El banquete de los cínicos, por Fernando Manuel García Nieto

el banquete de los cinicosResulta fascinante observar cómo se cocina hoy la realidad en los fogones de la Moncloa. Nos ofrecen una carta suculenta de progreso vanguardista mientras, en la trastienda, los platos principales se pudren entre la desidia y la soberbia. Es la nueva dignidad a la carta: esa que permite a los portavoces del régimen indignarse por un artículo de opinión ajeno, pero les obliga a engullir, con el conformismo del que no quiere perder el sueldo o la subvención, la degradación moral de quienes nos gobiernan.


Efectivamente, asistimos a un festival de verracos mediáticos que agitan sus cencerros para que no escuchemos el estruendo de la realidad. El ruido del cencerro intenta tapar el silencio de los palmeros que todavía esperan, bajo las cenizas, las ayudas prometidas que nunca llegaron a La Palma. O ese eco helador de una frase que define una época: "Si necesitan más recursos, que los pidan". Es la abdicación de la responsabilidad convertida en burocracia, la dignidad del Estado arrodillada ante el cálculo político mientras el barro todavía cubría las calles de Valencia.


Es la misma piara de las consignas que mira hacia otro lado mientras los trenes ,antaño orgullo de un país conectado, languidecen por falta de inversión y mantenimiento, dejando a miles de ciudadanos tirados en andenes que ya no huelen a futuro, sino a abandono. Se nos pide conformismo ante el caos ferroviario mientras el dinero público parece fluir con una alegría sospechosa hacia entornos familiares que hoy duermen en los juzgados, entre sospechas de nepotismo que se sirven como entrantes amargos en un menú que nadie pidió.


La verdadera dignidad de no conformarse no reside en gruñir como un porcino la indignación que te dicta el pastor de turno, ya sea por asco o por fervor. La dignidad real está en rechazar el plato recalentado de la propaganda. No es falta de patriotismo; es exceso de memoria. Es tanto negarse a aceptar que la libertad sea sólo un eslogan de campaña como que la justicia social sea la moneda de cambio para comprar una semana más de alquiler en el poder.


Al final, cuando los verracos vuelven al corral, queda el ciudadano frente a su país. Y ahí, entre el tren que no llega, la ayuda que se deniega y la corrupción que se justifica, es donde se descubre que el conformismo no es una opción intelectual, sino la máscara de quienes han decidido que su bando es más importante que su decencia. No es asco; es la firme determinación de no ser parte de su menú.

Fernando Manuel García Nieto

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