Cosechar lectores, por Julián Valle Rivas

libros anaqueles circulo lectoresHe tenido la suerte, y lo habré tecleado en alguna ocasión, de tener unos padres que siempre fueron conscientes del valor de un libro, no como mero elemento decorativo de alguna sala sofisticada del hogar, sino como herramienta cultural y educativa, de conocimiento, también como medio para discernir la realidad y fomentar el espíritu crítico, instrumento útil y necesario, en definitiva, para la formación y para asegurar un futuro laboral razonablemente próspero, mejorar las perspectivas que ellos pudieron tener o, de hecho, tuvieron.


En esta adhesión incondicional a los provechosos frutos de los libros, justo es reconocer que mi padre adoptó la empresa de fomentar su adquisición, hasta donde fuese requerido, realizando los sacrificios que hubieran de realizarse, no pocos para una familia humilde. Pero él, por su trabajo, frecuentaba las casas de los vecinos potentados y pudientes de la ciudad, con sus paredes colosales tapizadas de anaqueles combados por el peso de volúmenes ostentosos, depositarios de memorias disipadas en la fronda del tiempo, de historias flotantes en la inmensidad de la imaginación, de saberes descifradores de incógnitas y docentes de enseñanzas extraordinarias. Pero él, por el trabajo, lamentó haberse visto obligado a abandonar la escuela demasiado pronto, aun cuando concebía que sólo entre los tipos impresos en páginas quebradas por el desgaste se podría desarrollar el intelecto y encumbrar la lucidez, despabilar la mente ante las añagazas de la vida, los vaivenes de los gobiernos y los caprichos de los hombres. Pero él, por la propaganda, asumió de joven que una sociedad culta era una sociedad feliz y floreciente, una sociedad conforme no a sus ciudadanos, sino a su régimen. Pero él, por lo vivido, alcanzaba a entender que unas estanterías deslomadas por tomos polvorientos, con independencia del oropel de sus costuras, no garantizaba más allá que el interés que cada cual deseara extraer a las hojas, absorbiendo la tinta de sus líneas con tal energía que la impronta quedara en el cerebro perenne, como los rigores que regala al cuerpo el esfuerzo incansable. Y, así, mi padre no me escatimó la compra de libros; sin censura, sin negativa, sin límite ni recomendación, con la libertad para escoger y decidir, con la confianza ciega y universal, con la mirada de quien dispone los medios y espera un empleo adecuado de los mismos, y con la esperanza de una madurez tranquila, inmune y estable para su hijo. Y, para albergar la marabunta bibliográfica, mi padre erigió un cobijo de madera, con sus propias manos, pieza a pieza, sobre el que tecleé hace milenios, allá, en los albores de mi misión articulista.


En aquella etapa de remesas de títulos incontables, arqueada por el salto de siglo que fue la última década del XX y primera del XXI, Círculo de Lectores sufragó muchos de los plúteos ahuecados por el silencio. Nacido con vocación proporcional comercial y literaria («sembramos libros, cosechamos lectores»), fue un club de lectura de raíces germanas que se adentró en la comunidad española en 1962 y perduró hasta 2019, cuando Grupo Planeta se había hecho con su totalidad un lustro antes. Como Correos no admitía paquetes de más de trescientos gramos, ideó un sistema de entregas, trimestral, en sus comienzos, mediante una red de agentes, quienes previamente habían recogido la hoja de pedido de los socios (llegó a sumar un millón y medio), a partir de un catálogo a modo de revista. La captación se hacía cara a cara, de puerta a puerta (Internet no estaba proyectado y la comunidad se creía protegida). Tampoco proliferaban las librerías, reductos urbanitas omitidos de los pueblos. Círculo de Lectores confeccionó un sello personal, difundiendo autores y obras, descubriendo talentos, haciéndose con derechos de edición de escritores consagrados y lanzando títulos en especial impresión, maquetados e ilustrados con particular mimo, y con grandes nombres implicados, ya fuera para introducir con el prólogo, componer colecciones, diseñar cubiertas o adornar con ilustraciones. Obras exclusivas para sus socios. Sin duda, su explosión fue en los ochenta y noventa, con el asentamiento de la democracia y la dirección general de Hans Meinke, y la aptitud cultural inserta en su naturaleza le concedió la venia de ofrecer a sus socios música y cine. Compramos a través de Círculo, en casa, nuestras primeras películas en VHS y DVD, interés éste de la filmoteca privada que mi hermano y yo conservamos, hasta donde nos lo podamos permitir, claro; negándonos a someternos a la dictadura de las plataformas, con su lista de productos cerrada y caduca; batalla que van ganando, tecleado sea, constatados los cada vez más reducidos fondos de títulos en su formato físico. Luego, inmerso en el XXI, con la irrupción de Internet, los prolongados horarios de ausencia domiciliaria y las reticencias hacia el comercio directo a puerta, Círculo de Lectores se fue diversificando en una disolución esperpéntica que aglutinó mobiliario, bisutería y mercadería de belleza y guió su desaparición. Del club fue la muy socorrida enciclopedia Nuevo Logos 2000, completada a razón de dos tomos por entrega, o dos de mis colecciones de Agatha Christie o los cuentos de Edgar Allan Poe o las dos primeras novelas de Alatriste o las ediciones ilustradas de los «Episodios Nacionales» y la trilogía de los mosqueteros, que tan gozosas horas me han procurado. Aún recuerdo el júbilo, al hallar en la revista por fin reunidas las tres novelas de Dumas, narradoras de las aventuras de los cuatro amigos. Y es que la presencia en las manos del libro ha de ser motivo de satisfacción íntegra, por lo que brinda y se aprovecha. Sembrar y cosechar.


Al pasar de los años, fue la realidad la que golpeó a mi padre con dureza. O nos golpeó, para revelarnos, por las malas (vaya si fueron malas), que la masa de conocimiento, de cultura y de lucidez, en verdad, no certificaba nada; que las baldas prensadas por tapas infinitas no significaban prosperidad; que el ahínco, la dedicación y la abnegación no implicaban el objetivo deseado. Que el infortunio se cebaba con los crédulos. Que existían factores inicuos desbocados. Que el recurso acumulado de libros era una simple parte, quizá ínfima, de un éxito indeterminado e incierto, de escasa o dudosa posibilidad. Que cualquier imbécil con estrella lograba el triunfo con pasmosa facilidad. Entonces, mi padre, un tanto triste y un tanto decepcionado, se desprendió de su ilusión y su esperanza en los libros como el apóstata se desprende de la cruz que cuelga de su cuello. Por mi parte, sin embargo, consumir libros fue y continúa siendo una forma inorgánica alimenticia, una satisfacción fisiológica, visceral, que, sí, ya no preciso para vivir, porque perdieron la transcendencia del porvenir, aunque me ayudaran a comprender la pérdida, como todavía hoy me ayudan a comprender el mundo, a conocerlo mejor, a evadirme de él, a aprender sus reglas; son amigos que me acompañan, sin promesas ni convicciones ni infalibilidades, sin nada a cambio; únicamente compañeros que preciso para sobrevivir.

Julián Valle Rivas

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