Vidas entretejidas, por Julián Valle Rivas

vidas entretejidas telarañas jose moreno millanJosé Manuel Moreno Millán, impenitente justiciero del arte, asiduo parroquiano de la tecla, atípico fagocito de la imprenta, fiel practicante del carboncillo, ofrece ahora al lector, ávido por circunnavegar las estrecheces de los callejones oscuros de las letras, apasionantes y peligrosos, atrayentes y arriesgados, un ejercicio de escenario literario ametrallado de personajes carentes de vocación protagonista, para quienes el aparente azar, la casualidad figurada insuflada por el aliento creativo, deviene en tejedor de vidas que se entrecruzan, golpeadas de dinamismo.

   Ofrece ahora Moreno Millán una propuesta salvajada de metafísica: la conexión intrínseca de la propia existencia humana. La certeza de una comunión personal en la realidad cotidiana. La inevitabilidad de la interrelación diaria. La demostración de que la presencia del ser no es sino la vinculación con el otro ser, un yo como proyectado en su esencia de especie; que la vida no es sino un mosaico entretejido por hilos invisibles que enlazan sus teselas en una suerte de mural expansivo, entelequia aristotélica de la presencia de la humanidad en el mundo.


    «Telarañas» (ediciones ende, 2023) es el resultado narrativo de ese empirismo de conjunciones proclamado por el autor. Un ficticio compendio de relatos breves, cuentos inconclusos por la habitualidad, de los que van emergiendo personajes, en cuyo pulular rutinario se topan con otros que enfocarán sucesivos fotogramas documentales, centrarán venideros cuadros costumbristas. Aunque se permitirá Moreno Millán variar la técnica pictórica al gusto, arrastrado por la voluntad de la intuición que ilumina el talento, hasta pergeñar cuatro sistemas de pigmentación sobre el papel encuadernado.


    «Destinos cruzados» da título al bloque puritano por excelencia de este retablo de sinos que construye el autor para mostrar o demostrar su particular visión de la existencia humana. Esgrime, para ello, los puntos básicos de la trayectoria y desgrana, con tozuda delicadeza literaria, las reglas o normas que desvelan el hecho de que una teoría deviene evidencia con el signo de la experiencia práctica lograda. En diez escuetos episodios, extensión sintáctica episódica que servirá de referencia al conjunto de la obra, Moreno Millán presenta esa ciudad sin nombre, esa ciudad cualquiera, confluencia de caminos encontrados. Y para valerse de una ciudad simulada, juntura de fragmentos de vivencias, antes que otorgarle ilusoria denominación, prefiere el autor alumbrar, con la luz vivificadora del intelecto, una ciudad edificada a base de recovecos y parcelas trasuntadas de la arquitectura planetaria desperdigada por las cartografías de los recuerdos. En esa ciudad, entonces, personajes deambulan y reflexionan, circulan y actúan, conscientes o inconscientes de la aparición de figurantes que, tarde o temprano, inspirarán una próxima secuencia en el entramado del universo concebido.


    «El día de la tormenta», el más extenso de los apartados, sin retirar su cubierta telarañosa, metamorfosea sus dieciséis episodios en un voladizo de dieciséis capítulos en los cuales los géneros se simultanean sobre una colmena de propósitos e intereses, de deseos y esperanzas, de anhelos y violencias. La chispa del primer amor, la pasión malentendida, el robo codicioso, se buscan irremediablemente en un opúsculo con aires de novela negra y policíaca y juvenil.


    Recupera el autor, a su modo, en «La vida es verso», la cualidad episódica de la obra, aferrada siempre a la intangible articulación de las actuaciones, a través, de nuevo, de diez entregas ambientadas en la época navideña. La ilusión y la inocencia de la niñez no podían quedar ausentes en tan señaladas fechas, como el regalo inesperado, cuasi mágico, pero Moreno Millán escuda el ánimo frente a los convencionalismos y ensambla la trama con la crónica de una serie de hurtos que victimizan a los personajes de turno, al tiempo que la caza al ladrón les bosqueja una pequeña aventura. Y el amor, esa necesidad del alma, ese sustento para la supervivencia, con la candidez y el arrebato que significan la obra en un todo maravilloso y férreo, ahueca la morfología persistente de las líneas tipográficas con el esmero con el que se esculpen los sueños.


    Precisamente, el amor, ese compañero, en ocasiones, perecedero, en ocasiones, asesino, en ocasiones, irresistible, en ocasiones, inmortal; en un alarde de libertad desequilibrada y esperpéntica, en una miscelánea de autobiografía e imaginación intencionadamente desbordada por el paroxismo del más rocambolesco experimento cinematográfico abonado a la acción de los años ochenta; el amor, pues, catapultado por explosiones, secuestros y tiros, configura la última sección de la obra: «Amor de película», en la que el autor derrama su fábula imaginativa sobre las hojas de lectura como la presa derrama sus aguas sobre el valle rayano, al resquebrajarse su muro, o como las cumbres derraman su nieve sobre los bosques de las laderas, al desestructurarse sus cimientos.


    Porque, en «Telarañas», José Manuel Moreno Millán descubre en el lector fascinado por la literatura una imaginación arrasadora, que embelesa los sentidos, y un estilo narrativo ágil, simple en sí mismo, lo cual no ha de identificarse con un carácter banal, sino rápido y directo. Una obra que, además de entretener, invita a reflexionar acerca de si la axiomática interconexión de los seres humanos es fruto del mero azar o empeño de una entidad creadora superior.


Julián Valle Rivas

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