Representación política característica, por Fernando M. García Nieto

congresodiputadosCuando los ciudadanos no gobiernan directamente, la democracia se basa en la pretensión de que los políticos actúen como representantes del pueblo, en la existencia de un vínculo entre gobierno y gobernados, a través del cual se articulan las opiniones del pueblo y se garantizan sus intereses.


Pero la naturaleza de este vínculo es un tema de profundas discusiones. No existe un único modelo de representación política, sino que existen distintas teorías sobre este principio político, en competencia, basadas en distintos presupuestos ideológicos o políticos.


Para muchos teóricos las elecciones son la base de la representación, y los políticos pueden llamarse representantes porque tienen el mandato del pueblo. Para otros, los representantes son personas con mayor competencia que los demás que pueden actuar con sabiduría en defensa del interés común. Por último, está la teoría de que un representante no es alguien que actúe en representación de otros, sino alguien que es típico o característico de un grupo o sociedad, que los políticos son representantes si recuerdan a su sociedad con respecto a su edad, género, clase social, procedencia étnica, etc. Es la “representación característica”[1].  


    Según esta última teoría, el conjunto de los políticos debe ser como un microcosmos de la sociedad, lo que irremediablemente conduce a propugnar cambios radicales en el gobierno de cada país del mundo. Esta idea es abanderada por distintos sectores de la izquierda en el espectro político y sus movimientos sociales afines.


    Para ser “representativo” es necesario haber sido escogido en un determinado grupo y compartir sus características. El gobierno representativo en este sentido será un microcosmos de una sociedad mayor en cuanto a clases sociales, género, religión, etnia, edad, y otras características, y en cantidades proporcionales a la respectiva fuerza de cada uno de estos grupos en el conjunto social.


    Esta teoría, como hemos dicho, cuenta con el apoyo de una amplia gama de teóricos y activistas políticos. Los socialistas creen que el hecho de que la élite política proceda mayoritariamente de las clases privilegiadas y prósperas es un obstáculo a la democracia. Y que si las clases trabajadoras, los pobres y los desfavorecidos están infrarrepresentados en el poder, sus intereses son marginados o ignorados completamente.


    Las teóricas feministas contemporáneas sostienen que el Patriarcado, la dominación del sexo masculino, funciona a través de la exclusión de las mujeres del grupo de los poderosos, y quieren acabar con este sesgo.


    Antirracistas y multiculturalistas sostienen que la posición de desventaja se perpetúa por la infrarrepresentación de las minorías étnicas o culturales en el gobierno y los parlamentos.


    Todos ellos, creen que sólo las personas extraídas de un grupo concreto pueden de verdad articular los intereses del conjunto, hablar por ellos o en nombre de ellos, y que esto es imposible si los representantes no tienen un conocimiento íntimo y personal de la gente que representan. En su forma más pobre esta teoría mantiene que la gente está condicionada por su procedencia social y no es capaz, o no quiere, comprender los puntos de vista de personas diferentes. En su forma más elaborada, no obstante, establece una diferenciación entre la capacidad de simpatizar, o “ponerse en la piel del otro” por medio de la imaginación, y, por otro lado, la experiencia directa y personal sobre lo que les sucede a los demás, que requiere de un nivel más profundo de respuesta emocional. Es decir, que el “hombre nuevo”, pro-feminista, podrá simpatizar con los intereses de las mujeres y apoyar la igualdad de sexos, pero nunca será capaz de tomar los problemas de las mujeres tan en serio como lo hacen ellas mismas, o que el hombre blanco progresista podrá mostrar una encomiable preocupación por la condición de las minorías étnicas pero como no ha experimentado nunca el racismo, no es posible que su actitud hacia este iguale la pasión y el compromiso de las comunidades minoritarias para enfrentarlo.  


    Pero otros muchos teóricos consideran estas ideas como una amenaza cierta a la democracia. Por ejemplo, puede argumentarse que la gente simplemente no quiere que la gobiernen políticos como ella misma. De hecho, este gobierno “microcosmos” es difícil de identificar en algunas partes del mundo. Irónicamente, los países que más se acercaron a este ideal, los regímenes comunistas ortodoxos, eran Estados monopartidistas, que no admitían la diversidad y el pluralismo político.


   Y, si se selecciona a los políticos sobre la base de que sean típicos o característicos de la sociedad en su conjunto, el propio sistema de gobierno podría reflejar las limitaciones de dicha sociedad. Entonces, ¿cuál es la ventaja de este modelo de representación cuando la mayoría de la población es apática, mal informada y escasamente educada? Los críticos de esta noción de la representación, como J. S. Mill, señalan que el buen gobierno requiere que los políticos procedan de las filas de los educados, capaces y triunfadores.


    Otro peligro de esta teoría es que ve la representación política en términos excluyentes y estrechos. Sólo una mujer puede representar a las mujeres, sólo un negro a otros negros y sólo un trabajador puede representar a las clases trabajadoras, etc. Entonces si todos los representantes se afanan por mejorar los intereses de los grupos sectoriales de los que proceden, ¿quién defenderá el bien común o los intereses nacionales? Esta forma de representación puede no ser más que una receta para la división y el conflicto social.


    Además, la representación característica tiene el problema de cómo lograr su objetivo. Porque si la finalidad es conseguir un sistema de gobierno que sea un microcosmos de los gobernados, la única manera de lograrlo es imponer fuertes restricciones en la decisión electoral y la libertad individual. Me explico, los partidos políticos serían obligados a seleccionar una cuota de mujeres o candidatos minoritarios, algo que han comenzado a hacer algunas formaciones políticas, voluntariamente, y que no deja de ser contrario al principio de equidad; ciertas circunscripciones se reservarían para candidatos con orígenes especiales; o aún más grave, a lo mejor hay que dividir al electorado por razón de clase, género, raza, etc., y no autorizarlos a votar por candidatos que no sean de su propio grupo social.

[1] Heywood, Andrew. (2007). “Introducción a la Teoría Política”. Tirant lo Blanc.

Fernando M. García Nieto

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