La trampa de las cifras de empleo: triunfalismo estadístico frente a realidad, por Fernando Manuel García Nieto

Hay algo profundamente revelador en el debate sobre la reforma laboral del Gobierno. No porque nos ayude a entender el mercado de trabajo, sino porque muestra hasta qué punto la política actual ha aprendido a gobernar las estadísticas antes que los problemas.


Durante años, el Ejecutivo ha presentado la reducción de la temporalidad como uno de sus mayores éxitos. Y es cierto que los contratos indefinidos han aumentado notablemente. Pero la pregunta incómoda sigue ahí: ¿ha mejorado realmente la vida de los trabajadores en la misma proporción en que han mejorado los indicadores? Porque una cosa son los datos y otra muy distinta la realidad cotidiana.


Si preguntamos a una pareja joven que busca vivienda, a un trabajador que encadena periodos de actividad e inactividad o a quien sigue viviendo con sus padres pasada la treintena, difícilmente responderán hablando de tasas de temporalidad. Hablarán de alquileres imposibles, de salarios insuficientes y de una incertidumbre que continúa formando parte de su vida. Y ahí es donde el discurso oficial empieza a hacer aguas.


La política moderna ha descubierto que resulta mucho más sencillo modificar las categorías estadísticas que resolver los problemas estructurales de un país. Es más fácil celebrar que un contrato ha pasado de temporal a indefinido que explicar por qué una persona con empleo sigue sin poder emanciparse.


El asunto de los fijos discontinuos es un ejemplo perfecto. No porque constituyan un fraude por sí mismos, sino porque han permitido construir un relato triunfalista que evita afrontar la cuestión fundamental. El debate político se ha desplazado desde la calidad real del empleo hacia la clasificación administrativa del trabajador. Así, la discusión pública gira en torno a si una persona debe figurar en una columna u otra de una hoja de cálculo mientras esa misma persona sigue preguntándose cómo llegar a fin de mes.


La política ha cambiado el foco. Y cuando la política hace esto, suele ser porque le interesa más controlar el relato que afrontar el problema. Desde una perspectiva de ciencia política, esto tiene consecuencias importantes. La estabilidad de una democracia no depende únicamente del crecimiento económico ni de las cifras de empleo. Depende de que la ciudadanía perciba que existe una relación razonable entre esfuerzo y recompensa.


Cuando alguien trabaja y aun así no puede acceder a una vivienda digna, cuando tener hijos se convierte en una decisión económicamente arriesgada o cuando la expectativa de vivir mejor que los padres desaparece, la confianza en el sistema comienza a erosionarse.


Y eso es exactamente lo que está ocurriendo. No por culpa exclusiva de este Gobierno ni de una sola reforma. Sería demasiado simple plantearlo así. Pero tampoco puede negarse que el Ejecutivo ha preferido celebrar los buenos titulares antes que reconocer los límites de sus políticas.


La reducción de la temporalidad puede ser una buena noticia. Pero si esa mejora no se traduce en una mayor capacidad para construir un proyecto de vida, estamos ante una victoria estadística, no necesariamente social.


Quizá por eso una parte creciente de la población observa con escepticismo los mensajes triunfalistas procedentes del poder. Escucha que el empleo bate récords mientras ve cómo la vivienda se aleja de sus posibilidades. Escucha que la economía crece mientras comprueba que llegar a fin de mes sigue siendo difícil. Escucha que el mercado laboral es más estable mientras percibe que su futuro no lo es. Y cuando la experiencia cotidiana contradice el discurso oficial, la gente acaba creyendo más a su bolsillo que a las ruedas de prensa.


El verdadero problema de España no es cuántos contratos indefinidos existen. El verdadero problema es que cada vez más personas tienen la sensación de que trabajar ya no garantiza el progreso que garantizaba hace unas décadas. Esa es la cuestión que debería preocupar a cualquier gobernante.


Porque una sociedad no fracasa cuando sus estadísticas empeoran. Sino cuando sus ciudadanos dejan de creer que el esfuerzo merece la pena.


Y ningún indicador laboral, por espectacular que parezca, puede ocultar esa realidad durante mucho tiempo.

Fernando Manuel García Nieto

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