La misa de 12, por Pepe Morales
Se llama tradición a la transmisión de costumbres de una generación a otra. Lo mismo se aplica el término al sometimiento voluntario al escarnio público de un grupo de jóvenes en grotescas despedidas de soltera/o (en auge) o a la celebración del fin de la siembra o de la cosecha (hoy, casi en desuso). A las tradiciones se les atribuyen peculiaridades que las sitúan entre los sortilegios y las supersticiones. Suele ocurrir en sociedades con arraigadas prácticas rituales promovidas por quienes se valen de lo espiritual para distraer a las masas.
La historia es una sucesión de procesos de sustitución de unas tradiciones por otras como fórmula de conquista y sometimiento, a menudo acompañados por el ejercicio de la fuerza y una espiral de miedo, odio, devastación y muerte. A pesar de su naturaleza conservadora, las tradiciones suelen cambiar su sentido original para adaptarse a cada momento histórico en cada lugar. Las religiones son el mayor exponente de apropiación y resignificación de las tradiciones populares a todo lo largo de la Historia en cada uno de los cinco continentes.
En lo que se conoce como “cultura occidental”, una de las tradiciones más reconocibles y polivalentes, la misa, se construye como rito sobre prácticas similares previas basadas en el totemismo, un conjunto de creencias y hábitos espirituales y sociales vinculados a un tótem. El término tótem se aplica a seres, objetos o símbolos erigidos en emblemas grupales de familias, clanes, linajes o tribus, siendo el totemismo una expresión espiritual primigenia similar al chamanismo, el animismo y otros fenómenos “religiosos” en sociedades arcaicas.
Las misas, en un principio, como los ritos a los que reemplazaron, buscaron la catarsis colectiva en torno a la idea de sacrificio y el miedo a la muerte, induciendo emociones y sentimientos hábilmente dosificados. Como todos los rituales, las misas tienen unas formas reconocibles y también unas disidencias que se van tolerando con el tiempo para evitar la fuga de creyentes y la pérdida de privilegios. España, sin el yugo nacionalcatólico, vivió una liberación en lo político y en lo religioso que se ha trasladado a la dominical misa de las 12.
Cumplir con las tradiciones –acudir a misa– por obligación es contraproducente, algo poco o nada recomendable. Es lo que ha sucedido con la misa de 12, la del gallo o las de la BBCf (bodas, bautizos, comuniones y funerales). La mayoría de los asistentes lo hacen por mero postureo social, a diferencia de otras misas donde la asistencia aún cuenta con el estímulo de la fe. La misa de 12 tiene a su favor el horario perfecto para permitir a las clases medias y altas practicar el noble arte de lucirse ante el pueblo en el templo antes de acudir al bar.
Que la fe es lo de menos, que el mensaje evangélico no va con la feligresía de las 12, que Jesucristo puede ser el enemigo infiltrado, que la palabra de dios es sólo la letra pequeña de un mal contrato social, se desprende de la clientela parroquial de esa misa en concreto. Las derechas, asiduas de la misa de 12, ponen velas a dios y al diablo, afean al Papa que predique el amor al prójimo, aplauden a genocidas y criminales, consideran el maltrato machista y la homofobia tradiciones irrenunciables y se ponen de perfil ante la pederastia.
El verdadero ídolo adorado por las derechas, esa gente de bien que exige la prioridad “nazi o ná”, no es más que la versión 4.0 del Becerro de Oro. Son una troupe de camellos intentando pasar por el ojo de la aguja, escribas y fariseos utilizando los templos para sus negocios, aprendices de Judas capaces de vender su patria al demonio de los aranceles.
Pepe Morales
