El género se pervierte, por Julián Valle Rivas
«Yo soy, entre otras cosas (y tal vez más que ninguna otra cosa) —escribe Juan Manuel de Prada para el prefacio de su obra “Lágrimas en la lluvia”—, un cinéfago insomne y un letraherido impenitente».
Si se me concede una paráfrasis, soy, entre otras cosas (y tal vez más que ninguna otra), un cinéfago impenitente y un letraherido insomne. Me convertiría en creyente incondicional de cualquier religión que me garantizara un Paraíso anegado de anaqueles infinitos, doblegados por ingentes masas de libros y películas y, en su centro, un espacio íntimo, acondicionado para leerlos, para verlas y, a continuación, para escribir sobre todos ellos. Me deleita la lectura, disfruto del cine y me apasiona escribir, aunque sea el peor escritor del mundo y las Letras Universales no necesiten de mis sintagmas truculentos, que sólo pueden repercutir en una narrativa insulsa y desesperada de morfemas ignorantes de literatura, deleznable plumilla del verbo.
Por eso, como en alguna solitaria ocasión he hecho para esta casa, me comprometí personalmente con nuestro buen (y paciente y comprensivo) editor a emprender la misión de analizar la saga completa de películas de James Bond, 007. O, más bien, fue un envite o un desafío que le puse sobre la mesa, conscientes ambos de que la dificultad de proyecto no estaba tanto en escribir un artículo por entrega cinematográfica, sino en hacerlo sucesivamente, sin un intervalo de paréntesis, desconexión o descanso del material a analizar. Pero he gozado como un pequeñuelo rodeado de juguetes molonísimos, reconociendo que, con responsabilidad exclusivamente propia, fui inflando el producto del tecleo, a medida que avanzaba en la saga, hasta alcanzar proporciones megalíticas o elefantiásicas para una sección colaborativa que siempre me ha facilitado una libertad asustadora.
Significa que lo que ha ocurrido volverá a ocurrir; no en vano, el hombre es el único animal, etcétera. Volveré a analizar o a opinar sobre películas y sobre libros, aun siendo consciente de que el área dedicada a los libros, al menos por ahora, es un área restringida o acotada a los amigos, siendo susceptible su ampliación a maestros fallecidos; aun siendo consciente de que no empleo la misma vara para las películas. No tengo amigos cineastas, todavía… Y hay más.
En lo del cine y la lectura, el interés fue tardío (creo haber tecleado sobre el asunto), durante la adolescencia, lo primero, y la época universitaria, lo segundo, cuando aprovechaba breves lapsos de interrupción del estudio, para avanzar en la novela de turno, y los más amplios del periodo de exámenes, para visitar las librerías de la capital (añoradas librerías de barrio), carcomido por la envidia de que tamaño tapizado de paredes no fuera mío. Al igual que muchos estudiantes de la provincia que convergíamos en la capital a fin de cursar lo que, por aquel tiempo, eran licenciaturas y diplomaturas, compartía un piso con otros, quienes, además, y por suerte, eran amigos. Por razones de organización, y masificación de demanda (con resultados estadísticamente apreciables), la facultad de Derecho segmentaba a los discentes en dos turnos, mañana y tarde, bajo el criterio alfabético del apellido (luego, algunos procuraban gestionar el cambio, predominando el traslado del turno de tarde al de mañana). Criterio discriminatorio, teclado sea, pues, siendo coherente que se mantuviera a lo largo de la carrea el turno asignado en el primer curso, no lo era tanto que, cada primer curso anual, la fragmentación no fuera alternándose. El dichoso criterio me adscribía, entonces, al turno de tarde; por lo que habitaba el piso en práctica soledad mañanera, escenario de aislamiento idóneo al propósito del estudio y la lectura.
Por el contrario, no sabría determinar cuándo se remontaría la afición (no me atrevería a otorgarle diferente categoría) por escribir. Sí recuerdo haber juntado letras y secuenciado palabras con cierto grado de concordancia y de alabanza docente desde muy niño, convencido de la conclusión (quizás errónea) de que implica una exacta dosis idiosincrásica, consustancial o natural a la persona y su personalidad. Lo que viene a suponer una vocación, o sea. Vocación, en verdad, de realización chapucera, de infame plasmación papelera, revolvedora de las tumbas de los literatos laureados por el Arte, abocada a la podredumbre del olvido y la desintegración. Vocación, en definitiva, frustrada por las objeciones del talento, que siempre manifiesta abiertamente sus reparos a la aproximación. Vocación, sin embargo, respetada, hasta negar las corrientes que pervierten el género.
Cada vez son más frecuentes las voces adheridas al ámbito literario (escritores, editores), con inmediato reflejo en las obras publicadas, que propugnan y propagan un género narrativo concentrado en ofrecer una buena historia que entretenga, encandile y atrape a lector, sin importar o sin preocuparse por el estilo narrativo, porque lo importante es vivir de la literatura, lo importante es triunfar, lo importante es vender libros; para ello, basta con simplificar el texto a una historia de lectura entendible, puesto que los cementerios y las colas del paro están plagados de escritores o, sin duda, proyectos de escritores, marginados o ignorados aspirantes al gremio, que velaron por un estilo armonioso, medido de sintaxis y complejo de gramática. Narrativa no es lírica. Sintetizar el trabajo del lector es la clave del éxito.
Sin perjuicio del vómito ácido y repugnante vertido sobre la esencia de la narrativa y su carácter artístico y sobre quienes, clásicos del Arte, en su mayoría, concurrieron en la musicalidad y la belleza narrativa, conviviendo con la complejidad y superando sus obstáculos; es una desgraciada realidad. Cada vez la Literatura (lectores, escritores, editores, críticos, filólogos) es menos exigente, es más vaga, y condensa menos capacitación, menos preparación y mucha indiferencia. A lo que contribuye la indolencia educativa y la banalidad académica.
La historia no es lo único en la narrativa. Y asumo que moriré en los arrabales infectados de ratas e inmundicias de la Literatura, pero lo haré habiendo intentado lograr la plenitud del género narrativo.
Julián Valle Rivas
