Si un ciudadano de la Atenas del siglo V a. C. apareciera hoy en las tribunas del Congreso de los Diputados, reconocería el escenario antes que la tecnología. Cambiaría la túnica por el traje y el Ágora por el fragor de las redes sociales, pero identificaría al instante las pausas dramáticas y los dardos envenenados. La democracia, ayer y hoy, no es solo un sistema de recuento de votos; es, esencialmente, el dominio de la retórica. Pero en la España actual, nos enfrentamos a una pregunta milenaria: ¿estamos ante un arte que democratiza el conocimiento o ante una técnica de manipulación que nos ciega?
Aristóteles sostenía que la persuasión se apoya en un equilibrio entre el Ethos (la credibilidad y carácter del orador), el Pathos (la conexión emocional con la audiencia, la emoción) y el Logos (la lógica, argumentos y datos). Sin embargo, en la escena política española, la balanza parece haberse roto a favor de lo visceral. Observamos esta dinámica en la retórica del "muro" empleada por Pedro Sánchez, que utiliza el miedo al retroceso como pegamento social, simplificando la complejidad política a una elección binaria. Es la misma táctica que empleaba el demagogo Cleón en Atenas para movilizar a las masas. En el espejo opuesto, Santiago Abascal recurre a la "España Real", construyendo un "nosotros" frente a enemigos externos, apelando a la emoción de protección de forma idéntica a los antiguos líderes populares.
Sin embargo, no toda la retórica es veneno. En un mundo de atención fragmentada, la simplificación puede ser una herramienta de inclusión. ¿Cómo interesar a una ciudadanía exhausta en los matices de la macroeconomía sin bajar al terreno de las "cosas pequeñas"? Aquí reside la fuerza de Yolanda Díaz, quien utiliza la cercanía como una actualización de la philanthrōpía griega, o el "sentido común" que abandera Alberto Núñez Feijóo para proyectar estabilidad.
El peligro real surge cuando la palabra se divorcia de la verdad. Los sofistas eran criticados por "hacer que el argumento más débil pareciera el más fuerte" (1) ; hoy, los algoritmos realizan esa tarea a escala industrial. La diferencia entre un líder y un demagogo no reside en su elocuencia, sino en si utiliza su voz para construir una deliberación honesta o para levantar muros de humo que nos impidan ver el horizonte común.
(1) Frase célebre atribuida a los sofistas de la antigua Grecia, especialmente a Protágoras. Esta expresión resume el enfoque de la retórica sofística, centrada en la persuasión y la relatividad de la verdad, en contraposición a la búsqueda de verdades objetivas defendida por Sócrates y Platón.
Fernando Manuel García Nieto
Resulta fascinante observar cómo se cocina hoy la realidad en los fogones de la Moncloa. Nos ofrecen una carta suculenta de progreso vanguardista mientras, en la trastienda, los platos principales se pudren entre la desidia y la soberbia. Es la nueva dignidad a la carta: esa que permite a los portavoces del régimen indignarse por un artículo de opinión ajeno, pero les obliga a engullir, con el conformismo del que no quiere perder el sueldo o la subvención, la degradación moral de quienes nos gobiernan.
Efectivamente, asistimos a un festival de verracos mediáticos que agitan sus cencerros para que no escuchemos el estruendo de la realidad. El ruido del cencerro intenta tapar el silencio de los palmeros que todavía esperan, bajo las cenizas, las ayudas prometidas que nunca llegaron a La Palma. O ese eco helador de una frase que define una época: "Si necesitan más recursos, que los pidan". Es la abdicación de la responsabilidad convertida en burocracia, la dignidad del Estado arrodillada ante el cálculo político mientras el barro todavía cubría las calles de Valencia.
Es la misma piara de las consignas que mira hacia otro lado mientras los trenes ,antaño orgullo de un país conectado, languidecen por falta de inversión y mantenimiento, dejando a miles de ciudadanos tirados en andenes que ya no huelen a futuro, sino a abandono. Se nos pide conformismo ante el caos ferroviario mientras el dinero público parece fluir con una alegría sospechosa hacia entornos familiares que hoy duermen en los juzgados, entre sospechas de nepotismo que se sirven como entrantes amargos en un menú que nadie pidió.
La verdadera dignidad de no conformarse no reside en gruñir como un porcino la indignación que te dicta el pastor de turno, ya sea por asco o por fervor. La dignidad real está en rechazar el plato recalentado de la propaganda. No es falta de patriotismo; es exceso de memoria. Es tanto negarse a aceptar que la libertad sea sólo un eslogan de campaña como que la justicia social sea la moneda de cambio para comprar una semana más de alquiler en el poder.
Al final, cuando los verracos vuelven al corral, queda el ciudadano frente a su país. Y ahí, entre el tren que no llega, la ayuda que se deniega y la corrupción que se justifica, es donde se descubre que el conformismo no es una opción intelectual, sino la máscara de quienes han decidido que su bando es más importante que su decencia. No es asco; es la firme determinación de no ser parte de su menú.
Fernando Manuel García Nieto
Se suele pregonar de la Justicia que es ciega, aunque tal ceguera es un trampantojo que trata de ocultar lo evidente: como mucho, es tuerta; del ojo derecho para más señas, según corroboran su propia y dilatada historia y muchas de las actuaciones más recientes en todas las instancias del ecosistema togado. Lo mismo cabe decir de las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado y hasta de las diferentes iglesias con las que topan razón y ciencia. El triunfo de este tipo de artificios conceptuales se basa en el método goebbelsiano de propaganda, manipulación y desinformación seguido al pie de la letra por las derechas políticas y mediáticas.
Hablábamos ayer de borregos y pastores, de balidos y salmodias, y de divisas ganaderas. Los cabestros de los rebaños tienen la misión de agitar el cencerro para evitar descarríos y conatos de rebelión en la granja. La inercia hace sonar el cencerro con la misma desidia que la militancia salmodia el argumentario de partido venga a cuento o no y, si hiciera falta, distorsionará la realidad para acomodarla a sus intereses. Donde ayer hablábamos de asco hacia la España del bulo, la desinformación y la manipulación, que no del país, el interés espurio de la voz de su amo retuerce lo leído para abundar en la tesis contraria a lo escrito, ésa que da asco.
Es propia de populistas la verborrea grandilocuente para vencer voluntades y convencer al público de que su crecepelo es científico, incuestionable, casi divino. En un alarde de huida de la literalidad, instalan en la audiencia la idea de que los escritos ajenos deben ser interpretados, como la Biblia, por quien maneja las palabras como marionetas y construye verdades infalibles, irrefutables y únicas. Así, el cencerro reduce lo razonado y razonable a la palabra “asco” adosada a “lo que compartimos” (quien no lo comparta, es enemigo a batir) para desgranar acto seguido la letanía reaccionaria repetida mil veces por tertulianos, plumillas y la orquesta del Titanic facha para hacerla pasar por verdad.
El cencerro propone como alternativa al asco dos conceptos incompatibles con el pastoreo: dignidad e inconformismo, nada menos. La dignidad, en su boca, es una utopía usurpada por quienes defienden la mercantilización salvaje de las necesidades y los derechos de las personas por encima de toda ética. El conformismo es una exigencia de los pastores a la cabaña basada en el miedo al cayado, la piedra disparada con la certera honda y el ladrido amenazador del perro a todo borrego que se salga un ápice de la cañada o el aprisco. Dignidad y conformismo a la carta, aunque haya que prostituir la objetividad.
Uno se pregunta por la dignidad negada a las víctimas del decreto que condenó a sufrir y a morir a personas mayores sin seguro privado y la dignidad pisoteada, por quien lo decretó, de los familiares que exigen reparación a una Justicia tuerta y partidista. Uno se pregunta por la dignidad de quien, por frívola inacción, provocó el ahogamiento de cientos de personas y la de quienes excusan todas esas muertes de forma inmoral, como suelen acostumbrar. Uno se pregunta por la dignidad de esa misma gente al justificar el genocidio gazatí y aplaudir las agresiones y asesinatos del grosero Trump, dictador, putero, íntimo de Epstein, golpista, misógino, homófobo y racista. Comparar tales indignidades políticas con la fatalidad de Adamuz es sembrar odio interesado.
Sorprende el conformismo a la carta ofrecido por voceros y cuñados al compás de las consignas dictadas por la maquinaria reaccionaria y repetidas por los medios amansados con publicidad institucional. Mirando de cerca, en Lucena, quienes usaron el Hospital para pedir el voto y lo descartaron tras ser votados, desprecian el inconformismo indignado de asociaciones y plataformas cívicas por los engaños de Moreno Bonilla y Aurelio. En el PP lucentino, en el cordobés, en el andaluz y en el nacional apuestan de forma indignante por la Sanidad Pública como negocio de amiguetes y utilizan a sus voceros para exigir conformismo a la ciudadanía.
En los cuentos de rebaños y pastores, el lobo muerde cuando oye o lee algo que pueda incomodar al capataz o incitar a la rebelión en la granja. Si alguien dice ante lo que hay que conformarse y ante lo que no, desconfíe: bajo la piel de cordero y el cencerro acecha el lobo. Y muerde.
Pepe Morales
La pandemia y sus efectos fueron algo inesperado, incluso para la productora de una saga de más de cincuenta años de antigüedad, cuya estructura de trabajo estaba tan calibrada que tenía en plantilla a dos generaciones de técnicos, auspiciando una esencia y una uniformidad, una marca registrada.
En consecuencia, la preproducción se puso en marcha en 2016. Finiquitado el acuerdo (o lo que sea que hubiera) de MGM con Sony, lo que se hacía extensivo a Columbia y a 20th Century, la distribución sería a cargo de Universal. Danny Boyle era un director británico más que contrastado, había sido el encargado de la gala inaugural de los Juegos Olímpicos de Londres 2012, lo que había sumado un corto en el cual 007, interpretado, cómo no, por Daniel Craig, recogía a la reina Isabel II en el palacio de Buckingham, para llevarla hasta el evento. Con tales precedentes, Boyle aceptó dirigir la siguiente entrega de la saga. Enfrascado en la segunda, y muy reclamada, parte de «Trainspotting» (2017), entró de lleno posteriormente, ofertando a los productores una miríada de conceptos e ideas para el personaje y la saga, que les hicieron rechinar los dientes. No terminaron de convencerse, y los ánimos y la confianza se desvanecieron. Danny Boyle dejó el proyecto. Previsto el inicio de la producción para diciembre de 2018, hubo de ser interrumpido.
Teclear sobre los productores implica teclear sobre el mismo Daniel Craig, quien participó en todas las facetas del largometraje. Expirado su contrato, se reenganchó, esperando redondear una etapa que se había caracterizado por una evolución y un desarrollo biográfico incesante del personaje principal. Quizá los productores pensaron que agotar el periodo Craig con un Jamen Bond feliz y amante esposo, desligado del MI6, y un Blofeld entre rejas no era manera de terminar con la historia de un personaje inexorablemente vinculado al servicio de Su Majestad, adicto a los excesos y marcado por la muerte y la tragedia, cuya esposa había sido asesinada el día de la boda. Dado que el retraso era perder dinero, se hacía perentorio elegir un director que comenzara a trabajar. Cary Joji Fukunaga era un director estadounidense que, cumplidos los cuarenta y un años, había sido reconocido y premiado desde su época de estudiante. Gravitante del panorama independiente, «Jane Eyre» (2011), la dirección y producción de la prodigiosa primera temporada de la serie «True Detective» (2014) y su participación en el guión de «It. Capítulo I» (Andy Muschietti, 2017) avalaron su selección. Pronto elaboró, junto con el inseparable tándem Neal Purvis y Robert Wade, una historia que el trío se preocupó de trasladar a un guión, en el cual Craig tuvo mucho que sugerir, como el encarecido toque de la actriz y guionista británica Phoebe Waller-Bridge, en pleno éxito por sus series «Crashing» (2016), «Fleabag» (2016-2019) y «Killing Eve» (2018-2022). Y sesgos de todos ellos se aprecian en el resultado, por ejemplo, la primera parte de la introducción, los planos cenitales y el plano secuencia de las escaleras de la base enemiga se me antojan sello de Fukunaga, como apostaría que el papel de Ana de Armas, igualmente recomendada por Craig, después de trabajar con ella en «Puñales por la espalda» (Rian Johnson, 2019) —precisamente, gracias al retraso en la producción de la entrega—, sería obra de Waller-Bridge. Finalmente, sin acreditar, se cita la labor del cineasta y dramaturgo Scott Z. Burns, con el objetivo de perfilar algunos personajes e historias.
Alexander Witt retomó la dirección y fotografía de la segunda unidad. La dirección de fotografía del sueco Linus Sandgren, baqueteado en el corto y la televisión desde la década del 2000, se favoreció con títulos como «La gran estafa americana» (David O. Russell, 2013) o la maravillosa «La La Land» (Damien Chazelle, 2016); en el año 2025, ha sustituido al fantástico Greig Fraser para la fotografía de la tercera parte de «Dune», de Denis Villeneuve (año y director volverán a ser tecleados en las líneas de colofón). Se mantiene la transcendencia de la destreza de Chris Corbould y su equipo, para los efectos especiales, complementados por los efectos visuales supervisados por Charlie Noble. Se construyeron, «ex professo», ocho Aston Martin DB5, una rampa de ocho metros adherida a la muralla para el salto en moto, que el especialista Paul Edmondson hubo de afrontar a cien kilómetros por hora, y se persiguió superar el grado de la explosión de la anterior entrega, con tanques de butano, detonadores computarizados y ciento treinta y cinco kilogramos de explosivos. El diseñador de producción de Mark Tildesley, con aires residuales de la relación de Danny Boyle con el proyecto, dotó a su obra de una naturaleza más unida al estudio, rompiendo los esquemas del periodo Craig, la cual transitó entre el brutalismo de la base isleña y el realismo de la recreación de La Habana en Pinewood. La edición fue actividad conjunta de Tom Cross y Elliot Graham. Para la banda sonora, se contrató al mismísimo maestro Hans Zimmer, cuyo conocido «muro de sonido» repiquetea en los momentos de mayor tensión y acción. La canción principal, interpretada por Billie Eilish, coautora con su hermano Finneas O’Connell. Y, tributo a un Bond enamorado, suena «We Have All the Time in the World», de «007 al servicio secreto de Su Majestad» (1969).
Exigua novedad, en el equipo artístico. Léa Seydoux, Ralph Fiennes, Ben Whishaw, Naomie Harris, Rory Kinnear, Jeffrey Wright y Christoph Waltz. Forjando, poco a poco, su nombre en Hollywood y el resto del ámbito internacional, la angelical belleza y el talento de Ana de Armas mereció su pequeño hueco en el metraje, avasallando al resto del elenco durante los minutos de protagonismo de su personaje. Lashana Lynch provenía de la televisión, prácticamente, hasta que fue fichada para «Capitana Marvel» (Anna Boden y Ryan Fleck, 2019). En el estrellato de su carrera, Rami Malek podría encajar en el perfil villanesco esbozado. Ni Dali Benssalah ni Billy Magnussen parecían encajar, en cambio, en el clásico perfil de la saga de esos sicarios contundentes y rotundos, pero ahí quedan, para la posteridad.
Las dificultades en la producción se fueron sucediendo. Al retraso por la partida de Danny Boyle, se incrementó la lesión en el tobillo de Craig, en mayo de 2019, quien tuvo que ser operado, y los daños en Pinewood a causa de una explosión, al mes siguiente. Y, cuando todo estaba listo para el estreno en abril de 2020, la pandemia. Se fijó fecha de estreno en noviembre de 2020 y se reprogramó para abril de 2021, visto el arraigo de la enfermedad. Las conversaciones entre Michael G. Wilson y Barbara Broccoli y los productores estadounidenses de MGM fueron tensas. Éstos presionaron a los hermanastros para que se olvidaran del estreno en salas de cine y se avinieran a un convenio con las plataformas de distribución a través de Internet (las más beneficiadas con el confinamiento), rezando para no entrar en pérdidas con la producción. Para acentuar la presión, Amazon anunció la compra de MGM en mayo de 2021. Como Christopher Nolan hiciera con «Tenet» (2020), Wilson y Broccoli se enrocaron en que el espíritu de la saga se caracterizaba por disfrutar de un visionado en salas de cine y, ganando la batalla, «Sin tiempo para morir» se estrenó allí, en los cines, en septiembre-octubre de 2021.
Arranca el acto introductorio con el recuerdo de una pequeña Madeleine Swann (Coline Defaud) en su casa junto al lago, al cuidado de una madre beoda y drogada (Mathilde Bourbin), donde irrumpe un extraño sujeto enmascarado que acusa al padre de asesinar a su familia, dispuesto a aplicar, por vía sumarísima, la Ley del Talión. Sin ser capaz de evitar el acribillamiento de la madre, la pequeña Madeleine se hace con un arma escondida bajo el fregadero y abate al asaltante, quebrando parte de su máscara. Escasa de fuerzas, detendrá su arrastre del cuerpo enemigo fuera del hogar. Momento en el cual éste recupera la consciencia. La pequeña Madeleine huye cruzando el lago helado, cuya superficie se resquebraja, y se hunde en sus aguas. El asesino observa a la niña luchar por su vida a través la capa transparente y se decide a rescatarla. Rememorada la fase previa, James Bond y Madeleine Swann (Léa Seydoux) continúan su viaje romántico en el Aston Martin DB5 hasta la ciudad italiana de Matera, donde está enterrada Vesper Lynd. Bond necesita perdonarla y perdonarse (como le recomendó su amigo Rene Mathis antes de morir en sus brazos), y rehacer su vida con Madeleine. Una tarjeta a los pies de la tumba de Vesper con el símbolo de SPECTRA alerta a Bond, cuando explota una bomba allí colocada, que aturde al exagente durante unos segundos. Un equipo de la organización criminal intenta matarlo, por lo que se verá obligado a desoxidarse y volver a la acción, valiéndose de los tradicionales artilugios instalados en su coche. Convencido de que ha sido una trampa de Madeleine, sin atender a su negativa y a sus ruegos, la pone a salvo (atención al gesto de la mujer que se lleva la mano al vientre), aunque se separa de ella. Cinco años después, en el presente, otra vez, un equipo de SPECTRA, que parece ser controlado por Ernst Stavro Blofeld (Christoph Waltz), pese a su encierro en prisión, ataca un laboratorio secreto del MI6 y roba un nanovirus biotécnico, conocido como Proyecto Heracles, con la ayuda de uno de los científicos, Valdo Obruchev (David Dencik). El nanobot, arma biotecnológica definitiva, ha sido diseñado para adaptarse a las secuencias de ADN, lo que le permite seleccionar a las víctimas, siendo inofensivo para los demás; si bien, se descubrirá más adelante, el sujeto portador lo será a perpetuidad, vetando su contacto o aproximación con posibles destinatarios de la afectación. La pista de Obruchev llega hasta La Habana, así que Felix Leiter (Jeffrey Wright), acompañado de Logan Ahs (Billy Magnussen), acude a su viejo amigo James Bond, de retiro poco espiritual en Jamaica, para que lo atrape. Reticente al principio, la visita de Nomi (Lashana Lynch), la actual Agente 007, y la presión de M (Ralph Fiennes) para que no se entrometa le hacen cambiar de opinión, asignándole Leiter una agente de apoyo y enlace, Paloma (Ana de Armas). En La Habana se celebra una reunión o pseudo bacanal erótico-festiva del conglomerado SPECTRA al completo. Blofeld y su lugarteniente, Primo o Cíclope (Dali Benssalah), quienes previenen la intervención de Bond, preparan los nanobots para asesinarlo. O eso creen, porque Obruchev da el cambiazo con la programación, acabando con los integrantes de SPECTRA. Entre Paloma y Bond esquivan a los paniaguados de la organización criminal y a Nomi, y Bond consigue entregar a Obruchev a Leiter y Ash, para descubrirse que, en realidad, todo había sido un complot urdido por Lyutsifer Safin (Rami Malek) y ejecutado por el propio Ash. La reacción de éste genera una refriega en la que muere Leiter, los malosos se escapan y Bond ha de regresar a Londres. Con la inestimable colaboración de Moneypenny (Naomie Harris) y Q (Ben Whishaw), se le revela a Bond (y al espectador) el entramado del Proyecto Heracles y SPECTRA, que posee millones de secuencias de ADN. Toca retornar al Servicio Secreto, toca recuperar el estatus de doble cero y toca visitar a Blofeld, quien sólo recibe a su psiquiatra, Madeleine. Pero ésta ha sido chantajeada por Safin para que asista a la sesión portando los nanobots que matarán a Blofeld. Se arrepiente Madeleine en el último segundo, sin embargo, Bond ya la ha tocado, por lo que los nanobots han pasado a su cuerpo y mata a Blofeld. SPECTRA ha quedado desarticulada. Una visita de Bond a Madeleine en su casa familiar sirve para conocer a la hija, Mathilde (Lisa-Dorah Sonnet), cuya paternidad la mujer le desmiente. Se personan con aviesas intenciones los secuaces de Safin (en sus filas milita Cíclope, también agente doble, entonces), de los cuales Bond liquida a un buen puñado, Ash entre ellos, sin lograr impedir que secuestren a Madeleine y Mathilde. Localizado Safin en una vieja base de la Segunda Guerra Mundial ubicada en una isla entre Japón y Rusia, pretende el villano, alegando un chiflado enamoramiento, quedarse con Madeleine, aun a costa de su hija. Nomi y James Bond, 007, restablecido su número, con el soporte de Q y la supervisión de M, se infiltran en la base, ametrallan, explosionan, muere Obruchev, Bond y Safin intercambian un diálogo esperpéntico o psicodélico, recurriendo el bellaco al escudo de la pequeña Mathilde de un modo tontorrón e irrisorio, patético, para abandonarla a su suerte de un modo todavía más tontorrón e irrisorio, más patético; liberan a Madeleine y a su hija; 007 permanece en la base para abrir las compuertas, viabilizando la efectividad de los misiles con los que el Servicio Secreto destruirá la base y los nanobots; muere Cíclope; y se enfrentan Bond y Safin, aprovechando éste —antes de morir, claro está— para exponerlos a nanobots programados con el ADN de Madeleine y Mathilde. Apenas sin tiempo (para morir) para marcharse de la isla antes de ser bombardeada y contaminado con un mal biotecnológico que le entorpecerá cualquier acercamiento a su familia, James Bond, 007, se despide de Madeleine y fallece pulverizado por la lluvia de misiles. La trama concluye con el homenaje de sus compañeros y con Madeleine y Mathilde en su Aston Martin V8 Vantage, camino de una nueva vida, durante cuyo trayecto la madre hablará a la hija de su padre Bond, James Bond.
Padece «Sin tiempo para morir» del mal de la última entrega de las grandes eras, convirtiéndose en la menor o la peor de la etapa Craig. La cuestión es que el liminar y el primer acto son minutos de metraje excelentes, con intensidad y desarrollo narrativos y visuales dignísimos. No obstante, rebasada la sección con la portentosa Paloma (qué grande Ana de Armas) y la muerte de Felix Leiter, todo va cuesta abajo hasta descarrilar en el acto postrero. El problema, creo, radica en el guión, en el diseño de Lyutsifer Safin y en los aparentes tejemanejes de edición que hubieron de producirse durante los meses de confinamiento. Que se concibiera como el cierre de un periodo no justifica que se decidiera acabar por medio de un simple chasquido de dedos con una organización capital como SPECTRA y su Número 1 Blofeld, para aferrarse a un villano sin fundamento, de quien no se terminan de comprender sus motivaciones ni propósitos o metas, y mucho menos sus decisiones finales, que se plagan, en los careos con Bond, de comportamientos estúpidos, descacharrantes y desquiciantes. Y, por supuesto, como había que matar a alguien, y no se va a matar a una madre y a su hija, pues se mata a James Bond, a la raíz y entidad misma de la saga, que queda más dramático, sin duda, que, cuidando siempre de ellas, distanciarse para protegerlas, al no poder desarraigarse del Servicio Secreto, porque lo que hace James Bond no lo hace nadie, porque, con lo que hace, James Bond salva vidas. Luego, Zimmer, en la música, y Sandgren, en la fotografía, excepto instantes puntuales, no se distinguen especialmente. Si hay que ser benevolente con el último acto o, directamente, si se prescinde de él, «Sin tiempo para morir» es una buena película que decepciona a medida que se va apagando, cual bombilla a la que se le va privando del flujo de su dinamo.
Lo anunciado se cumplió. En marzo de 2022, Amazon compró MGM, con su catálogo de películas. Eon, Danjaq, los hermanos Michael G. Wilson y Barbara Broccoli aún conservaron, como lo hacían desde hace sesenta años, como lo habían hecho Albert R. Broccoli y Harry Saltzman, los derechos creativos de la saga. Pero la dependencia era mutua. Amazon sabía que bastaba con decirles no hasta exasperarlos. De esta forma, la próxima entrega jamás avanzaba. Al final, la soledad de Barbara Broccoli y los ochenta y tres años de Michael G. Wilson se impusieron, cedieron y vendieron sus derechos o un alto porcentaje de ellos a Amazon en febrero de 2025, a cambio del Óscar Honorífico (y un fajo de billetes, faltaría). No serán muchos los productores que afirmen que vivieron de una franquicia (no, George Lucas también produjo la saga de Indiana Jones), muchos menos que fuera negocio familiar. Gregg Wilson, hijo de Michael G. Wilson, se había incorporado como asistente de producción en «Quantum of Solace» (2008), para escalar a productor asociado en las posteriores entregas. Se barruntaba o barruntaba yo su designación como sucesor natural… Va a ser que no.
Durante el verano de 2025, se informó que Denis Villeneuve dirigiría la nueva entrega y que Steven Knight la guionizaría. Nombres que, en principio, no defraudarían. En una de sus últimas entrevistas, una eminencia como Desmond Llewelyn ya apostilló las pautas para una película de la saga: «Es cierto que Cubby siguió lo dictado por Fleming. Le preguntaron: ¿En qué consiste una buena película de suspense? Y respondió: Añade todas las ventajas de una vida de lujo. Viste a Bond con las ropas adecuadas, con el fondo y la chica perfectas. Sitúa la historia en los lugares más bellos e ideales. Describe hasta los más ínfimos detalles. Y dale un ritmo vertiginoso que nadie note sus idiosincrasias».
La saga no va de un símbolo. En «Sin tiempo para morir», no dejan de repetir los personajes que 007 es sólo un número. Tal vez lo sea. Sin embargo, la saga no es sólo 007, es James Bond como 007. Un Bond, James Bond, con unos rasgos, cualidades, condiciones, idiosincrasias esenciales, básicas (las del personaje, no de las películas que declaraba Broccoli). Todo lo demás no será sino amagos de 007, James Bond de marca blanca. No será mi 007, no será mi James Bond, no será mi saga.
Julián Valle Rivas
Decir que una persona siente “asco de ser español” puede sonar rotundo; pero no ilumina el problema, lo oscurece. Confunde al país con quienes lo gestionan y convierte un malestar legítimo en un rechazo improductivo. No es lo mismo aborrecer la ineficacia que despreciar aquello que compartimos. Precisamente porque la libertad de pensamiento es el oxígeno de una democracia, conviene ejercerla sin convertir la crítica en autodescrédito.
Toda persona tiene derecho a expresar su juicio, por ácido que sea. Faltaría más. Ahora bien, hay una frontera, a veces invisible pero real, entre el cabreo legítimo y el nihilismo estéril. Cuando la ciudadanía encoge el gesto ante el enésimo titular de mala gestión o siente que la confianza en las instituciones se le escurre entre los dedos, no es por capricho ni por masoquismo: es una señal de alerta democrática.
Pensemos en el accidente ferroviario de Adamuz. Las preguntas que muchas personas se hacen, sobre mantenimiento, decisiones técnicas o responsabilidades, no nacen del odio a su país, sino del compromiso con la vida de quienes viajan, con el uso de los recursos públicos y con la rendición de cuentas. Ese descontento no es un defecto de fábrica; es, de hecho, un síntoma de salud cívica.
Por eso conviene precisar las palabras. El asco es una emoción de retirada; la indignación, una energía de transformación. Confundir la ineficacia de una administración con la esencia de una nación es un error de bulto. España no es un boletín oficial, ni un despacho, ni la suma de fallos logísticos en un tramo de vía. España es la exigencia de que esas vías funcionen; es la cultura de pedir explicaciones a quien decide; es la libertad de decir “esto no me gusta” y convertir esa frase en el principio de una solución.
Esto se entiende mejor cuando miramos de cerca. En Lucena, asociaciones vecinales y plataformas cívicas han demostrado que la indignación bien encauzada consigue cambios: desde reclamaciones por servicios públicos hasta propuestas concretas para mejorar la movilidad, la seguridad o el mantenimiento de espacios comunes. No se trata de exhibir banderas ni de renegar de ellas, sino de cuidar lo que es de todos con una vigilancia serena y perseverante. En lo local se aprende una lección útil: lo que se nombra con rigor se puede corregir; lo que se desprecia sin matices se abandona.
Separar la paja del trigo exige calma: distinguir bulos de datos, errores de responsabilidades, y opiniones de decisiones verificables. La ciudadanía es perfectamente capaz de reconocer cuándo algo no funciona; y también de exigir que funcione sin por ello desautorizarse a sí misma. La crítica fundada no degrada la convivencia: la fortalece.
Menos golpes de pecho por la supuesta vergüenza de pertenecer y más rigor para señalar con nombre y apellidos aquello que debe mejorar. Podemos, y debemos, ser profundamente críticos con la gestión de lo público por parte de nuestro Gobierno, porque sobran los motivos. Pero la salida no es el desprecio: es la exigencia. No necesitamos sentir asco de nuestro país; necesitamos exigirle más. Eso es, sencillamente, dignidad democrática.
Fernando Manuel García Nieto
Puede sonar duro el titular, pero refleja la sensación que produce un rebaño de borregos cuando balan a coro las salmodias dictadas por los pastores, en un ejercicio gregario de renuncia a la facultad de opinar con criterio propio. Ese o esa borrega de divisa rojigualda en la muñeca, a juego con la que cuelga del retrovisor de su coche o del balcón de casa, es una docta eminencia a pesar de que su currículo escolar naufragara en la ESO. Como si de una exigencia genética se tratara, abre la boca y opina con vehemencia de cualquier tema.
Escuchar sus diatribas, en la taberna o el supermercado, en público o en privado, elevando la voz para percutir el máximo de oídos, es una condena que no soportaría el mismísimo Sísifo. Sus palabras –eco de lo escuchado en un informativo cualquiera, de lo cacareado en una u otra tertulia mediática, de lo escrito en cualquier titular de prensa paniaguada o de lo excretado en las redes sociales– emanan de las oquedades de sus cabezas como abruptas monsergas de ritmo vacuo y melodía desafinada, a la altura de su precariedad intelectual.
Con la ignorancia, la desinformación y el bulo por banderas, han convertido el patriotismo en un peligroso dogma que excita la furia y evoca un amargo olor a sangre. Nada les impide sacar pecho y despreciar a Erastótenes de Cirene –”¿quién es ése?”, dirán entre risas–, a Pitágoras –“el de los catetos”, gritarán–, a Aristóteles –“viejuno superado”, sentenciarán– o a la ciencia cuando se trata de sostener que la tierra es plana. ¿Para qué razonar o perder tiempo en argumentar si lo ha dicho Shaquille O’Neil avalado por sus cuatro anillos de oro?
Con estos mimbres, acabamos de asistir a la enésima vergüenza nacional a cuenta de los cadáveres esparcidos en las vías de Adamuz. Apenas cuarenta y ocho horas ha durado la empatía y el respeto a las víctimas del luctuoso accidente. La patria no merece dejar pasar la ocasión de aprovechar el suceso para sembrar una especie tan extendida y nociva como la cizaña. Cuando no eran ni media docena los muertos contabilizados, la extrema derecha de Vox ya lanzaba la especie de que el descarrilamiento del tren se debió a la corrupción.
Apenas había una docena de víctimas, cuando reclamó todos los focos (su especialidad) la inefable Ayuso para desarrollar la teoría del caos como fórmula infalible para menospreciar a su desnortado jefe de filas y contraprogramar la insólita responsabilidad institucional de su presunto rival en el PP Moreno Bonilla. A partir de ese preciso momento, la movilización de la brigada mediática fue tan inmediata como previsible, con el ruin e irrenunciable objetivo de aprovechar el doloroso amasijo de hierros y restos humanos para desgastar al gobierno.
La extravagancia argumental desatada por el pensamiento ultraconservador se ha fijado como meta equiparar el desastre y su gestión con la vergonzosa y espantosa actuación de Ayuso con los protocolos de la vergüenza durante el covid y a la irresponsable e inhumana actuación de Mazón antes, durante y después de la dana. Ambos despropósitos, avalados por Vox y defendidos a ultranza, aún hoy, por Feijóo, son asimilados en bares y comercios a la tragedia ferroviaria para imponer el peligroso mantra de “todos los políticos son iguales”.
En fin, una vez más, opinólogos y todólogos han aprovechado una desgracia para repetir lugares comunes, apoyados en bulos y desinformación, y desatar la lengua del cuñadismo patrio para decidir quién es el culpable de la tragedia, de la misma forma que deciden quién ha de ser el portero de la roja, quién debe ganar cualquier concurso de televisión, o cómo tienen que funcionar la justicia, la sanidad, la educación y todos los servicios públicos. Estos y estas patriotas nunca cuestionan el mundo de las finanzas y la empresa privada: lo acatan sin rechistar porque “siempre ha sido así” y consideran comunismo cualquier alternativa.
Es para exiliarse del corral. Con asco.
Pepe Morales
