Condición humana II: El contrato de Messi, por Julián Valle Rivas

  leo messi contrato futbol club barcelona barça Porque el pastizal contractual que se embolsa el futbolista Lionel Messi a consecuencia del ejercicio de su oficio clama, sin duda, al cielo. No es intención de estas líneas tecleadas cuestionar el talento o el mérito de un profesional en el cumplimiento de su deber, acudiendo, para ello, a todos los recursos que la naturaleza, el esfuerzo o el dios que fuere le ha otorgado; pero nadie habría de ganar tan grande pastizal por entrenar unas pocas horas al día y competir otras pocas a la semana, minutos en ocasiones; máxime, cuando otros profesionales del deporte, incluso olímpicos, se ven abocados a compaginar el entrenamiento y la competición con el desarrollo de una actividad profesional que les conceda los ingresos suficientes para el sustento vital. No vale aquello de que la etapa activa de un deportista está muy limitada, pues, si de igualar se trata, una incapacitación profesional parcial implica una pensión parcial, al quedar capacitado para otras actividades laborales. De modo que bien podría buscarse el futbolista (si realmente no llegara a ahorrar bastante dinero) otros medios de incrementar euros en su cuenta corriente. Sin embargo, la condición humana gesta esta segunda entrega, puesto que es la condición humana la que ha incorporado semejante pastizal como cláusula en el contrato de Messi.

 

 

   En efecto, la horda de fanáticos y forofos (sinónimos, en general) que siguen y persiguen al futbolista allá por donde vaya ha provocado el incremento de su valor. Con independencia de su talento, insisto, el hombre ha sido endiosado, elevado a los altares de la veneración, donde dirigen su fervor con la devoción propia hacia un santo. Cualquier movimiento del sujeto es noticia y la más nimia gesticulación genera una miríada de especulaciones e interpretaciones, no hablemos ya de cualquier chorrada que comparta en redes sociales. Todo lo asociado a su nombre o persona se transforma de inmediato en comercio con pingües beneficios. Es el sueño a alcanzar, la imagen a imitar, la gloria pecuniaria. Es el deseo de todo mortal: trabajar como jugador un puñado de horas a la semana y cobrar un pastizal. Es la fama que la condición humana le ha conferido.
 
 
   Y es que la fama, atributo de especial asignación humana, ya apunto, permite a muchos cuantiosos ingresos sin necesidad de destinar dedicación, sacrificio y trabajo, ante todo trabajo, a la empresa de obtener las ganancias vitales oportunas. Así, grabadores de vídeos inanes, «influenciantes» mercenarios, celebridades de pacotilla, participantes en programas de pseudorealidad absorben el tiempo y secuestran el interés de una muchedumbre que termina ansiando ser como ellos. Ser el centro de atención, el destino de las miradas, el tema de conversación. Engordar los bolsillos enseñoreándose del mundo y de la panda de pringados currantes gracias a los cuales lo consiguieron.
 
 
   Puede que el incondicional sea perfectamente consciente de la estafa y no busque más que un poco de entretenimiento, algo que le permita desconectar, evadirse de las ocupaciones diarias, de manera que consuma con voracidad las historietas de novela rosa de las celebridades de pacotilla o los folletines guionizados de los participantes en programas de pseudorealidad; pero el currante suda muchas horas al día frente a estos tipejos estafadores que no han dado un palo al agua en su vida. Puede, también, que considere de incomparable transcendencia intelectual, cultural o práctica los monólogos ofrecidos por los grabadores de vídeos inanes; pero el currante, errado en la consideración, se ha desvelado durante muchos años frente a estos inútiles narcisistas que sueltan chorradas desde la habitación de su casa. Puede, incluso, que, reconociendo unas facultades críticas inactivas o anuladas, o unas aptitudes decisivas mermadas por la disolución de la confianza reflexiva, adhiera como requisito de acción la categórica aportación del «influenciante» mercenario; pero el currante dispone de un criterio amparado por la libertad, de subjetividad equiparable a la del «influenciante» mercenario y, desde luego, dispensada del compromiso nacido del soborno.
 
 
 
   Messi es famoso por ser un fenómeno en su oficio, o sea. Empero, como alguno se apresuró en defender, proporciona a las arcas del club más de lo que cobra por ejercerlo o, al menos, tan desorbitada cantidad que es de justicia la recompensa proporcional. Beneficios que los fanáticos y forofos, condiciones humanas, han adjudicado.
 
 
 
   No procede, entonces, destapado el contrato de Messi, echarnos las manos a la cabeza con hipócrita indignación ni noticiar en primera página con letras megalíticas. Como tampoco procede condenar a grabadores de vídeos inanes que despotrican de la escuela pública y depositan sus dineros en paraísos fiscales, a celebridades de pacotilla que confeccionan lucrativas exclusivas, a participantes en programas de pseudorealidad abiertos al papel repartido, a «influenciantes» mercenarios vendidos al mejor postor. Todos son producto de la condición humana. Unos, tristes modelos; otros, talentosos sin mesura; ninguno ajeno a la comodidad de la aureola implantada.
 
Julián Valle Rivas

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