El número cien, por Julián Valle Rivas

    Si no yerro en mis cálculos, las líneas que se dispone a leer, amable lector, conforman mi colaboración número cien con esta casa, y, sinceramente, jamás imaginé que llegaría tan lejos.

    Lo que comenzó siendo un ajuste de cuentas en defensa de un colectivo al cual tengo en alta estima y con el cual tengo contraída una de mis múltiples deudas de imposible satisfacción plena, pasó a ser un ejercicio práctico, hasta convertirse en una necesidad. Desde luego, no es ningún compromiso, pues no existen lectores que demanden mi obra con enérgica exigencia: ni he sido bendecido por el talento literario ni la Literatura lo requiere (mi talento). Y, se lo aseguro, el beneficio, como el placer, es sólo mío. Quiero decir, que es más acto egoísta que altruista esto del tecleo publicado a través de «Lucena Digital», periódico que, por supuesto, tampoco precisa de mis servicios para mantener intactos su rigor, su objetividad y la confianza de sus lectores. Para llegar donde otros medios no quieren llegar y apostar por noticias por las que otros no se atreven a apostar; siempre anteponiendo el derecho de todo ciudadano a recibir una información veraz, por encima de cualquier interés particular. «Lucena Digital» se adjetiva con «independiente», y doy fe de que así es. Precisamente, la curiosidad por comprobar la certeza del calificativo me condujo, en primera instancia, a solicitar plaza de colaborador en la casa. Solicitud que fue aceptada sin quedar sujeta a condición resolutoria alguna, dicho sea; quizá porque el bueno de José Gálvez, responsable de este espacio digital, hombre afable a la par que insobornable e irreductible ante toda forma de presión u opresión, todavía no era consciente de lo que se le podía venir encina, o de lo que de hecho se le venía encima. No obstante, es el momento idóneo para agradecer públicamente su apoyo y confianza, y para reconocer su honorable comportamiento, cumpliendo como un señor en los tiempos difíciles y en los dichosos. Quedándome con estos últimos, nunca olvidaré su desprendido acompañamiento en las mesas de presentación de mi obra «Ni piedad ni perdón», recopilatorio de artículos publicados hasta 2016, organizadas en Lucena y Cabra; como tampoco sus amables e inmerecidas palabras hacia mi persona y mi trabajo. Creo haberlo tecleado o declamado: «Lucena Digital» me ha otorgado, me otorga, una libertad aterradora, absoluta, cuasi dogmática, distintivamente sectaria.


    Gozando de esa valerosa libertad, la multiplicidad temática ha quedado patente a lo largo de mi centenar de artículos. Desde la crítica social a la crítica literaria; desde la cinematografía a la narrativa; desde la condena al tributo; desde la política al deporte; desde la censura a la aprobación; desde «Ser pensador» a «Esos revisionistas infames».


    Escoger mis artículos favoritos sería como pedir a un padre que escogiera al favorito de sus hijos. Al igual que los padres no eligen a los hijos ni los hijos eligen a los padres, me debo a todos y cada uno de ellos bajo cualquier circunstancia; si bien, unos precisen de mi consuelo, apoyo o ayuda menos que otros. En tal sentido, sí reservo un cariño especial (permítaseme el extremo) a títulos como «Un día de furia», «Sólo el nombre», «Mi ambición rubia», «Ni piedad ni perdón», «El largo día», «La perdición del hombre inmutable», «El sastre paciente», «La Oficina Pro Cautivos», «Personalidades encasilladas», «Dos abuelos», «Buscar la gran belleza», «Los gilipollas», «No son abuelos», «Pasante o becaria», «La menor Constitución posible», «El código de los dignos» o «Después de Halloween». Me divertí mucho escribiendo la bilogía «Siga volviendo mañana», la tetralogía «Cataluña» o «El regreso del pensador». He podido homenajear al cine («13 hombres de honor», «De espías y espionaje», «“El Político”», «Mankiewicz», «Sorkin», «De filias y cinefilias»), a la Literatura («Con la sombra de Richelieu», «Un maestro para un lector», «El caballero de la Mancha», «Los artículos de don Julián», «Christie»), a los amigos («Viejas amistades», «Ella es su aliento») y a mi padre («La librería»). He procurado defender el español con «Se le digo», «Bilingüismo» o «La RAE se populariza», o recordar ciertos períodos históricos con «Matar a Prim» o «El cónsul justo». He dado mayor protagonismo del ganado al incorregible de Tito, puesto que, sin duda, hace muchos años que nos conocemos, y compartimos un extraño y desquiciante vínculo entre lo espiritual y lo afectivo, o entre ninguna de las dos cosas: hay vínculos que no exhortan nominación.


    Pasan los ocho años, desde que José Gálvez me facilitara un hueco en «Lucena Digital»… Cien artículos que nunca proyecté escribir. Tal vez no haya cien artículos más. La falta de tiempo, de motivación o el simple desapego perjudicarían un objetivo que sigo sin marcarme. Aunque, pese a haber suscrito aquello del egoísmo, la conmovedora paciencia que usted, portentoso lector, ha manifestado al alcanzar esta última línea me anima, por ahora, a ir pensando en el ciento uno.


Julián Valle Rivas


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