Memes y memos, por Pepe Morales

meme memoConsultar el diccionario es una sana costumbre, tanto o más que hacer deporte o seguir la dieta mediterránea en lugar de rendirse al sedentarismo y la comida basura. Mens sana in corpore sano. Curiosear en la palabra cotidiana “meme” depara la sorpresa de aludir, en primera instancia, al “rasgo cultural o de conducta que se transmite por imitación de persona a persona o de generación en generación”. Y a continuación, una definición más acorde con su utilización en el ámbito de las redes sociales: “imagen, video o texto, por lo general distorsionado con fines caricaturescos, que se difunde principalmente a través de internet”.

La primera acepción sitúa ciertas tradiciones al margen de la creatividad, el pensamiento crítico y, en cierta medida, el progreso social, una especie de renuncia colectiva que aleja al “homo” del “sapiens”. La imitación es un mecanismo propio de individuos con una merma de personalidad sacrificada en aras de la pertenencia gregaria a un determinado grupo o el seguidismo ciego a terceras personas (véanse las tiranías de la moda o de los influencers). Aunque pudiera parecerlo, los términos “meme” y “memo” no comparten etimología.

La memez es una característica compartida por quienes se aferran al meme para justificar conductas y tics culturales de complicado encaje en una sociedad demócrata y por quienes difunden memes con perversos fines ideológicos a través de internet. Un miraje semántico parece unir al memo con el meme, idea reforzada por los perfiles de quienes comparten esta práctica y de quienes se valen de ellas y ellos para convertir en tradición la detestable cultura del odio y la violencia como viene siendo práctica habitual en los medios y las redes.

Construir un meme es de una simpleza que bordea la estupidez, ajustada a la mente de quienes lo crean y lo replican, gentes cortas de pensamiento y precario raciocinio. Amén de amenazas y cadáveres, el memo Trump crea memes a diario sobre inmigrantes, mujeres, personas LGTBI o musulmanes que son replicados a nivel global por mentes de desarrollo inestable. En España lo hacen neandertales como Ayuso o Feijóo y cromañones como Abascal o Alvise y luego son replicados por hordas de ultraderecha en forma de pintadas en fachadas y mobiliario urbano o cánticos en los estadios de fútbol antes y después del “lo, lo, loolo, lololo, lolo, lololo, lo, lo…”, un himno cutre a la altura de sus embrutecidos credos.

Es para echarse a llorar cuando se escucha a personas, presuntamente mayores de edad y con supuestos estudios superiores, armar ripios como “que te vote chapote” (pegadizo y tóxico como el reguetón) o recurrir a la picardía infantiloide de un “me gusta la fruta” para tapar un “hijo de puta” ladrado en sede parlamentaria a quien ostenta la Presidencia del Gobierno. De Ayuso y Feijóo no se puede esperar más. De parte de sus seguidores y sus votantes, tampoco. Abascales y Alvises no llegan ni a eso: lo suyo es el odio y los insultos.

Es para echarse a llorar ver a pandillas doceañeras, móvil en la diestra, bebida energética en la siniestra y vapeador rulando de mano en mano, capaces de integrar en una sola frase vocabulario machista, xenófobo, homófobo y racista (aprendido en casa, internet, letras de reguetón y otros etcéteras). Son rasgos culturales y conductuales transmitidos de unos a otras a imitación de lo más deleznable de las generaciones que les preceden y que difunden en sus redes sociales. Es un síntoma más del fracaso de una sociedad abocada al desastre por quienes utilizan los memes para embaucar, con el perverso objetivo de cosechar votos y utilizar el poder para suprimir los derechos cívicos de toda la sociedad, sean memos o no.

Pepe Morales

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