“EL DIRECTOR”, por Fernando M. García Nieto

emilio mola directorEl general Emilio Mola era de aquel grupo de militares africanistas, ascendidos por méritos de guerra, y desempeñó el cargo de Director General de Seguridad durante la dictablanda de Berenguer, en las postrimerías del reinado de Alfonso XIII. Desde esta Dirección intentó infructuosamente evitar el levantamiento republicano de Jaca de 1930, contactando por correo postal con el capitán Galán, su compañero de armas en África y cabecilla en aquella insurrección. 
 
 
Este militar español figura en los libros de historia como “el director”, porque organizó el golpe militar del 36, dando las instrucciones secretas oportunas a los mandos de los destacamentos rebeldes del ejército español. En estas directrices solicitaba a aquellos oficiales la “acción en extremo violenta”, con la finalidad de cercenar, en las primeras horas del levantamiento, posibles movimientos posteriores de rebeldía o huelgas en contra de lo que los alzados llamarían el Movimiento Nacional. Su intención era la de instaurar una dictadura militar transitoria y republicana, de forma rápida y eficaz. 
 
 
Creían los rebeldes, en aquel julio del 1936, que el movimiento sería respaldado por la mayor parte del ejército, y que podrían controlar la reacción de las masas en las calles, pero el levantamiento fracasaría en la mayoría de las provincias al ser rechazada la rebelión en numerosas plazas militares y en las ciudades importantes, como Madrid y Barcelona, donde las milicias republicanas sometieron a los sublevados, desencadenándose irremediablemente un conflicto fratricida que se prolongaría hasta abril del 1939. España acababa de sufrir un golpe militar que había dividido en dos bandos el país, tras el fracaso del plan de Mola. Lo que iba a ser una rápida transición a una dictadura se había convertido en una guerra. 
 
 
El bando nacional avanzaba rápidamente hacia Madrid ante el desgobierno de la República, que veía fragmentado su poder en comités locales de los partidos de izquierda y los sindicatos, preocupados por hacer la revolución más que por la guerra que se estaba librando, dejando un poder atomizado y discrecional que hizo imposible una respuesta militar ordenada y eficaz por parte de la República.
 
 
En discurso radiofónico pronunciado el 15 de agosto de 1936, emitido por Radio Castilla de Burgos, Mola criticó los planes del Frente Popular, para convertir la nación española en un régimen comunista bajo supervisión del PCE y Stalin, para la “desmembración de España”, a cuenta de la “permisividad” hacia los nacionalismos catalán y vasco, y para alentar en el Protectorado de Marruecos el levantamiento en armas contra los militares españoles. Acusó a Manuel Azaña de orquestar estos planes, y describiendo a este político como un monstruo o un loco degenerado, trató de deslegitimarlo como presidente de la República. Acusó también, con esa misma intención, a Martínez Barrio, presidente del Gobierno que, en las horas previas al golpe, intentó, directamente con Mola, la rendición de los conspiradores. Y terminó amenazando de muerte a los militantes del Frente Popular por la traición que habían cometido contra España. Este militar justificaba el golpe y la campaña militar en la consecución de “una España grande, fuerte y poderosa”, “una nación de orden, justicia, pan y trabajo para todos los españoles”, y bajo la fe católica. 
 
 
Y finalizó aquel discurso reafirmándose en la idea de luchar hasta la victoria final, sin rendición posible, hasta la derrota de la República. Así, enumeró los acuerdos que pusieron fin a conflictos anteriores como la Guerra de Cuba, con la Paz del Zanjón en 1878, y la Primera Guerra Carlista, con el Abrazo de Vergara en 1839, que según deja entrever Mola, resultaron vanos, ya que posteriormente tanto cubanos como carlistas volvieron a levantarse contra la soberanía española.
 
 
Mola era partidario, como así se pronunció también Franco, de la eliminación total del adversario para evitar futuros conflictos que pudieran obstaculizar su proyecto de nación. Por eso rechazaba cualquier acuerdo que no fuera la rendición incondicional de la república, una rendición que supuso, a partir del 39, el comienzo de la depuración y eliminación física o encarcelamiento de los cuadros del Frente popular, de los sindicatos y de todo aquel que se identificara como izquierdista o liberal.
 
 
Pero cinco días antes del pronunciamiento, el 13 de julio, comunicó Franco al general Emilio Mola, que podía contar con él, “sin vuelta atrás”. La Junta Militar compuesta por varios generales, entre los que se encontraban Mola, Franco, Andrés Saliquet y Joaquín Fanjul, acordó que el mando del levantamiento recayera en el general Sanjurjo, que había encabezado ya otro pronunciamiento en 1932, y que por entonces se encontraba exiliado en Portugal. Pero en su traslado a España Sanjurjo sufrió un accidente aéreo mortal. 
 
 
Avanzaba la guerra, y en el bando nacional se habían perfilado ya dos poderes. En el sur, Franco había logrado hacer pasar el grueso del Ejército de África a la península, y se había arrogado el papel de depositario de la ayuda fascista germano italiana. Mientras tanto, en el norte, Mola pugnaba sin demasiada fortuna por llegar a Madrid, falto de un material que, al parecer, su compañero le enviaba con cuentagotas. Entonces Franco planteó la necesidad de un mando único y salió investido como Jefe de los Ejércitos y del Gobierno del Estado por la Junta Militar rebelde. No se tuvieron en cuenta las reticencias de Mola, que consideraba que, tras la guerra, lo indicado sería replantearse la forma de gobierno que convenía a España, y por tanto el nombramiento de Franco debía ser provisional, “mientras dure la guerra”. 
 
 
Pero Mola no vería terminar la contienda. El 3 de junio de 1937 despegaba desde el aeródromo de Vitoria para dirigirse a Valladolid, vía Burgos, y su bimotor se estrelló, presumiblemente a causa de la niebla. La “baraka” jugó a favor de Franco una vez más, le había ahorrado un problema que tarde o temprano habría tenido que afrontar.
 
Fernando M. García Nieto

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