Leer a Galdós, por Julián Valle Rivas

 benito perez galdosSe ha cerrado, pese a la contraria apariencia, el Año Galdós. Iniciado con un pomposo y público homenaje del mundo académico y literario el 4 de enero del pasado año, centenario de su fallecimiento, la ofrenda se fue diluyendo o difuminando a medida que los estragos del virus diezmaban población y ánimo. De este modo, todo quedó en algún anecdótico documental y un goteo de calculados artículos de prensa. Aunque, es de temer —conocido el percal patrio—, la celebración habría sido la misma, aun sin el terror pandémico. No obstante, no me ha parecido un vago homenaje. En un país donde la victoria en un mundial de fútbol se reverencia anualmente, otros tuvieron peor recuerdo. O, directamente, ninguno.
 
 
 Ahora, al teclear estas líneas, no desplegaré una barroca semblanza del genial escritor, sino que me limitaré a pincelar el puñado de conocidos datos. Su condición de hijo menor en una familia de hermanas de Las Palmas de Gran Canaria, en el seno de un matrimonio burgués, pudiente, con una madre severa y fría; naturaleza que marcará al joven Benito, al punto de que hay quien identifica tal sobriedad materna como la causa por la cual el autor nunca contrajo matrimonio. La llegada al hogar familiar de una prima bastarda que se convertiría en su primer amor. La negativa de la madre al sentimiento, enviando al hijo a Madrid para estudiar Derecho. La reacción en un joven de especial sensibilidad, introvertido y observador, ante la vida y sociedad matritenses. Su incursión en la escritura a través de reseñas teatrales. Su afición por la Historia, su rigurosidad y minuciosidad, su pasión por los detalles, su profesionalidad en la documentación, la intensificación de su innata tendencia a la observación. El éxito de su debut novelístico. La faraónica tarea de los «Episodios Nacionales». Su primera relación sentimental seria y su única hija. Sus diferentes amoríos y su segura discreción y secreto. Su significación y su activismo político, con sus ideas de izquierdas y de un nuevo régimen. Su coalición con Pablo Iglesias y su fase como diputado, no sin cierta decepción. Su compromiso social. Su abierta tolerancia, con amigos de las más variadas corrientes ideológicas y de pensamiento. Las obstaculizaciones internas a su ingreso en la Real Academia y a la obtención del Premio Nobel. La debilidad de su salud en los últimos años, hasta terminar ciego… Murió en precaria situación económica, prácticamente, arruinado, no por la decadencia de su éxito literario y comercial, sino, hombre tan generoso como descuidado en asuntos contables, por todas las personas que mantenía a su alrededor, mujeres, en su mayoría. Su hija, incluso después de casarse, vivió con su marido de la asignación paterna. Miles de personas, con independencia de su condición o clase, acudieron a su entierro. A despedir al más grande de los escritores de su tiempo.
 

 Por mi parte, durante el año centenario, he continuado invirtiendo dineros y horas en la obra de don Benito, ampliando, con modestia y humildad de pasos, mis lecturas y mi biblioteca personal con sus novelas. Así, he cerrado la tetralogía sobre don Francisco Torquemada y «Ángel Guerra», trilogía o novela en tres partes.
 

 Quizá por su orientación político-social, a lo largo de varias décadas, Pérez Galdós fue condenado al ostracismo literario nacional. Sólo los intelectuales extranjeros o exiliados en el extranjero mantuvieron latentes el valor narrativo y la importancia literaria del escritor. Todavía hoy, son muchos quienes dudan en torno a la necesidad de leer a Galdós, a la imprescindibilidad de su obra. Adoptan, por ejemplarizantes, los comentarios de coetáneos como Leopoldo Alas y Ramón María del Valle-Inclán, quienes tildaron a Galdós de plano y garbancero, por su estilo exento de novedades y el bajo y banal nivel de sus historias. Encuadrado en los periodos realista y naturalista de la Literatura, atribuyen a don Benito, sus actuales detractores, un aire caduco en sus formas narrativas, una escasa originalidad en sus relatos, un considerable déficit ilustrador en su literatura. Galdós, vienen a decir los infames, no puede aportar nada de interés al lector presente.
 

 Pero Benito Pérez Galdós fue un escritor comprometido con su época, que se implicó en ella. Se cuestionó las estructuras sociales y familiares, además de la injerencia eclesiástica en la vida pública y familiar, lo cual no arrebataba a don Benito su espiritualidad, pues concebía la religión en la esfera de la intimidad. Implementó la tolerancia, en lo relativo a las ideas y opiniones; condenó la corrupción y la ineptitud política; apostó por una sociedad más justa, igualitaria y democrática; abogó por los derechos de la mujer. Fue un escritor que colocó a la mujer en el centro de la trama de sus obras, criticando su condición subyugada al patriarcado, a la familia, a la tradición, a la religión. Leer a Galdós es mirar una etapa española con múltiples perspectivas: social, histórica, política, religiosa; y descubrir su incansable lucha por corregir las irregularidades y no repetir los errores del pasado en una España empecinada en tropezar.
 

 Para quien estas líneas subscribe, leer a Galdós implica una experiencia que trasciende las manidas pautas señaladas, a las cuales se acude con habitualidad. Leer a Galdós no constituye únicamente cultura o la visión de un período. Leer a Galdós entraña una educación literaria sin equiparación en la Literatura Española. Benito Pérez Galdós era un maestro de la Literatura y de la Lengua españolas. Leer a Galdós es o debe ser un activo ejercicio intelectual de aprendizaje: diseccionar su sintaxis, empaparse de su morfología, anotar su semántica. Un estar dispuesto a recibir la lección magistral de Gramática. Leer a Galdós es absorber concentrada y pausadamente su estructura narrativa, desde las más escuetas y espontáneas oraciones a los más enmarañados y espinosos párrafos, que él creaba con la mayor naturalidad. Porque Galdós es el idioma español y leer a Galdós es, en definitiva, un imperativo.

Julián Valle Rivas

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