Vacaciones, por Pepe Morales

vacaciones playasHubo un tiempo en el que familias con pocos o ningún recurso se permitían unas jornadas, a veces una semana o diez días, de algo que llamaban vacaciones por el hecho de no trabajar y de hacer un viaje, a menudo largo y tortuoso como la separación de The Beatles. No había más remedio. La guerra y la posguerra fueron el caldo de cultivo para forjar un par de generaciones con valores de supervivencia como la empatía, la solidaridad, el sacrificio, el altruismo y la filantropía, hoy cuestionados por una cultura radical egoísta y consumista.

Durante décadas, los viajes a L’Hospitalet, Terrassa, Madrid o el País Vasco eran rutas cubiertas por autobuses, a menudo piratas, que sorteaban los baches de las carreteras secundarias con la misma habilidad que esquivaban los controles de la Guardia Civil a cambio de unos chorizos y unos litros de vino o unos billetes verdes. Autobuses cargados de comeorzas o rebañaorzas que a cambio recibían la visita de la familia emigrada que los acogió en la España rica y urbana durante las fiestas patronales, Semana Santa o Navidad.

Ni se cuestionaba la pertinencia de estas visitas ni se reparaba en la incomodidad que suponía dormir en el suelo, tanto anfitriones como visitantes, o apretarse ocho personas en una mesa dimensionada para cuatro. Durante los días previos y los posteriores a la visita, la familia visitada se sumía en un trajín de colchones, camas mueble y sillas desde la casa de allegados y vecinos, con suerte con una furgoneta de la empresa o de un conocido. Con la precariedad de aquellos tiempos, se improvisaba una comodidad a todas luces insuficiente.

Aquellas vacaciones no eran gratis total ya que, en la medida de las posibilidades de cada caso, había intercambios de regalos y, algo excepcional en la época, se comía un día o dos en restaurantes o se salía a playas, parajes pintorescos o monumentos de los que se oía hablar en radios y transistores de AM y en la reciente televisión en blanco y negro (era costumbre compartir gastos, minimizando el postureo). Y luego había regalos y recuerdos para la familia y el vecindario que se había quedado en el pueblo, modestos, pero un dinero.

Todo eso se ha perdido bajo el eufemismo del progreso, utilizado en términos económicos. Los hijos y nietos de aquellas generaciones han sucumbido a la dictadura de los mercados y han sustituido aquellos valores por sucedáneos como éxito y esfuerzo, dos patrañas que el capital sigue explotando en la senda del sueño americano para favorecer la codicia del 10% de la población a costa del 90% restante. Pura propaganda para perpetuar un sistema injusto e insolidario, egoísta, el mismo de la época de los faraones egipcios. Esclavismo 3.0.

Asistimos a una estafa global que toca aspectos básicos para la supervivencia del ser humano como la vivienda, la Educación, la Sanidad o la cesta de la compra. El derecho a la vivienda está en manos facinerosas que operan desde plataformas como Booking y Airbnb o toman posiciones en el mercado del alquiler. El derecho a la sanidad y la educación obra en manos de mafias confabuladas con políticos sin entrañas que expenden titulaciones y tratamientos de dudosa calidad. Y la comida basura alimenta a la juventud por medio de aplicaciones móviles como Just Eat o Glovo. Son tiempos de mucho correr y poco pensar.

La paradoja del gatopardismo (El Gatopardo, 1958, de G. T. di Lampedusa) nos dice que, a veces, el sistema se renueva superficialmente para evitar transformaciones estructurales y mantener intacto el poder en una sociedad cada día más conservadora, sumisa e ignorante.

Pepe Morales

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