Annual 1921: La corrupción, por Julián Valle Rivas

la forja de un rebelde la ruta arturo bareaUna interesante, a la par que recomendable, aproximación sería «La ruta», segunda novela de la trilogía «La forja de un rebelde» escrita por Arturo Barea, cuyos primeros capítulos son tristemente ilustrativos, pese a que el magisterio del autor nos refleje la naturalidad con la que era asumida en aquellos tiempos.

 


    El estado de las armas y del Ejército, adelantados en la anterior entrega, serían sólo la punta de un inmenso iceberg, porque, cuando una sociedad tiende a la corrupción, todo queda corrompido, y la clásica picaresca, que siempre nos mueve a la relajada jocosidad, degenera en un deleznable orgullo.

 


    Tanto en las altas instancias gubernativas o administrativas como en la oficialidad del Ejército, el nepotismo y el amiguismo campaban a sus anchas; así que, centrado ya el tema en la milicia, la selección de mandos era un cachondeo con repercusión directa en las desastrosas acciones de campaña. Las simulaciones de victorias militares guardaban la intención de limpiar la imagen de un ejército derrotado que se colmaba de laureles sin bajas, sin derramamiento de sangre española. De hecho, el cuerpo de la Legión Española, inicialmente denominado como Tercio de Extranjeros y, más adelante, Tercio de Marruecos, se fundaría en 1920 con el propósito de reunir una tropa de voluntarios capaz de formar unidades especializadas y profesionalizadas de hombres sin origen ni destino, sin nada que perder ni cuentas que rendir ni familia a la que entregar su cadáver.

 


    El propio Comisario Berenguer se preocupó de informar sobre el mal estado de los soldados en África, consecuencia de un presupuesto ridículo para una tropa en guerra. Circunstancia conocida por el Ministro de Guerra Luis Marichalar y Monreal, vizconde de Eza, quien omitió actuación alguna al respecto. Muchas veces había que componer mapas de manera intuitiva; comer en frío; dormir a la intemperie, debido a la ausencia de tiendas; calzar alpargatas durante las marchas, quizá buenas en verano, para los periodos de lluvia se hundían y clavaban en el barro de los caminos; olvidarse de disparar, al carecer de munición. Paradójico lo de los caminos y la munición. La ausencia de carreteras provocaba que los propios soldados se ocuparan de su construcción, valiéndose de la mano de obra local. Caminos que se construían de día y se desmantelaban de noche, para no interrumpir el flujo de fondos hacia los oportunos bolsillos; por supuesto, sin partida alguna para construir carreteras aptas para un nimio transporte motorizado. En cuanto a la munición, ésta se vendía por cientos a los nativos, cuyos ojos hacían chiribitas cuando entraba en liza como pago en los tratos; de modo que se llegó a la amargura de que soldados españoles murieron con las balas españolas. Hubo quien propuso cambiar el calibre, dado el excedente de un mercado bélico mundial apenas concluido, pero nadie, claro, estuvo dispuesto a acabar con el generoso lucro. En similar escenario anduvieron los fusiles Remington, popularmente conocidos como «pacos», por su característico sonido, material de intercambio en los negocios con los rifeños. Todo lo cual sin descuidar los incidentes con los barcos cargados desde España con ropas, calzados, tiendas de campaña y agua potable que, misteriosamente, se extraviaban durante el trayecto. Paradigmático fue el caso del mercante Churruca, fletado con depósitos de agua, que arribó en Gran Bretaña, ni más ni menos, para ser llenados y no poder ser descargados después en Melilla, debido a la falta de calado del puerto y de mangueras y depósitos auxiliares para el trasvase, quedando, entonces, varado durante meses y corrompiéndose el agua.

 


    Un cañonero y un yate militar fueron las únicas fuerzas de Marina destinadas a cubrir cuatrocientos kilómetros de costa y prestar apoyo a las tropas de tierra, de ser preciso. Tropas cuyo número, por cierto, aparecía falseado e incrementado en los listados oficiales, a fin de repartir el remanente entre los implicados. Incluso se hallaban, o no se hallaban, más bien, aquéllos que, por enchufismo o gracia, permanecían en la península, resguardaditos del calor y el peligro, pese a constar en destino. Luego, se encontraban los «Emboscados Ford»: hijos o allegados de familias adineradas que donaban coches Ford al Ejército para que sus cercanos los condujeran, eludiendo con ello el peligro de la primera línea y la penalidad del campamento. Mientras, los tocados por el infortunio hubieron de sufrir serias dificultades para conseguir agua potable. La higiene clamaba su ausencia y el hediondo ambiente repugnaba. Las ropas aparecían plagadas de piojos, las mudas se infestaban aun cuando se lavaban y secaban al aire.

 


    La inmoralidad reinaba por el territorio africano, sobre todo, o ante todo, entre la oficialidad. El juego y la prostitución eran vicios patológicos generalizados y una ruina para la soldadesca, criadero de chantajes y usos leoninos. A consecuencia, de 1920 a 1921, se suicidaron cuarenta jefes y oficiales y, por fallo del Tribunal de Honor, perdieron su carrera cuarenta y uno. El desfalco y la malversación estaban al orden del día, y hasta treinta oficiales destinados en África fueron expulsados por tamaña atrocidad. Además, la oficialidad no convivía con las tropas en los campamentos, allí, en mitad de los desiertos, cuajadas de penurias, sino que residía en Melilla, sujeta a un cordial sistema de turnos para los ejercicios de maniobras.

 


    Sin duda, el Protectorado no ejerció como tal, y la malnutrición, junto con otras desdichas varias, fue un caldo de cultivo para la sangrienta venganza. También pecó de un exceso de confianza, de altivez y soberbia. Se infravaloró a los rifeños, quienes, amén de ser expertos tiradores, mimetizaban con un terreno memorizado e innato, resultando propicias las emboscadas.

 


    En aquel conjunto o burbuja preparada para la calamidad, unos pocos hombres, decentes o avergonzados, advirtieron del desastre que se avecinaba, como el teniente coronel Fernando Primo de Rivera, segundo al mando del Regimiento de Caballería Alcántara, quien fallecería en agosto de 1921, tras defender las múltiples retiradas de los soldados españoles.

 

Julián Valle Rivas

 

 

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