Barrios en verano, por Julián Valle Rivas

    No soy un nostálgico del pasado. No tiendo a mirar hacia atrás, ni abogar por que cualquier tiempo pasado fue mejor. No suelo perder un minuto en recordar con melancolía mi época infantil o adolescente o de inicio en la madurez. Al contrario que muchos otros, no aflojaría pasta alguna por volver a aquellas fechas de juventud, deficiente de problemas, responsabilidades o preocupaciones.

    Es curioso el número de personas que lo harían: revivir años pretéritos. Más felices, según ellos. Somos lo que fuimos: un resultado de decisiones y experiencias. Cambiarlas es ya del todo imposible (salvo disponibilidad de un DeLorean tuneado por Emmett «Doc» Brown) y revivirlas una estupidez. El pasado, pasado está, y el presente es su penitencia. O la carga de sus consecuencias. No implica este proemio o liminar reflexivo el reconocimiento de una infancia infeliz. De hecho, no lo fue. Aunque jamás me afilié al partido de la alternancia o sociabilidad (sigo sin estarlo), tampoco lo hice al eremita (a pesar de que suelo tacharme de misántropo); así que, con sus más y sus menos, la infancia fue tan bonita como la juventud, incluso como el umbral de la madurez, y su vestíbulo o soportal: antes y después de la llegada de mi hermano (prácticamente, no recuerdo nada de mi vida sin él, pues la llenó hasta colmarla), mis primos y demás familiares, los compañeros del colegio (amigos todos), a quienes se sumaron con posterioridad los del bachiller y la facultad, los profesores y vecinos, y, por supuesto, mis padres… Sólo es que no volvería a vivir un segundo de mis casi cuarenta años de existencia, quizá por pereza emocional, quizá por lo fantasioso o extravagante de la idea, quizá porque el dolor, martillo que forja nuestro carácter, ha sido, en estos años, más intenso que el deleite.

    Nací y crecí, creo haberlo tecleado en alguna ocasión, en un barrio tradicional, castizo, un barrio de pueblo. Un barrio donde todos nos conocíamos y nos interrelacionábamos. Un barrio de antaño. Hoy ya no existen los barrios de este tipo. En la actualidad, vivimos aislados en el interior de nuestros domicilios, plagados de conexiones virtuales, comunicados digitalmente, preocupados en exceso por personas ubicadas a cientos o miles de kilómetros de distancia, cuando no hemos intercambiado palabra con nuestros vecinos de planta. Los barrios se han transformado en paisajes muertos, preñados únicamente de cáfilas y vehículos, zonas de mero tránsito, de paso hacia algún lugar, o hacia ninguna parte, sectores de un todo, puntos de localización. Ya los chiquillos no juegan a las puertas de sus casas, ni los vecinos parlamentan en mitad de sus calles, ni se vocean entre los ventanales de los hogares, ni las familias se reúnen bajo el frescor de las últimas luces de los días de verano… Pero, en esto, todavía se ven insólitas excepciones.
 
     
    Aprovecho esos minutos finales, mientras el sol cae vencido allá por poniente, descargado de su furor estival, para salir a correr, y me toca un tanto la ternura, punteada por la añoranza, cruzarme con unos pocos abuelos que aún sacan sus sillas o hamacas a las puertas de sus casas y se sientan allí, hasta que la noche cierra, para intentar refrescar los cuerpos exhaustos por el calor y los múltiples almanaques agotados. Al concluir la jornada, cuando el azul del cielo empieza a adquirir tonalidades grisáceas, se sientan a las puertas de sus casas, pasando sus horas finales (las de la jornada) acunados por la templanza del anochecer y el susurro de la amena charla. En ocasiones, pasado el rato, se les unen uno o dos jóvenes, puede que nietos o sobrinos, que paran a saludar y aguardan de pie o sentados en el escalón del portal, departiendo con los abuelos al frescor de las últimas luces de los días de verano.

    Ante la entrañable escena, al continuar mi carrera cumpliendo con la ruta trazada, me resulta imposible evitar recordar aquellos anocheceres del verano, antes de que la televisión, el estrés, el aire acondicionado, la digitalización, la interconexión y el culto al individualismo arrasaran con aquellos barrios donde los vecinos sacaban sus sillas y hamacas a las puertas en familia y comunidad, abriendo ventanas, para dejar circular el aire, alentados por la promesa de refrigerar cuerpos y moradas. Aquellos anocheceres del verano en los que mis padres y mi abuela, puertas y ventanas de par en par, sacaban sillas y hamacas y, con alguna bebida y entremés de por medio, y mi hermano y yo jugueteando de un lado para otro, disfrutaban con familia y vecinos de las postrimerías de la jornada estival y las primeras estrellas que acribillaban la canícula (o lo procuraban, al menos), antes de que las cáfilas, los vehículos y la digitalización, el ruido, la polución y el autoostracismo, arruinasen la convivencia y los barrios.

Julián Valle Rivas
 
 
 
 

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