Olvidar a Garci, por Julián Valle Rivas

el crack cero garci carlos santosDesconozco, lo he manifestado en alguna que otra ocasión (probablemente, lo haga cada año), cuáles son los criterios que, en ocasiones, adopta la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España para otorgar los Premios Goya. Si es una cuestión de azar, en plan lanzar carátulas al aire y escoger las caídas de cara o sacar el palito más largo, para recibir la estatuilla; si es una cuestión de velado soborno, el cual no tiene que ser necesariamente dinerario, sino abonado en variopinta especie; si es el resultado de una compleja fórmula informática, ejecutada por una máquina escacharrada; si es la patética corrección política, manchada por el borreguismo de masas. La cuestión es que la lógica o el raciocinio (de ser de digna viabilidad patria) tienden, con putrefacta frecuencia, a dejar nota de su ausencia, como el padre informal que, por despiste o pasotismo, no se presenta en la función navideña o en el concierto de piano de su hijo.
 

 Más delito, aún si cabe (ahora que tan fácil es eso de tipificar delitos, asesinando, con las agravantes de nocturnidad y alevosía, toda la Teoría General del Derecho Penal), tiene el académico proceso para conceder las nominaciones, fase goyesca sobre la que me considero absolutamente incompetente para emitir una nimia hipótesis.
 

 Lo que sí podría vislumbrar, pues se muestran claras como las gotas de rocío en primavera, son las razones por las que «El crack cero» (José Luis Garci, 2019) no ha sido reconocida, para vergüenza nacional (¡van tantas que nos sentimos inmunizados!), con nominación alguna. El fraude en torno a las partidas de subvenciones destinadas a las producciones cinematográficas españolas que se murmuró con «Sangre de mayo» (2008) y se pregonó con «Holmes & Watson. Madrid Days» (2012), unida a su pública afinidad política, supuso la cruz, quizá la crucifixión, del cineasta madrileño. Una de las preclaras mentes de la Ciencia Cinematográfica y la Historia del Cine, autor de obras maestras, clásicos, sin duda, como «Asignatura pendiente» (1977), «Solos en la madrugada» (1978) —¡menudo monólogo enmarca para Sacristán!—, «Las verdes praderas» (1979), «El crack» (1981), «Volver a empezar» (1982), «El crack dos» (1983) o «El abuelo» (1998); cuatro veces nominado al Óscar y ganador de uno (que no ganara el segundo fue culpa de la indecorosa conspiración urdida por el hijo de la gran puta de Harvey Weinstein); director de actores que reveló la valía dramática de Alfredo Landa, que reservó asiento en los Óscar para el cine español y que, con esa luz que sólo él es capaz de seleccionar para una historia y un largometraje, supo irradiar la divina belleza de Elsa Pataky; un maestro del Arte quedó olvidado, tras su retorno a las salas después de siete largos años de ausencia; y habiéndolo hecho para cumplir una promesa y rendir un homenaje, como un señor, cuando juró no volver.
 

 La Academia española se la tenía guardadita (en un país donde la corrupción ha campado a su anchas con total naturalidad, son palabras mayores), a buen recaudo, anhelante de idoneidad, y él era consciente. Como también lo era de que el cambio de siglo había traído consigo un nuevo modo de entender el cine y rodar los filmes. Un modo para el cual los encuadres perfectos y firmes, los movimientos de cámara suaves y delicados y las perspectivas simétricas y realistas habían perdido el interés. No pretendo excusar sus malos actos, si es que los hubo, ni construir la defensa de su redención. Únicamente, lamentar que, en la última edición de los Premios Goya, «El crack cero» haya sufrido las consecuencias de la infame venganza, cuando, por ejemplo, «Mientras dure la guerra», la calamitosa aportación de un Alejandro Amenábar que no ha levantado cabeza desde la grandiosa «Mar adentro» (agraciada con el Óscar) y la producción histórica de la que se salva un sobresaliente Karra Elejalde, obtuvo diecisiete nominaciones.
 

 En verdad, para este curso, con «Dolor y gloria», Pedro Almodóvar, Antonio Banderas y el correspondiente guión, la cosa estaba muy complicada. Pero no distinguir, con la nominación al menos, las actuaciones de Carlos Santos y Miguel Ángel Muñoz, el guión policíaco de Garci y Javier Muñoz, la fotografía «noir» de Luis Ángel Pérez, la espléndida aparición estelar de Ramón Langa, el vestuario de Noelia García Lorite y la misma dirección de Garci (¡morbosa inquina implícita!), se señalan como tendenciosos y despóticos daños colaterales.
 

 A ver, tampoco es que el cineasta matritense destinara ingentes esfuerzos al fomento de la concordia, porque, creo recordar, declaró que no acudiría a recoger ningún premio. Sin embargo, al igual que no incumbe a los hijos sucumbir por los pecados de los padres, «El crack cero» no mereció tamaño maltrato por parte de la Academia de cine, que debería estar por encima de las amargamente tradicionales rencillas carpetovetónicas.

Julián Valle Rivas

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