la propia evolución humana) implica «per se» una complejidad, complicación u oscuridad intelectual en los conocimientos que el público profano o vulgar es incapaz de comprender, de manera que rechaza, automáticamente, lo que no comprende (lo cual no es óbice, claro, para la existencia de culturas enteras que son y siempre serán impopulares). Y quizá no lo sea por su dificultad, afirma el filósofo, pues las piezas de «… Beethoven y Wagner son, en cambio, intrincadísimas arquitecturas…», sino que «… es difícil porque es impopular», ya que «… el gran público no se arredra ante lo complicado con tal de que el artista se mantenga en una actitud vulgar, análoga a la suya». Reflexiona Ortega sobre la causa última, que sitúa en que el arte, especialmente la música, es una expresión de sentimientos, y lo que ha ocurrido es que ha cambiado el estilo: «… pasa de expresar sentimientos de una clase a expresar sentimientos de otra». El Romanticismo implantó en el ser humano un sistema o régimen excesivamente libre y excesivamente individualista hacia el trato de las emociones y los sentimientos, en cuyos gérmenes se hallan las pasiones. Las nuevas corrientes tratan de generar emociones en el público desde el exterior y desde la distancia, «… va eliminando de su interior cuanto no sea puramente estético». Dos actitudes para afrontar las artes que el intelectual identifica con lo que en su tiempo se da en llamar «concentración hacia dentro» y «concentración hacia afuera». En consecuencia, de la música romántica sólo interesa «… su repercusión mecánica en nosotros, la irisada polvareda sentimental que el son pasajero levanta en nuestro interior con su talón fugitivo. En cierto modo, pues, gozamos, no de la música, sino de nosotros mismos. En tal linaje musical, viene a ser la música mero pretexto, resorte, choque que pone en emanación los fluidos vahos de nuestras emociones. […] Yo diría que oímos la “romanza en fa”, pero escuchamos el íntimo canto nuestro». Mientras que el nuevo arte musical «En vez de atender al eco sentimental de ella en nosotros, ponemos el oído y toda nuestra fijeza en los sonidos mismos, en el suceso encantador que se está realmente verificando allá en la orquesta. Vamos recogiendo una sonoridad tras otra, paladeándola, apreciando su color, y hasta cabría decir que su forma. Esta música es algo externo a nosotros: es un objeto distante, perfectamente localizado fuera de nuestro yo y ante el cual nos sentimos puros contempladores. Gozamos la nueva música en concentración hacia afuera. Es ella lo que nos interesa, no su resonancia en nosotros». Por ende, y por supuesto, aquel estilo anterior es «… una forma inferior de arte».
 
 
   Dada su categoría de opinión (patinada de subjetividad) y, sobre todo, dado el impecable desarrollo argumentativo del artículo alumbrado por la preclara mente de Ortega, no cabe más que respetar la postura por él adoptada. Sin embargo, con independencia de mi aborrecimiento hacia las vanguardias y mi condición de esteta, considero que el arte, en cualquiera de sus manifestaciones, no se reduce a simples labores intelectuales, culturales y contemplativas, que también, las cuales se antojan frías, desaboridas, como indiferentes. El arte, cual libre expresión de belleza, debe prender emociones, sentimientos, pasiones; debe remover y conmover; debe proceder de y tocar lo más profundo de nosotros mismos, individualmente, cada cual en y a su medida. Porque el arte no es una expresión matemática, desamparada del fulgor pasional, sino un talento vibrante de las emociones del autor, destinado a hacer vibrar, a su vez, las emociones del público. Requisito que significa e identifica al arte frente a las restantes actividades humanas.
 
Julián Valle Rivas