Volver a analizar un relato guerrerense, por Julián Valle Rivas
Para volver a analizar un relato guerrerense, el lector, supeditado a los protocolos de la narrativa, deberá deponer el ánimo al imperio de reposar la vista sobre las palabras que construyen el texto en la conciencia de que la vida de Carlos Gardel, hagiografía de las aves cantoras, paroxismo de la lírica musical, se tejió tan plagada de venturas y desventuras, de sucesos de lo cotidiano y de lo insólito, de capítulos diversos y dispersos, múltiples y variopintos, al cabo, que uno solo de los acontecimientos, azarosos o trágicos o instantáneos, fogonazos arrebatados al tiempo, suple al autor del material necesario para componer un relato, descomponiendo los principios de la narrativa en individualizadas perlas para los distintos géneros.
Y es que la vida de Carlos Gardel es para cantarla en hexámetros dactílicos que se funden y se confunden en la difusa línea del infinito y es para narrarla en parágrafos entregados a la causa de plasmar una realidad que supera la ficción, porque existen realidades que bien podrían confundirse con simulaciones de un intelecto ingenioso y desquiciado a la par.
El conglomerado de relatos que es «España noir» (MAR Editor, 2026) reúne a veintisiete autores en español determinados a explotar el relato negro o criminal, hundiéndose en los lóbregos abismos de la sociedad, dejándose arrastrar por su violencia y corrupción. Con el empleo de su característico tecleo ágil en la confección del escrito y una impecable técnica literaria, eficaz, que embellece, para la especial ocasión, de un popular lunfardismo y jerga urbana porteña, que hace la lectura imprescindible, la propuesta de Manuel Guerrero supone una gota succionada a la inmensidad oceánica con la cual se equipararía la biografía de Gardel. Entorno del Palais de Glace, Buenos Aires, primeras horas del 11 de diciembre de 1915, Carlos Gardel acaba de estrenar veinticinco años, relucientes y altaneros, mientras va ganándose el corazón de los arrabales porteños entre los suspiros de las jóvenes y las copas de champan que riegan los rítmicos acordes de tango. Su inseparable amigo el actor Elías Alippi es uno de sus acompañantes en una festiva velada que transcurre en el fastuoso salón de la Recoleta, donde se mezcla la alta sociedad y la bohemia. Al salir del local, una repentina avería del coche retiene a los amigos en la calle, a merced de las sombras traicioneras de la madrugada que acaban trayéndoles la emboscada de un grupo de niñatos bien de la capital, capitaneado por Roberto Guevara, arquitecto de influyente familia, poderosa, hampona. Arrogante bacán acostumbrado a hacer su voluntad sin mesura ni contención. Los motivos exactos acaban perdiéndose en la leyenda. Sea una trifulca callejera por cuestiones políticas, sea una venganza personal derivada de los celos alrededor de una mujer de disoluta y noctívaga presencia en la ciudad, la Ritana o Madame Jeanne, la cuestión es que las palabras escalan de tono y la mediación de Gardel de poco sirve cuando él mismo es el objetivo, pues, al sacar el arma, Guevara le espeta «Ya no vas a cantar más “El moro”». La reacción de Alippi llega tarde y el disparo reverbera en la densidad de la fiebre y de la noche. Es un estallido seco y un impacto que perfora la carne del cantante, supera su tórax y queda alojada en su pulmón izquierdo, derribándolo de inmediato. El pánico y el caos guarece la cobarde huida de los agresores. El cantor es conducido al Hospital Ramos Mejía en estado crítico, se teme por su vida, hasta que se logra estabilizar, momento en el cual el equipo médico se enfrenta al dilema de extraer el plomo alojado en fea posición, comprometiendo la supervivencia del paciente, o abandonarlo en el asilo visceral del artista. La prudencia se impone sobre la impaciencia, el proyectil queda integrado en Gardel, conservado en sangre de rapsoda, privilegiado testigo de una gloria inmortal, compañero insomne para la resignación del portador. El trozo de metal permanecerá alojado en el pecho de Carlos Gardel durante veinte años, y será la fatalidad de Medellín la que lo devolverá a la luz, a través de una autopsia final. El incidente de 1915 marca un punto de inflexión en el estilo del cantante, obligándolo a reinventarse, a readaptarse, ante la invasión o conquista pulmonar, aclimatación que, paradójicamente, quizá lo ayuda a convertirse en mito. Se cuenta que su fuerza de voz física, directa, aguda trasvasa a la interpretación intimista, acompasada, expresiva, alargando palabras, acortando silencios, descargando el trabajo de pecho y laringe. Por su parte, el pendenciero atacante Roberto Guevara, gracias al poder familiar, nunca pagará por su crimen.
«Melodía de las balas» es la narración guerrerense de aquel suceso, pero también sus causas y consecuencias. Resérvese al lector intrigado, adicto a la narrativa, la exposición de Manuel Guerrero acerca de los fundamentos, o tal vez pretextos, de la terrible resolución, de ese bellaco disparo que pudo haber cambiado la historia de la música, provocando la muerte de Carlos Gardel, o que, de hecho, la cambió, para regalarnos veinte años del cantor de funesto destino, quien, el 24 de junio de 1935, ya no será capaz de esquivar de nuevo al infortunio.
Julián Valle Rivas
