Condición humana I: El abrazo de Iceta, por Julián Valle Rivas

psc iceta illaEl feliz abrazote que el buenazo de Miquel Iceta le dio al, todavía por entonces, Ministro Salvador Illa en plena crisis pandémica no sólo merece interpretarse en clave política, a modo de gesto, pose o pintoresco movimiento histriónico, pretendiente de una manifestación de lealtad incondicional a la partidocracia socialista, como si al buenazo de Iceta no le importara o importase la patada que la cúpula del susodicho partido propinó a la mismísima cabecera del listado autonómico a las elecciones, empellón pendenciero o bajuno que lima la medalla federalista que con tanto pulido se vanaglorian en lucir; como si el buenazo de Iceta entendiera o entendiese que, en verdad, su representatividad autonómica quedaba degradada o ensombrecida por la divinidad ministerial de Illa; como si el buenazo de Iceta aspirara o aspirase a la compensación o soborno de una cartera ministerial vinculada a la unidad territorial de un país donde cada territorio actúa conforme le conviene. O lo más probable es que ni siquiera merezca interpretarse en clave política, pues en España hace tiempo que la política, bien lo sabemos, no tiene interpretación posible ni es digna de dedicación alguna, más allá del placemiento de los abigarrados tertulianos dados a la variopinta opinión mediática.

 

 

   De vuelta al inicio (discúlpeseme tamaño circunloquio), el feliz abrazote que el buenazo de Iceta le endosó al Ministro Illa en plena crisis pandémica evidencia nuestra condición humana, cómo hemos asumido o nos hemos adaptado a la crisis pandémica, la cual hemos aceptado como una moda de mascarillas. Un escenario contagioso en donde una mascarilla simplifica todo el compendio de seguridad sanitaria. Una mascarilla hace innecesario eludir el contacto social o atender la higiene de manos. Y uno puede manosear por doquier, cubrir de babas las terrazas de bares y restaurantes, caminar copando todo el ancho de la vía o invadir el espacio preventivo del contagio. Por supuesto, la panacea pandémica de la mascarilla no empece el recolocarla bajo la barbilla para pasear tranquilo hablando por el móvil o fumando un cigarro, ni cuando las plazas, calles, senderos y demás rutas masificadas de gente paseando, sin exigencia laboral o comercial aparente, obstaculizando o formando corrillos chismosos, entorpecen la famosa distancia de seguridad. Y sí, tal vez lo de pasear sea un ejercicio deportivo como otro (o sin el tal vez). No obstante, el uso de la mascarilla no suple los requisitos de caminar en fila, permitir el espacio interpersonal y no abusar de las excepciones, libertades y relajaciones que conceden las disposiciones contra la pandemia, destinadas, precisamente, a hacer llevadero el difícil y delicado estado.
 
 
   También evidencia nuestra arrogante y egoísta condición humana el comportamiento durante los periodos prenavideños y navideños, cuando el uso de la mascarilla excusó las zonas urbanas desbordadas de personal pululando de acá para allá y las tiendas, mesas de bares y terrazas atestadas de compradores y celebraciones o distracciones amistosas, familiares y laborales. Tampoco se libraron las cenas familiares, servidas al calor de los hogares, como si no se pudiera vivir un año sin ellas (se conoce que ya nadie recuerda las épocas bélicas o los compromisos de los profesionales en servicio de guardia), que hubo de antojarse justo precio para disfrutar de muchas más. Mención especial para los jóvenes que, al aproximarse la hora fijada como toque de queda nocturno, se apresuraron a dirigirse hacia viviendas, naves y locales clandestinos, a fin de participar en fiestas ilegales de Año Nuevo, ignorando, amén de preceptos reglamentarios, la advertencia de que la juventud favorecía el aspecto asintomático, no el contagioso, sobre todo, de sus mayores, propensos a los padecimientos víricos. Conjunto sainetesco que, cual papel bajo calco, se repitió en Semana Santa, con concentraciones en iglesias, saeteros (y saeteras) arrojando virus sobre mantos de vírgenes y sayas de cristos y la habitual parafernalia en el perímetro de los bares.
 
 
   Y claro, en semejante entorno, contexto superado más por la estupidez y la irresponsabilidad que por la inconsciencia y la indolencia, el buenazo de Iceta envuelve al Ministro Illa con su feliz abrazote, descargado de complejos y de rencor, aunque recubierto de mascarillas, al ser ése ratificado por la partidocracia socialista como número uno en la lista electoral autonómica en detrimento de aquél. La naturaleza ejemplarizante de la política (si la existencia de esta naturaleza aún se concibe) sucumbe aquí frente al reflejo de la sociedad que la elige y la gana, porque cada sociedad tiene a los políticos y a los gobernantes que, diligente, consigue.
La condición humana queda evidenciada, igualmente, en los numerosos aspavientos, comentarios y espacios televisivos, periodísticos y radiofónicos que suscitó el muchimillonario contrato del futbolista Lionel Messi, quien percibirá, o de hecho percibe, un pastizal de padre y muy señor mío. Sin embargo, ruego se me dispense la labor de la exposición, al objeto de otorgarle una segunda, a la par que descansada, entrega.
Julián Valle Rivas