Humildad coronavírica, por Julián Valle Rivas

Que un bicho microscópico, de composición acelular, nos haya jodido tanto la vida (¡y lo que nos queda todavía, oiga!) debería invitarnos o habernos invitado, en estos días de enclaustramiento, a reflexionar tanto sobre nuestra condición mortal como sobre nuestra responsabilidad material y moral en todo el cotarro coronavírico.
 
 
 Hacerlo, claro está, una vez que ya hemos ofrecido gratuitamente a todas las corporaciones y multinacionales nuestros datos personales, para que negocien con ellos a discreción; hemos aceptado que accedan a las cámaras de vídeo, micrófonos e historial fotográfico y de gestión de nuestros móviles y ordenadores; hemos arruinado a la pequeña y mediana empresa, así como a los autónomos, empoderando, aún más, a esas grandes compañías; hemos eliminado (¡de un plumazo, oiga!) el elemento humano en las operaciones y trabajos de intermediación mecánica, probando su naturaleza prescindible; hemos renunciado a nuestro derecho a la intimidad o a la intimidad «per se» (¡con libre conciencia, oiga!), mostrando al mundo el interior de nuestros hogares, la imagen de nuestras familias, de nuestros hijos (bueno, lo de lo hijos ya lo hacíamos antes del periodo coronavírico), en un alarde de exacerbado narcisismo ególatra y neurótico afán de protagonismo (¡ese minuto de gloria en el telediario no está pagado con nada, oiga!); hemos asumido que los principales sectores económicos del país han de seguir siendo el turismo y el ocio (¡da igual que sean los últimos sectores con permiso de apertura restringida, oiga, con lo a gustito que se está en la terracita y la playita!); hemos confiado en el mercado globalizado (¡y qué pillines esos chinitos estafadores, oiga!), sin concebir la reconversión industrial nacional ni la reindustrialización pública, un emblema, éste, del Estado Social (¡pero las prestacioncillas y rentillas, básicas o mínimas, son guais, oiga, que el trabajo, aun suprema realización personal, aburre, y, además, son defensoras y tranquilizadoras para que la empresa despida a mansalva, oiga, que no haya gasto de guardaespaldas!); hemos acreditado que eso de velar a nuestros muertos, oficiarles misa, siquiera sacramentar su alma son ritos supercheros absolutamente innecesarios (¡y directos al fuego, con identidad de las cenizas garantizada, oiga!); hemos demostrado, sumisos, que somos capaces de permanecer enjaulados durante dilatadas etapas (¡como los animales que en realidad somos, oiga!) y hacerlo colmados de coherencia (¡como los animales racionales que en realidad somos, oiga!), a cambio de recibir una paguilla pública, sin pensar en la ruina económica que se nos viene encima (¡que ya está aquí, oiga!), que nos mantiene sosegados y disciplinados (¡y que les den a las generaciones futuras que deban soportar la deuda, oiga!), con nuestro tabaco (¡y cuánto relaja esa calada, oiga!), con nuestra despensa repleta (¡y qué avainillado dulzor, el de esas natillas caducadas, oiga!), con nuestra amada banda ancha de Internet (¡y qué velocidad navegadora, oiga!), porque, vamos, la ley es la ley, y está para ser cumplida, con dos cojones (¡u ovarios, oiga!), que ya se encargarán otros, sanitarios, fuerzas y cuerpos de seguridad, profesionales asociados…, de tragarse el bicho vírico en cantidades ingentes; al tiempo que, con idéntico par de cojones (¡o de ovarios, oiga!), ignoramos el contenido de la ley con nuestras jubilosas fiestas balconeras, nuestras salidas a deshoras, nuestros paseos con el perro arrendado (¡o primero solitos, después con el perro, luego con el niño y más tarde con la basura, oiga!), nuestras furtivas reuniones vecinales (¡y cómo nos excita la clandestinidad, oiga!), nuestro caminar con treinta centímetros de «distanciamiento social» (¡y si son diez centímetros, mejor, oiga!), nuestro sano y nuevo propósito deportivo (¡y cómo sientan esos trotes por asfalto tras la calada del cigarrito, oiga!)…
 

 Hecho todo esto, en fin, toca aquella reflexión, o debería tocar o haber tocado. La incontestable verdad de que no somos nada, y de que un bicho microscópico es capaz de devastar o demoler no sólo nuestra salud, sino el conjunto de nuestro sistema, nuestra forma de vida, nuestra estructura económica y financiera. Si no es en parte, o en todo, culpa nuestra, tamaña fragilidad socio-económica, inútil frente a los embates de un bicho microscópico. Si no somos sino una especie, dentro de la múltiple amalgama que habita el planeta. La más fuerte, sí; la más arrogante, también. La especie dominante y conquistadora que sobrevivirá, pues terminará sobreviviendo, con bajas, por supuesto, pero sobreviviendo, para continuar arrasándolo todo, como el iluso bicho microscópico pretende ahora. Si no hemos de ser, material y moralmente, responsables de nuestros actos, de esa afición a endiosarnos.
 

 Desconozco, y seguramente no me importe, si el mal bicho microscópico fue una propagación conspirativa, auspiciada por la oligarquía económica que controla el mundo, con infames objetivos experimentales, recopiladores de datos, amasadores de fortunas, autorizadores de intimidades; si fue un fallo de seguridad en un laboratorio; si fue un método de equilibrio y selección natural del ecosistema; o si fue una mutación vírica ordinaria en un nauseabundo, contagioso e insano mercado chino (arraigada costumbre cuyo amago correctivo dejaría mucho que desear). Lo que sí conozco es lo que a nuestra especie le espera, si no promueve un poco de humildad. Lo que podrá sufrir, cuando los variados bichos microscópicos prehistóricos congelados en los polos, vírgenes de especie humana, resuciten, tras la desaparición de esas zonas glaciales… Que la de los bichos microscópicos prehistóricos sí es una hibernación en regla, y no la divulgada por el Gobierno.

Julián Valle Rivas

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