Saga Bond: Pierce Brosnan (y IV), por Julián Valle Rivas

muere otro dia james bond 007

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El 2 de diciembre de 1999, en la rueda de prensa de Hong Kong a propósito de «El mundo nunca es suficiente», Pierce Brosnan se había postulado para una cuarta entrega, si procedía, siempre que los productores le concedieran un intervalo de tres años, al objeto de descansar del personaje y atender algún proyecto personal (a la postre, tal vez fuera únicamente la irlandesa «Evelyn», de Bruce Beresford)… Frente a los deseos del actor había de prevalecer un acontecimiento ineludible: el cuadragésimo aniversario de la saga coincidente con la vigésima película. 


    El mundo ha cambiado en tu ausencia, viene a reprocharle, más o menos, M a 007, en una de las escenas iniciales del largometraje. Y tanto. En mitad del rodaje tuvieron lugar los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, que, en cierto modo, acarrearon sus consecuencias en todos los ámbitos, incluido el cinematográfico (ahí quedó la escena eliminada de «Spider-Man» —Sam Raimi, 2002— o la suspensión del estreno de «Daño colateral», de Arnold Schwarzenegger —Andrew Davis, 2002—). Ello, sin contar los problemas internos de la producción, los de casa, entre los cuales, el fallecimiento de la Reina madre, en marzo de 2002, trabó los permisos para la secuencia del aterrizaje en paracaídas de Gustav Graves.


    Ya avisé (y el que avisa no es traidor) que no se podía dejar solos a los guionistas Neal Purvis y Robert Wade, quienes, prácticamente, daban sus primeros pasos profesionales en la saga. El guión presentado a Barbara Broccoli y Michael G. Wilson fue sometido a un reiterado proceso de reescrituras con las cuatro manos de los productores, proceso que se intensificó cuando se contrató al director de la entrega. Se reescribió y reescribió al extremo de que, a cinco días del comienzo del rodaje, se anunció la incorporación al elenco de Rosamund Pike, como Miranda Frost (personaje que en la versión original del guión iba a ser Galatea Brand, en homenaje al de la novela «Moonraker» —1955—), el vestuario no estaba listo y la rueda de prensa de presentación del equipo artístico se programó sin título para el largometraje. De inspiración fueron los dispositivos miméticos que se estaban adaptando para camuflar tanques, el Proyecto Edén de Cornualles, como mayor núcleo botánico, y el Icehotel, en el sector sueco de Laponia (que ya son ganas de dormir con el culo congelado).


    El neozelandés Lee Tamahori fue escogido, o así lo admitieron los productores, por su cariz independiente, que implosionó con virtuosismo deslumbrante en su ópera prima «Guerreros de antaño» (1994), obra medio indie medio de autor, protagonizada por el mítico Temuera Morrison. Pero uno no implosiona con virtuosismo deslumbrante en una ópera prima a los cuarenta y cuatro años. Lo cierto es que Tamahori se había profesionalizado como ayudante de sonido y asistente de dirección, y tuvo un acierto en la lotería que le concedió el salto al cine estadounidense con títulos como «La brigada del sombrero» (1996), «El desafío» (1997) y «La hora de la araña» (2001), acolchados con estrellitas de la época, sin terminar de brillar en la noche despejada hollywoodense. Sí se le otorgó el reconocimiento de dirigir sendos episodios de mero lustre en las series «Los Soprano» (1999-2007) y «Billions» (2016-2023). La suerte fue que los productores lo rodearon con el equipo técnico franquiciado, encabezado por Vic Armstrong, en la dirección de la segunda unidad; Chris Corbould, como supervisor de efectos especiales; John Richardson, como supervisor de maquetistas; y Peter Lamont, como diseñador de producción. Un equipo consolidado y eficaz que supo conservar el nivel máximo de verismo, habitual en la saga, empañado, por desgracia, con un empecinado algoritmo de efecto digital, excesivo de solemnidad y nocivo de malignidad estomacal, que trunca el montaje final y afea el resultado. Desacertada decisión en la que no es posible eludir la responsabilidad de los hermanastros productores, cuyo único empeño y dedicación era el encargo de los largometrajes de la saga Bond, con el eterno consejo del padre Albert R. Broccoli enmarcado en la pared: «No la fastidiéis. Todos intentarán echarlo a perder y fastidiarlo, y vuestro trabajo es vigilarlo todo».


    La búsqueda de escenarios fue un vibrante paseo por el mundo durante el que Tamahori, con la parada en Islandia, se le ocurrió la talentosa idea de la persecución de coches sobre la superficie helada, lo que obligó a potenciar el ingenio del departamento mecánico para readaptar o reacondicionar (desde la tracción a las cuatro ruedas hasta el rediseño de la maquinaria) tanto el Jaguar XKR como el Aston Martin V12 Vanquish, marca recuperada para el aniversario. El impedimento fue que llegaba el día de rodaje e Islandia no se congelaba lo suficiente. De los sesenta centímetros de grosor, sólo se medían veinte o veintidós. La producción, sin saber a dónde enviar al cuerpo técnico y el voluminoso equipamiento, se dejó las pestañas y el ritmo cardíaco localizando nuevos emplazamientos, insatisfactorios por unos u otros motivos. Fue gracias a la experiencia de los asistentes islandeses, quienes construyeron un murete que impidió que la marea alta descongelase el suelo, que se salvó el enclave. Una vez allí, en prioridad se convirtió la seguridad de los trabajadores, entre glaciales y lagunas congeladas, y calentar los vehículos, que serían conducidos por los especialistas Ray De-Haan y George Cottle. Por descontado, el tramo de explosiones, no era cuestión de atomizar un paisaje natural, se rodó en un escenario construido al efecto en un aeródromo británico. Fue ese realismo que marca la saga lo que llevó a reunir (y vestir) a cuatrocientos figurantes para la fiesta en el palacio de hielo, a erigir unos treinta metros de su fachada (el resto se completó con maquetas y efectos visuales) y montar uno de los magníficos e insuperables escenarios catedralicios de Lamont para el interior, donde se grabó la persecución de coches, milimétricamente planificada.


    Lo primero que se rodó, sin embargo, fue, en la Navidad de 2001, la secuencia surfista liderada por el profesional estadounidense Laird Hamilton, en Pe’ahi, Maui; y la última, la de esgrima coreografiada por el maestro Bob Anderson y representada casi en su integridad por los actores principales. Cinco semanas después del comienzo, Pierce Brosnan se lesionó una rodilla durante la secuencia introductoria en la base militar norcoreana, por la que hubo de ser operado en California, paralizando la producción. Milagroso fue el periplo por Cádiz (imitación de La Habana), donde, a mediados de abril, tras cinco días doblegados por unas pésimas condiciones meteorológicas, se suspendió el rodaje, para amanecer el sexto día soleado y en calma, reanudándose la programación. A un mes de la fecha final, la agenda iba tan apuradísima que se formaron hasta siete unidades grabando al mismo tiempo diversas escenas. No todo fueron percances, claro, Halle Berry y Chris Munro se tomaron un paréntesis para recibir sus correspondientes premios Óscar, a mejor actriz, por «Monster’s Ball» (Marc Forster —futuro director de la saga—, 2001), y a mejor sonido, por «Black Hawk derribado» (Ridley Scott, 2001), respectivamente.


    El apartado artístico congregó a los consabidos Judi Dench, John Cleese y Samantha Bond. Halle Berry era la actriz del momento, con su aparición en «X-Men» (Bryan Singer, 2000), más lucida en «Operación Swordfish» (Dominic Sena, 2001) y más metódica en la citada «Monster’s Ball». Rosamund Pike, por el contrario, con apenas veintitrés años, se había educado en la televisión británica, adentrándose en la gran pantalla con este título. Toby Stephens, hijo de los actores Maggie Smith y Robert Stephens, alternaba secundarios en cine y televisión sin definirse o descollarse. Rick Yune, estadounidense nacido en Washington DC, picaba como modelo y había puesto la patita sobre los largometrajes en el dramón romántico «Mientras nieva sobre los cedros» (Scott Hicks, 1999) y el arranque de acción «A todo gas» (Rob Cohen, 2001). Las localizaciones en España significaron nombres como Simón Andreu y Manolo Caro. Curiosidad, el pequeño papel, anecdótico, para Deborah Moore, hija de Roger Moore, la azafata de vuelo que le sirve el Martini con vodka a 007; y, respecto de Madonna, prefiero no malgastar teclas.


    El personal técnico se remata con la gestión de la unidad de producción en España de Salvador Yagüe. El director de fotografía David Tattersall, fichado por la productora de George Lucas para la trilogía de precuelas de «Star Wars» y la adaptación televisiva dedicada a un joven Indiana Jones, también había realizado un gran trabajo en «La milla verde» (Frank Darabont, 1999). La edición fue un esfuerzo complementario entre un consolidado en el negocio del género de acción como Christian Wagner (¡ojo, lista!: «Amor a quemarropa» —Tony Scott, 1993—, «Dos policías rebeldes» —Michael Bay, 1995—, «Cara a cara» —John Woo, 1997—, «Negociador» —F. Gary Gray, 1998—, «Misión imposible 2» —John Woo, 2000— o «Juego de espías» —Tony Scott, 2001—) y un asistente recién ascendido a la división de oro como Andrew MacRitchie. La música permanece en el patrimonio de David Arnold, con una aportación más electrónica o electrizante, y una canción en la voz de, sí, Madonna.


    En lo frenético de la producción, un Lee Tamahori pizca animado, pizca entusiasmado, pizca tenso, pizca preocupado comentó que no sabía cómo iba a hacer una película pequeña después, «pero de algún modo debo hacerlo y volver a la realidad». La auténtica realidad fue el estreno de «Muere otro día» en 2002.


    En los cenicientos preludios del día, hacia una playa norcoreana alicatada de erizos checos, tres surfistas molonísimos, embutidos en uniformes de camuflaje, se deslizan con impecable estilo californiano sobre las olas del mar asiático. El triunvirato integrado por James Bond, 007, y dos colegas surcoreanos intercepta a Van Bierk (Mark Dymond), un traficante de diamantes de sangre, cuando se dirigía a reunirse con el coronel Tan-Sun Moon (Will Yun Lee) en su base emplazada en la zona desmilitarizada. Rebelde de muy malas pulgas que entrena con sacos de boxeo rellenos de humanos, Moon se dispone a cerrar un negocio de venta de armas cobrado con los diamantes conflictivos. Usurpa Bond la identidad del traficante y oculta una bomba en el maletín de los diamantes. Necrosada por la ortodoxia de la saga, la identidad simulada de 007 vale lo justo para que el lugarteniente de Moon, Zao (Rick Yune), capte su imagen con un aparatejo de reconocimiento facial. Así que el coronel norcoreano liquida a los agentes del sur y detiene a Bond, quien, acorralado, hace explosionar la bomba, esparciendo diamantes por doquier, algunos de los cuales se incrustan en el inmaculado rostro de Zao. En vano, Bond trata de huir en un aerodeslizador y, tras deshacerse de Moon, que se precipita por una cascada, es capturado por el padre del coronel, el general Moon (Kenneth Tsang). Torturado durante catorce meses (adversidad que se resume en la secuencia de créditos), demacrado y lesionado, aunque incorrupto en su gallardía, es liberado en un intercambio por Zao (se ha decidido por preservar sus brillantes adornos cutáneos), con mediación de la Agencia de Seguridad Nacional, al mando de Damian Falco (Michael Madsen), no sin antes advertirle el general Moon sobre la probable existencia de un traidor en las filas británicas. El reencuentro con el MI6 no será, sin embargo, amigable. M (Judi Dench) no confía en que la voluntad de Bond no se haya visto doblegada durante su cautiverio norcoreano, por lo que rescinde su estatus de doble cero. Herido en su orgullo y dolido por la desconfianza, 007, diestro en las más rocambolescas proezas, detiene (ojo a la empresa) los latidos de su corazón, montando un caos en el barco médico donde está confinado y escapando a nado hasta la mismísima puerta del Club Náutico de Hong Kong, por el cual se pasea chulesco hasta que el gerente Chang (Ho Yi), espía chino cuya tapadera Bond no ignora, lo aloja en la suite. Allí, el Agente británico recupera su guapetona e irresistible apariencia física y consigue que Chang le ayude acerca del paradero de Zao. La pista conduce a Cuba, donde Raúl (Emilio Echevarría), dueño de una fábrica de habanos y contacto del MI6, le informa que Zao se halla en el islote Los Órganos, en la Clínica del doctor Álvarez (Simón Andreu), especializada en terapia génica, esto es, en terapia (se reitera lo acentuado del detalle) de sustitución del ADN, que obra el milagro de transformar en pleno el cuerpo del sujeto, manteniendo su personalidad, recuerdos y cualidades intelectuales. Entretanto Bond barrunta cómo plantarse en la clínica, conoce a Giacinta Johnson, Jinx (Halle Berry), con quien se pondrá al día en asuntos amatorios. Resulta que Jinx, miembro de la Agencia de Seguridad Nacional, también alberga intereses en la clínica genética, de modo que asesina al doctor Álvarez, mientras Bond, pese a interrumpir a Zao en mitad de su tratamiento, es incapaz de contener su reacción y su abandono de la isla, si bien le arrebata durante la refriega una bala cuyo interior oculta unos diamantes de sangre en los que aparece gravado el logotipo de la empresa de Gustav Graves (Toby Stephens). En Reino Unido, 007 se aproxima a Graves retándolo en su club de esgrima, excusa que pergeña la presentación de su asistente Miranda Frost (Rosamund Pike) y la incrustación, con la lenta e ineluctable dosificación de un cuchillo ardiente, de la instructora Verity (Madonna). Sea como sea, Graves invita a Bond a la presentación de su proyecto Ícaro en Islandia, aval suficiente para que M le restituya el doble cero y Q (John Cleese) lo avitualle con un anillo de ondas sónicas, un nuevo reloj Omega (el vigésimo, apostilla Q, como guiñito) y un Aston Martin V12 Vanquish, equipado con las oportunas adaptaciones y la innovación de un sistema de camuflaje que reflecta el entorno. En este punto de la trama, además, se revela que Miranda Frost es una agente del MI6 infiltrada en la corporación Graves. El acto islandés se antoja un entremés de supina complejidad sumaria. A la escena retorna Jinx, en tensión constante con Frost por la atención de 007, atención que, sí o sí, acabará siendo sicalíptica y delatadora de la traidora condición de la Agente británica, al tiempo que se desenmascara (permítaseme la alegoría) que Graves no es otro que el coronel Moon (¡no falleció!) genéticamente alterado, a cuyo flanco se persona Zao, con su careto de metamorfosis reprimida o suspendida. El proyecto Ícaro permite llevar la luz solar a cualquier parte del planeta, en cualquier momento del día, dotado, como se comprobará metraje adelante, de facultades de láser energético, con el cual los villanos buscarán tostar a Bond en un correveidile que evita improvisando un parapente con los aires surfistas del liminar, y le concede montarse en su coche para liberar a Jinx de la cárcel de hielo en proceso de derretimiento donde ha sido atrapada y finiquitar a Zao hundiéndolo en las aguas heladas y aplastándolo con una suerte de gigantesca lámpara de diamantes. Todavía la fuerza conjunta de la Agencia de Seguridad Nacional y el MI6 procuran abortar el plan maligno de Graves, consistente en servirse de su rayo solar para destruir la zona desmilitarizada, infectada de minas, e invadir Corea del Sur, a fin de unificar la península. Pero serán Bond y Jinx quienes se embarquen en el avión del malvado, donde ha montado a su padre el general, que, una vez superada la primera impresión por ese aspecto tan británico de su hijo, se enfrenta a él ante su locura bélica, para perecer en acción parricida. Y, en el interior de un avión que se va descuajaringando, al haberse cruzado con el rayo de Ícaro, emparejados por sexos, los personajes luchan, concluyendo, no podía ser de otra forma, con la victoria del bien sobre el mal. Los agentes dejan la nave al borde de su desintegración a bordo de un helicóptero casualmente fletado (depósito de los diamantes conflictivos), que 007 controla bordeando la ruina de los protagonistas. La historia se salda con una risueña escena en la cual Moneypenny (Samantha Bond) prueba las gafas de realidad virtual de Q idealizando un encuentro picante con Bond, cuando éste, en la realidad verdadera, pasa la pícara velada con Jinx (y los diamantes).


    Añorado remedo de su debut, en esta etapa Brosnan, fue para quien suscribe el estreno de «Muere otro día». Si, para el de «GoldenEye», asistí al legendario cine local Palacio Erisana acompañado de un buen, y resignado y compresivo, amigo; para la despedida del actor, gravitando alrededor de mi periodo universitario, con residencia temporal u ocasional o pasajera en la capital de provincia, fue en una de las salas del centro comercial próximo a la facultad donde senté a algún que otro amigo, de nuevo oprimido por mi fanático entusiasmo, para salir todos un tanto decepcionados (particular mirar de soslayo el que me dedicaban mis amigos), porque James Bond había abrazado cotas de un paroxismo cruel e irritante, mejunje desbordante y descacharrante, no sólo por haberse precipitado a un río bravo de excentricidad ditirámbica, sino por haber traicionado unos principios viscerales consuetudinarios o haber caído en las funestas garras de la seducción del novísimo estilo de acción cinematográfica, barroquizante de hilaridad digital y rococó de ralentí. La historia deriva, carente de un timón firme; la participación de Madonna se encajona como el coche en el aparcamiento al bordillo de la acera: empujando al de delante y al de detrás; transcurridos más de veinte años continúa la incógnita de ese Zao que conserva los diamantes incrustados en su rostro; el concepto de alteración genética que transforma el cuerpo preservando la mente, amén de inverosímil hasta para los estándares de la suspensión de la incredulidad, arría la bandera de la realidad científica enarbolada por Albert R. Broccoli; el diseño del rayo solar, de diámetro dolménico, que arrasa con lo que se topa sin atravesar el suelo planetario, sea terroso o glacial, se merece una segunda pensada; el poder de la parada y reactivación cardíaca se antoja digno de un cómic sobre metahumanos; el abuso de la pantalla azul y el efecto digital abofetea al espectador, y en ambas mejillas del admirador, demasiado palmarios para los actuales; la absurda y exasperante tendencia a lentificar los fotogramas emponzoña las secuencias; y las interpretaciones del elenco, en fin, simplemente cumplen (quizá algo histriónica la de Toby Stephens).


    El trámite del coincidente cuarenta aniversario y vigésima película de la saga, en definitiva, había de cubrirse, como apostillaba decenas de renglones arriba. No obstante, las necesidades de entretenimiento, aventura, misión extrema, paisajes idílicos y romance a granel quedan satisfechas. Las dos horas de metraje se saldan sin agotamiento ni desesperación, y batió su récord de recaudación hasta la fecha. Pienso que los pormenores duelen más al adepto que al ordinario, por ello, sólo volví a verla cuando la alquilé en el videoclub y, por tercera vez, para escribir esta suerte (o desgracia) de fascículo. Barrunto que no resurgirá una ansiedad cercana, catalizadora de un cuarto visionado, aunque no dejaré de aplaudir con fervor la representación de Pierce Brosnan del mítico personaje, aun cuando el actor no se considere lo bastante bueno en su papel, aun al coste de bonificar a «Muere otro día».


Julian Valle Rivas

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