Del guión a la pantalla, por Julián Valle Rivas
«Luego, ese alejamiento del espíritu literario de las novelas repercute, consecuentemente, en las series y películas», sentencio, hilando la conversación. «Pensaba —confiesa mi amigo Tito— que habíamos dado el tema por zanjado». Los chavalines, detenidos en la nueva caseta, señalan las llamativas portadas de los tebeos dispuestos a la venta, el arte de sus ilustraciones, la potencia de sus escenas. Hay mucho material y muy bueno repartido en tebeos y cómics, desaprovechado por las productoras televisivas y cinematográficas, que desprecian su calidad o consideran que abarcan un número de lectores inferior, dada su ambigua naturaleza. Sin embargo, es el medio más próximo a la televisión y el cine.
Su condición híbrida, combinatoria de ilustraciones, diálogos y narraciones, no deja de ser sino como ese ejercicio previo a la grabación, ese guión gráfico orientador de la producción audiovisual, cual esquema o mapa de preproducción, que planifica el rodaje, determinando encuadres, posicionamiento o desplazamiento de cámaras, acción de los personajes. Medio gráfico-narrativo que, en los últimos años, ha gozado de una mayor predilección para la pantalla, sobre todo, gracias a la temática de superhéroes, aunque, incluso aquí, atendida la naturaleza descrita, la fidelidad en la traslación siga siendo dudosa, y los magnates de la industria hayan preferido crear historias originales para realizar series y películas, antes que tomar una historia publicada para adaptarla, exprimiendo personajes y contextos con el objetivo de rentabilizarlos al máximo. Lo que no significa demérito, al contrario, han resultado productos eficaces, entretenidos y de incuestionable excelencia, con su época de esplendor y decadencia, como todo imperio que se precie, puesto que la saturación de la materia y la falta de imaginación son factores de directo perjuicio; máxime, respecto del segundo, si el desdén hacia las historias publicadas por volúmenes, números o fascículos (grapas), se mantiene como principio inquebrantable. De cualquier modo, no sólo los cómics de superhéroes han tenido su protagonismo en la televisión y el cine, tebeos, novelas gráficas y mangas diversos han sido escogidos por los gerifaltes de las productoras para proyectar sus obras a través de la pequeña y gran pantalla; al fin y al cabo, son copiosas las horas a cubrir.
«Demasiadas horas —insisto, ahora, en voz alta, descolocando un tanto a Tito, ausente del soliloquio, por lo que trato de retomar la charla—: Con el apogeo de las plataformas digitales, de alguna manera habrá que rellenar tantísimas horas de servicio. Un servicio disponible las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana». Mi amigo y yo reiniciamos la marcha, alejándonos del espacio destinado a la Feria del Libro. Una ráfaga de viento nos golpea de flanco, como el ataque de un regimiento de caballería en maniobra de embolsamiento, inesperado y letal, al abandonar el refugio de las casetas libreras, erigidas en línea, cuales parapetos defensivos. Es un cierzo frío, cuasi gélido, que nos compromete la resistencia y la prestancia, que nos hace cerrar nuestras cazadoras sin disimulo. O mis cazadoras, que he teclado en anterior ocasión. «Cualquier mierda vale, o sea», resume Tito, eficiente. Pero yo me muestro todavía inconformista con su escueto corolario: «Es que la cuestión no se circunscribe al mero cupo de la oferta».
Ese anhelo del autor por ver su novela trasladada (no adaptada) a la televisión o el cine lo lleva a simplificar los instrumentos literarios. «Más simples», comprende Tito. En efecto, morfología, sintaxis, gramática, la construcción narrativa es más simple, no persigue, siquiera le interesa, un mínimo esfuerzo intelectual del lector. «Ni el esfuerzo del propio escritor», apostilla mi amigo, atento al detalle. Vivimos una época de esperanza en conseguir esforzarnos, en general, lo menos posible, de esperanza en que la inteligencia artificial estará a nuestra disposición para solventar las carencias y, fundamentalmente, para llevar a cabo aquellas labores o aquellos trabajos que exijan un grado de empeño. Cada vez no es que necesitemos, es que queremos acumular menos conocimientos, porque el conocimiento, el saber requiere del ahínco, el tesón, la perseverancia, la entrega, el esfuerzo. Cada vez no es que necesitemos, es que queremos trabajar más fácil y rápido, porque el trabajo duro requiere su tiempo e idéntico esfuerzo y sus derivados. «Y queremos más tiempo libre», disgrega Tito, con tono grave, como si no dispusiera de excedente de tiempo libre en los cochambrosos almacenes de su existencia. No obstante, el planteamiento de mi amigo es una falsa percepción, pues, o el trabajo se encaminará a pedir más en menos tiempo, lo cual afectará al estado anímico, o a atrofiarnos más con el tiempo, lo que afectará al estado evolutivo. El escenario está en frente, diáfano. El borreguismo y la mediocridad se fomentan sin pudor, formando generaciones hacia una futura realidad social de simpleza y holgazanería física e intelectual. Y alimentar el ego y la vanidad del escritor con el eventual traslado de su obra a la pantalla se convierte, como sumando de la implacable tendencia futura, en la excusa perfecta para simplificar su narrativa literaria y, en consecuencia, para simplificar la actividad intelectual del lector. O, quizá, pervertido ya el escritor por la mediocridad expansiva, el eventual traslado de su obra a la pantalla se convierte en la excusa perfecta para ocultar su incapacidad para desarrollar una narrativa literaria compleja y, en consecuencia, para ocultar la incapacidad del lector para procesarla. Frases cortas, con repulsión a las subordinadas; parágrafos breves, desfigurados; diálogos invadidos por coloquialismos, de lenguaje cheli, dejes y léxicos regionales. Aquello que puede encajar en la narrativa visual. «En definitiva —concluyo—, escritores mediocres, guionistas mediocres, series y películas mediocres». «Bravo por el silogismo», me aplaude, burlón, Tito. «Hablo en serio —lo recrimino—. Qué esperar de la novela, de la televisión, del cine». «Es probable que no lo apreciemos —remarca—, si quedamos privados de las herramientas para hacerlo». Los paisanos deambulan absortos en sus cuitas y en sus móviles, a través de un presente ubicado en otro universo, en uno de los múltiples imaginados para los tebeos que contemplaban los chiquillos.
«Acerquémonos hasta la plaza —propone Tito— y bebámonos unas cervezas». Chasqueo la lengua, sin poder sujetar una sonrisa, al experimentar esa confortable seguridad de que siempre habrá cosas que nunca cambiarán, amigos que siempre estarán ahí, inflexibles, decididos a arrancarte el desaliento enquistado en las entrañas. El precio, de ser función retributiva, lo acepto: «Aún conservo las herramientas —termino por admitir, estoico— para apreciar que tendré que pagar yo». «Y justo es que te sintieras afortunado, amigo».
Julián Valle Rivas
