EL “TURNISMO” EN LA RESTAURACIÓN BORBÓNICA, por Fernando M. García Nieto

turnismo borbonicoLa imagen a color que nos sirve de introducción es una caricatura, publicada en la revista satírica “El Loro”, en 1882, de Antonio Cánovas del Castillo, a la izquierda de la imagen, usando monóculo, y Práxedes Mateo Sagasta a la derecha, estrechándose las manos, con el Congreso de los Diputados de fondo. En ella se trata de describir el acuerdo entre el Partido Conservador liderado por Cánovas, y el Partido Liberal de Sagasta. Un pacto para el relevo en el gobierno de ambos partidos dinásticos, que se conoce como “turnismo”, y que designa el sistema de alternancia en el gobierno de la Restauración.

 

“El Loro” fue una revista satírica catalana de la época, contraria al sistema político de la restauración, republicana y anticlerical, y presentó a los dos políticos, solos, ante la puerta de un Congreso desierto, sin presencia de otros representantes políticos, quizás como crítica a la hegemónica forma de gobierno de aquellos primeros años de la restauración de la monarquía borbónica, monopolizada por estas dos fuerzas políticas y sin alternativa. Una forma de gobierno que ignoraba principios políticos democráticos y republicanos, por los cuales corresponde al pueblo elegir a sus representantes y decidir quién los ha de gobernar, a través de un auténtico sufragio universal.

 


Por contra, el sistema de turnos garantizó la estabilidad política evitando los pronunciamientos militares y las crisis políticas que habían sido frecuentes hasta la llegada al trono de Alfonso XII. Pero en realidad era el monarca quien ejercía su “prerrogativa real” y decidía cuando había de cambiar el gobierno, y a quien correspondía formar el ejecutivo de entre ambas fuerzas políticas, entregando al líder designado el decreto de disolución de las Cortes y el permiso real para organizar la cita electoral. A través de una negociación a tres bandas, con los propios notables de sus distintas facciones, con los notables del partido dinástico contrario, y con los caciques locales, se decidían los diputados de cada distrito. Este procedimiento se denomina “encasillado” y de él resultaba la lista oficial de diputados que tenía que ser elegida “obligatoriamente”. Para ello era necesaria la intervención de una red clientelar de caciques locales, que ejercían presión sobre los candidatos alternativos que no aceptaban el encasillado, y utilizaban todo tipo de trucos y amaños para conseguir el resultado negociado previamente. Así, se empleaban estratagemas como la sustitución de las urnas una vez realizada la votación, conocida como “pucherazo”, el cierre de colegios electorales antes de la hora oficial, falseamiento de los censos, y si no era suficiente se recurría a la pura violencia.

 

Fernando M. García Nieto

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