Annual 1921: Melilla en el horizonte, por Julián Valle Rivas

monte arruit desastre annual 1921Desde finales de julio, el 24, catalizada por la ofensiva a Nador, la sublevación rifeña había explotado, la cuenta atrás se había consumido y la sedición indígena se había propagado por el campo de operaciones.


    Con Monte Arruit a la vista, se desató en el arranque de la columna española en repliegue una estampida descontrolada. La soldadesca, gente de leva y sin instrucción militar, echó a correr despavorida. Algunos oficiales trataron de restituir el orden, encontrando la muerte a manos de sus propios soldados delirantes. En retaguardia, con las municiones agotadas, el empleo de la bayoneta era el único medio de defensa, baldío frente al fuego enemigo, falleciendo el capitán Arenas de un disparo en la cabeza a las puertas de Monte Arruit. Por su parte, Navarro se adentró en la posición con novecientos hombres, cuatrocientos habían quedado por el camino, cuando la posición la ocupaban unos dos mil. Ésta tenía un perímetro de quinientos metros, con la aguada fuera, a otros tantos, y sin víveres ni municiones. Desde Melilla, de donde procedió la orden, se intentó aprovisionar el campamento mediante pasadas aéreas que soltaban bloques de hielo limitados en número, algunos de los cuales caían fuera del perímetro. Los soldados, absolutamente trastornados, sucumbían a las añagazas rifeñas que prometían en clamores agua, alimento y salvación, saltaban el parapeto y corrían para morir acribillados por el fuego enemigo, y también por el amigo, imperante por las ordenanzas.


    El 2 de agosto, los rifeños atacaron frontalmente la entrada de Monte Arruit, temerosos a la aparición de refuerzos, dada su proximidad a Melilla, siendo rechazados por los atrincherados españoles. Pero, precisamente desde Melilla, el Alto Comisario Berenguer era consciente de su impotencia para atender a la aportación de refuerzos, al disponer de mil ochocientos hombres, reclutas o administrativos, en su conjunto, sin una división completa de socorro anclada en costa, por lo que autorizó entablar negociaciones. Era el día 6 de agosto, habían pasado cuatro días desde el ataque a la posición y la vía ferroviaria que comunicaba con Melilla había desaparecido.


    El día 8 de agosto, los sitiados en Monte Arruit seguían sin agua ni víveres. Abd El-Krim había ordenado respetar la rendición, bajo pena de muerte, y Berenguer remitió mensaje por heliógrafo a Navarro: «Si no han llegado emisarios, le autorizo a tratar con enemigo que le rodea, a base de entrega de armas, pues mi principal deseo, una vez extremada la defensa al punto que lo han hecho, es salvar la vida de esos héroes en los que tiene puesta la vista España entera, que los admira»… Vale.


    Así, Navarro, quien ya había advertido que lo que se concentraba extramuros no era más que chusma de inmerecida confianza, comisionó al comandante Jesús Juan Villar Alvarado, mando de la columna que fue a Abarrán a montar el parapeto, a parlamentar con los rifeños. Todavía el día 9, un grupo de cabecillas indígenas manifestó su interés en negociar con Navarro la entrega del campamento, con unos acuerdos mínimos: los españoles no serían hostilizados en su salida, se facilitaría transporte para los heridos y los más graves se quedarían custodiados por una guardia de cincuenta hombres en la posición y se entregarían todas las armas, a excepción de las pistolas de los oficiales. Condiciones que se aceptaron.


    Habían entregado las armas los soldados y partían en columna hacia Melilla, cuando los rifeños, de repente, los atacaron a través de dos filas armadas parapetadas a la espera, que empezaron a fusilar a los españoles, quienes se dispersaron, huyendo frenéticos por el terror. Los rifeños, entonces, emprendieron la caza al hombre, a tiros o apuñalándolos, mientras se multiplicaban apareciendo por doquier para matar y matar a los españoles enloquecidos y en fuga. Ávidos de sangre española, los rifeños asaltaron la posición de Monte Arruit, entrando a degüello, sin respetar hombres desarmados ni heridos, en una matanza indiscriminada. El general Navarro fue hecho prisionero, junto a seiscientos hombres, siendo el resto masacrado. Unos dos mil cuatrocientos muertos, en total.


    Aunque, de vuelta al sito de Annual, hubo quien sobrevivió, un exiguo número, por supuesto. Hombres solos, en parejas o en reducidos grupos, que lograron ocultarse por los campos, atravesándolos hasta posiciones amigas. Otros caminaron hacia el sur, siendo asilados en territorio francés, tras inoportunas reticencias.


    A lo largo de aquellas interminables semanas de desastre, espanto y atrocidad, Melilla sintió el aliento de la toma muy de cerca. El pánico se adueñó de la población civil, que reclamó, descorazonada, armamento para su defensa. Como también ocurrió en otras posiciones. En Zeluán, por ejemplo, al noreste de Monte Arruit y estación ferroviaria, el 3 de agosto, unos quinientos hombres, entre destinados, Guardia Civil y fugados del Desastre, se hicieron fuertes en la alcazaba, resistiendo diez días de asedio. Rematados los víveres y las municiones, plantearon conversaciones con los rifeños, por las cuales acordaron entregar la plaza, a cambio de permitirles viajar hasta Melilla. Suscrito el pacto y desarmados los españoles, los rifeños los mataron, quemándolos después, hasta una suma de cuatrocientos. Más al norte, en Nador, a unos diez kilómetros de Melilla, atacada el 24 de julio y muy desguarnecida por la estrategia de retaguardia planificada por el mando, se llamó a cualquiera capaz de portar un arma, organizándose una defensa con doscientos soldados y paisanos que se atrincheró en la iglesia y la fábrica de harina, primero, hasta que hubo que evacuar la iglesia y sólo quedó la fábrica, la cual fue acribillada los días de sitio. Con cincuenta bajas a sus espaldas, los sitiados trataron la rendición con los rifeños, el desarme y la entrega de la posición, concediéndoles la marcha a Melilla con la familia. Trato que en esta ocasión sí fue respetado, quizá por la cercanía con la ciudad española, fortísima posición histórica amurallada que Abd El-Krim no llegó a atreverse a atacar.


Julián Valle Rivas

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