La palabra en vilo: De la Pnyx al algoritmo, por Fernando Manuel García Nieto
Si un ciudadano de la Atenas del siglo V a. C. apareciera hoy en las tribunas del Congreso de los Diputados, reconocería el escenario antes que la tecnología. Cambiaría la túnica por el traje y el Ágora por el fragor de las redes sociales, pero identificaría al instante las pausas dramáticas y los dardos envenenados. La democracia, ayer y hoy, no es solo un sistema de recuento de votos; es, esencialmente, el dominio de la retórica. Pero en la España actual, nos enfrentamos a una pregunta milenaria: ¿estamos ante un arte que democratiza el conocimiento o ante una técnica de manipulación que nos ciega?
Aristóteles sostenía que la persuasión se apoya en un equilibrio entre el Ethos (la credibilidad y carácter del orador), el Pathos (la conexión emocional con la audiencia, la emoción) y el Logos (la lógica, argumentos y datos). Sin embargo, en la escena política española, la balanza parece haberse roto a favor de lo visceral. Observamos esta dinámica en la retórica del "muro" empleada por Pedro Sánchez, que utiliza el miedo al retroceso como pegamento social, simplificando la complejidad política a una elección binaria. Es la misma táctica que empleaba el demagogo Cleón en Atenas para movilizar a las masas. En el espejo opuesto, Santiago Abascal recurre a la "España Real", construyendo un "nosotros" frente a enemigos externos, apelando a la emoción de protección de forma idéntica a los antiguos líderes populares.
Sin embargo, no toda la retórica es veneno. En un mundo de atención fragmentada, la simplificación puede ser una herramienta de inclusión. ¿Cómo interesar a una ciudadanía exhausta en los matices de la macroeconomía sin bajar al terreno de las "cosas pequeñas"? Aquí reside la fuerza de Yolanda Díaz, quien utiliza la cercanía como una actualización de la philanthrōpía griega, o el "sentido común" que abandera Alberto Núñez Feijóo para proyectar estabilidad.
El peligro real surge cuando la palabra se divorcia de la verdad. Los sofistas eran criticados por "hacer que el argumento más débil pareciera el más fuerte" (1) ; hoy, los algoritmos realizan esa tarea a escala industrial. La diferencia entre un líder y un demagogo no reside en su elocuencia, sino en si utiliza su voz para construir una deliberación honesta o para levantar muros de humo que nos impidan ver el horizonte común.
(1) Frase célebre atribuida a los sofistas de la antigua Grecia, especialmente a Protágoras. Esta expresión resume el enfoque de la retórica sofística, centrada en la persuasión y la relatividad de la verdad, en contraposición a la búsqueda de verdades objetivas defendida por Sócrates y Platón.
Fernando Manuel García Nieto
