De la novela al guión, por Julián Valle Rivas
Cualquier excusa vale, para quedar con un amigo y compartir un rato, aunque este amigo sea gorrón inexcusable, apático cual solitaria lechuga servida en plato a la hora de la cena y misántropo empedernido, con título universitario y doctorado en insociabilidad. Y es que no siempre podemos elegir a los amigos, contra lo prevenido por la sabiduría popular, sino que nos vienen impuestos por el macabro capricho del destino, el negro humor del dios que fuere (tan negro como pueda estar el esfínter de un muerto) o el negocio diario del infortunio.
Después, la vida significa una indecente carga del gravamen (injusto) impuesto, que cada cual soporta o sobrelleva de acuerdo con sus capacidades, sus ánimos o su naturaleza. Quiero teclear que no se trata de una amistad de la que uno pueda desprenderse como calzoncillo corchado con palominos, se trata de una amistad adherida o intestina, inherente, en definitiva, a la existencia misma, únicamente extinguible por causa de la muerte, como matrimonio católico o hipoteca inmobiliaria. De ahí que, resultando ser amistad integrada a la propia presencia de la persona en el mundo (en el universo o en el multiverso), se torna en factor esencial de supervivencia, actuación a practicar por necesidad.
De tal modo, paseo con mi amigo Tito en este mediodía de sábado a lo largo de las casetas de la Feria del Libro, que visito un año más movido por la distracción o por cubrir el tiempo de compañía, hoy, y no tanto por el interés literario, demérito que mi amigo se preocupa de explotar. «¿Te alcanza el presupuesto del mes para comprar los cinco más vendidos de ficción? —Me interroga, socarrón—. Tres para ti y dos para mí, a sortear», remata, el hijoputa, con su habitual destreza en el arte del sable o del sablazo. Me lanza la propuesta mirándome de soslayo y un aire granuja en la comisura de los labios que acaba de curvar, mientras desliza con suavidad la yema de los dedos sobre las tersas cubiertas de los libros expuestos en el estand donde hemos parado, como si acariciara la sedosa piel de una mujer durante los prolegómenos del amor, al explorar sus líneas, catalizar su fiebre, alcanzar su sexo, en un ritual de excitación mutua antes de buscar la satisfacción. Luce el rostro lavado y fresco, la barba afeitada, todavía con un minúsculo resto de sangre encostrada en el ángulo de la mandíbula rastrillada por la cuchilla, y el pelo limpio, corto, invadido por innumerables canas, eufóricas ante la inminente victoria. Se ha cubierto la camisa arrugada con una cazadora azul marino que me ha pedido al recogerme en mi piso, o creo que ha tomado con capeo del permiso (ignoro si la recuperaré), como si un rey le hubiera expedido patente de corso. Y es que el tiempo se ha mudado desapacible, el cielo gris, ahuyentador de ángeles, encapotado y amenazante de tormenta, en un abril de contrastes, que transcurre indeciso y extremoso. Primaveral, al cabo.
Por toda respuesta, enarco una ceja, de circunstancias, consciente del agrado que le supone rascar urticaria ajena. «Vale, dejémoslo en tres —insiste con la chanza—. Dos para ti y uno para mí. Tú repartes». Me retiro sin poder evitar el gesto jocoso por las ocurrencias de mi amigo y esquivo a un par de visitantes que, maleducados y sin miramientos, arremeten hacia el expositor como si los volúmenes fueran a volatilizarse de manera instantánea. Tito escolta mi repliegue del evento, dando por culminada la visita. «Hubo una época en que los leíste —me recrimina, ufano—. Ese tipo de libros», se explica. «Te he entendido», afirmo, picado. Y no le falta razón. Entre finales de los noventa y primeros de los dos mil, devoré novedades de ficción encumbradas por las ventas como un bebé devora leche materna en la lactancia. «No obstante —replico—, supongo que me reconocerás que la ficción literaria actual no es como la de entonces». Al menos, y puedo estar equivocado, así me lo parece. La narrativa literaria ha cambiado, me da la impresión. El objetivo es idéntico: entretener; sin embargo, el estilo narrativo se ha vuelto conciso, básico y parco, porque, otros motivos aparte, no se escriben libros, sino guiones; incluso, alegando que conformamos generaciones que reciben multitud de estímulos visuales, prescinden de descripciones y ambientaciones, por ser labor del lector… o del diseñador de producción, claro. Los escritores de ficción actuales han variado la narrativa literaria para emplear una narrativa serial o cinematográfica. Piensan, luego, escriben como si estuvieran rodando una serie de televisión o una película. O, peor, escriben pensando trasladar la historia a una serie de televisión o una película. Adviértase que he recurrido al vocablo trasladar y no adaptar, puesto que no es ésta la intención. El propósito es dejar el trabajo hecho a los productores, directores y guionistas (si el escritor no es contratado para guionizar). O, de nuevo peor, el propósito es la metamorfosis de la novela a serie de televisión o a película, que es lo que realmente cautiva y concede pingües beneficios. Famoso y millonario, qué más se puede desear. Pero el lenguaje literario no es el lenguaje visual (serial o cinematográfico). Ambos son escritores, pero la voz del novelista no es la voz del guionista. El objetivo de las novelas, las series y las películas también ha de ser procurar al lector y al espectador que le apetezca un cierto esfuerzo analítico, y no son parámetros analíticos semejantes.
«Por eso me mantengo aislado en mis clásicos —le confirmo, algo que sabe—, feliz. Salvo un par de escritores vivos y mis amigos, a quienes he jurado fidelidad eterna». Tito rodea mis hombros con su brazo, amistoso, antes de espetarme la pulla: «Diría que eres un poco esnob». Nos detenemos cuando un grupo de niños, que corretean fascinados de tebeo en tebeo, obstaculiza nuestro camino. Ahora soy yo quien lo mira de soslayo: «Y yo diría que eres un poco gilipollas… O un mucho».
Julián Valle Rivas
