Sobre amigos, escuelas y tés, por Julián Valle Rivas

 Hoy es una tarde de febrero atípica, en un invierno preocupantemente extraño. El sol ningunea entre las nubes, como si la opacidad del fenómeno se manifestara incapaz de ensombrecer, pese a la distancia, la radicalidad de su fulgor. La calidez de la luz aprieta, entonces, de manera intermitente, apareciendo y desapareciendo en función del caprichoso avatar del nubífero desplazamiento catalizado por una suave brisa templada, alarmante para el ciclo.
 

 Siendo la fidelidad de su memoria, enciclopédico lector, más inquebrantable que la mía, recordará a aquel amigo que se disponía a contraer matrimonio allá por el mes de agosto. Han pasado seis meses y nos reunimos para sumariar un balance de estado. Vernos las caras y comprobar sobre el terreno los efectos de la vida: si todo continúa igual de bien o de mal, o si todo lo opuesto. Un control, en definitiva, familiar y secular.
 

 Lo encuentro de condición fofa y esmirriada, a tanto la libra de carne, mostrándomela al contorno como si Antonio llegara a ofrecérsela a Shylock, y para la que esos recientes días que lo han mantenido pachucho no alcanzan a justificar. Su cuerpo se perfila bajo la ropa flanero o gelatinoso, roncero, enganchado a la adicción de la holgazanería, ganduleando de la actividad física. Mostrenco infinito, o infame, sin fibra muscular alguna, se ha abandonado a los placeres de la vida matrimonial y a los avances tecnológicos, incesantes cadenas montadoras de pencos. Descubierta su peregrina constitución escuálida, barruntamos que, dadas las horas de la tarde, se tornaría generoso o humano mimar el cuerpo con la sencilla y suave aportación de un té, un agua sucia o un hervor de hierbas, que le tranquilice, de paso, el alma, ya que la conciencia se le condensa podrida de fatalidad. Extremo que me certifica cuando vierte sobre el brebaje humeante el bloque de azúcar granulado que una atolondrada camarera pone a su disposición. Lamentable acción que transmuta la infusión en un refresco edulcorado cualquiera. Frente a tan recalcitrante afición a la deshonra autoinfligida, sólo me consuela el bienestar, la prosperidad y la satisfacción de su relación marital. Y es que, arrogadas las narradas imperfecciones, mi amigo es un tipo afortunado, lo cual me alegra y mitiga, andando el camino, esos momentos públicos de terrible sonrojo o escándalo gastronómico que, contumaz, me obliga a experimentar.
 
 

 También es maestro, pormenor que no recuerdo haber apostillado con anterioridad (advertía de mi quebrada memoria), y lo noto cada día más indignado por la situación de la enseñanza patria. No en plan reivindicativo de la escuela pública, muerte a la concertada, control parental, religión contra ciudadanía y demás retahíla de sesgo ideológico y político; sino a nivel de exigencias y valoraciones sobre el alumnado, de amplitud en la capacidad de actuación que se le permite al docente. A los alumnos, condena, se les requiere únicamente unos ridículos márgenes mínimos de comprensión y conocimientos académicos, y, si no llegan a dicha ridiculez, basta con bajar el listón reclamado. No es posible mejorar a quienes destacan, atendiendo a la grotesca escala del mandato, porque el techo se ubica en altura tan irrisoria que los grandes deben encorvarse o encogerse para permanecer bajo su protección. Se permite superar el curso con asignaturas suspendidas, lo que se traduce en que, aunque por derecho el conjunto de materias es el aprobado por el Legislativo o el Ejecutivo, de hecho, el plan educativo es menor, pues los alumnos, sabedores de la existencia de los alegres comodines, por dificultad, desidia o desagrado, pasan, literalmente, de dedicarles tiempo y esfuerzo. Y ésta es otra, añade, frustrado: el esfuerzo. Por supuesto, si a un alumno no se le da bien una asignatura o la suspende, la culpa es del maestro que no lo ha motivado lo suficiente; nunca será del alumno que no se ha esforzado o insistido y persistido, apretando, luchando contra ese aburrimiento, brete, tribulación o fastidio de la asignatura cargante. A mí no me gustaba la Historia, comenta, anecdótico, así que me imponía el dedicarle mayor número de horas, asediándola hasta la extenuación. Su melancólico fragmento biográfico me lanza imágenes archivadas en algún rincón de la evocación de aquellos periodos muertos o intermedios en los cuales acosaba el estudio del Inglés, disciplina para la que nunca estuve, y sigo sin estar, genéticamente configurado, y a la que acabé derrotando con meritoria nota.
 

 Desde luego, es para irritarse. Nuestras escuelas están formando borregos preparados para ser guiados en masa, y los maestros con un punto de ética sorprenden sus manos atadas. Hay compañeros, termina por confesarme, que han desistido, acoplándose al sistema. Mientras a los inspectores solo les preocupan los informes y cumplir los requisitos, la lista de aprobados, con el objetivo de copar los primeros puestos internacionales. Importa poco el futuro, y sobrecoge la turbia proyección de las generaciones venideras.

Julián Valle Rivas

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